El 22 de octubre, un desierto en el que muchos se juegan todo

Cristina y Novaresio

Nadie podrá decir que no lo intenta. Cristina bucea todos los caminos para evitar la derrota. Lo buscó a Novaresio y lo encontró. Fue capaz de hacer las pases con Hadad, con quien terminó mal. Invitó a la unidad a Randazzo y Massa. Cada vez que levanta el tono se autorecrimina. Y hasta fue capaz de pedir perdón por las condenas (perdón, cadenas). ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar?

 

Jorge Barroetaveña

 

La muerte de Alberto Nisman interpela cada paso de la política argentina. Si el Fiscal toma la pericia de Gendarmería, será la primera vez en la historia que un representante del ministerio público es asesinado en cumplimiento de sus funciones. El caso atraviesa la política y se instala en el terreno de la ciencia ficción. ¿Cómo es posible semejante diferencia entre dos dictámenes efectuados por especialistas en la materia? ¿Puede desconfiarse de los peritos de la Corte Suprema o sospechar, más grave aún, que ocultaron o directamente alteraron la autopsia del cadáver del Fiscal?

Siempre quedó la sensación que a Fein le quedaba grande la investigación. Que la magnitud del hecho la superaba y desbordaba y que nadie, entre sus pares, hizo nada por ayudarla. El sálvese quien pueda también es un axioma que impera en la justicia argentina, poco comprometida a tomar decisiones fuertes. Siempre y cuando la política cambie sus vientos claro está.

Es que la investigación por el homicidio del fiscal podría llegar a límites impensados. Medio gobierno anterior desfiló por ese departamento de la Torre Le Parc. Si hasta habría información que dice que Milani, jefe del ejército y la inteligencia de Cristina, estuvo esa noche en el estacionamiento de las torres. La cúpula de la Federal, el inefable Sergio Berni y hasta la Presidenta siguió por teléfono las alternativas del hecho. Es probable que nadie se haya podido dar el gusto de no estar en aquel departamento que fue una romería y escena de una máquina de destruir pruebas.

Reconstruir lo que sucedió será difícil por el tiempo que paso. Pero la cadena de responsabilidades es tan larga como sinuosa. Aparte quedara el contenido de la denuncia que Nisman hizo y lo que pasará con ella. Pero saber quién lo mató y quién lo mandó a matar, suena a tarea ímproba para la endeble justicia argentina. Y no es un pesimismo imbécil, es un pesimismo lógico. Embajada de Israel o AMIA son mudos testigos. Todavia se investiga el encubrimiento. Los autores andan sueltos por ahí. Y la política apenas balbucea.

La desaparición de Santiago Maldonado es probable que siga los mismos carriles. Desidia, inoperancia u ocultamiento en dosis que quizás nunca sepamos, llevan a la ignorancia sobre su paradero. La política no dejó de hacer su trabajo, embarrando la cancha y enchastrando el caso. Lo empujó a la grieta y lo tiró bien al fondo, cuestión que nunca podamos saber que pasó.

Es que la política argentina se nutre de la grieta. Todos la odian. Todos la aborrecen. Pero no pueden vivir sin ella. Que Cristina diga que es funcional a Macri parece risa. Si fue ella con Néstor los que la inauguraron hace muchos años. Porque les convenía mantener a la sociedad dividida y parapetar a un enemigo enfrente. Fueron varios. Hasta que la grieta se les volvió en contra porque alguien les hizo caso y se decidió a formar un partido y ganar elecciones. Aprovechó la debilidad del peronismo y se quedó con el mandado.

Nadie sabe hasta dónde llegará el experimento de Cambiemos. Eso lo resolverá la gente con su voto y el peronismo con sus mañas. Pero sería saludable que haya una oposición seria, que sea verdadera alternativa de poder. Es lo que se reclamó durante años, aunque ahora se dio vuelta la tortilla.

Macri bucea en los límites de su electorado, envalentonado por el resultado de las PASO. Si saca el 40% a nivel nacional y encima gana en la Provincia de Buenos Aires habrá hecho algo que ningún presidente no peronista ha podido hacer en los últimos 50 años que es ganar dos elecciones seguidas. Y ahuyentar el fantasma del helicóptero.

Montado en la ola de rechazo que todavía genera su antecesora, como principal capital político, quedará bien posicionado para el 2019. Cristina pelea contra sus propios fantasmas, esos que ella cobijó durante tanto tiempo.

También bucea en los límites del electorado peronista. Pero necesita más que eso para ganar la elección. Le quedan menos de 30 días para demostrar que su influencia se seguirá extendiendo en la política argentina, lo suficiente, como para condicionarla. El peronismo no va a desaparecer. Es, quizás, como dice Bárbaro, un recuerdo que da votos. Es que el sistema de partidos políticos implosionó en la Argentina en el 2001 y nunca fue igual. Los radicales todavía juntan los pedazos. Y el peronismo está en pleno desgajamiento.  El sistema en definitiva está en plena refundación. Macri con Cambiemos hizo la primera jugada. Tienen a la reina en jaque. Y no hay muchos alfiles que quieran ayudarla.

El 22  de octubre pinta lejos para tanto ruido. En ese desierto de días se juega todo.

 

 

 

 

 

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