¡Caímos! No nos vamos al tacho, siempre estuvimos en el tacho

Cuando éramos chicos, a los que nos gustaba leer, solíamos devorar muchas veces el mismo libro. Lo leíamos tanto que sabíamos cada frase y el nombre de cada uno de los personajes de la historia. Por supuesto que nada de eso hacía mella en el disfrute del final, siempre pletórico y esplendoroso. Eran todos felices y comían perdices.

 

Jorge Barroetaveña

 

La vida nos fue haciendo grandes casi sin darnos cuenta y nos fue enseñando que no todos los cuentos tenían final feliz. Que sólo algunos culminaban como aquellas historias de la infancia. De golpe un abismo se abrió ante nuestros pies. Perdimos la inocencia y caímos en la cuenta que no todo lo que reluce es oro y que el camino al infierno está sembrado de mentiras.

Si algo nos ha pasado a lo largo de la historia argentina es repetir errores. Tropezar una y otra vez con la misma piedra. Mirarnos al espejo y mentirnos tontamente, imaginando algo que alguna vez fuimos pero hace muchos no somos.

Echarle la culpa al FMI de nuestros males es bastante tonto. Es buscar al malo de la cuadra para evitar enfrentarnos a nuestra realidad. En diciembre de 2015, aquel día 10 de la asunción de Mauricio Macri hubo bailecito, Gilda y otras yerbas y la verdad que no daba para eso. Ese marketing de la alegría, con globos amarillos incluidos y la historia de llevar siempre buenas noticias, está haciendo agua por todos lados.

 

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Pero el debate, sería lo de menos, si las reformas prometidas se hubieran concretado o tuvieran al menos un grado mayor de avance. Macri osciló en estos dos años entre el gradualismo y el shock, hasta que se abrazó a lo primero. Lo corren entonces por derecha y por izquierda. Los gradualistas sostienen que lo que hace no es gradualismo, porque el ritmo de las reformas es demasiado lento y concede demasiado en el camino. Para los partidarios del shock casi nada sirve de lo que ha hecho. Ni uno ni otro. El principal pecado del gobierno de Cambiemos es haber seguido la inercia económica de los doce años de kirchnerismo.

La inflación es el producto del desmanejo de los fondos públicos. No hay muchas explicaciones posibles. No hay experiencia en el mundo que demuestre lo contrario salvo que querramos quemar todos los manuales de economía. Si los ingresos son 100 y gastás  150, más tarde que temprano las deudas te van a sepultar. Primero retrasás el pago de la tarjeta, después le pedís unos mangos prestados al tío, luego a un amigo y al final terminás desfilando por un banco. Si es que dás para que te den un crédito. Jamás hiciste nada para no seguir reventando la tarjeta, o dejaste de privarte de muchos gustos. La bola fue creciendo hasta que se volvió inmanejable. Eso es lo que ha pasado a lo largo de la historia. Claro, el estado tiene la ventaja de tener la maquinita de imprimir billetes. Cuando se bandea, terminamos con los procesos hiperinflacionarios que dejaron al 30% de los argentinos en la pobreza.

La política es la que decide todo. Como todo gobierno no nacido al calor del peronismo, Cambiemos le tiene terror pánico a los desbordes sociales. Con la experiencia de De la Rúa y la Alianza todavía fresca en la memoria colectiva, no quiere incursionar esos caminos. Pero para eso debe hacer las cosas distintas. Bailar otra vez al compás de los gobernadores peronistas es peligroso. El jueves el Presidente les transmitió las razones de la búsqueda de un acuerdo con el Fondo y les pidió que los ayuden a bajar el gasto. Fueron y eso parece mucho aunque no es suficiente.

Tampoco suena creíble que ‘este’ Fondo es distinto al ‘otro’ Fondo, aquel que termino por dejar en una encerrona sin salida al gobierno de De la Rúa. La receta será la misma. El ajuste que se hizo no alcanza y el país no puede convivir con déficits ‘gemelos’: el fiscal y el saldo exterior. Allí están los fondos previsionales, los planes sociales y la obra pública, siempre convidados de piedra en el banquete. “Este acuerdo nos garantiza que se podrá seguir con los créditos y los planes sociales no corren ningún riesgo”, lanzo el Ministro Caputo, mientras se acomodaba la billetera viendo de donde sacaba un dólar. El gradualismo quedó a salvo le habrá transmitido al Presidente.

Entre tanto lio hay algo que juega a favor de las expectativas argentinas: ni el Fondo ni la banca internacional se pueden dar el lujo de soltarnos la mano, como sí hicieron antes. Macri es, a los ojos externos, el reaseguro que impide la vuelta del populismo a Latinoamérica, imagen fiel y contracara de la Venezuela de Maduro.

Adentro, el análisis no se guía por esos parámetros. A menos de seis meses de haber ganado el turno electoral que ‘debía’ ganar para que ‘llovieran’ las inversiones, retrocedimos varios casilleros, como si la realidad fuera como el juego de la oca. En el medio, la confianza de la sociedad teclea y las esperanzas del peronismo de volver al poder en el 2019 renacieron como el ave fénix. Todavía falta mucho y en la Argentina imprevisible todo es posible. Hasta que Messi nos haga ganar el Mundial que le falta a su cósmica carrera. Un bálsamo para tanto sufrimiento.

 

 

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