Unos atesoran y otros se despojan

De un tiempo a esta parte, en un contexto de terremoto económico, ha aumentado la presencia de dos públicos con móviles diversos ante casas de cambio y joyerías. En el primer caso es gente que cambia su tenencia de pesos por dólares. A muchos particulares, familias y empresas, les entró la fiebre por la divisa norteamericana, con el objeto de atesorar valor.o


Quienes visitan las joyerías, en tanto, lo hacen para desprenderse de alhajas, porque están con la soga al cuello, a caballo de la crisis económica. Según los reportes del sector, esta actividad de las joyerías aumentó un 30% respecto del año pasado.
Es decir, se trata de argentinos con suerte diversa ante la crisis. Unos tienen capacidad de ahorro y ven en la divisa norteamericana un refugio de valor, el medio de atesorar.
Porque la experiencia les indica, contra lo que recomiendan los funcionarios de turno, que en la Argentina quien apuesta al dólar siempre gana. Escépticos del gobierno, guardan sus dólares en “el colchón” o directamente los fugan del país.
Otros, en cambio, apretados económicamente, se des-atesoran, se despojan de objetos de valor (antigüedades, relojes, alhajas, etc.), para hacer frente a gastos urgentes.
Es el “efecto pobreza” que se coló en las clases medias altas, las que pueden esquivar los apremios materiales recurriendo a las míticas “joyas de la abuela”. Esta práctica, muy extendida en 2002, se irá profundizando a medida que la recesión golpee más fuerte.
Por cierto que entre quienes apuestan a la venta de joyas están también los que buscan alguna tajada. Según los analistas, el buen precio del oro alienta a algunos a sacar de la cómoda sus joyas.
Esta franja busca obtener un rédito financiero. Está vendiendo herencias de la abuela no para comprar cosas sino para comprar dólares, porque intuyen que la divisa extranjera está “barata” y se va a disparar en el futuro.
Según los joyeros, más que las pinturas y antigüedades, lo que más rinde hoy son los brillantes: 10.000 dólares el quilate. En tanto, hay anillos de algo más de 25.000 dólares.
Por lo demás, está claro que entre los argentinos que buscan cubrirse, en una situación de debacle económica, los billetes verdes despiertan pasión. El dato es que durante 2008 hubo una salida récord de dólares.
Eso significa que quienes tienen capacidad de ahorro, y en teoría deberían gastar su dinero en bienes y servicios o en su defecto invertirlo en el país, prefieren llevarlo a otro lado.
Difícilmente un país pueda progresar si la gente de dinero lo fuga. Estructuralmente, esta tendencia ha condenado a la Argentina a ser un país que exporta capitales.
Por eso en las últimas décadas, ante esta sangría de ahorro argentino, los gobiernos han apelado a todos los recursos para financiarse y mantener la actividad económica.
Endeudamientos siderales, ahorros forzosos, impuestos exorbitantes, incautaciones de recursos previsionales, corralitos, en fin, todas fórmulas argentinas para suplir los capitales fugados.
Hábiles para zafar de la voracidad fiscal, de las mañas de los gobiernos, los argentinos han desarrollado un instinto infalible para saber cuándo sacarse los pesos de encima y apostar al dólar.
Al parecer hoy muchos perciben que la divisa norteamericana, indefectiblemente, llegará a los 4 pesos a fin de año. Saben que la inflación le ganó al precio de esa moneda, que el campo venderá menos granos al exterior, que los vencimientos de deuda pública son mayores, que la recaudación se cae.
Perciben que las tendencias devaluacionistas del peso, más o menos abruptas, continuarán. Y esto es toda una invitación para pasarse al dólar.

Un país que carece de diplomacia comercial

Argentina es de esos países que, por falta de visión de sus élites, nunca tuvo una estrategia diplomática al servicio de sus intereses económicos. Por eso ha resultado perdidosa en la competencia internacional.o


De ahí la oscilación desopilante de su diplomacia en las últimas décadas: de alinearse acríticamente a Estados Unidos en los ‘90, ahora cultiva “relaciones carnales” con el régimen chavista.

Quiso primero sumarse a la globalización económica, con la ingenuidad de quien cree que le va a ir bien adulando al poder hegemónico de turno, y ahora practica la receta contraria: se asocia con regímenes latinoamericanos, de peso marginal, que vocean revoluciones setentistas.

Son los giros típicos de un país sin brújula, que no sabe lo que quiere, y nunca se ha preguntado cuál es su misión en el mundo. Se diría que su política internacional está dictada por la esquizofrenia ideológica de sus elencos gobernantes.

O mejor dicho, por las necesidades doméstica, donde desde hace décadas la clase política, desconectada de los intereses reales de la Argentina, está en la pelea chica por cuotas de poder y entregada a disputas ideológicas trasnochadas.

No se necesita ser un analista consumado para darse cuenta que la Argentina, por este desvarío histórico, ha perdido peso internacional, nadie le cree y hoy ocupa una posición menor en el concierto de las naciones.

El país, en suma, adolece desde hace décadas de una estrategia económica nacional y una concepción diplomática que le sirva como proyección de los intereses argentinos ante el resto del mundo.

O en otras palabras, le falta la gran política, la única necesaria que la eleve a la categoría de nación con aspiraciones de protagonismo en el concierto mundial.

