Complicado cuadro laboral en Entre Ríos

Mientras el frondoso sector público entrerriano –hay un estatal cada 18 habitantes- se queja por la caída del salario, cae el empleo y son menores las horas trabajadas en la economía privada.


El Estado es el gran dador de empleo en estas tierras. Aquí hay un total de 70.492 empleados públicos provinciales, a los que hay que sumar otros 17.500 que dependen de los municipios.

Eso representa el 26,6% del total de ocupados, según un informe publicado por el Consejo Empresario de Entre Ríos. Eso significa que hay 1 empleado público cada 18 habitantes.

Esta proporción ubica a Entre Ríos entre las provincias más burocratizadas del país. Lo cual es un efecto directo del subdesarrollo crónico de su estructura económica, cuya oferta de trabajo es limitada.

Subdesarrollo vinculado, por otra parte, con el escamoteo de la plusvalía provincial, a través del centralismo fiscal, que impide capitalizar en el territorio la riqueza genuina que produce (por ejemplo las retenciones).

Aquí se ha utilizado el empleo público como un sustituto de los subsidios por desempleo. Esta burocracia, en virtud de la ley de estabilidad laboral, nunca se achica en función del contexto económico.

Al contrario, crece más en épocas de retracción. Es el mecanismo con el cual la clase política ha institucionalizado el clientelismo. Pero este Estado inflado nunca da abasto.

Como siempre gasta más de lo que gana –y el grueso de lo que gasta lo destina al pago de sueldos- sus empleados viven en una eterna insatisfacción salarial. El cuadro se agrava cuando la recaudación cae por el bajón económico.

Es lo que pasa hoy: los agentes públicos y municipales claman por una justa recomposición salarial. Lógico: como el Estado insolvente no puede desprenderse de gente (se lo impide la estabilidad) baja salarios al no actualizarlos por inflación.

Quien está sufriendo el ajuste por el lado de los puestos de trabajo es la economía privada provincial. En el comercio se cierran negocios porque caen las ventas, dado que el salario está deprimido y hay cautela entre los consumidores.

“La economía real muestra que no sólo crece el desempleo, sino que también trepa el subempleo por cuanto en las empresas privadas hay menos horas de ocupación para los trabajadores”, refiere El Diario de Paraná, al hacerse eco de una reciente encuesta de indicadores laborales.

Dicho informe, elaborado por la Dirección de Estadísticas y Censos de Entre Ríos, habla de una retracción del empleo privado a partir sobre todo de la segunda mitad de 2008.

Además, el parate de la actividad agropecuaria, motor de la actividad de tantos pueblos, es notable. Se nota un cuadro recesivo global en el sector más dinámico de la economía provincial. Se siembra menos, y por tanto se verifica una retracción de las actividades conexas al campo.

Por otro lado, al deprimirse el campo, desapareció un motor de inversión en los pueblos. Se ha esfumado el “efecto soja” que palanqueó en los últimos años, por ejemplo, el boom constructivo.

Se comprende, entonces, por qué todos los datos indican que la construcción viene siendo el sector más afectado por la caída de puestos de trabajo en el último año.

Este sector, como se sabe, tiene una fenomenal capacidad para mover al resto de la actividad económica. Cuando se emprende una obra, trabajan no sólo los obreros y albañiles.
La rueda multiplicadora incluye vendedores de materiales (de todo tipo), carpinteros, plomeros, transportistas, profesionales (arquitectos, agrimensores, etc.), entre otras actividades asociadas.

El retorno de la disciplina escolar

En los colegios de Europa están reapareciendo algunos conceptos, como la disciplina, que estuvieron proscriptos durante las pasadas décadas. Es un giro desesperado ante el descontrol.

 

 

Ante lo que se considera un brusco cambio en la política educativa de los secundarios de Gran Bretaña, ese país multará a los padres de los adolescentes que se porten mal en clase.

Al mismo tiempo, se contempla la detención del chico en “aulas de aislamiento”, incluso a contraturno.

Estas medidas del Ministerio de Educación de Gran Bretaña se incluyen dentro de las nuevas pautas de disciplina que abarcan a docentes, alumnos y familias. Es una respuesta ante los problemas de conducta de los estudiantes.

La cuestión disciplinaria en la mayoría de los institutos superiores (lo que aquí sería la secundaria), ha puesto en alerta a la autoridad educativa, que ahora intenta combatir el matonaje en el aula, el vandalismo, la violencia verbal y física y la inasistencia.

Si los alumnos se portan mal o no asisten regularmente a las clases, los padres pueden ser condenados a multas. Cada infracción del menor costará entre 50 y 100 libras. En los casos más graves, puede llegar a 1.000 libras.

Los especialistas dicen que el modelo británico no es aplicable en la Argentina porque la jurisprudencia local postula que el castigo es personal del que cometió la infracción.

En el país la responsabilidad paterna se limita a lo patrimonial, de suerte que si un chico genera algún daño material, entonces el adulto debe afrontar el gasto. Pero nunca se puede multar económicamente a los padres por la conducta de los menores, como sí rige en Gran Bretaña.

Al margen de esta discusión, el dato real es el endurecimiento de la política disciplinaria en la secundaria en una sociedad tan liberal como la inglesa, algo que seguramente repercutirá en el resto de Europa.

Es curioso el giro que se está dando en este sentido en Occidente. Hasta antes de la Segunda Guerra prevalecía la dureza de la época victoriana, cuando los niños y jóvenes eran ignorados y castigados.

Tras la posguerra operó la “liberación”, que permitió que las nuevas generaciones se educaran en cánones más permisivos. Pero al parecer, esta permisividad ha ido demasiado lejos. Y ahora se intenta poner orden en el caos.

Pero la disciplina es apenas un efecto de un problema más grave que afecta al corazón del sistema educativo. El descontrol en el aula es un reflejo del ocaso del concepto de autoridad.

Según Guillermo Jaim Etcheverry, ha caído la relación de obediencia y respeto al interior de la institución escolar, porque cierta pedagogía ha instalado la idea de que ninguno de los miembros de la pareja maestro/alumno es “más importante” que el otro.

Es decir, nada es superior, todo es igual. Pero “la escuela es un sitio singular en medio del mundo democrático, porque es un lugar jerárquico en el que, a pesar de lo que se intenta, los roles no son intercambiables como en la democracia”.

“De allí que ningún vínculo sea menos democrático, y más asimétrico que el que establece el discípulo con la autoridad libremente aceptada del maestro”, sostiene el ex rector de la Universidad de Buenos Aires.  

“Si el maestro fuera igual al alumno, la escuela dejaría de tener sentido, y los niños guiarían en su aprendizaje a los otros niños. Sólo si se conserva la asimetría de un vínculo necesariamente desigual, que se establece en el contrato de aprendizaje, puede esperarse que la escuela no sea un sitio violento”.

De estas palabras se infiere que más que endurecer la disciplina urge restablecer la noción de autoridad en la institución escolar.

 

Tras el acuerdo se impone la autocrítica

El arreglo alcanzado entre el gobierno municipal y el Sindicado, tras 11 días de un paro que puso en vilo a la ciudad, debe servir para que los protagonistas de esta historia revisen ideas y conductas.


Lo que vivió Gualeguaychú estos días –una especie de asonada- no tiene precedentes, según reconocen los memoriosos. No se ha visto nada parecido en el ámbito municipal. Nunca se vio tanta furia y tanto exceso verbal en un reclamo.

Si bien en una ocasión se llegó al colmo de agredir físicamente al intendente y a un secretario –acompañado de destrozos en las instalaciones del palacio comunal-, esta vez la cosa fue masiva.

La comunidad vivió azorada la dinámica de un conflicto que en principio la perjudicaba a ella. Porque el Estado municipal quedó virtualmente paralizado, y sus servicios a punto de colapsar.

Pero sobre todo fue alarmante el clima de crispación que envolvió este diferendo, que aunque era por plata venía también mezclado con condimentos de otra índole, como pujas gremiales y políticas.

¿Cómo es que se llegó a esto? La respuesta a esta pregunta es crucial, porque de ella depende que no se repita lo vivido. Una cosa hay que decir: Gualeguaychú ha retrocedido institucionalmente.

De un tiempo a esta parte, aquí los conflictos se dirimen mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia. La dirigencia social y política de la ciudad debe tomar nota de esta degradación.

Por otro lado, es inocultable la puja de poder de grupos políticos por el control de la ciudad, pese a que hay un gobierno que ha asumido hace apenas 16 meses.

Después de la crisis del campo –y este es un dato de la realidad-, el oficialismo ha sufrido un prematuro desgaste, y a fines de junio enfrenta una elección crucial, que marcará su destino.

Objetivamente, la administración Bahillo está atravesada por esta tensión política. Pero eso no debe ser una excusa: el intendente y su equipo de gobierno deben evaluar, con sinceridad, qué cosas han hecho mal, para que el conflicto laboral se desmadre.

Porque aquí algo falló. De última, no todo es achacable a la conducta del Sindicato. La política es el arte de gestionar el conflicto. Quien gobierna tiene la obligación de preverlo y llegado el caso de resolverlo a tiempo.

El resto de la dirigencia política opositora debiera también rever su conducta. Se percibe un regodeo malsano –casi maquiavélico- ante las dificultades que atraviesa el oficialismo.

De hecho, aquí si pueden le agregan más leña al fuego, con la intención bastarda de sacar alguna ventaja política. Este juego desnuda la hipocresía de alguna gente que se llena la boca con el bien común.

El otro protagonista, el mundo gremial, debe hacer una severa auto-evaluación. Como hemos dicho desde esta columna: el reclamo más justo queda desvirtuado cuando los métodos que se emplean para defenderlo se extralimitan o lesionan derechos comunitarios.

Hay que corregir los usos y costumbres de un sindicalismo que suele apelar al apriete y la violencia para conseguir su propósito. Cierta cultura patotera, de fuerte arraigo, se quiere llevar puesto lo que tiene delante.

Incluso es proclive al escrache, que es un método miserable inventado por al fascismo y que desgraciadamente –otro síntoma de descomposición institucional- ha sido adoptado por algunos grupos en Gualeguaychú.

El gobierno y el Sindicato tienen por delante una ardua tarea. Con espíritu de generosidad y sin revanchismo, deberán reconstruir su relación. Pero antes, cada uno debe hacerse una autocrítica.
Deben auto-examinarse por el bien de la ciudad.

La salud personal jaqueada por la crisis

Por el aumento de las presiones laborales, la crisis económica, y el clima de crispación que vive el país –que recuerda al vivido en 2002- aparecen nuevas dolencias entre los argentinos.


“Se ha observado un aumento de las consultas por contracturas musculares, tanto a nivel hospitalario como a nivel privado; también aumentó el síndrome llamado fibromialgia o reumatismo de partes blandas, relacionado generalmente con cuadros de estrés”,
aseguró Pablo G. Rivas, presidente de la Asociación Argentina de Terapia Física.

Es decir, mucha gente ya empieza a “somatizar” (soma: cuerpo) la presión que ejerce el clima social. Se produce así un importante desgaste físico y también psíquico, asociado al nivel de estrés.

“Cuando hay un estado de tensión permanente a causa de una situación social, familiar o laboral, se generan cuadros de depresión o ansiedad. Una de las manifestaciones de la ansiedad es el estrés, que genera una repercusión global en el cuerpo. Y una de las consecuencias es no lograr relajar el músculo”.

Eso explicó Liliana Geijo, miembro de la Asociación de Kinesiología y docente de la UBA, al explicar por qué razón han aumentado los casos de contracturas en mujeres de entre 35 y 45 años, y en general en mayores de 50.

La contractura es una contracción sostenida e involuntaria de uno o más músculos que puede provocar un dolor intenso. Por efecto del estrés, las zonas más afectadas son el cuello, la espalda y la cintura, según puntualizó el kinesiólogo Sergio Maslo.

El doctor Hans Selye definió al estrés como un síndrome general de adaptación. “Es una respuesta inespecífica del cuerpo a cualquier demanda”, explicó. Es inespecífica porque es similar frente a diferentes tipos de demandas o exigencias.

