A 100 años de la Revolución Rusa

Comandados por Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), los extremistas bolcheviques tomaron en octubre de 1917 el Palacio de Invierno de San Petersburgo, poniendo así en marcha la Revolución Rusa, un acontecimiento que marcará el siglo XX.

En todo el mundo, aunque sobre todo en Rusia, se recuerda así  la llamada “dictadura del proletariado”, un experimento político radical inspirado en la doctrina marxista, que duraría hasta 1991.

La revolución acabó con el Imperio Ruso gobernado hasta entonces por los zares, autócratas que eran dueños de todo el poder en una sociedad feudal en crisis tras la Primera Guerra Mundial.

El régimen zarista cayó por obra de los bolcheviques, la facción del Partido Obrero Socialdemócrata ruso (origen del Partido Comunista) encabezada por Lenin, el prototipo del revolucionario radical.

Su objetivo declarado era “dar todo el poder a los soviets”, los consejos de obreros, soldados y campesinos formados en toda Rusia, incluso en el frente de batalla.

La idea era transformar la revolución en una revolución social, que acabara con el modo de producción capitalista y diera paso al comunismo, en Rusia y en Europa, de cuyas entrañas nacería un “hombre nuevo”, especie de superhombre del futuro.

Las repercusiones de la Revolución no se limitaron a la caída, definitiva, de la monarquía (el zar Nicolás II y toda su familia fueron asesinados por los bolcheviques) o del capitalismo ruso, ni a la fundación, posterior, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Las influencias tanto del acontecimiento histórico (comparable con la Revolución Francesa de 1789) como de la ideología que lo animaba se dejaron sentir en toda Europa y en el mundo durante varias generaciones, y marcaron el siglo XX en todos los aspectos: desde la economía a la política, pasando por la sociología, el arte y la cultura.

Inspirado en los escritos de Karl Marx, filósofo y economista alemán del siglo XIX, Lenin estableció un gobierno basado en la propiedad colectiva. Haciendas y fábricas pasaron así a pertenecer al Estado, de suerte que todo el mundo trabajaba para el gobierno (o, según la teoría, para “el pueblo”).

Como demostraría más tarde Iósif Stalin, el sucesor de Lenin, el sistema marxista-leninista fue capaz de producir una rápida industrialización, sacando a Rusia del feudalismo, pero en su camino dejó millones de muertos.

El lado más siniestro del comunismo tuvo lugar en la etapa stalinista, cuyas reformas agrícolas, una violenta colectivización forzada de granjas familiares, ocasionaron la hambruna generalizada.

La dictadura del proletariado funcionó a pleno en aquellos oscuros años. Stalin dio vía libre a la policía secreta, que mató a millones de campesinos y pequeños propietarios que intentaban guardar los cereales que cultivaban para sobrevivir ellos y sus familias.

En la década del ‘30, ese autócrata eliminó brutalmente a todos aquellos a quienes percibía como potenciales rivales de su poder, escenificando juicios y ejecuciones de camaradas que lo habían acompañado desde 1917.

Estos crímenes  quedaron impunes porque el comunismo nunca tuvo su “juicio de Núremberg” (el proceso judicial que condenó a los jerarcas nazis tras el fin de la Segunda Guerra Mundial).

Finalmente, la Unión Soviética, en ruina económica y agotada por los gastos militares, se desintegró en 1991. Surgió entonces una nueva república rusa, gobernada actualmente por otro líder autócrata, Vladimir Putin, empeñado hoy en restablecer el antiguo poder de los zares.

 

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