La contracara de Argentina es Brasil. El país norteño tiene autoconciencia de sí, sabe lo que quiere, sobre todo su clase política y empresaria, y expresión de ello es su aguerrida diplomacia comercial.

Brasil tiene aspiraciones de gran potencia y de poder hegemónico regional. Lleva un recorrido estratégico de ejecución exitosa e ininterrumpida.  Lo cual contrasta con la debilidad estratégica y geopolítica de la Argentina.

Brasil organiza su política y su economía según sus intereses exclusivos, lejos de las búsquedas de réditos vulgares. Su empresariado tiene confianza en sí mismo porque se sabe parte de una estrategia global en sintonía con la élite gobernante.

Al respecto, ¿qué decir de la burguesía industrial argentina? Contagiada por el desvarío de la clase dirigente local, nunca ha comprendido la necesidad de competir en el mercado mundial. Durante décadas, su único interés fue cuidar el mercado interno.

Su función ha sido, por tanto, conseguir sobreprotección arancelaria estatal, la cual le permite tener grandes ganancias sin esfuerzo. El resultado: no sabe exportar ni competir internacionalmente.

Curiosamente, ha sido el empresariado del campo –hoy estigmatizado por el gobierno- quien se ha mostrado dinámico y ha sabido adaptarse a los cambios globales, al punto que los productores agropecuarios argentinos son los más eficientes en lo suyo a nivel internacional.

El gobierno argentino, acuciado por la crisis mundial, y ante el agotamiento de la estrategia de “vivir con lo propio”, acaba de convocar a todo su cuerpo diplomático, para dinamizar negocios globales.

La idea es transformar a las embajadas en oficinas comerciales. Parece una decisión tardía, a la vista de todo el tiempo que se ha perdido. No obstante lo cual, merece saludarse pensando en el interés del país.

El desplome de Europa del Este

Con la caída del Muro, veinte años atrás, los ex países comunistas se lanzaron abruptamente al capitalismo. Tras vivir una luna de miel con el ingreso de capitales de Occidente, sus economías caen hoy estrepitosamente.o


 

Los reportes extranjeros hablan del fin de una ilusión. Así describen la decepción que se abate sobre los países bálticos, Hungría, Rumania o Ucrania, que ahora ven destruidos sus sueños de riqueza al estilo occidental.

Venían de la sociedad disciplinaria comunista, donde sobrellevaban una vida gris trabajando para una élite de burócratas. Querían sumarse a la empresa de progreso, bienestar y libertad que les prometía Occidente.

Paradojas de la historia: de esa manera desmentían el vaticino de Carlos Marx, quien había asegurado el tránsito seguro del capitalismo al comunismo. La cosa resultó a la inversa.

A veinte años de ese viraje, y tras una apertura brutal a los capitales occidentales, los ex países del Este europeo han entrado en la bancarrota, en medio del derrumbe del sistema económico que los había encandilado.

En las últimas dos décadas las naciones ex comunistas participaron del “proceso de convergencia” con la Unión Europea (UE). La idea era que hicieran su reconversión al capitalismo a través de ese bloque.

En virtud de estos cambios, recibieron ingentes sumas de dinero de bancos de Alemania, Austria y demás, lo que generó un ciclo de burbuja y plata dulce. El problema es que hoy están expuestos al no pago.

Lo que se está viviendo en países como Letonia, por ejemplo, asemeja a un fin de fiesta. Este país conoció un crecimiento del 14% anual de su economía, cebado por el ingreso de euros.

Pero los días de oro desaparecieron. “Después de su independencia de la URSS en 1991 y sin esperarlo, Letonia ha regresado brutalmente a lo básico, donde la miseria que viene no será muy diferente a las privaciones que vivieron en la era soviética, pero ahora en plena UE”, escribe María Laura Avignolo, corresponsal de Clarín en ese país.

El fracaso de Letonia es una muestra de la fragilidad de las economías de los ex países comunista. El fenómeno ha puesto en guardia a las elites de esas naciones. El primer ministro húngaro ha advertido sobre una “nueva cortina de hierro económica” si no hay un paquete de ayuda para toda la región.

Los especialistas hacen distintos diagnósticos sobre este desplome de la Europa del Este. Morsen Hansen, un académico de la Escuela Económica de Estocolmo, y prestigioso experto en países bálticos, suscribe la teoría de la burbuja financiera.

Asegura que Europa del Este se construyó con enormes desequilibrios. Y culpa al entonces presidente de la reserva federal, Alan Greenspan por permitir bajar sustancialmente los intereses en 2001.

Eso significó, dijo, una inmensa liquidez y un boom de crédito también en los países del Este, que cebó el consumo y el mercado inmobiliario. Pero este boom no se correspondía con la productividad de esos países.

El economista asegura que la política de “convergencia” en la UE –o reconversión de los países del este- se ha evaporado. “Esto va a enseñar, especialmente a los políticos, que la convergencia exige reformas, educación, inversiones sólidas pero que no son fáciles de hacer. ¡Se acabó la fiesta!”, explicó Hansen.

Además, el economista señaló: “Lo más triste de esta crisis es que demostró que Europa del Este continúa siendo pobre. Soy muy crítico de la educación aquí. Entrar a la Academia de Ciencias es como entrar a un Museo de Dinosaurios. Se podría decir que esto sigue siendo la URSS en muchas actitudes. Se necesita al menos otra generación para tomar distancia”.