El cuerpo, así, busca adaptarse a la situación que vive, en procura de un equilibrio que se rompió a causa de la nueva situación. Los seres humanos, ante un cuadro de peligro o una situación estresante, reaccionan defendiéndose.

Según los especialistas, la clave pasa por la forma como el individuo reacciona antes situaciones complicadas. Por cierto que hay situaciones que producen estrés en todas las personas, como por ejemplo estar durmiendo y ser despertado de pronto por un terremoto.

Pero existen diferentes modos de enfrentar el estrés, a partir de que éste es el resultado de una determinada relación que mantenemos con el ambiente que nos rodea. En este sentido la manera de evaluar el ambiente influye en cómo nos sentimos.

Es decir, en muchos casos depende de cómo nos paramos mentalmente frente a los cambios medioambientales. Las situaciones enojosas de la vida cotidiana, así, pueden ser encaradas con sabiduría, y fortalecer al individuo.

Por otro lado, una manera de liberar el estrés es la actividad física. En este sentido, el sedentarismo potencia las enfermedades orgánicas y anímicas. Los trabajos que implican estar sentado durante horas fijando la mirada en la computadora o en un mostrador, concentran los casos más problemáticos.

“Ocurre que el ritmo de vida de  hoy va a contramano de las recomendaciones de nutricionistas, psicólogos, médicos y kinesiólogos. Un gran aumento de demanda, competitividad, competencia económica, atentan contra la vida al aire libre, con la posibilidad de hacer deporte, de llevar una buena dieta y de tener sosiego”, explicó Rivas.
En suma, valorar con provecho los diversos acontecimientos acaecidos en la vida social y familiar, en un contexto de crisis, puede aminorar el estrés. Hacer ejercicios, para huir del sedentarismo, es la otra fórmula recomendada.

Echar mano a las cajas previsionales

La iniciativa de la administración Bahillo de solventar un aumento salarial con recursos de la Caja de Jubilaciones Municipales, se inscribe dentro de otros comportamientos fiscales similares en el país.


Aunque no se conoce aún la naturaleza de la medida local –se habla de un aporte extraordinario al Tesoro municipal- se asemeja, por ejemplo, a la decisión de Daniel Scioli de financiarse con las cajas de retiros profesionales.

En efecto, el gobierno bonaerense, apurado por un déficit crónico en las cuentas públicas (supera los 7.000 millones de pesos), se endeudará con esas cajas por 30 millones de dólares, mediante la emisión de un bono.

El título bonaerense, que vencerá a partir de mayo de 2012, será garantizado con los recursos de la coparticipación federal de impuestos. Una emisión similar se registró en 2001, en medio de la creciente crisis económica que soportaba entonces el país.

“No hay crédito internacional; nos hemos comprometido a buscar fondos y es lo que estamos haciendo”, aclaró el ministro de Economía bonaerense, Rafael Perelmiter, al justificar la medida.

Pero también el gobierno nacional ha echado mano de los recursos previsionales. La estatización de las AFJP –que en muchos sentidos se pareció a una confiscación de ahorros privados- le viene dando respiro fiscal al gobierno K.

La Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), que gestiona los recursos del sistema previsional, se ha convertido en la gran Caja del gobierno, cuya recaudación se desplomó por la caída de la economía real.

Hace poco el gobierno anunció que se endeudará por 1.600 millones de pesos con la Anses, a través de la colocación de letras. Se trata de una operación normal por la cual el Tesoro nacional logra financiarse.

Es decir, a cambio de promesas de pago (pagarés) por parte de la administración K, la Anses se desprende de los ahorros previsionales, acumulados por trabajadores y empresas.

Así, en lugar de dinero la Anses está acumulando títulos de deuda pública. Según datos oficiales, a diciembre del año último el organismo de la seguridad social tenía Letras por 8.450 millones de pesos.

El gobierno, cebado por la plata dulce de los ahorros previsionales, y en parte creyéndose dueño de los mismos (desde que pasaron a la órbita estatal), no paga lo que debe: cuando vence un título lo renueva con otro.

Esta película el país ya la vivió: entre nuevas emisiones y renovaciones de títulos de deuda –algo así como patear para adelante el pasivo- los gobiernos fundieron en el pasado al régimen previsional de reparto.

Volviendo al caso de Gualeguaychú, trascendió que la Caja de Jubilaciones Municipales tiene un excedente de 4 millones de pesos. La intención oficial, aparentemente, es utilizar parte de esos recursos como auxilio al Tesoro municipal.

Según trascendió, no sería un préstamo sino un aporte extraordinario que sería devuelto una vez que mejore la recaudación. Como sea, se trata de una operación delicada que pone al desnudo la fragilidad fiscal del municipio.

Y esto porque de esta manera la comuna revela que entraría en déficit. Al pedir un auxilio a la caja previsional municipal, para pagar un aumento de sueldos, está confesando que los costos superarán los ingresos.

Cuando el Estado gasta más de lo que gana, ocurren estas cosas. Para equilibrar su economía, tiene que salir a financiarse en otros ámbitos. Se empieza, entonces, con los recursos previsionales.

Más allá de que estos recursos están dentro de la órbita estatal, su utilización para gastos corrientes apenas tapa un problema de insolvencia estructural en el fisco. 

La escuela y el atajo tecnológico

Hace tiempo que la escuela, un tanto acomplejada por los cambios que se verifican fuera de sus muros, entró en una carrera frenética para adquirir y usar tecnología.


La movida va en sintonía con la importancia real del manejo de la informática entre las cualidades que se buscan en las personas, sobre todo en el mundo laboral. Instalar computadores en el ámbito educativo, así, se convirtió en una moda.

Internet, la red informática que interconecta computadoras en todo el mundo, y que permite el acceso a textos, imágenes, sonidos y videos, ha generado una fascinación inaudita.

Por alguna razón nuestra cultura ha sacralizado la información, perdiendo de vista que los datos no equivalen a conocimiento. Y la escuela ha caído también en esta confusión.

Las tecnologías son herramientas, y no fines en sí mismas. Se sabe: los chicos adoran estos dispositivos y se pasan horas jugando con ellos. Pero estar sentado enfrente a una pantalla pulsando botones, no implica una actitud de estudio y análisis o un esfuerzo mental sostenido.

El trabajo con las computadoras, en especial cuando se recurre a Internet, puede proporcionar información actualizada, pero de ninguna manera garantiza per se el desarrollo del pensamiento crítico.

David Gelernter, profesor de computación en la Universidad de Yale, es claro al respecto: “El uso de las computadoras no tiene, en sí mismo, nada de malo. Pero debemos advertir que estamos en medio de una catástrofe educativa. A los chicos ya no se les enseña a leer ni a escribir. No aprenden ni la aritmética elemental ni la historia”.

“En este contexto –opina– constituye un desastre introducir en el aula un juguete atractivo que refuerza nuestras peores tendencias. Sostener que los niños están en dificultades porque no tienen acceso a suficiente modernidad y que, en realidad, lo que necesitan es más información, resulta alarmante. Lo que hoy requieren es competencia y práctica en el manejo de los elementos básicos de la educación”.

Por otro lado, pese al uso escolar creciente de la informática, los profesores siguen quejándose de que sus alumnos son incapaces de relacionar ideas, que es el abecé del acto de pensar.

En lugar de elaborar informes que sinteticen información proveniente de distintas fuentes, a menudo copian trozos enteros de textos que obtienen en Internet, mediante la práctica de “cortar y copiar”, sin comprender el sentido de los mismos.

Ignacio Ramonet, editor de Le Monde Diplomatique, ha dicho: “Ser culto hoy, como siempre, es tener conciencia filosófica del sentido de nuestra vida. No hay equivalencia entre mucha tecnología y mejor cultura”.

“En cierta medida, ser culto es ser sabio en el sentido tradicional, distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. Esta vorágine de información trata de hacerle creer al individuo que sólo hay una manera de ser culto y que es la de digerir el máximo de información posible”.

En el fondo lo que dicen estos especialistas es que la formación del pensamiento puede prescindir de la tecnología. Las computadoras e Internet, por caso, no sustituyen las habilidades intelectuales y el conocimiento que los niños deben aprender, y que ha sido la función principal de la escuela.

Esto no quiere decir –de ninguna manera- que las personas no deban aprender a usar una computadora y a manejarse con solvencia en el ámbito de la informática. El problema está en creer que la tecnología, en tanto herramienta, puede sustituir el proceso de pensar.
El simple hecho de seleccionar y observar en una pantalla suele constituir un pálido sustituto de la actividad mental que conduce a la comprensión.

Un gesto a Cuba que hace historia

La decisión del presidente Barack Obama de levantar las restricciones a los cubano-norteamericanos para viajar y enviar dinero a Cuba no sólo es un gesto de distensión regional. Es un síntoma de que el mundo marcha hacia otro escenario.


El bloqueo norteamericano a la Isla, una rémora de la época de la Guerra Fría, parece haber entrado en proceso de liquidación, con este paso dado por el gobierno norteamericano.

Aunque la medida no implica el levantamiento del bloqueo comercial que desde hace cuatro décadas pesa sobre Cuba, sin embargo supone un giro de 180 grados respecto de lo que fue la política del presidente George W. Bush.

La administración republicana había profundizado la beligerancia con el régimen comunista de los hermanos Fidel y Raúl Castro. Seguía la política de “castigo” históricamente adoptada por la Casa Blanca.

Pero Obama acaba de abrir una brecha en esa política, acaso intuyendo que dicha estrategia resulta obsoleta ante los acelerados cambios históricos que se están produciendo.

El mundo conocido se está derrumbando ante nuestras narices, y con él se vinieron abajo también viejas categorías ideológicas explicativas de la historia. La caída del Muro de Berlín, allá por 1989, supuso la implosión del bloque comunista.

Desde entonces el régimen castrista, que se había plegado a la política soviética, se quedó huérfano, en un contexto en el cual el capitalismo liberal emergía como triunfante frente a su tradicional adversario.

Estados Unidos, así, aparecía como ganador de la contienda con la Unión Soviética, iniciada desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y que polarizó el planeta por 50 años.

Ha quedado lejos en el recuerdo la crisis de los misiles, cuando el presidente demócrata John F. Kennedy emplazó a Rusia el inmediato retiro de esos artefactos de Cuba, convertida en poderosa base militar.

El mundo vivió entonces días dramáticos, porque sobrevoló con fuerza el fantasma de una tercera guerra mundial. El régimen de Fidel Castro, inclinado cada vez más en la línea dura “trotskista”, y en acuerdo con Moscú, había devenido en punta de lanza del comunismo en Latinoamérica.

Fue un centro de exportación de la revolución en la región. Pero caída la Unión Soviética a fines de los ‘80, y con ella todo el bloque comunista, el régimen cubano quedó patinando en el vacío.

Los países alineados con la revolución proletaria –por ejemplo en la Europa del Este, Vietnam y últimamente China- se fueron plegando al capitalismo, que quedó sin rival en el centro de la escena mundial.

No fue el caso de Castro y su gobierno, devenido en el último baluarte del comunismo. Sin embargo el régimen empieza a aggiornarse y la tensión con Estado Unidos empieza a ceder.

Es significativo, en este sentido, que mientras fue un presidente norteamericano demócrata, J.F. Kennedy, quien impuso el embargo comercial a Cuba en febrero de 1962, cuatro décadas después otro mandatario demócrata lo flexibiliza.

Por otra parte, Obama sabe también que ni siquiera el capitalismo es el mismo. Aunque hegemónico, el reciente derrumbe de Wall Streat, le ha asestado un duro revés, en términos de credibilidad pública.

La conciencia histórica contemporánea ha tomado nota de que ya nada es lo que era. Un nuevo concierto internacional se está dibujando, y los antagonismos de antes han perdido vigencia. En todo caso, nuevos retos se plantean.

