El año nuevo y lo que depara el futuro

2017

Celebrar el cambio de año y dar buenos augurios para el porvenir es una tradición antiquísima. Pero los acontecimientos futuros permanecen ignotos, más allá de nuestros deseos.

Cuando volvemos la vista atrás, en esta zona de Occidente, invariablemente nos encontramos con los romanos,  especie de ancestros históricos, que entre otras herencias dejaron la tradición de celebrar el cambio de año.

Se cuenta que los habitantes del Lacio tenían la costumbre de hacerse regalos para esta época del año. Por ejemplo se intercambiaban monedas impresas con la efigie de Jano, un dios con caras contrapuestas, lo nuevo y lo viejo, que mira en dos direcciones.

Los romanos invocaban esta divinidad al encontrarse unos a otros a modo de saludo del primer día de enero (del latín “Ianuarios”).  Jano, en la devoción romana, era el dios de los inicios.

El hecho de que aparezca representado con dos caras enfrentadas, sugiere que todo pasaje presupone dos lugares, momentos o estados de conciencia: aquel que se abandona y aquel en el cual se ingresa.

Es pasado y presente, pero también lo que se deja atrás y lo que se adquiere. A Jano se le honraba a comienzos del primer mes del año. De hecho su nombre todavía pervive en algunos idiomas (“january” es el mes de enero, en inglés, por ejemplo).

En el día de la fiesta principal de Jano, nadie permanecía ocioso, puesto que lo que se hiciera en ese momento iba a marcar el carácter del resto del año, así que todos se entregan a su oficio con la mejor actitud.

En todas las culturas humanas arcaicas se celebró el tránsito de lo nuevo y lo viejo, lo que empieza y lo que acaba. Entre las culturas prehispánicas mexicanas y mayas, por ejemplo, las festividades para dar la bienvenida al año nuevo constituían importantes acontecimientos relacionados con los astros.

Esos momentos se distinguían por la preparación de platos especiales, ritos corporales, limpieza del hogar, bailes ceremoniales y el desecho de lo arcaico. Se verificaba, así, una suerte de rito de renovación del hombre y del mundo cósmico.

Los mayas renovaban todas las cosas que tenían a su servicio: vasijas, ropas, barrían sus casas y todo lo viejo lo desechaban. La costumbre de barrer era muy extendida entre estos pueblos, ya que eran tiempos de renovación.

¿Pero qué puede esperarse del 2017, que ya se ha puesto en marcha?  ¿Qué será de nuestra vida y la de nuestras familias? ¿Nos encaminamos a una etapa histórica en la cual los argentinos y el mundo en general viviremos mejor? ¿O lo que viene es un tiempo plagado de catástrofes y violencia?

Habría dos actitudes vitales, se diría que muy humanas, ante el decurso de la historia. Los optimistas  están seguros de que todas las cosas llevan por sí mismas a un estadio superior. Lo que vienen, creen, será mejor.

Enfrente están los pesimistas, para quienes las cosas pueden encaminarse fácilmente hacia lo peor. Son los que sólo advierten señales de alarma porque se está al borde del precipicio.

De manera que el más radiante optimismo y el más sombrío pesimismo se dan rienda suelta y parecen igualmente justificados.

Pero la evolución de los acontecimientos que sobrevendrán, aunque la arrogancia humana pretenda desentrañarlo, tiene sin embargo un carácter indeterminado, es decir es pura posibilidad.

El hombre hace la historia y toda ella tiene la impronta de la orientación decisiva dada por él. En la libertad de sus decisiones, él escribe la epopeya de sus triunfos, de sus progresos y de sus desfallecimientos.

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