 

El dilema fiscal en época de escasez

Mientras el gobierno pretende que no se hable de las retenciones, el campo y los líderes de la oposición quieren que se rebajen, y anticipan una disputa en el parlamento. La discusión tiene varias aristas. En principio los tiempos ya no son los mismos que un año atrás, cuando para esta época los productores se rebelaron contra la Resolución 125.o


Esa fue una discusión en la abundancia, pues la soja frisaba los 600 dólares por tonelada. Entonces el gobierno K pudo blandir el argumento de la apropiación de la “renta extraordinaria”, con fines distribucionistas.

Pero el contexto ha cambiado dramáticamente. La descenso vertiginoso de los precios de los granos a nivel internacional –la soja cayó a la mitad de su valor- sumado a los males de la sequía, golpeó al campo.

Pero también asestó un duro revés a las arcas del gobierno, que hasta aquí era adicto a los ingresos generados por las retenciones. Es decir, ahora la puja por la renta agraria se da en un marco de escasez.

Mientras tanto la economía argentina entró en un proceso recesivo, apalancado por la crisis mundial, con lo cual el gobierno empezó a perder ingresos por otros impuestos.

A esto se suma el dato inquietante de la deuda pública, cuyos mayores vencimientos se concentran en 2009 y en los años sucesivos. Ergo: los problemas de caja se potenciaron repentinamente.

¿Cómo hace el gobierno K, con las cuentas escuálidas, para aplicar políticas anticíclicas, y así evitar una profundizar la recesión, como manda la receta keynesiana?

¿No formaba parte también del pensamiento de Lord Keynes –al cual el progresismo dice adherir- que los Estados deben ahorrar en épocas de vacas gordas, para poder gastar después y bajar impuestos cuando la economía declina?

Da la impresión que esta parte de la receta no fue seguida por el gobierno K en estos años de bonanza. Por eso en lugar de liberar recursos para mantener el dinamismo económico, en la crisis, el fisco se lanzó a procurarlos.

Utiliza así la medicina contraindicada. Pretende mantener la misma presión fiscal, cuando el escenario productivo es a la baja. Los impuestos, que antes eran pagables, ahora son una carga pesada para los contribuyentes.

La desesperación por hacer caja se vio primero con la incautación de los ahorros previsionales. La estatización de las AFJP es un reflejo de esa desesperación, más allá de los argumentos ideológicos a favor del sistema de reparto.

Con los mismos bríos fiscalistas el gobierno se aferra a la decisión de mantener las retenciones al agro. Pero así como el manotazo a los ahorros previsionales produjo una fuerte salida de capitales, mantener la presión fiscal sobre el campo plantea dilemas más complejos.

En concreto podría profundizar el quebranto de miles de productores, que han perdido rentabilidad en sus explotaciones, y por esta vía herir de muerte a todo el aparato productivo de interior del país.

Mientras el gobierno cree que al campo todavía se le puede sacar leche –la presidente lo ubica dentro de los sectores del “privilegio”- los productores aseguran que ya no está en juego su ganancia sino su supervivencia.

Las retenciones, en este sentido, son perversas. No son un impuesto que se aplique a las ganancias sino al valor bruto de la producción, actuando como un costo más en la ecuación económica de los productores.

En virtud de esto, el Estado recauda siempre sin importar si el productor de soja, por ejemplo, pierde plata al vender su cosecha. Es un modelo parecido al de la usura, por el cual el prestamista embolsa igual sus intereses, aunque el beneficiario del crédito se haya fundido.

El ocaso del arte de escribir a mano

En una época tener buena caligrafía era importante, porque se trataba de un oficio conectado con la vida. Pero el triunfo de la digitalización está haciendo obsoleta la escritura a mano.o


Como se sabe, la formación de letras se enseña en las primeras etapas de la escuela primaria. Las maestras instruyen a los chicos sobre las habilidades de la escritura.

Tener “buena” letra sigue siendo una clave de prestigio en el aula, más allá de la importancia gramatical del discurso. Por eso la forma, las inclinaciones y las curvas de la caligrafía pesan tanto.

Es el mundo del lápiz y el papel. El lugar en que los alumnos deben ejercitarse en la destreza de la mano sobre el papel. Y la práctica del dictado ha estado unida a este aprendizaje.

Algunos de nosotros, además, habremos escuchado historias sobre las torturas de que eran objeto los zurdos en el pasado. Se cuenta que muchos de ellos eran obligados a escribir con la mano derecha mientras le amarraban la “mano mala”.

Sin embargo, el dato es que la escritura a mano pasa a un segundo plano a medida que el niño crece. Ya en la vida adulta las oportunidades en las cuales se requiere de este arte son cada vez más escasas.

¿En cuántas ocasiones comunicativas utilizamos un lápiz o un bolígrafo? El lector que pueda hacer el auto-análisis correspondiente, caerá en la cuenta que esa práctica se ha restringido.

En principio el correo electrónico está reduciendo al mínimo a la carta como instrumento de comunicación cotidiana. Y por cierto que estamos muy lejos de esa época en que todos los registros del Estado se hacían a mano.

Antes, cuando circulaban más papeles escritos a mano, podíamos detectar la presencia de una persona al toparnos con su caligrafía, devenida en una huella humana inconfundible.

Por eso generaba tanta fascinación, en la generación anterior, ese arte de escudriñar la personalidad a través de la escritura que es la grafología.