En este esquema, suena lógico un barajar y dar de vuelta en la relación entre Estados Unidos y Cuba. Permitir los viajes y las remesas de cubano-estadounidenses a la isla, va en línea con los nuevos tiempos históricos.

Lo que tapa la lucha electoral

La clase política se ha lanzado desde hace un tiempo a una feroz disputa por el poder, donde lo que brilla es la ausencia de la agenda real del país, vinculada sobre todo a la pobreza.


No se habla más que de armado de listas, de candidaturas y de alianzas electorales. Al oficialismo sólo parece importarle retener el poder a cualquier precio, y a la oposición desbancarlo, también a cualquier precio.

Ya se sabe: el todo vale se ha instalado en las elecciones del 28 de junio próximo. La puja de facciones no conoce decoro republicano ni límite institucional alguno. Ningún código se respeta.

La anomia institucional caracteriza a la competencia electoral. Por ejemplo, tenemos a un vicepresidente que lidera una facción política opositora a su propio gobierno, en una ambivalencia éticamente repudiable.

Ni hablar del gobierno K, que en un delirio mesiánico ha convertido una elección  legislativa en una disyuntiva dramática. Esto de plantear “Nosotros o el Caos” es propio de regímenes totalitarios.

El poder es nuestro o de nadie, es el mensaje que trasmite un oficialismo que de esta manera instala un “clima destituyente” contra la democracia republicana, cuyo eje es la alternancia en el gobierno.

Debajo de esta puja entre grupos políticos (por otra parte muy mediática), manteniéndose eclipsado por la histeria electoral, subyacen los problemas reales del país.

Los enroques en la política, los cambios de figuritas dirigidos a captar el favor de la opinión pública, tapan concretamente el avance de la pobreza, como ha advertido muy bien el ex ministro de Economía Roberto Lavagna.

¿Por qué los candidatos no hablan de la pobreza?, se preguntó hace poco en un artículo. Lavagna dice que, con ocasión de su candidatura a presidente, la respuesta que encontró en la clase política es que “ocuparse de los pobres no paga”.

“Los más sutiles me decían: estás equivocado al hablar de este tema, los pobres votan al gobierno de turno, tenés que ocuparte del resto de la sociedad”, apuntó. Como sea, la agenda más dolorosa del país –que al parecer a la política no le interesa- está ahí y es bien real.

Lavagna la recuerda sumariamente. Desde el año de la reelección presidencial la pobreza ha vuelto a subir y ya alcanza al 30% de la población, unos 11 millones de argentinos, de los cuales 3 millones son indigentes. El sector más impactado son los menores de 18 años.

En materia de educación, 14 provincias no cumplieron ni siquiera con los 180 días de clases en 2007 y 2008, y este año la situación será aún peor. Argentina está por debajo de Chile, Brasil y México –ni hablar de los países centrales- en cantidad  de horas de clase.

Argentina ha quedado penúltima en lectura sobre 55 países y en el lugar 53º en Matemática, por debajo de Chile, Uruguay, México y Brasil o por debajo del promedio en el caso de Ciencias.

La brecha entre la educación pública y la privada es cada vez más grande. En el quintil (el 20% de la población) de ingresos más bajos, el 91,2% va a escuelas públicas, en tanto que en el quintil de ingresos más altos, el 74,9% tiene educación privada.

En salud, según los últimos datos conocidos (2007), la mortalidad infantil ha subido en el promedio del país: 334 casos más que el año anterior. Y ahora el dengue, asociado a la pobreza, ya es una epidemia que está costando vidas.

Según Lavagna, el otro drama es el trabajo en negro, que ha vuelto a subir, en un contexto donde además la tasa real de desempleo y subempleo está aumentando.
Estas son las rémoras sociales de la democracia que la campaña electoral mantiene increíblemente ocultas.

La tropicalización propicia el dengue

La alteración climática –producto de la manipulación humana del planeta- ha hecho que una enfermedad como el dengue, que antes se circunscribía al Asia y al África, ahora se expanda a Sudamérica.

Los expertos en cambio climático no tienen dudas: la tropicalización ambiental de la Argentina, un proceso a esta altura irreversible, propicia la reproducción y proliferación del Aedes Aegypti, el mosquito que transmite el virus del dengue.

Los veranitos que se prolongan en el tiempo, al igual que los vientos y el régimen pluvial, crean las condiciones ideales para que el mosquito se multiplique y amplíe su distribución geográfica.

Es que el clima del planeta se está recalentando –como ya se sabe- debido sobre todo a actividades humanas que emiten gases de efecto invernadero, por ejemplo la combustión de gas, carbón y petróleo.

“Es evidente que el virus del dengue, para el cual no hay aún vacuna alguna, es un buen viajero. Como ha ocurrido con la Fiebre del Oeste del Nilo (apareció en USA y tuvimos un caso en Córdoba, en 2008), el dengue se ha corrido desde Asia y África hacia América Latina”.

Eso explicó el científico argentino Osvaldo Canziani, integrante del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Otro miembro de este grupo, Juan Ignacio Manchiola, opina lo mismo.

“El calentamiento global  produce dos efectos: la expansión del área de infección y, además, un efecto similar al de la multiplicación del plasmodio de la malaria en el sistema digestivo del mosquito Aedes Aegypti, principal vector, aun cuando otra especie, el Aedes Albopictus, también puede transmitir dengue simple y hemorrágico; éste grave y a veces mortal”, declaró.

Estos mosquitos crecen en condiciones térmicas que exceden los 25 ºC, por períodos de 15 días o más. Por eso “no cabe duda que, como indican los estudios epidemiológicos, siendo la temperatura el factor de predicción de la reproducción de estos tipos de mosquitos, el calentamiento global juega un papel importante en la diseminación del vector”, explicó Manchiola.

“Es interesante destacar –apuntó- que el cambio climático global y sus implicaciones regionales han llevado a la expansión de la frontera de desarrollo de ambas especies, en particular el Aedes Aegypti, con un aumento severo en las posibilidades de infección y de establecimiento de condiciones de epidemias”.

Según los expertos, el límite térmico inferior, al cual sobrevive la especie Aedes Aegypti, se sitúa por encima de los 10 ºC, lo que hace posible la emergencia del vector aún en situaciones invernales.

Aparte de las altas temperaturas, los mosquitos proliferan en otras situaciones ambientales típicas de la tropicalización, como aumento de las condiciones de inundación, lluvias intensas o persistentes, o la simple formación de superficies pequeñas de agua.

En tanto, para el entomólogo Anthony Erico Guimeraes, investigador del Instituto Oswaldo Cruz, el centro más importante de Brasil en desarrollo de medicamentos contra enfermedades tropicales, “el recalentamiento global amplía el riesgo futuro de epidemias”.

Cabe consignar que la enfermedad del dengue ha tenido un crecimiento explosivo en Bolivia, Brasil y Paraguay, y ahora está haciendo estragos en la Argentina. Todos estos países vienen sufriendo alternaciones climáticas aceleradas en las últimas décadas.

Por cierto que el dengue no sólo se explica desde el cambio climático. El hacinamiento, la pobreza, la falta de conocimiento para defenderse del mosquito, son otros factores que se conjugan para la expansión de la enfermedad.

 

 

 

La pascua del país

Los males morales son peores que las desgracias materiales. Y en la Argentina, más allá de la crisis económica, se ha despertado el resentimiento social que se expresa en odio declarado y aun en hechos violentos.


El revival setentista en el que se metió al país en estos años, en un giro retro que recuerda el “eterno retorno” niestzscheano, entraña la instalación de un clima ético-político con eje en la confrontación.

Disfrazado en un discurso mesiánico, que reivindica ideales trasnochados de revoluciones fracasadas, el poder maniqueo dividió a la sociedad en buenos y malos.

La política pública abrazó la táctica de amigo-enemigo –siguiendo aquello de que “la política es la guerra por otros medios”– y de esta manera inoculó un clima de crispación social permanente.

Resultado: el resentimiento y el rencor ensombrecen hoy el alma de la nación. Por esta razón, la Argentina ha perdido la amistad social, hipotecando así el sentido de convivencia.

Los argentinos estamos peleados entre nosotros, la discordia reina en los corazones, y la violencia en todas sus formas asecha por doquier, en un contexto de desprecio hacia el otro.

No se puede hacer impunemente un culto político del odio, sin que este veneno haga metástasis en el comportamiento social. Y de las enfermedades morales colectivas no se sale luego fácilmente.

Es crucial comprender, por ejemplo, la dinámica del resentimiento y su poder destructivo. El resentimiento se manifiesta a través del sentimiento de rencor que se puede definir como “odio retenido”.

Cuando la venganza deseada no puede llevarse a cabo, se va acumulando y retrasando hasta el contraataque final, estallando en violencia que elimina al otro.

Una política montada sobre el resentimiento y la vendetta depara los peores males para un país. Porque este sentimiento nefasto contamina luego las relaciones sociales, despertando nuevos odios.

El resentido padece una ceguera moral para el perdón, la donación, la magnanimidad y, de última, es un discapacitado para la paz. La guerra que tiene dentro –en su propio corazón- la proyecta luego a la sociedad.

Pero como ha dicho Martín Luther King, defensor de los derechos de los negros en Estados Unidos: “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve (…) Nada que un hombre haga, lo envilece más que permitirse caer tan bajo como odiar a alguien”.

Argentina, si quiere superar la discordia que la atraviesa, debe redefinir su escala valorativa, apartando a los que predican el odio y el rencor. Los políticos argentinos, en tanto, deben imitar a líderes que han sabido sublimar el rencor.

Uno de ellos ha sido Nelson Mandela quien salió de la cárcel –donde estuvo 27 años de su vida- sin resentimientos. Su testimonio moral –el coraje de un hombre pacífico- impidió una guerra racial en su amada Sudáfrica.

“Siempre supe –dijo- que en lo más profundo del corazón humano hay misericordia y generosidad (…)  El amor es más natural al corazón humano que su opuesto, el odio. Incluso en los momentos más horrorosos en prisión, cuando mis compañeros y yo éramos empujados al vacío, podía ver un atisbo de humanidad en los guardianes. Quizá sólo un segundo, pero era suficiente para confiar en la bondad del ser humano”.

Para Mandela siempre hay redención. Basta que el hombre apueste a lo mejor de sí –el amor- contra el odio. Para los cristianos que hoy celebramos la resurrección del Señor, el Amor ya venció.

El reencuentro de los argentinos, sobre la base de la reconciliación y el perdón, es posible. Por eso anhelamos, en actitud esperanzada, la transformación pascual del país.

El lado político del conflicto municipal

El diferendo salarial en la municipalidad de Gualeguaychú debe verse, también, en el marco de una dinámica política en la que intervienen actores provinciales del peronismo.


Es que el conflicto municipal no tiene un solo costado y ni siquiera es puramente comarcal. Si bien es cierta la demanda salarial de los trabajadores, también lo es que ésta no se da en el vacío ni deja de tener proyección territorial.

Prueba de ello es que el eje de la discusión ahora se ha trasladado a la capital provincial. Allí hace poco los intendentes del PJ, entre ellos el de Gualeguaychú, plantearon su inquietud ante el gobernador peronista Sergio Urribarri.

Según trascendió por la prensa, varios jefes comunales manifestaron su disconformidad con el accionar gremial, especialmente con el sector liderado por el diputado justicialista Juan Carlos Almada.  

Almada es secretario general de la Federación de Sindicatos de Trabajadores Municipales (Festram), un gremio de ideología peronista y con fuerte peso dentro de los empleados comunales de la provincia.

Pero hay otro detalle: Almada es un tradicional aliado político de Jorge Busti, ex gobernador y actual presidente de la Cámara Baja provincial. Y según el periodismo de la capital provincial, el sindicalista está enfrentado a Urribarri.

De hecho, Almada forma parte del bloque de legisladores disidentes del urribarrismo, que hace poco se reunió en Gualeguaychú, en el Club Frigorífico, para dejar planteadas sus diferencias con el oficialismo provincial.

