En el 2018 no habrá paz, como antes, como ahora, como siempre

Barrotaveña

Fue un diciembre turbulento. Para algunos buscado; para otros, inesperado. Pero es inevitable que, en el almanaque del poder se sume otra marca para un gobierno cuyo origen no es peronista y parece tener que rendir examen cada vez que llega fin de año.

 

Jorge Barroetaveña

 

La situación social, empero, no es demasiado diferente de lo que fue el final del 2016, otro año marcado por los tarifazos y el ajuste de la economía. Hace tres meses hubo elecciones, una porción importante de la sociedad votó como votó y no debería haber sorpresas. Allí, quizás radique el secreto de la cuestión: seguimos pensando en términos de mayorías absolutas que han hecho lo que han querido, y las ultimas presidenciales, consolidando la tendencia el año pasado, marcaron otro rumbo. En esa incomodidad se debate el sistema político argentino, acostumbrado a funcionar a los empujones, con escasos consensos y mucho pataleo inútil.

Así fue durante 12 años en los que el Parlamento fue una escribanía y no se tocaba una coma de lo que enviaba el Ejecutivo. Y Cambiemos se debate entre esas bandas: a veces oscila entre el autoritarismo y la excesiva negociación o se diluye en su propia incapacidad y falta de experiencia.

Acosado por la aplicación de métodos más parecidos al viejo peronismo que a la nueva política, Macri no ha dudado en llevar la rienda corta en su relación con los gobernadores. De la primera frustrada sesión de aprobación de la reforma jubilatoria habrá sacado muchas conclusiones, sobre todo hasta dónde existe la confianza en su relación con los caciques del PJ. Todos los habitantes han pasado por esa prueba, algunos con más éxito que otros, pero todos con la misma dependencia.

Hoy, fruto de la implosión del peronismo, la relación no es tan desigual como antes. Lejos están los tiempos en los que De la Rúa era casi un rehén de los mandatarios o cuando Cristina, chequera en mano, los convirtió apenas en delegados jerárquicos del poder central.

La relación transita otros caminos, condicionada por la escasez de recursos y por el viraje de un sector de la sociedad que decidió respaldar al gobierno nacional en la elección de medio término.

Pero Cambiemos se hace camino al andar. Conviven además posturas diferentes en la coalición gobernante: están los duros y los blandos. Lo que quieren romper todo, acorralando al peronismo y lo que todavía apuestan al consenso en el Parlamento, tratando de llegar a la instancia del toma y daca. Mucho de eso pasó en los calientes días de diciembre. Temeroso de otra traición, el Presidente ordenó negociar diputado por diputado, salteando incluso las lealtades provinciales.

Como nunca, Macri sintió que su poder estaba en juego, más quizás que el resultado electoral. Afuera, la imagen de caos en las calles, con un intento claro de toma del Parlamento, contribuía a la confusión. ¿Es posible que, después de obtener un respaldo importante en las urnas tuviera que pasar por eso?

Una semana después los violentos quedaron más expuestos y pocos se atrevieron a esbozar una defensa. El fondo de la cuestión pues, la reforma jubilatoria y su impacto en el haber de los jubilados, quedó en segundo plano ante semejante aquelarre. Otras vez los violentos, los que quieren romper todo y no apuestan a la Democracia, le hicieron el favor a Cambiemos. En términos de costos, el que pagó el gobierno fue alto. Expuesta quedó la necesidad de financiar el pacto fiscal con las provincias, las convidadas del silencio, y el manotazo a lo más fácil de recaudar que son los fondos jubilatorios. En estas cuestiones no hay mucho ingenio, porque todos saben que hay que hacer un ajuste, pero siempre se cae en el mismo lugar.

Abrazado a su gradualismo, Macri huye para adelante. El 2018 tendrá más aumentos de tarifas en temas sensibles como el transporte, y la obligación impostergable de bajar la inflación sin afectar la actividad económica, todavía dispar en vastos sectores.

La economía es como esas mesas desvencijadas que, cuando se acomoda por un lado, se desacomoda por el otro. El dólar, retrasado, afecta a las economías regionales y a los exportadores, pero su disparada podría trasladarse a precios, poniendo en capilla el descenso de la inflación. Y aumentado los costos internos.

A última hora de diciembre, el equipo económico admitió que nunca se podrá llegar a la meta inflacionaria fijada por el presupuesto. El ‘sincericidio’ es positivo pero dejo tecleando al Presidente del Banco Central y expuso las diferencias en el manejo de la política monetaria.

Es como el cuento del Gran Bonete. El Central no baja las tasas porque le teme a la inflación, pero esto repercute en la actividad económica. Alguno dirá que eso no le compete al Central, y es cierto. Todavía resuena en la cabeza de los votantes las promesas presidenciales de bajar la inflación. “Es lo más fácil”, dijo varias veces. Y no lo era, por la historia económica del país y por la multiplicidad de factores que devienen en una inflación alta.

Y a esta altura también por las propias impericias del equipo económico que cambió a mitad de camino. El 2018 arranca y no habrá paz, como no la hubo antes. Como no la habrá nunca.

 

 

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