Pero el avance de las nuevas tecnología electrónicas –sobre todo la computadora- ha reducido notablemente en la vida cotidiana las oportunidades para empuñar un bolígrafo.

A veces lo único que las personas escriben a mano es un garabato rápido con los números telefónicos de alguien, dictados rápidamente y escritos sobre un papel. O hacen alguna lista para el supermercado.

Se escribe algo para saludar en las fiestas de fin de año, pero por lo general las tarjetas de Navidad contienen los pensamientos ya impresos. De suerte que casi no hay que agregar nada, de cuño propio, al mensaje prefabricado.

Estos cambios son objeto de reflexión de escritores y semiólogos en el mundo, quienes especulan que quizá en el futuro nuestros nietos no puedan leer nuestras cartas.

“Cuando tus tataranietos encuentren una antigua carta en el ático de la casa tendrán que llevarla a un especialista, a un señor mayor en la biblioteca que tendrá que descifrar lo que está escrito”.

Eso comenta la escritora británica Kitty Burns Florey, autora del libro “Caligrafía y garabatos: auge y caída de la escritura a mano”. Es decir, no es descabellado pensar que en el futuro, nuestras cartas podrían convertirse en algo tan difícil de leer como un manuscrito medieval.

A propósito, la proliferación de los textos electrónicos, en reemplazo de los de papel, supone la desaparición fáctica de las huellas humanas, como legado a nuestros descendientes.

Sin embargo, persiste la duda de la pérdida cultural de estos cambios. ¿En qué medida no afectan el aprendizaje de la expresión de ideas, sobre todo en las nuevas generaciones?

Argentina, jaqueada por el narcotráfico

Los sangrientos ajustes de cuentas, la presencia de sicarios extranjeros, los negocios fáciles de jóvenes ostentosos, la implicación de funcionarios y policías, el envenenamiento de los pobres por el “paco”, pintan un cuadro tétrico del país narco.o

 


Para algunos es el lado más inquietante de la degradación de la Argentina. De un tiempo a esta parte una seguidilla de asesinatos y crímenes múltiples, que llevan la marca de la mafia de la droga, ha conmocionado la opinión pública.

El famoso caso de la “efedrina”, en el que se ve a jóvenes empresarios ávidos de dinero fácil, ligado a la venta de medicamentos, apalancados por redes clandestinas en el territorio, muestra un grado de descomposición de las clases acomodadas.

Paralelamente, las sospechas de connivencia de funcionarios y policías en el negocio del narcotráfico, agregan un cóctel explosivo. Un símbolo de esto fue el hallazgo de 8 kilos de cocaína escondidos dentro de una camioneta de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción (Sedronar).

Lo más llamativo son los ajustes de cuentas de sicarios mexicanos y colombianos, pertenecientes a grandes carteles de la droga, en territorio argentino. La presencia de organizaciones criminales foráneas muestran un país jaqueado por el narcotráfico.

En semejante cuadro, se escuchan voces de alarma ante iniciativas oficiales como el blanqueo de capitales, caldo de cultivo para la entrada de dinero sucio de la droga. O que llaman la atención sobre el financiamiento espúreo de campañas políticas. 

A todo esto, días atrás se conoció un documento firmado por 80 magistrados del país cuyo contenido causa escalofríos. Allí se habla que el nivel de tráfico “no registra antecedentes” en la Argentina.

La declaración de jueces y magistrados nacionales, provinciales y federales de todos los fueros ocurre en momentos en que a nivel oficial se impulsa una ley para que no se castigue al consumidor de drogas, una iniciativa liderada por el ministro de Justicia de la Nación, Aníbal Fernández.

El grupo de 80 magistrados ha señalado, a propósito, que al perseguir al consumidor “se ha distraído la atención en contra de los espacios de corrupción política y policial”. 

Ha dicho que de parte del Estado “no hubo la misma dedicación hacia las organizaciones del tráfico ilícito que, en muchos casos, recibieron protección política, administrativa y judicial”. 

Al criticar la actual legislación, los magistrados afirmaron que la política vigente no sólo no ha disminuido el tráfico de narcóticos ni su consumo, “sino que siguen en alza” en un nivel “sin precedente” en el país.

En otra parte del documento, se menciona que de los consumidores más pobres -que “están lejos de una oferta de tratamiento”-, se ocupa la justicia penal. Mientras que de aquellos de las clases medias y altas se ocupa “una oferta tercerizada de abordajes terapéuticos, en muchos casos verdaderos fraudes de etiquetas”.

En tanto, recientemente el juez de Garantías de La Plata, César Melazo, cargó contra la indiferencia que, según él, cultivan los funcionarios frente al problema. “Se hacen los salames todos (…) Se está muriendo una generación con el ‘paco’  mientras a muchos funcionarios les parece simpático fumarse un pucho de marihuana en algún recital”.

Melazo fue más polémico aún al señalar que “varios funcionarios tienen que pedir una nariz prestada para pasar una rinoscopía”, algo que motivó que el ministro Aníbal Fernández, preocupado por las críticas a su gestión, desafiara el juez a hacerse esa prueba juntos. Mientras tanto, la Argentina muestra todos los síntomas de un país narco.