El dato significativo es que el Sindicato Municipal de Gualeguaychú, con Mario López a la cabeza, que lleva adelante un paro por tiempo indeterminado, y ha dejado sin servicios a la ciudad, está enrolado en la Festram de Almada.

Como se sabe el intendente de Gualeguaychú, Juan José Bahillo, está alineado políticamente al gobernador entrerriano, e internamente ha tenido cortocircuitos con los legisladores peronistas disidentes locales, Osvaldo Chesini y Juan Bettendorff

Pero hay más: en este momento existen conflictos con los trabajadores municipales en Concepción del Uruguay y Concordia, cuyos jefes comunales responden, hasta ahora, al urribarrismo.

La pregunta cae por su propio peso: ¿en qué medida el conflicto municipal, como el que tiene Gualeguaychú, está atravesado por la interna del partido justicialista? ¿Cuánto de ingrediente político partidario, en este contexto, tiene el paro local?

¿Acaso se está en presencia de una disputa de poder al interior del PJ, entre Jorge Busti y Sergio Urribarri, como algunos creen, y ello se ha colado en la vida de los municipios?.

Por lo pronto, sólo hay actores del PJ protagonizando el conflicto municipal. Por eso resulta sugestivo que Paraná se convierta ahora en el epicentro de la discusión política, dirigida a destrabar el problema.

En efecto, se anuncia para este lunes una reunión trascendental entre miembros del gabinete de Sergio Urribarri y el secretario de la Festram, Juan Carlos Almada.

Hay gran expectativa alrededor del resultado de este cónclave, que en principio aparece como una instancia decisiva para que ciudades como Gualeguaychú recuperen la normalidad en las prestaciones municipales.

Que el gobierno de la Provincia asuma la responsabilidad del problema es todo un síntoma de la dimensión política que tiene el conflicto, donde a juzgar por sus protagonistas juega la interna del peronismo provincial.
Los vecinos de las ciudades, en tanto, debemos pedir que los políticos y gremialistas no utilicen al Estado, que es de todos, para resolver sus pujas facciosas.

Llevamos la trampa en nuestros genes

¿A quién le sorprende la última maniobra electoral del oficialismo, que postulará listas “testimoniales” (que traccionan votos), de suerte que si ganan, los candidatos no asumirán? En un país habituado a la trampa, esto suena incluso a genialidad.


Que se haga cualquier cosa para acceder y mantenerse el poder, es parte de la idiosincrasia de nuestra dirigencia.

Estafar al electorado con maniobras espúreas, contrarias a reglas institucionales elementales, es parte de la cultura política argentina. Es una práctica de los oficialismos cuando ven que pierden poder.

¿Y después le piden a la población que sea obediente a la ley, que respete a la autoridad y al orden público? ¿Y después se quejan de los “climas destituyentes”?.

¡Si son ellos quienes quebrantan las reglas de juego! ¡Si son ellos los que se ríen de la ley!.

Pero no nos engañemos: los países tienen los gobiernos que se merecen. Se actúa desde el poder en la más absoluta impunidad, porque antes hay una sociedad que desprecia la legalidad.

La anomia forma parte de nuestro carácter nacional. La Argentina es un país que vive por fuera de la ley. En realidad, hemos hecho de la trampa una segunda naturaleza.

No es casualidad que nuestro juego nacional de naipes sea el truco, donde de lo que se trata es de sacar ventaja mediante el disimulo y la mentira. Nada nos pinta mejor que esta práctica lúdica.

Así como mentimos sobre las verdaderas cartas que tenemos –y en eso consiste el truco- así escondemos pobres en truchados indicadores del INDEC, o tapamos el dengue con los discursos.

Pero como el engaño es constitutivo del ser nacional, está inscrito en nuestro código genético, para los argentinos se trata de una picardía más. Así esta sociedad avaló y festejó las “agachadas” de otros gobiernos.

Es que así somos los argentinos: tipos piolas. Como decía Borges: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por inmoral le importa menos que pasar por un zonzo”.

“La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla”, decía el célebre escritor.

¿De dónde nos viene este desapego por la norma? Argentina ha sido formada, desde sus orígenes, en la violación de los códigos. Para nosotros de lo que se trata, en realidad, es de encontrar un resquicio para burlar la ley.

En eso reside la “argentinidad”.  Ése es nuestro destino manifiesto. Lo anómalo e ilegal habita en nuestros cromosomas. Por eso este país idolatra a personajes como Maradona y celebra el gol con la mano que le hizo a los ingleses en un mundial de fútbol.

Para muchos historiadores no quedan dudas de que fueron nuestros antepasados  quienes nos inocularon este modo de ser. La decisión de la monarquía española de cerrar el puerto de Buenos Aires fue, por paradoja, la ley que transformó al Virreinato en el mayor centro de contrabando de la época.

Cuenta Juan Agustín García, que el monopolio creó una cultura de la ilegalidad que se enquistó en toda la sociedad rioplatense. En su origen, Argentina fue un país de contrabandistas.

Todas las clases sociales en la época colonial encontraron más cómodo sacudir el yugo de la legalidad. Las nociones de lo bueno y de lo malo, del derecho y de la justicia, quedaron desde entonces trastrocadas.
La herencia española preparó, así, las condiciones políticas para que después la gobernabilidad futura dependa de la voluntad exclusiva de un patrón. En suma, no el trabajo honrado sino el contrabando. No el sistema institucional, ni la ley y el orden, sino la voluntad omnímoda del caudillo.

¿Hacia otra crisis de gobernabilidad?

Metida en el vértigo de la protesta constante, y en un clima cuasi anárquico, la Argentina sigue siendo un país donde el problema de fondo es la gobernabilidad. ¿Cómo hará la política, en este marco, para encauzar la conflictividad social?


La crisis del 2002 nos dio la oportunidad para revisar nuestra severa crisis político-institucional. Nunca como entonces quedó patente que la economía no se desarrolla en el vacío sino en un entramado socio-político-cultural.

La caída de la convertibilidad, en realidad, era un efecto de un modo de pensar y de comportarse colectivo. Caímos en la cuenta que detrás del corralito y de la fuga de capitales subyacía el colapso de un modelo de gestión político y social.

Sin embargo, no bien la economía empezó a repuntar, porque el mundo compraba nuestros productos primarios, los argentinos no hicimos nada por reconstituir la relación entre la sociedad y el sistema político. El aumento del PBI disimulaba nuestro profundo desprecio hacia la República como tal.

El país avaló a un gobierno creído, que se dio el lujo, hasta acá, de confrontar con todo el mundo. Lo podía hacer porque el mando en la Argentina, lejos de basarse en la autoridad ética y en el respeto a la ley, se ejerció desde el poder disuasivo de la Caja.

Pero fincar la gobernabilidad del país en la Caja tiene patas cortas. El andamiaje se derrumba no bien dejan de fluir los fondos y la economía se desploma, que es lo que está pasando hoy. Por eso, ante la crisis del capitalismo global, la Argentina está inerme en este plano.

La conflictividad social, que podría encauzarse en algún formato institucional, luce hoy desbocada. Más bien recuerda la crisis de 2002, cuando la anarquía amenazó con llevarse puesto al país. El principio de autoridad está lesionado y la protesta social se rige por el principio del todo vale.

Hoy se cosecha lo que se sembró, desde el punto de vista institucional. ¿Dónde quedó la famosa “reforma política”, que iba a venir a saldar la crisis de representatividad de la democracia argentina? ¿Dónde quedó el republicanismo que subsanaría la ancestral sospecha de corrupción que afecta al poder político?

Un sector importante de la sociedad aprovechó la muerte de un ex presidente –días atrás- para demandar otra política. Esa gente percibe que así como va la Argentina vuelve a colisionar. En el fondo, ve a sus dirigentes en otra cosa.

La disputa facciosa por el poder que se ha desatado a raíz de las elecciones, parece desentonar con los miedos de una sociedad que ve que la crisis mundial la puede aplastar. Además, hay temor por lo que pueda pasar después de junio.

Otro sector de la sociedad prefiere la indisciplina cuando quiere reclamar. Recurre a métodos ilegales y anómalos, más o menos violentos, que desafían abiertamente a la autoridad, dejando traslucir así que no hay marco institucional alguno dentro del cual resolver conflictos.

La gobernabilidad democrática será puesta a prueba en la Argentina en los próximos meses. “Esta democracia tan frágil e imperfecta –decía el politicólogo Guillermo O’Donnell en octubre de 2000- ha entrado en un curso de muerte lenta”.

“Hay síntomas preocupantes (…) una distancia creciente de los actores políticos respecto a la ciudadanía, que responde con cinismo, alienación, y enojo, porque siente que lo que pasa en la política nada tiene que ver con sus anhelos y pesares”. 

“Y por parte de la clase política, un juego de perros que se mueven la cola, cerrados en la coyuntura, con cada vez mayor incapacidad para mirar a la sociedad y entenderla”. A esta democracia O’Donnell la llamaba de “baja intensidad”.

Saldo ambivalente de la democracia

La muerte de Raúl Alfonsín ha supuesto una revalorización del régimen democrático, inaugurado en 1983. Sin embargo, el sistema luce rengo en otros aspectos.


Hay, a decir verdad, un resultado ambivalente de estos veinticinco años. En principio, la recuperación de las libertades públicas, sin lugar a dudas, es un valor heredado inestimable.

Ya es mucho que se hayan terminado los golpes militares en Argentina, que desde 1930 eran una constante en la vida del país. Más allá de que hoy desde el poder se agite el fantasma del “clima destituyente”.

Pero a poco que uno mire los indicadores económicos y sociales, en estos años, emerge un balance decepcionante. Que desentona con aquel “con la democracia se come, se cura y se educa”, que solía repetir el líder radical.

El tema de la deuda externa, por caso, solía ser un caballito de batalla de las campañas de los políticos. Los militares, se decía, la habían instalado a sabiendas para explotar al pueblo.

Era una deuda ilegítima porque había sido contraída por un gobierno ilegítimo. Ese era el consenso de la clase política: revisar esa obligación para no pagar lo que se creía era un robo cometido contra el pueblo.

Lo concreto es que, desde 1983, el endeudamiento público no ha parado de crecer. Cuando Alfonsín llegó al poder –tras el interregno militar- la deuda pública era de 45.000 millones de dólares.

Hoy, a diciembre de 2008, es de 147.975 millones. Sin embargo, el pasivo del país sube a 174.959 millones de dólares si se suma la deuda en cesación de pagos desde 2002 y que no entró en el canje que el gobierno ofreció en 2005.

¿Sigue la deuda condicionando, como se creía en los ‘80, el desarrollo del país? ¿Es inmoral e impagable según el discurso de esos años? ¿Su pago le quita la comida de la boca a los pobres de este país?

El gobierno K, que representa lo más granado de la izquierda argentina, tiene el raro privilegio de haber pagado lo que nunca antes ningún gobierno. Desde 2003, abonó en pagos constantes y sonantes, a los organismos financieros internacionales, la friolera de 25.187 millones de pesos.

Pese a este extraordinario desembolso –en el fondo, una forma de “redistribuir la riqueza”– la deuda es imparable. Este año, el país debe afrontar vencimientos previstos de capital e intereses que suman 16.250 millones de dólares.

La contracara de este pasivo, y su drenaje, es el aumento de la pobreza y la indigencia en el ciclo democrático. En 1983 había 19,1% de personas por debajo de la línea de pobreza, según datos del INDEC no intervenido.

El gobierno K, tras manipular el organismo estadístico, asegura que hoy hay un 17% de pobres, pero las expertos y varias entidades académicas sostienen que la pobreza supera el 30%, e involucra a 13 millones de argentinos.

En tanto, todos los estudios marcan una involución franca de la distribución del ingreso en la Argentina en las últimas décadas. La equidad, incluso, era mayor en 1974, cuando la pobreza era del 10%.

En tanto, ¿ha mejorado el nivel de confianza en el sistema político y la participación ciudadana en la cosa pública con relación a la efervescencia cívica que se vivió tras la inauguración del ciclo democrático?

