Amigos con todas las letras

Amistad

Hay palabras que de tanto usarlas van perdiendo densidad. Como una remera que se desgasta y ya no tiene el color intenso de cuando la estrenamos, o como la flor que va olvidando su perfume.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano

Algo así puede sucederle a la palabra “amigo o amiga”. Tenemos cientos o miles de amigos en el Facebook  (y con algunos hace años no nos vemos, o apenas compartimos un lugar de nacimiento, de estudio, de trabajo en algún momento…). Hay publicidades o tratos comerciales que nos designan de ese modo cercano. También organizamos grupos de “amigos del Hospital…” o “amigos del Club…”

Hemos llegado al utilizarla como una manera de hablar o de decir, pero sin aplicar su significado primitivo más profundo y decidor de una realidad irreemplazable.

El Papa Francisco hace pocos días compartió unas reflexiones sencillas y que dan para pensar. La palabra amigo, “cuando es Jesús el que la usa, indica una verdad incómoda: Hay verdadera amistad sólo cuando el encuentro me implica en la vida del otro hasta el don de mí mismo. De hecho, Jesús dice a sus discípulos: «No os llamo ya siervos […]; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15). De esta forma, Él establece una nueva relación entre el hombre y Dios, que supera la ley y se basa en un amor confidente. Al mismo tiempo, Jesús libera a la amistad del sentimentalismo y nos la entrega como un compromiso de responsabilidad que implica a la vida: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Juan 15, 13)”. (Discurso del Papa Francisco a los participantes de la 75º Convención del Serra Internacional, 23 de junio 2017)

El amor confidente nos refiere a la experiencia de intimidad que se abre sin reservas y sin miedos a ser manipulados. Nos deja a la intemperie confiando en que el amigo cuida de nosotros. Y al liberarnos del sentimentalismo nos compromete en la fidelidad a toda prueba, que no está sometida a las variaciones de humor o las ganas.

Sigue diciendo el Papa: “Por lo tanto, se es amigos sólo si el encuentro no permanece exterior o formal, sino que se convierte en compartir el destino del otro, compasión, implicación que lleva hasta donarse al otro”.

Es por eso que “nos hace bien pensar en lo que hace un amigo: se pone al lado con discreción y sensibilidad en mi camino; me escucha profundamente, y sabe cómo ir más allá de las palabras; es misericordioso con respecto a los defectos, está libre de prejuicios; sabe compartir mi recorrido, haciéndome sentir la alegría de no estar solo; no siempre me respalda, pero, precisamente, porque quiere mi bien, me dice sinceramente lo que no comparte; está dispuesto a ayudarme, a volverme a levantar cada vez que caigo”.

Jesús tenía muy buenos amigos y disfrutaba de estar con ellos. En los Evangelios se destaca de modo especial a los tres hermanos Lázaro, Marta y María, que vivían en Betania, un pequeño pueblo cerca de Jerusalén. Allí el Maestro acudía para descansar llegando sin avisar con algunos de sus discípulos después de algunas de las salidas misioneras.

A veces pienso qué sería de nosotros sin los amigos. ¡¡¡Qué arduas las luchas y qué apagadas las alegrías!!!

 

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

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