No hay margen para seguir peleándose

En un contexto mundial de hundimiento económico sin precedentes, Argentina necesita paz consigo misma para enfrentar las tormentas que se avecinan. ¿Es posible un giro del clima ético político del país?o


En este sentido, uno quisiera creer que los acuerdos parciales firmados por el gobierno y la mesa de enlace del campo, están animados por un espíritu de reconciliación.

Porque, a decir verdad, ya no se puede seguir tirando de la cuerda de la discordia. El país no toleraría otro enfrentamiento como el del año pasado –cuando los productores tomaron las rutas- sin riesgo de disolución nacional.

No hay margen para la guerra facciosa en la Argentina. No hay más margen para la vendetta política, para la arrogancia del poder, para las estrategias amigo-enemigo, para querer sacar rédito político del encono social.

¿Hay que entender el proceso de acercamiento gobierno-campo como una toma de conciencia, sobre todo de quien lleva las riendas del poder, de que es inviable seguir dividiendo a los argentinos?

¿Marca el episodio el fin de una cultura política que exalta la construcción de hegemonía de poder, que ve en el otro diferente y que piensa distinto alguien a quien someter o eliminar?

¿Estamos en los prolegómenos de un giro copernicano en el ejercicio de la autoridad en la Argentina? ¿Vamos hacia un liderazgo de la nación asentado sobre bases éticas, dispuesto a recrear la confianza de los gobernados?

¿Se desembaraza la política del resentimiento como combustible básico –cual energía destructiva de la sociedad-, y es ganada por el ánimo de magnanimidad, por la generosidad y nobleza de espíritu?

¿Abandona su maniqueísmo de fondo, que ve al mundo y a las personas en blanco y negro, para dar lugar a la prudencia, esa rara virtud del gobernante que acepta la irremediable mezcla en los asuntos humanos?

Quisiéramos creer, en realidad, que la cultura del poder está en proceso de metamorfosis en la Argentina. Y que un signo de esa metanoia –o conversión- es el incipiente acuerdo entre el gobierno y un sector socioeconómico clave de la vida nacional.

Hay consenso entre los analistas, al respecto, que hubo un giro en el gobierno nacional frente al conflicto agrario. Eduardo Van Der Kooy, del diario Clarín, especula que esto se debió a un “susto presidencial”, ante la dinámica que están adquiriendo los acontecimientos mundiales.

“La intervención que llegó justo antes del abismo”, tituló por su lado Joaquín Morales Solá, del diario La Nación, al hablar del papel que jugó la presidente Cristina Kirchner en la reunión con la mesa de enlace.

La mandataria “decidió jugar su figura y su palabra antes que las cosas perdieran todo el control”, señaló.

Como se ve, el poder político parece haber tomado conciencia que en este asunto el país camina sobre la cornisa. ¿Se habrá comprendido que lo que se juega detrás del conflicto agrario es la paz social? 

La cosa no está superada ni mucho menos, aunque hay que persistir en el espíritu de arreglo. Todo indica que hay que hacer esfuerzos mayores para recomponer la situación, para lo cual los dirigentes agrarios también deben colaborar.

Nuestro deseo, insistimos, es que estos acuerdos se inscriban dentro de una transformación de la cultura política del país, y no sean un puro repliegue táctico de una estrategia que sigue creyendo en la guerra.
Acaso la crisis internacional –que asusta a nuestros dirigentes- sea una ocasión dorada para un acuerdo nacional que privilegie a la Argentina, su conservación, por encima de los egoísmos de grupo.

El valor de la vida tras tocar los límites

En una cultura que exalta la ética trivial hacia el éxito, o que cree que la vida se reduce a gozar, el testimonio del doctor Jorge Rodríguez Kissner, que virtualmente regreso de la muerte, conmueve en más de un sentido.o


Al obstetra de 47 años le tocó estar cara a cara con la muerte. Fue una experiencia límite conmocionante, cargada de dolor, de la cual, según ha dicho, ha salido con otro concepto de la vida.

Es la historia de un hombre joven que experimenta un giro drástico en sus días. Un mimado de la vida, poseedor de una existencia perfecta desde el punto de vista familiar y profesional, de repente ve derrumbarse su mundo.

La causa: una miocarditis viral fulminante le destruyó literalmente el corazón. Inmediatamente, el doctor Kissner pasó a ocupar el primer lugar en la lista de urgencias del Incucai.

Es decir, su vida empezó a depender de la donación de un corazón, de la decisión de una familia de entregar el órgano de alguien querido ya fallecido. En suma, sólo el transplante de un corazón podía salvar a Kissner.

Sus familiares y un grupo de amigos, desesperados, desataron una campaña solidaria en todo el país. Antes del que el corazón finalmente llegara, el enfermo pasó semanas en coma, sobrevivió a veinte paros cardíacos, un par de shocks cardíacos, dos hemorragias, dos infecciones generalizadas y otras tantas operaciones de pulmón.

“Es obra de Dios que yo esté vivo”, fueron las primeras declaraciones que hizo Kissner, ya recuperado. Más allá de la ciencia médica, de la donación de un corazón y de sus propias ganas de vivir, el médico cree que volvió de la muerte por un milagro.

“A Dios lo tenía abandonado, pero ahora sé que existe. Mis chicos volvieron a jugar por primera vez en meses. He renacido”, dijo.

Es la confesión de alguien que experimentó la precariedad de su propia existencia, y se enfrentó al misterio de la muerte, donde enmudecen todas las arrogancias y vanidades humanas.