El descreimiento hacia la política alcanzó su pico de mayor tensión con ocasión de la caída de la convertibilidad. “Que se vayan todos”, fue la demanda de una sociedad en su máximo nivel de desilusión.
Sin embargo, los recientes funerales del ex presidente, donde 100 mil personas fueron a despedir los restos de Raúl Alfonsín, es un episodio que no revela indiferencia sino interés por la democracia y sus instituciones.

La crisis local no se arregla con parches

El conflicto salarial en la municipalidad de Gualeguaychú, que impacta de lleno en la comunidad, es una muestra palmaria del fracaso del proyecto centralista en la Argentina, que todavía sigue vigente.


Desde esta columna, allá por noviembre del año pasado, cuando ya se veía venir el problema, decíamos que así como están, con la estructura de ingresos y egresos que tienen, las comunas son financieramente inviables.

El diagnóstico es que la persistencia en el tiempo de la matriz unitaria del régimen fiscal despoja primero a las Provincias y con ellas a los municipios, en beneficio de un poder central insaciable.

“Las clases políticas locales, en este contexto centralista, seguirán poniendo parches a sus administraciones. Harán de pilotos de tormenta en sus pequeños Estados escuálidos y condenados estructuralmente a ser insolventes”, decíamos.

Pero cada vez se hace más evidente que este cortoplacismo miserable no resuelve nada, porque la solución estructural para los municipios está atada a una reforma revolucionaria del sistema impositivo.

El escamoteo constante de la renta provincial, y por esta vía de la municipal, para engordar la caja de gobiernos nacionales cuyos titulares se consideran monarcas, estalla en crisis recurrentes en el interior.

Los Estados del interior del país son la variable de ajuste de todos los programas unitarios que se suceden sin solución de continuidad en la Argentina, cuyo pecado es haberse apartado del federalismo.

Se han confirmado los peligros y males que desde el siglo XIX señalaron varios argentinos preclaros, entre los cuales figura nuestro Olegario Víctor Andrade, abanderado de la causa federal.

Cuando hablamos de producir una revolución impositiva para desbancar “la cabeza de Goliat”, de que hablaba Ezequiel Martínez Estrada, no estamos proponiendo romper con el orden jurídico argentino.

Ahí está el punto. Se trata, simplemente, de empezar a cumplir con la Constitución, que consagra como uno de sus pilares al federalismo. En la Argentina ser revolucionario no es declararse “progresista” sino respetar la ley.

El federalismo como forma de Estado fue una decisión sabia para solucionar los problemas políticos, económicos y sociales de un país tan extenso, que necesita de una efectiva descentralización del poder.

Sin embargo, en la realidad se ha impuesto un proyecto unitarizante, de concentración del poder en el gobierno llamado federal, que fue avanzando sobre el diseño constitucional y las autonomías provinciales.

Pero también fue avanzando sobre las autonomías municipales, condenando a las ciudades del interior a su propia suerte. La crisis laboral en la municipalidad de Gualeguaychú debe verse en este marco.

El problema es sistémico, engloba a la totalidad del Estado argentino, que ya no puede disimular el fracaso del proyecto centralista que lo gestó. La insolvencia crónica de los Estados del interior es un subproducto de un diseño anti-natura y anticonstitucional.

Los gobiernos que se disputan el calificativo de “progresistas”  pero que mantienen este estado de cosas son en realidad profundamente reaccionarios. Porque defienden el país viejo inventado por la oligarquía portuaria.

Ni hablar de los provincianos que se prestan al juego de los intereses centralistas. En el caso de Entre Ríos traicionan su mejor tradición, asociada indisolublemente a la causa federal, que es la causa de los pueblos del interior.

“¡Que las provincias dejan alguna vez de ser las víctimas inermes sacrificadas a la ambición de un puñado de hombres!” (O. V. Andrade, agosto de 1866).

Fábrica de abogados

¿Qué pensar del dato académico según el cual en Entre Ríos egresan más de 20 abogados por mes?. La cifra, contenida en una nota aparecida ayer en El Diario de Paraná, con la firma de Luz Alcaín, en principio suena extravagante.

Porque lo que uno escucha entre los hombres del gremio es que ya hay una preocupante superpoblación profesional. Se diría que hay más abogados que pleitos. Al parecer la fábrica provincial de abogados, acompañando el crecimiento chino del área sojera, alcanzó niveles de productividad notables desde 2003.

   Ese año la matrícula pegó un salto, según el informe periodístico. Y coincidió con la graduación de la primera camada de abogados de la Facultad de Derecho de la UCA en Paraná, que había abierto sus puertas en 1997.

   “En efecto, mientras en el año 2000 se matricularon 163 abogados (un promedio de 14 por mes); ya en 2006, por ejemplo, la cifra trepó a 265 abogados (22 nuevos matriculados por mes); o el año pasado se llegó a 21 por mes (246 en todo el 2008)”, se indica.

   El dato es que se ha ampliado la capacidad de producción de abogados en los últimos años. Daniel Cottonaro, delegado de los jóvenes abogados de Paraná ante la Comisión Provincial de Noveles Abogados, describió así el proceso:
   “Antes los paranaenses sólo estudiaban en la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Pero ahora está la Universidad Católica Argentina, subsede Paraná también hay gente que egresa de la carrera que se dicta en Villa Libertador”.

   Cottonaro agregó: “Hay carreras que se dictan a distancia como la Universidad de Salta. Y la gente de la Costa del Uruguay o del centro de la provincia, cursa mayoritariamente en la Universidad de Rosario y algunos también en la Universidad de Concepción del Uruguay”.

   La producción en serie de abogados, al parecer, lleva aparejada una devaluación en la calidad del producto. Según Cottonaro, los nuevos matriculados demandan capacitación práctica.   

   “La universidad puede ser buena pero no tenemos contacto con ningún expediente”, opinó el entrevistado, al explicar por qué los noveles hombres del derecho salen de la academia a hacer cursos.

    La pregunta se impone: ¿qué hace que muchos jóvenes entrerrianos se obsesionen con el derecho? Para Alcaín es una mezcla de oferta académica, expectativa de salida laboral y hegemonía del precepto según el cual “serás lo que debas ser o serás abogado”.

   Mirada profundamente, la sobreabundancia de abogados revela en realidad las condiciones de subdesarrollo económico de Entre Ríos, que no ha podido diversificar ni ampliar las fuentes de trabajo para sus habitantes.

   Estamos en una provincia donde el monocultivo de la soja es el principal factor de plusvalía (que encima no capitaliza), y donde no ha crecido una poderosa agroindustria, pese a tener condiciones para eso.

    En este contexto ser abogado puede ser visto como una tabla de salvación. Pero como en el mercado de la profesión no hay para todos, los nuevos egresados buscan su primer trabajo en el Estado. “Mucha gente termina trabajando en algún ámbito de la administración pública”, reconoce Cottonaro.

  Cuando esa vía se cierra, las expectativas de trabajo se centran entonces en el poder político. La idea es conchabarse como asesor de algún dirigente o legislador, para vivir en los frondosos presupuestos de las cajas políticas.

   A propósito, Alcaín es incisiva: “Se ha observado la existencia de una ‘militancia profesionalizada’. Así, hoy por hoy, hay abogados que se encuentran ocupando roles que tradicionalmente no requerían de título si no, más bien, de alguna convicción política”.

 

 

 

Cuando el método desvirtúa el reclamo

El recrudecimiento del conflicto laboral al interior del municipio, que amenaza con dejar inactivos los servicios básicos, debe hacer reflexionar en torno a que el reclamo no justifica el empleo de cualquier método.


En principio, aunque la huelga es un derecho reconocido legalmente, siempre debe ser un recurso extremo, que se toma después de agotados todos los medios pacíficos.

Debe revestir el carácter de algo excepcional. Y esto en atención, como en nuestro caso, al hecho de que el abandono del trabajo en el Estado, genera zozobra en toda la comunidad.

Por tanto, el empleo de la huelga debe ser moderado en lo posible, definido su carácter y alcance en el marco de la responsabilidad social.

En este sentido, emprender un paro por tiempo indeterminado, acompañado de la decisión de dejar sin servicios básicos a la ciudad, supone instalar peligrosamente el principio de que todo vale en la protesta.

Por otro lado, estas medidas se inscriben dentro de un clima de crispación sindical. La última manifestación pública de un grupo de empleados frente al palacio municipal estuvo cargada, por ejemplo, de exceso verbal.

Esta especie de asonada, que bien puede ser leída como una suerte de “apriete” a la autoridad, es una práctica que no crea el mejor ambiente con vistas a destrabar el conflicto en términos civilizados.

Por otro lado, nos preocupa que detrás de este conflicto se puedan esconder motivos distintos a los de los trabajadores. Nos referimos, concretamente, a la posibilidad de que una interna sindical tenga incidencia en la cuestión.

La competencia entre grupos sindicales suele traducirse, a veces, en una puja por ver quién queda mejor parado en la discusión con la patronal. Y en este contexto suelen prevalecer las posiciones más extremistas.

Sería por otro lado muy condenable que haya sectores políticos que pretendan usufructuar del conflicto, como ha insinuado el intendente municipal pocas horas atrás.

En tanto, quien conduce la municipalidad debe agotar toda su imaginación en la búsqueda de una solución. Debe atender el reclamo de los empleados municipales, dentro de lo posible, pero sin lesionar el interés de la ciudad.

En este sentido, debe crear las condiciones jurídicas para que se preserven los servicios esenciales para la población –se habla de la posibilidad de fijar esta prioridad en una ordenanza-.

Además, no puede ni debe comprometer las finanzas municipales más allá de lo que dictan los principios de la sana administración. El peor escenario al respecto sería convalidar la inutilidad del Estado.

¿A quién le serviría un municipio cuya única función fuera pagar sueldos? Gualeguaychú no se merece que su municipalidad devenga en una mera “agencia de colocaciones”.

A veces se pierde de vista que el Estado expresa al conjunto de los vecinos, quienes con su tributo mantienen el municipio, del cual el intendente es apenas un administrador circunstancial.

La autoridad ha mejorado la oferta salarial, acepta incorporar contratados, y promete medidas de austeridad, que incluyen afectar haberes de funcionarios políticos. Ojalá esto ayude a destrabar el conflicto.

No negamos que los salarios están rezagados, pero es una realidad que atraviesa a todos los trabajadores argentinos. Es bueno recordar, sobre el particular, que los empleados del Estado corren con ventaja porque gozan de estabilidad laboral.

Insistimos: el reclamo más justo queda desvirtuado cuando los métodos que se emplean para defenderlo se extralimitan y lesionan derechos comunitarios.

El reciclaje del capitalismo global

Los líderes mundiales, reunidos en Londres, acaban de acordar una vasta reforma para salvar al capitalismo de la rebelión social. La humanidad asiste, así, a otro reciclaje del sistema económico.


No es la primera vez que el capitalismo está a la deriva. La crisis de 1929, que originó la Gran Depresión, amenazó también su hegemonía. Algunos creyeron que la humanidad giraría hacia el comunismo, triunfante entonces en la Unión Soviética.

El fantasma de Carlos Marx, que había predicho el triunfo ineluctable del proletariado, acechó a Occidente con fuerza. La revuelta social en una situación de desempleo masivo socavaba las bases del sistema.

Lo doctrina del laissez-faire, la creencia básica de que el sistema se regula “automáticamente”, se desmoronó. Y en su lugar, como respuesta correctiva, el Estado intervino para incentivar la demanda, según la sugerencia del economista británico John Maynard Keynes.

Aunque aceptaban que el mercado no era perfecto, a los líderes occidentales de entonces les espantaba no obstante la perspectiva del comunismo, que postulaba la colectivización de los medios de producción. Por eso estuvieron dispuestos a aceptar la intervención estatal en la economía.

