Ahora votamos nosotros: lo único no permitido es no saber

Elecciones

La historia está llena de momentos de gloria. De momentos de drama y tristeza que marcan un quiebre. Pero también se nutre de los pequeños hechos, esos que parecen rutinarios pero no lo son. Y votar nunca es rutinario. Es cierto que si la apatía es el estímulo, la respuesta será igual. O peor. Pero hay que superarla.

 

Jorge Barroetaveña

 

La Argentina, esta que hoy disfrutamos y padecemos a veces en partes demasiado desiguales, es lo que es por la falta de democracia. No por otra cosa. No es cierto aquel viejo dogma que dice que los pueblos aprender a votar, votando. Se equivocan porque se nutren de seres de carne y hueso, finitos e impredecibles, a los que sus sentimientos a veces los llevan por caminos no pensados. La falta de ejercicio democrático, nos ha traído un desprecio pertinaz y sistemático por todo lo que huela a república. Y cuando utilizo esta palabra lo hago en su sentido más amplio. La cosa pública en la Argentina es de todos y al final no termina siendo de nadie.

Eso se nota a la hora de elegir a los que gobiernan y a lo que estos hacen cuando son elegidos. Dispendio del dinero, desprecio por el ciudadano y la ignorancia más absoluta, salvo cuando aparece algún evento electoral como el que estamos por atravesar ahora.

“El candidato es “Juancito”…”, se escucha. Y al candidato “Juancito” es probable que no lo conozca nadie, salvo su madre, aunque venga de una profusa carrera en la función pública. Claro, “Juancito” ni siquiera se molestó nunca por visitar a los electores, saber cómo viven, qué necesitan o qué sueños tienen. Es una cita impostergable cada cuatro años, cuando la necesidad de mantener un cargo se impone, o porque el partido o sus amigos, interesados en mantener sus privilegios, se lo piden.

A esto se suma la laxitud de nuestro sistema que permite, en el caso de los cargos legislativos, las reelecciones indefinidas. Así como se prohíbe la reelección más de un período al Presidente, a los gobernadores o a los intendentes, igual debería ser para los cargos parlamentarios.

Hace pocas horas el Presidente de Francia, Macron, impulsó y consiguió aprobar en su Parlamento la prohibición lisa y llana para el nombramiento de familiares de línea directa, para legisladores y ministros. Es que el ‘desliz’ de tener contratada a la mujer como asistente durante años, le costó la carrera presidencial a uno de los candidatos en las últimas elecciones. Se equivocó, es cierto, pero les dio vergüenza y han tratado de enmendar el error. En Argentina, la costumbre generalizada de nombrar esposas, hermanos, primos, novios, amigos o hasta amantes, carcome la credibilidad del sistema, y contribuyen además a cimentar su ineficacia. En el estado acaso, ¿no deberían estar también los más capaces? ¿No suma esto a que el ciudadano se sienta maltratado o menospreciado cuando con sus impuestos es el que contribuye a mantener todo el sistema? Desde el Presidente hasta los jueces, llegando hasta el último escalón del estado, se mantienen gracias a los impuestos de los cansados pagadores de siempre. Nadie hasta ahora ha dejado de reconocer que la Argentina es uno de los países con mayor carga impositiva del mundo. Merecemos al menos recibir una contraprestación acorde. De eso nos acordamos cuando agarramos un pozo en la calle, vamos a un hospital y faltan medicamentos o cuando llamamos a la policía y nos enteramos que tienen pocos móviles, les falta personal o tienen que racionar el combustible.

Ni hablar cuando algún pobre cristiano tiene la desgracia de quedarse sin trabajo después de los 50 años o se convierte en un próspero jubilado que cobra una millonaria mínima que no le alcanza ni para comprar un kilo de bananas.

Así están las cosas estimados, y seguramente con este estado de ánimo muchos manotearan su documento hoy y rumbearan para la escuela donde les toque votar. Pero como de utopías también vive el hombre, vamos a ilusionarnos que, con este simple ejercicio, algo tenemos al alcance de nuestra mano para cambiar. Por supuesto que no es comparable a levantarse todos los días a las cinco de la mañana y salir a pelearle a la vida, desde el laburo presente o ausente. Eso sí que es hacer patria grande.

Hoy, cuando ensobre la boleta que eligió para votar, en ese instante supremo y sublime, por única vez cada dos años, no habrá intermediarios. Sera usted y su futuro. El de su mujer, sus hijos, sus nietos, el de la gente que quiere. Al cabo, el de todos.

Este ciudadano, cansado del ninguneo, de llevar sobre sus espaldas las frustraciones de varias generaciones y de convivir con la incertidumbre si la Argentina que dejara será mejor que la que heredo de sus viejos, tiene hoy todo el poder.

Es increíble, es un instante supremo y efímero pero contundente. Es cierto que podemos equivocarnos, como nos ha pasado muchas veces. Que podemos elegir mal, y después nos sentimos defraudados. El único pecado no permitido es no saber. Tomar con liviandad semejante decisión. Así no habrá derecho al pataleo después.

Cuando entre al aula, también aproveche para mirar esas paredes, los bancos y el pizarrón. Habrá excepciones seguro, pero así estudian nuestros hijos. Que le sirva de inspiración para no equivocarse, o al menos para hacerlo de buena fe. Ahí adentro estamos solos y nuestra conciencia. Con el poder en la mano. Sepamos ejercerlo como no lo hacen muchos que lo detentan todos los días. Una vez nos tiene que tocar.

 

 

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