“Yo era una persona absolutamente sana hasta que, de un día para el otro, me dijeron que si no recibía un corazón me moriría en cuestión de días”, relata el médico, al explicar el giro dramático que tuvo su vida.

“Yo quería vivir”, confesó al explicar su determinación por ganar la batalla a la enfermedad. La donación para él era un tema asumido –había donado sus órganos cuando tenía 25 años- aunque nunca se imaginó que él la necesitaría algún día.

El médico ahora entiende que la vida es un don y, tras lo sucedido, es una ocasión para algo. “Si a uno le pasa lo que me pasó a mí y vuelve es porque tiene una misión. Mi lucha es divulgar el tema del transplante y la donación de órganos para ayudar a las 5.000 personas que hoy esperan uno”, declaró.

El hombre madura en el dolor y crece con él, es capaz de encontrar un sentido al sufrimiento, y de hallar un significado más profundo a su vida ante la cercanía de la muerte.

Esto parece decirnos Kissner con su testimonio. Una vez más, la experiencia del límite, allí donde todo se derrumba, puede ser una ocasión para modificar nuestro concepto de la vida.

No estamos acostumbrados a ver las posibilidades de valor que encierran los infortunios. Es que nuestra cultura autosuficiente mide lo humano en términos de éxitos y fracasos.

En esta perspectiva, el declive de la salud, al ponernos fuera de la carrera del éxito profesional, o de la búsqueda de poder y prestigio, equivale a un fracaso rotundo.

Pero el sufrimiento puede salvar al hombre de la rigidez del alma, puede sacarlo de la frivolidad de la existencia, y devolverle una dignidad perdida al recordarle su condición mortal.

Entre el látigo y la indulgencia

Pasan el tiempo y los gobiernos y la inseguridad ciudadana en Argentina no deja de crecer. Sobre todo en los grandes conglomerados urbanos, la vida es imposible. Días atrás una diva de televisión, conmovida por el asesinato de un colaborador suyo, pidió la pena de muerte y una legislación más severa.o


El episodio sirvió para que otra vez el tema de la inseguridad saltara al debate público. A juzgar por lo que se lee y se escucha en los medios, en la Argentina, a propósito, parece haber dos partidos.

Unos son los partidarios del látigo, es decir los que creen que con mano dura mágicamente se bajará la tasa de criminalidad, aunque la experiencia mundial al respecto arroja resultados dudosos.

Aquí se está por la “ley del Talión” sin más. La idea es devolverle al que delinque toda la violencia, y más todavía, que ha producido, en algo que se asemeja mucho a la venganza.

Hay una ideología subyacente a esta postura: la sociedad es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. El asesino o ladrón, según esta visión, es individualmente un ser inferior, alguien que es absolutamente responsable de sus actos antisociales.

Lo que se busca, por tanto, es extirpar esta maleza que nació en los jardines de la sociedad. Con el argumento de que el delito es una opción libre más en la oferta de la vida. Por tanto, para preservar la seguridad de la sociedad, quienes eligieron esa vida deben pagarlo caro.

Estamos, en realidad, frente a una posición extrema que idolatra el látigo en sí mismo, como corrector del crimen. La debilidad de este pensamiento es su linealidad: en el fondo no ve que en un sentido el delito es manifestación de una ruptura en los lazos sociales.

No mira –o no quiere ver- que los menores que delinquen en la Argentina, por caso, no lo hacen de gusto, sino porque están expuestos a esa vida, casi arrojados, porque son pobres o vienen de familias destruidas.

Sobre la base de esta objeción, en tanto, se ha formado el partido de la indulgencia, que es una reacción en sentido contrario al látigo. En esta perspectiva, todas las faltas tienen una explicación ajena al sujeto que las cometió.

Es decir, una acción delictiva, aunque la realicen los individuos, en realidad es emanada, de última, de los tenebrosos remolinos del subconsciente o de la opresión o corrupción del entorno social.

Con lo cual a los delincuentes, lejos de considerarlos culpables, se les ve, cada vez más como víctimas, sobre todo de la sociedad, considerada como la principal, cuando no como la única, responsable de los delitos cometidos en su seno.

Al elevar los condicionamientos conductuales a la categoría de determinismo absoluto –psicológico, biológico, sociológico, cultural- desaparecen los actos conscientes y libres y por tanto se disuelve la noción de culpabilidad.

Como se ve el debate en la Argentina alrededor de la justicia penal y de la inseguridad oscila entre posiciones ideológicas extremas: o se inmola el individuo a la sociedad por exceso de severidad, o se sacrifica a la sociedad por un exceso de indulgencia.

Acaso una política de justicia que contribuya a la seguridad ciudadana deba tomar una posición equidistante de estos extremos. Por lo pronto, debe evitar enredarse en aprioris ideológicos, y moverse con prudencia en el difícil arte de impartir justicia.
Ello supone hacerse cargo del grado de evolución de la sociedad y de las urgencias concretas de los ciudadanos. Sabiendo siempre que la justicia humana no es infalible.

Comienzo escolar desmoralizador

El inicio del ciclo lectivo en Entre Ríos otra vez se inaugura con una medida de fuerza del gremio docente. Un síntoma de que la decadencia educativa no tiene límites.o


A mediados de enero, por esta columna, expresábamos nuestro vivo deseo por un normal comienzo de las clases. Lo hacíamos pidiendo al gobierno y al gremio que se pusieran de acuerdo.