Nadie describió tan perfectamente la hipótesis de que el comunismo era un remedio peor que la enfermedad como Winston Spencer Churchill (1874-1956), primer ministro británico durante la 2da. Guerra Mundial:

“El vicio inherente del Capitalismo es el reparto desigual de los beneficios; el vicio inherente del Socialismo es el reparto equitativo de la miseria”, dijo.  

Finalmente, el capitalismo se reconvirtió bajo la amenaza de la rebelión social. En Occidente sobrevino así, el más formidable desarrollo socioeconómico de la historia, conocido como “Estado de Bienestar”.

La “edad de oro del capitalismo”, como la llamaron algunos historiadores, se caracterizó por el pleno empleo y el nacimiento de la sociedad de consumo. Los trabajadores y la clase media pudieron acceder a bienes hasta entonces sólo al alcance de unos pocos privilegiados.

Pero la estanflación mundial de los ‘80 generó el abandono de este estado y el advenimiento del movimiento monetarista que venía, según sus ideólogos, a salvar al capitalismo del excesivo intervensionismo estatal.

Los años ‘90 transitaron en un mundo unipolar. El comunismo había colapsado y el capitalismo se encontró sin competencia. El llamado “Consenso de Washington” supuso en esa época el triunfo de las ideas liberales en economía.

Ahora este paradigma, a partir del colapso financiero mundial, acaba de ser abandonado en la Cumbre del G-20, ocurrida en Londres, lo que marca una nueva vuelta de rosca del capitalismo.

El primer ministro británico, Gordon Brown, saludó lo que llamó “el comienzo de un nuevo orden internacional”, y el presidente Barack Obama un “hito histórico”. En esencia, las medidas que se anuncian buscan regular los flujos financieros globales.

Hay conciencia acerca de que los abusos de la economía capitalista –cuyo “vicio es el reparto desigual de los beneficios”, al decir de Churchill- nos ha llevado a la presente crisis.

El presidente del fortalecido FMI, Strauss-Kahn, acaba de decir que “si no se hacía nada, en países pobres podía haber consecuencias como revueltas, amenazas a la democracia o guerra civil”.

¿Entrará la humanidad, a partir del nuevo consenso, en un período de prosperidad, como ocurrió en el pasado? ¿Atenuará los impactos de la injusticia por la cual los fuertes explotan a los débiles y aventará así el fantasma de la rebelión social?.

El desafío provincial de pagar salarios

La aceptación del ministro de Economía, Diego Valiero, de que existe un déficit para pagar sueldos y jubilaciones, confirma la situación delicada por la que atraviesa Entre Ríos.


En declaraciones recientes a la prensa, el ministro admitió la existencia de un rojo de 30 millones de pesos mensuales en las cuentas provinciales, en un contexto de caída de ingresos.

Por mes la Provincia tiene que juntar, dijo, 300 millones de pesos para pagar sueldos, jubilaciones y obra social, pero sólo recauda entre 270 y 280 millones.

Valiero aceptó que “hemos tenido menos ingresos estos meses” y afirmó que “este año arranca con déficit”. De todos modos, aclaró que se aguarda corregir este desfase en los meses siguientes.

Al respecto, afirmó: Estamos trabajando con el tema de la moratoria, que tienen buen eco. Estos montos ingresarían en abril”.
También a esta altura debieran ir ingresando los pagos del Inmobiliario Urbano, con las mejoras que los contribuyentes habían declarado en 2008”,
dijo al cifrar esperanza en la actualización de los valores catastrales.

Las dificultades financieras del Estado entrerriano ya se venían insinuando en el atraso en los pagos de sueldos y jubilaciones y en el diferimiento a la hora de abonarle a los proveedores.

Para cubrir el bache y poder cumplir con los trabajadores estatales, el gobierno depende cada vez más de las remesas de la Nación o de anticipos de coparticipación de los bancos (en este último caso a través del Fondo Unificado).

Pese al optimismo de Valiero, en el sentido de que se aguarda un mejoramiento del cuadro fiscal, entre otras cosas por la moratoria, persiste la duda financiera sobre la posibilidad real de conjurar el déficit ya instalado en las cuentas.

Una alternativa no deseada es la emisión de cuasimoneda, como los federales creados tras la caída de la convertibilidad, durante el gobierno radical de Sergio Montiel, que supuso la quiebra de la economía entrerriana.

En el gobierno provincial juran que nunca se llegará a ese límite, y afirman que la nueva Constitución de Entre Ríos prohíbe expresamente que se emitan bonos para financiar gastos corrientes.

Algunos especularon al respecto sobre la posibilidad de que la coparticipación del 30 por ciento de las retenciones a la soja, anunciada recientemente, bien podría fortalecer la caja provincial.

Sin embargo, ese dinero de la soja sólo podrá gastarse en construir escuelas, hospitales, cloacas, viviendas o rutas, de acuerdo a los dichos de la primera mandataria.

Como sea, si la recaudación propia del Estado entrerriano no repunta en los próximos meses, se descuenta que el pago a los trabajadores estatales dependerá de la predisposición de la presidente Cristina Kirchner para girar fondos extras.

Por otro lado, varios estudios privados revelan un cuadro asimétrico en el Estado argentino: mientras el grueso de los presupuestos provinciales se va en el pago de sueldos, en el caso de la Nación la masa salarial insume sólo el 13% de las erogaciones.

Pero con la recaudación nacional desinflándose, el gobierno nacional ve cómo con el paso del tiempo su propia “caja” se va achicando. De hecho entre los analistas económicos se ha instalando una obsesión: ¿qué pasará después de junio, tras las elecciones?.

Esa pregunta también es pertinente para el Estado entrerriano, al que cada vez seguramente se la hará más cuesta arriba cubrir sus gastos, si como se cree la economía sigue desplomándose.

Mientras tanto, hoy por hoy está claro que el desafío principal de la gestión del gobernador Sergio Urribarri es el pago de los sueldos.

Qué nos dice Malvinas hoy

Recordar Malvinas es colocarnos en la perspectiva del interés nacional por encima de cualquier parcialidad o egoísmo grupal. Pero la realidad de un país dividido y fragmentado delata la “desmalvinización” de los espíritus.


¿Es la Argentina algo más que una geografía habitada? ¿Existe algo así como una “conciencia nacional”, a partir de la cual es posible reconocer la existencia de un pueblo?

¿Es la Argentina propiamente una nación, un grupo humano con conciencia de sí, con decisión de emprender una empresa común, dueña de un carácter propio que la distingue del resto de las naciones?

¿Hay algo así como un proyecto nacional, una utopía colectiva, capaz de aglutinar las voluntades dispersas, y de acallar los reclamos sectoriales, siempre animados por intereses mezquinos?

La anarquía espiritual que hoy reina en el país –una sociedad apática y descreída que mira con resignación la eterna puja por el poder de grupos facciosos- revela la ausencia de un factor cultural cohesivo.

Increíblemente, ya se empiezan a escuchar lamentos del tipo “este país de m…”, que allá por 2001 mostraban el grado de enajenación de los argentinos hacia su propia tierra.

Llevamos en un sentido nuestra condición de argentinos en forma vergonzante. Hay algo dramático aquí que insinúa que pese a la historia común, la Argentina no se encuentra consigo misma.

Está en crisis el ser nacional, dirá alguno. Alguien ha dicho por allí que de tanto fracasar, la sociedad argentina se ha resignado a llevar una existencia más o menos mediocre.

La falta de un proyecto o una empresa convocante, lo suficientemente movilizadora, denuncia nuestra falta de ambición. Pues bien, ¿qué nos dice este nuevo 2 de abril?

¿Qué mensaje nos trae Malvinas, en este particular momento histórico?  Esas islas irredentas, en el confín austral, por las que miles de argentinos pelearon en 1982, nos recuerdan que hay causas colectivas.

El sentimiento malvinero hoy se cuela, en virtud del calendario, en un escenario espiritual erizado por la confrontación entre los argentinos y por la pérdida de fe en las posibilidades del país.

El contraste es manifiesto: cuando hoy todo nos desune, y nos divide, allí está Malvinas recordándonos que los países tienen existencia histórica cuando abrazan generosamente proyectos colectivos.

Malvinas, más allá de la disputa territorial y de las vicisitudes de la guerra del ‘82, simboliza el hecho de que la patria existe y que no es pecado empeñarse en hacer algo mejor por ella.

Los argentinos estamos desmalvinizados desde el momento que anteponemos otro interés al del país. Nuestro sentimiento patriótico luce raquítico y eso nos impide imaginar una Argentina mejor.

Estamos lejos, muy lejos, de pregonar el chauvinismo, esa patología que excluye a las otros, que desprecia al extranjero, y que es contraria al amor sano por la patria.

Ser patriota es, etimológicamente, pertenecer a “la tierra de los padres”. Y los compatriotas son “hijos de un mismo padre”, es decir, hermanos. El día que comprendamos estas cosas, quizá los argentinos empecemos a entendernos.

Al recordar la generosidad de los veteranos de guerra y reivindicar los derechos sobre las Malvinas, hoy puede ser un día para encontrarnos con ese sentimiento colectivo ligado a lo nacional que tanto nos hace falta.
Vigorizar el orgullo argentino, sentirnos partícipes de un proyecto con tradiciones, valores, culturas y afectos compartidos, ayudará a disolver las fuerzas que conspiran contra la unidad nacional hoy amenazada.

Los males que trae consigo la pobreza

En un país como la Argentina, donde más de un tercio de su población (alrededor de 13 millones de personas) es pobre, ocurren cosas vinculadas estrechamente a esta realidad. La pobreza es el marco general en el cual se multiplican fenómenos humanos aberrantes.


La prensa, cada tanto, nos comunica episodios diversos que sin embargo están atravesados por el mismo contexto social.

Hace poco, una noticia escalofriante impactó en la opinión pública: burócratas de un programa social en El Impenetrable chaqueño, que asiste a comunidades wichis, obligaron a nenas y adolescentes a tener relaciones sexuales con ellos, a cambio de comida.

De esta manera, el clientelismo político –que es un canje de favores con fines políticos- alcanza su máxima cota de corrupción. El insensible burócrata ahora pide el cuerpo de sus víctimas menores por un pedazo de pan.

Otra información da cuenta que los maestros y los profesores de primaria y secundaria ya no quieren ir a dar clases a las zonas socialmente más vulnerables de la ciudad de Buenos Aires.

Uno de los factores de esta deserción es el miedo. “El guardapolvo dejó de ser un escudo frente a la inseguridad”, aducen los maestros, que temen por sus vidas ante la ola de violencia barrial.

Los especialistas alertan que está en juego el único igualador social que tienen los habitantes de esas zonas. ¿Qué otra cosa, salvo la escuela, puede ayudar y contener a los chicos de barrios marginales?

Hasta ahora los maestros, en estas escuelas, aceptaban el doble desafío de atender las necesidades de aprendizaje y contención social que presentan los jóvenes carenciados.

Pero ahora consideran que este trabajo es una aventura peligrosa en la que pueden perder su vida. Aunque aquí pueden acumular “puntaje”, prefieren su seguridad personal.

Paralelamente, otra noticia de estas horas nos recuerda también la degradación que trae aparejada la pobreza. En las villas de Buenos Aires prolifera el “negocio del peaje”.

Se trata de aduanas tácitas y violentas manejadas por chicos que así se inician en el delito. Los peajes que se cobran abarcan todos los rubros: un poco de dinero (de dos a cinco pesos), un pollo, paquetes de galletitas, cigarrillos y objetos menores como encendedores o una lapicera.

Lo que lleva a los chicos de la calle a explotar estas aduanas es la necesidad de procurarse recursos para financiar el consumo de “paco”, la famosa droga de los pobres.

“Todo les sirve. Los chicos no cobran, piden cualquier cosa. Eso lo negocian por dinero y con eso compran droga”, es el testimonio de uno de las tantos vecinos víctimas de la extorsión de los menores.

El otro rostro oscuro de la pobreza es la expansión de enfermedades sociales como el dengue. La epidemia que se ha desatado en el país ya cobró las primeras víctimas en el Chaco, donde recrudece el mal.