Exhortábamos a que ambas partes asumieran su responsabilidad. Al gobierno, que extremara los recaudos presupuestarios, para atender el reclamo salarial de los docentes.

A éstos últimos, les pedíamos que fueran coherentes con su compromiso con la escuela pública, a la cual dicen defender. También que consideraran que la gimnasia de la protesta no ayuda al clima pedagógico.

Porque los chicos necesitan de su maestros en el aula para aprender. Cuando no están, se desmotivan, pierden interés por la ciencia. Y empiezan a creer que la educación, de última, no es importante.

Pues bien, la falta de acuerdo entre las autoridades y los representantes docentes sobre incrementos salariales, nos confirma que el planteo de nuestra columna editorial era iluso.

Pero más que eso se trata –otra vez al comienzo del año escolar- de un golpe a la moral de la sociedad entrerriana, que legítimamente aspira a que sus hijos se eduquen.

El paro de 72 horas, decidido por el gremio más importante de la provincia, es un mensaje preocupante. Empeora aún más el cuadro de degradación en que está metida la educación entrerriana.

Hasta el gobernador, incómodo con la medida de fuerza, ha debido reconocerlo: “Más de la mitad de nuestros alumnos de la secundaria rindieron exámenes en marzo. Una calamidad. Y los desempeños en toda la escuela son alarmantemente bajos", dijo Sergio Urribarri.

A confesión de parte relevo de pruebas. Es que casi no hay dudas sobre el fracaso escolar en nuestros colegios y sobre una tendencia declinante de la educación en todos los niveles.

Pero los actores de esta historia suelen abusar de la recurrente obsesión argentina de buscar un culpable afuera. Es la manera en que los argentinos racionalizamos nuestro propio fracaso: la culpa es del otro.

Aunque Urribarri haya reconocido la “calamidad” en los exámenes y los bajos desempeños del sistema, en elíptica alusión a los docentes, esta afirmación lo incrimina. ¿O el gobierno no tiene nada que ver con esos resultados escolares?

Por lo demás, es conocida la retórica auto-exculpatoria de los gremialistas, para quienes el fracaso educativo es pura responsabilidad de los gobiernos. A decir verdad, todo el conflicto docente recorre estos dispositivos discursivos que apelan al chivo emisario.

Mientras el gobierno parece no asumir la responsabilidad de atender la inversión educativa –no puede eludir, en este sentido, que no defiende los recursos federales como debiera- el gremio docente da la impresión que sigue auto-victimizándose sin asumir la obligación social que le cabe.

Vivimos en una cultura que ha inflado los derechos pero que se ha olvidado, paralelamente, de las obligaciones. En verdad, en la Argentina somos rápidos para exigir lo que creemos que nos corresponde.

Pero casi siempre, propensos a huir de situaciones incómodas o buscando la salida fácil, no nos hacemos cargos de aquello que nos compete, no asumimos los sacrificios que emanan de nuestros oficios o posición social.

Esto causa una huida generalizada ante las responsabilidades. Ser responsable es estar unido lo suficientemente a una cosa, al punto de aceptar sus cargas, y de actuar con conciencia moral frente a ella, asumiendo las consecuencias plenas de mis actos.

 

 

A La Tierra ¿ya es muy tarde para salvarla?

 El sombrío pronóstico lo acaba de formular el investigador británico James Lovelock: la humanidad ya no puede hacer nada para evitar la catástrofe ecológica. La autodestrucción planetaria, dice, es un proceso irreversible.o


  “Es un poco como un superpetrolero. No puedes hacerlo parar a no ser que pares los motores”, aseguró Lovelock, un científico y meteorólogo británico que en 1969 se hizo célebre por sus ideas.

  Entonces postuló que el planeta se comporta como si fuese un organismo vivo capaz de autorregularse. A esta hipótesis la llamó Gaia, en honor a la diosa de la tierra como se le conocía en la mitología griega. 

  El autor de la “Venganza de la Tierra”, una de sus famosas obras en la que afirma que “estamos abusando tanto de ésta que puede rebelarse”, ha declarado por estas horas que la crisis ecológica es imparable.

  El cambio climático, asegura, acabará con gran parte de la vida en la Tierra durante el presente siglo y opinó que los intentos humanos por evitar lo peor llegan tarde.

  Ni los programas para reducir las emisiones que producen el efecto invernadero ni las campañas para promover el reciclaje y las fuentes de energía, tendrán el resultado esperado, vaticina.

  Según Lovelock estas medidas son una pérdida de tiempo. En cambio, ante el ineluctable desbarajuste planetario, propone lo que algunas películas de ficción vienen anticipando: construir refugios para salvar la especie humana.

  El investigador inglés, de 89 años, estimó que la población mundial podría caer desde los 7.000 millones a los 1.000 millones de habitantes en el año 2100. ¿La causa? La disputa humana por los escasos recursos humanos.

  “Habrá muerte a gran escala por la hambruna y la falta de agua”, precisó Lovelock, quien pronosticó que para 2040 las temperaturas en las ciudades europeas subirán hasta una media de 43 ºC en verano, la misma que en Bagdad en la actualidad.

  “No es sólo Europa, el mundo entero cambiará”, alertó y recordó los datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que en su último informe de 2001 indicó que las temperaturas serán “devastadoramente altas”.