La existencia precaria de tantas familias pobres del país, sobre todo en el norte, la falta de infraestructura básica en materia de cloaca y agua potable, más la ausencia crónica del Estado en materia de salud pública, configuran las condiciones objetivas para el crecimiento de esta enfermedad.

El giro hacia las carreras técnicas

Los jóvenes que salen del secundario han empezado a optar por las ingenierías y las ciencias exactas, lo que marca un cambio de tendencia a favor del desarrollo científico del país.


El giro empezó a materializarse este año en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde por primera vez las carreras técnicas crecen a expensas de las humanísticas y sociales.

El país viene con una escasez crónica de profesionales vinculados a las ciencias duras, la matemática, la física y la ingeniería, alrededor de las cuales se asienta el desarrollo científico-técnico.

Sin embargo, este panorama está virando lentamente, a juzgar por el perfil de la matrícula de la principal universidad del país, donde este año se observa un repunte de las carreras técnicas.

De un total estimado de 47.159 alumnos inscriptos en el Ciclo Básico Común (CBC) de 2009, 1.724 eligieron las carreras de la Facultad de Ciencias Exactas, frente a los 1.536 de 2008.

En tanto, para las carreras de Ingeniería se anotaron 3.950 estudiantes, frente a los 3.838 de 2008. De esta manera, después de mucho tiempo, las llamadas ciencias duras no sólo no declinan, sino que repuntan.

El fenómeno estaría vinculado a la fuerte demanda laboral de técnicos –ligado al proceso de expansión del mercado interno de estos años- y a la difusión que se está desarrollando desde el Estado.

Desde el ministerio de Educación, que dirige Juan Carlos Tedesco, se lanzaron 30 mil becas para chicos que hayan terminado el secundario y se anoten en carreras técnicas. Por otro lado, el gobierno nacional ha creado un ministerio de Ciencia.

“Hemos buscado no sólo cambiar la tendencia sino también democratizar el acceso a la universidad. Creo que hay un cambio cultural con la elección de las carreras sociales. Los jóvenes, poco a poco, están valorando más las carreras científico-técnicas”, ha dicho Tedesco, en diálogo con el diario Perfil.

El alza en la demanda laboral de ingenieros, técnicos y científicos, sumado a los buenos sueldos que se pagan por este personal calificado, hace que muchos estudiantes se decidan por ese tipo de carreras.

No obstante, en la universidad se quejan de los precarios conocimientos en matemáticas con que llegan los alumnos de la secundaria. “El problema a veces es que los alumnos vienen con una formación no muy sólida en matemáticas”, dijo al respecto Jorge Ferronato, director del CBC.

También en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) notaron un sorprendente crecimiento de un 17% en Ingeniería Mecánica. Paralelamente, también acorde con las necesidades del mercado, se ha verificado una explosión de la matrícula en las Carreras de Diseño, en los últimos cinco años.

En la UBA, mientras las ciencias duras repuntan las ciencias sociales y humanísticas declinan. Se observa un fuerte retroceso en las artes y la sociología, aunque las carreras tradicionales, como Derecho y Económicas, se mantienen estables, con leve tendencia a la baja.

En la Facultad de Filosofía y Letras se notó un importante descenso en la matrícula. Leonor Acuña, secretaria académica de esa facultad, aseguró que “los picos de crecimiento se dieron entre el año 2000 y 2007. En los últimos años, la inscripción viene bajando”.

Según los especialistas la inscripción para las carreras de Ingeniería y Ciencias Exactas seguirá aumentando. Se trata de una buena noticia, en atención al hecho de que al país le faltan talentos en este rubro.

El desafío para adelante es que la inteligencia argentina se aplique a aquellas áreas donde se juega el desarrollo nacional.

El desgobierno global

La crisis financiera ha asestado un duro golpe a lo que alguna vez se conoció como “nuevo orden mundial”. Una sensación de ingobernabilidad atraviesa la conciencia de la humanidad

Todo indicaría que un ordenamiento se ha desplomado ante nuestras narices, y ello ha traído aparejado la impresión de descontrol del proceso global, sobre todo económico.

En términos políticos, la palabra que suele describir ese vacío de reglas es “anarquía”, aunque propiamente resulta aventurado aplicarlo en la actual circunstancia.

¿Cómo describir la actual situación? Carlos Marx decía que la superestructura, entre cuyos fenómenos incluía al Estado y el derecho, era un reflejo de las relaciones económicas.

Es decir, el gobierno de las sociedades dependía de las mutaciones operadas en el plano material. ¿Estamos, entonces, ante una crisis de gobernabilidad originada por una conmoción económica?

Como el capitalismo ha creado las bases materiales de la sociedad mundial, hay cierto consenso entre los expertos en el sentido de que ese sistema colapsó, produciendo un tembladeral en el plano político.

Parece haber dos bandos a la hora del diagnóstico. Los apocalípticos están vaticinando el fin de la globalización del capital. Algunos ya han desempolvado a Marx, recordando la contradicción insoluble del capitalismo.

Después están los integrados al sistema, para quienes se estaría en presencia de un “desajuste” del mercado mundial, ante lo cual se impone la instrumentación de medidas correctivas.

Es el caso del ministro británico Gordon Brown, quien atribuye la crisis mundial a los cambios operados en el sistema en las últimas décadas, que ha ensanchado enormemente sus posibilidades.

Ante todo, la ampliación del mercado mundial “la más grande de la historia del capitalismo desde la Revolución Industrial”, que pasó de 1.000 a 4.000 millones de trabajadores.

A eso se suma, dice Brown, la conversión de los países emergentes en la mitad del PBI del planeta, y en responsables del 80% del crecimiento de la economía mundial en los últimos cinco años.

Los integrados tienen sus miradas puestas en la Cumbre del G-20, en la que convergen 22 países que representan el 85% del PBI mundial. Será el próximo 2 de abril en Londres.

Allí se debatirá, concretamente, el futuro del capitalismo mundial. Se pasará revista a la actual crisis financiera. Sobre todo con la intención de regular en el futuro los flujos dinerarios.

En esencia, siguiendo la distinción marxista, se buscará que la superestructura mundial –la política, el Estado y el derecho- remodele las relaciones económicas futuras.

O en otras palabras: se querrá recuperar el control sobre la economía desquiciada, ante la crisis de legitimidad que padece el sistema, y que incluye pérdida de confianza.

Así, “El G-20 se transforma en la plataforma de la gobernabilidad global”, piensa el analista argentino Jorge Castro. En su opinión, esa cumbre “tiene los recursos y el vínculo estructural que le permite fijar pautas, reglas y normas, el poder en el mundo de hoy”.

En suma, la crisis ha desatado una ola mundial de ingobernabilidad. Los líderes mundiales, al parecer, pretenden recuperar los controles institucionales de los procesos económicos que hasta aquí se movían con liberalidad.

La Cumbre del G-20 aparece como un hecho político global trascend

El control de la opinión pública

Como la base real de cualquier régimen político se asienta en el apoyo de los gobernados, la madre de todas las batallas se da en el escenario de la opinión pública, cuyos favores se buscan.


En el siglo XVIII, el pensador inglés David Hume convirtió el tópico en una teoría de Estado. “El gobierno sólo se basa en la opinión”, dijo al comprender cabalmente que nada sostiene a los gobernantes excepto el poder concentrado de pareceres semejantes mantenidos por particulares.

En tanto, el creador del Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau, afirmó algo parecido: “La opinión, reina del mundo, no está sometida al poder de los reyes; ellos mismos son sus primeros esclavos”.

Dentro del comunismo, fue el italiano Antonio Gramsci, considerado el Lenin de la revolución en Occidente, quien comprendió como ningún otro que la lucha por el poder es una lucha ideológica. 

Gramsci aconsejaba a los suyos no la toma violenta del aparato del Estado. En lugar de ello, proponía infiltrarse en las trincheras de la sociedad civil (escuela, medios, iglesias, etc.) en cuyo seno se forma la opinión pública.

Sobran en la historia los ejemplos, decía el italiano, donde quienes lograron adueñarse del Estado, sin por ello tener el “consenso” ideológico de la sociedad, debieron finalmente resignar su poder efímero.

Una de las fuentes principales de la opinión pública son los medios de comunicación. Los cuales, en una estrategia revolucionaria en clave gramsciana, emergen como una de las trincheras a ocupar.

En este sentido, entre los comunicólogos ha sido una obsesión determinar el verdadero poder de los medios sobre los públicos. Una corriente de pensamiento sostiene que los medios son omnipotentes y todo poderosos.

La llamada “teoría hipodérmica” –así se la conoce- asegura que los medios “inyectan” sus mensajes en el público, el cual los recibe pasivamente y responde según pautas prefijadas.

Si, como dice Hume, “el gobierno sólo se basa en la opinión”, se comprende que quienes poseen la capacidad de condicionar a los públicos, como en este caso los medios, tienen a su vez un poder de presión inmenso sobre la esfera política.

Un profesor norteamericano, Herber Schiller (1919-2000), especialista en comunicación y cultura, ha esbozado esta inquietante teoría: “Las guerras venideras las ganarán quienes controlen los medios de comunicación, y cuenten con el apoyo de las grandes empresas, las multinacionales con capacidad para derrocar y poner gobiernos”.

En la Argentina muchos sindican al grupo multimedios perteneciente al diario Clarín con esta capacidad. Se menciona que si en el país se impuso la “pesificación asimétrica” fue gracias su constante campaña a favor.

Así, el grupo Clarín habría superado, gracias a esa medida, una crítica situación financiera, ya que estaba peligrosamente endeudado en dólares. El gobierno de los Kirchner, que hasta no hace poco contaba con el apoyo explicito de Clarín, hoy parece haber roto relaciones con él.

Al margen de este incidente, muchos creen que hoy sería muy problemático para un candidato a cualquier función pública importante en la Argentina lograr el triunfo si no cuenta con el apoyo de algunos de estos multimedios.

Frente a esta influencia, en la otra vereda, están los que proponen un control de los medios por parte del Estado. En el fondo se trata de suplantar un monopolio por otro.

La intentona recuerda el argumento de “1984”, la novela del británico George Orwell, escrita en 1948. En ella imagina un régimen político, mezcla de nazismo y estalinismo, que utiliza los medios de comunicación para dominar a la sociedad.

La protesta al límite




Cada día que pasa se confirma la presunción de que la paz social está alterada en la Argentina, como han dicho los obispos. En este clima las protestas de los distintos sectores tensan aún más la situación.o






El interior del país, a raíz del largo conflicto agropecuario, está en virtual estado de sublevación. Concatenada con la protesta de los chacareros, ahora se ha sumado la de los empleados públicos.

La asonada municipal que vivió ayer Gualeguaychú es expresión de un estado de crispación que se ha apoderado de los espíritus. La movida de los empleados frente a la municipalidad tiene incluso escaso antecedente.

Hacía tiempo que no se escuchaban palabras tan duras de dirigentes sindicales ante un público tan nutrido y bullicioso. Aparentemente, Gualeguaychú se ha convertido así en epicentro del reclamo salarial de los municipales de toda la provincia.

El forcejeo local por una recomposición del salario del sector, en el marco de un conflicto que viene de lejos, tiene eco en Entre Ríos, donde otros municipios están atravesados por idéntica protesta.

Ni hablar de la ebullición en varios sectores del Estado provincial, donde el reclamo docente parece no tener solución, mientras el resto de los empleados públicos amaga con acciones directas.

Casi no hay sector dentro de la administración provincial que no esté en pie de guerra. Todo se da en un marco delicado en el cual el dinero parece no alcanzar para satisfacer la demanda salarial.

Mientras los gobiernos se atajan diciendo que sus presupuestos flaquean, ante el derrumbe de sus recaudaciones, motorizado por la caída de la economía, los empleados claman por la merma en el poder adquisitivo del salario.

Más allá de las razones de unos y otros –seguramente válidas en un sentido- el problema que emerge es cómo encauzar esta conflictividad social dentro de un marco que no haga peligrar la convivencia común.

Porque la protesta al límite puede colocar al cuerpo social al borde del desquicio, introducirnos a un escenario del “todo vale” en el que es más lo que se pierde que lo que se consigue.

Los protagonistas de estos conflictos deberían comprender, antes que nada,  que no se puede tirar de la cuerda más allá de cierto punto. El límite lo fija la paz social, que es un bien mayor a cualquier otro.

La situación vuelve a desnudar la fragilidad de nuestro sistema de convivencia. Detrás de la puja de ingresos, concretamente, se observa la pérdida de la amistad social entre los argentinos.

Cuando se habla de “institucionalidad” –algo en apariencia tan etéreo como inasible- se remite justamente a esto: a las reglas de juego de la convivencia democrática.

En este sentido, no ayuda a crear un clima de institucionalidad –piedra de toque de las sociedades civilizadas- la violación sistemática del orden público, cometida tanto por los gobernantes como por los gobernados.

La Argentina, en muchos aspectos, vive en un estado pre-civilizatorio, donde las diferencias se resuelven mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia.

La autoridad formal, en todos los casos, debe dar ejemplo de respeto irrestricto a la ley, al marco jurídico. Debe tener autoridad moral si aspira a que sus ciudadanos le obedezcan y acepten las reglas de juego.

Cuando esto no ocurre, la a-nomia, el vivir por fuera de la norma, se convierte en una segunda naturaleza, como pasa en la Argentina. Nuestro problema no es económico, en suma, sino cultural.

De las crisis no se sale apelando a la ley de la selva, sino reconstituyendo la amistad social sobre bases éticas.

De espaldas al federalismo




La crisis del campo entrerriano, reflejo de la debacle productiva del interior, amenaza con la desaparición de miles de unidades agropecuarias, y por esta vía la acentuación del despoblamiento rural.o





Entre 5 y 6 mil explotaciones van camino a desaparecer, según advirtió la Mesa de Diálogo Político y Social por la República y el Trabajo, que reúne a expresiones políticas opositoras.

El nucleamiento recuerda que entre 1988 y 2002, de acuerdo a los censos nacionales agropecuarios, Entre Ríos perdió 5,596 de sus 27.197 explotaciones.

Es posible que la actual crisis –motivada por la sequía, la caída de los precios internacionales y la política del gobierno- obligue al retiro de la actividad a un número similar de productores, se advierte.

Así, la situación de provincias agropecuarias como Entre Ríos, en un esquema de unitarismo fiscal, tiende a agravarse. Hasta hace poco no capitalizaba la renta agraria que producía, en un contexto de bonanza.

La plusvalía provincial, como se sabe, fue a engrosar durante estos años la Caja del gobierno central. Ahora muchos de sus productores, lenta e inexorablemente, se están fundiendo porque el contexto de precios ha variado.

La dinámica agraria muestra claramente que las coyunturas del negocio podrán variar –a causa de las inclemencias del tiempo o un bajón internacional de los precios- pero lo que no varía es la matriz unitaria en la que se desenvuelve.

Ergo: hay un escamoteo deliberado de la riqueza provincial que condena a Entre Ríos a un cuadro de inviabilidad social y económica. Todo lo cual vuelve a ratificar que ha sido una política constante utilizar los Estados del interior como variables de ajuste en Argentina.

¿No debiera el poder central, en obsequio por estos años de apropiación de la renta agraria, aflojarle el torniquete fiscal a los productores entrerrianos, rebajándoles las retenciones, para que puedan seguir trabajando?.

No, el unitarismo es insaciable, tanto en épocas de bonanza como en períodos de depresión de precios. Hasta que esta dinámica de dominación unitaria no se la entienda ni se la combata, Entre Ríos no tendrá futuro.

Esta provincia, así como está, al hipotecar su base material, no podrá contener a sus familias en el territorio. Por alguna razón hay más entrerrianos afuera que adentro de los límites provinciales.

El unitarismo ha parido un país absurdo social y políticamente. No existe en el mundo algo siquiera comparable a la Argentina macrocefálica: Buenos Aires (incluida Capital Federal) concentra la mitad de la población total.

“Argentina continúa siendo un país mal unido y consolidó una suerte de ‘confederación de feudos’, más abocados a la tarea de conservar su poder que a la de consensuar fórmulas de cooperación que garanticen la integración y la equidad territorial para los habitantes” (Naciones Unidas, 2002).

Amontonar población carenciada en el conurbano bonaerense, para manipularla electoralmente, podrá servirle a una clase política desvergonzada, pero es la expresión del fracaso argentino.

Un partido bonaerense (como La Matanza) tiene igual población que Entre Ríos.  No sorprende, entonces, que los llamados “barones del conurbano” – especie de mafia territorial- le den “gobernabilidad” a la Argentina.

Nadie se atreve a encarar la enorme magnitud de este problema estructural ( que lleva implícitos otros problemas como la inseguridad). Porque no hay voluntad política para corregir una Argentina constituida en una cabeza gigante y un cuerpo raquítico.

La actitud ante este hecho por parte de la dirigencia es quizá el símbolo más perfecto de la hipocresía nacional.

¿El fin del Imperio?

Más allá de algunos pronósticos agoreros sobre el futuro de Estados Unidos, nadie discutía hasta acá la hegemonía mundial de ese país. Pero el tsunami financiero, con epicentro en Wall Street, la ha puesto en duda.o



La sorprendente China acaba de proponer una moneda de reserva mundial que pueda reemplazar al dólar. Se trata, en el fondo, de una propuesta revolucionaria que ataca el corazón del dominio norteamericano

Los analistas recuerdan, al respecto, que el poder de Gran Bretaña, sobre todo en el siglo XIX, se asentó en el predominio monetario. Y que esa hegemonía comenzó a menguar justo con el declive de la libra. 

¿Se avecina, entonces, el fin del Imperio norteamericano cuyo símbolo de poder es el dólar? La crisis mundial, que se originó justamente dentro de sus muros, ¿permite visualizar un viraje histórico semejante?

La historia de la humanidad ha reconocido varios imperios. Y en todos los casos se trata de dominios humanos tan frágiles como el propio hombre. Roma, por ejemplo, no sobrevivió a sus contradicciones.

Esto quiere decir que a-priori ningún poder en la tierra tiene garantida su permanencia, y es metafísicamente improbable que se eternice más allá en el tiempo.

Todas las potencias hegemónicas globales se incubaron en un sueño universal de redención humana. Y desde los tiempos de los puritanos, la creencia de que Estados Unidos tiene una misión peculiar de establecer un género de vida más nuevo y más elevado, se ha convertido en parte integrante del carácter norteamericano.

Los padres fundadores inocularon esta esperanza mesiánica, esta utopía humana. Refiriéndose a Estados Unidos, Thomas Jefferson, llegó a decir que es “una nación universal, que persigue ideas universalmente válidas”.

En tanto John Adams habló de “nuestra pura, virtuosa, república federativa de espíritu público… gobernará el globo e introducirá la perfección del hombre”. 

En esta perspectiva, no causa extrañeza el lenguaje de pastor evangélico con que Barack Obama habla a su país, hoy jaqueado por una crisis interna formidable. 

Las palabras del presidente norteamericano buscan mantener alta la autoestima de sus compatriotas, con alusiones a la misión universal de Estados Unidos en el mundo.

Ante la vulnerabilidad de la economía del país, y sobre todo ante quienes hoy ponen en duda el poderío norteamericano, e insinúan como China que el dólar ya fue, Obama ha salido a replicar.

El mandatario destacó la confianza internacional en el dólar y en Estados Unidos que, según dijo, posee “la economía más fuerte del mundo y con el sistema político más estable”.

“El dólar está extraordinariamente fuerte en este momento”, reiteró Obama, saliéndole al cruce de la propuesta china de otra moneda global. A decir verdad, algunos datos confirman el discurso del presidente norteamericano.

Aunque parezca extraño, la crisis desatada en Estados Unidos, hizo que los grandes inversores huyeran despavoridos de las acciones, bonos, bancos, cereales y otros activos, buscando refugio en los bonos del Tesoro de ese país y en el dólar.

En Argentina, por caso, país donde se ironizó sobre el “efecto jazz”, el que tiene capacidad de ahorro se pasa al dólar. Esta conducta, que se extiende al resto del mundo, contrasta con los pronósticos pesimistas sobre la supremacía de Estados Unidos y su moneda. 

Por otra parte, la propia China, al proponer el reemplazo del dólar como medio de pago internacional, parece ir contra sus propios intereses. Ocurre que el gigante asiático tiene el equivalente a 2 billones de dólares en reservas, y es hoy el mayor acreedor de Estados Unidos.

Voces de alerta desde la producción

El llamado “modelo de la producción” –del que se ufana la administración K- viene mostrando contradicciones internas insalvables, a partir del conflicto agrario. No deja de llamar la atención que un gobierno que se auto-proclama productivista esté enfrentado abiertamente con los productores del sector más dinámico de la economía argentina.o



Resulta llamativa la ruptura oficial nada menos que con el campo, en un país agropecuario como la Argentina. Perplejos, en el mundo no entienden el porqué de esta guerra gaucha.

Cuando la crisis internacional más grave en mucho tiempo está haciendo que los gobiernos cuiden sus sectores productivos, estableciendo alianzas estratégicas con ellos, aquí la administración los pelea.

El interior provincial, corazón productivo del país, asiste alarmado al recrudecimiento del conflicto. En Entre Ríos, donde la agroindustria pesa fuerte, los empresarios empiezan a tomar posición.

“El Reinado de la Sinrazón”, así titula un comunicado reciente la Unión Industrial de Entre Ríos (UIER), motivado por la vuelta de los productores a las rutas. El escrito, repartido a los medios, tiene párrafos que hacen reflexionar.

La UIER no disimula su respaldo al campo, aunque condena “toda reacción que profundice el enfrentamiento entre sectores y/o entre simples ciudadanos”.

Hay un mensaje crítico muy claro a la conducta de los poderes públicos. “Las responsabilidades van, indiscutiblemente, de arriba hacia abajo”, aseguran los industriales entrerrianos.

Unas líneas antes, se lamentan por “cómo se profundiza y acelera la división de la sociedad a través de la instalación del caos”, en el marco de una ruptura peligrosa del orden jurídico.

Advierten que si no se revierte este clima de beligerancia, se extenderán “odios, enfrentamientos y autodestrucción que luego llevará generaciones superar”.

A la vez la UIER manda un mensaje muy crítico a la administración. “Queremos hacer oír nuestra vez para solicitar un verdadero federalismo que permita a los gobiernos provinciales apoyar las fuerzas productivas de la región”.

Al Ejecutivo Nacional, en tanto, le recuerda que “tiene la responsabilidad y el deber de buscar el diálogo y el consenso” al tiempo que le advierte que “no puede ni debe asumir facultades legislativas invocando situaciones de necesidad y urgencia”.

Los empresarios piden más institucionalidad y tolerancia “para poder transitar esta terrible crisis nacional e internacional” y les piden a las otras instituciones que se pronuncien en esta hora.

“Deben salir de su silencio y, algunas de ellas, también de su obsecuencia”, refiere la UIER. En tanto, en otra parte del escrito, los industriales dedican un párrafo severo a los bancos.

Aseguran que las “altísimas y usurarias tasas de interés que aplica el sistema financiero” es otra forma de violencia que se agrega al clima de zozobra general. Piden, en este sentido, que el gobierno actúe frente a este “inequidad”.

“El sistema financiero vigente esclaviza y mata a todo intento de producción y/o reconversión productiva que propenda a la generación de empleo”, se indica en otra parte.

Más adelante, los industriales entrerrianos creen que resulta una “sinrazón” pelearse con el campo. “Ahora, más que nunca, el mundo puede postergar la compra de autos, casas, celulares y computadoras, pero lo que no puede postergar es la compra de alimentos”, dicen a propósito.

“Felizmente la Argentina tiene esta fenomenal fortaleza. La sinrazón no deja ver esta realidad. Debemos verla y potenciarla”, aseguran.