  ¿Qué pensar, en suma, de este apocalíptico vaticinio sobre el futuro de la vida en la Tierra? ¿Tienen fundamento o es producto de la exageración humana? ¿Cómo calibrarlo en su sentido exacto?

   La hipótesis de que ya es demasiado tarde, de que la crisis ecológica llegó a un punto de no retorno, de que la suerte del planeta está echada en términos de destrucción, frente a lo cual el hombre nada puede hacer, es por cierto desestabilizante.

  ¿Es tolerable esta perspectiva para el hombre, que hasta aquí ha alardeado, no sin suficiencia, de su habilidad adaptativa, de su ingenio para sobrevivir? La visión tenebrosa de Lovelock plantea varios interrogantes antropológicos.  

  Uno de ellos podría formularse así: el hombre, en su afán de construir poder y riqueza, es inductor del descalabro ecológico. El problema es que éste, en ese afán, ha desatado fuerzas tecno-económicas que ya no controla.

  En tanto criatura salida de sus manos, este complejo “civilizatorio” se ha liberado, sigue su propia lógica, independiente de la voluntad humana, y ahora amenaza con destruirlo.

  La situación recuerda a Frankenstein, la celebre novela de horror escrita en 1816 por Mary Shelley, en la cual se relata la creación de un monstruo que se vuelve contra su autor.

  La moraleja literaria de Shelley hoy interpela a la humanidad en su relación con la Naturaleza: hay límites que el hombre no puede franquear sin exponerse él mismo.

 

 

 

El turismo, clave del desarrollo entrerriano

Si bien Entre Ríos tiene una corta data en materia turística, la “industria sin chimeneas” se hace sentir en el desarrollo de sus pueblos y tiene un promisorio futuro.o


 

 

Según datos oficiales preliminares, durante el verano llegaron a la provincia 260.000 visitantes, generando un movimiento económico de casi 300 millones de pesos.

Gualeguaychú es quizá una de las plazas más activas. Apostó hace tiempo a este rubro, siendo el Carnaval el motor de un desarrollo imparable.

El turista que vino a disfrutar de este espectáculo, al cabo de la temporada veraniega, habrá inyectado cerca de 80 millones de pesos al circuito económico local.

En términos provinciales, se está frente a una actividad de servicios que ha diversificado la base económica de Entre Ríos, que de todos modos sigue dependiendo de lo que produce el campo.

Pero mientras la plusvalía agropecuaria no queda mayormente en la provincia –en virtud de un esquema fiscal que la desvía al poder central- el turismo atrae divisas, dándole viabilidad económica a los pueblos.

Esa viabilidad se asienta, entre otras razones, en la capacidad distributiva de ingresos. En efecto, pocas actividades económicas reparten tantos beneficios entre tanta gente.

No sólo alienta inversiones específicas en el sector turístico (sobre todo en alojamiento y gastronomía) sino que mueve la rueda del consumo del mercado interno, generando un impacto múltiple en otros sectores (como el comercio).

Muchos provincianos han encontrado empleo e ingresos en los emprendimientos asociados al turismo. Y esto en el marco de una oferta que incluye carnavales, termas, pesca deportiva, playas y naturaleza, turismo histórico-cultural y deportivo, parques nacionales y turismo rural.

Lentamente Entre Ríos ha conquistado un sitio dentro de la oferta turística nacional. El despegue comenzó en la década del ’70, cuando empezó a romperse la insularidad.

Los difíciles accesos y la falta de infraestructura eran factores objetivos que obstaculizaba el flujo de corrientes turísticas. Pero las grandes obras de integración, como el túnel subfluvial, el complejo Brazo Largo-Zárate, los puentes internacionales y el puente Rosario-Victoria, dieron un vuelco a la situación.

Quizá no haya otra ciudad en la provincia que comprenda la importancia de las vías de comunicación como Gualeguaychú. Relegada históricamente de los centros de decisión provincial, nuestra comunidad ha debido gestionar su conexión física.

Los gualeguaychuenses tienen clara la importancia geoestratégica de su ciudad. Por eso hoy aguardan que la terminación de la autopista Ceibas-Gualeguaychú, contribuya a potenciar su desarrollo local.

A decir verdad, toda Entre Ríos tiene una posición geográfica envidiable para el desarrollo turístico. Su cercanía con los principales centros urbanos del país, es un hecho.

Ni hablar de su oferta en términos naturales y paisajísticos, que muy bien sintetiza su eslogan “Todos los Verdes”. O su rica historia, que empalma con el protagonismo entrerriano en tiempos de caudillos y de la organización nacional.

Lo mismo sus tradiciones, en las que se mezclan lo criollo con la cultura de la inmigración. A eso hay que sumarle las festividades propias de cada pueblo, como los carnavales o la fiesta de la artesanía.

Últimamente se han sumado los parques termales, dentro de lo que se conoce como el turismo de salud. La variedad y calidad de sus atractivos, en suma, hacen de Entre Ríos una plaza turística de buen presente y excelente futuro.

 

El lado oscuro del fútbol argentino

Traído a estas tierras por los residentes ingleses, en 1867, el fútbol entre nosotros se ha convertido en algo más que en un atrapante juego. Hoy es un complejo fenómeno cultural que habla mucho de los argentinos.o


Basta ver la presencia mediática que tienen los programas de fútbol, para darse cuenta de la importancia de este deporte en la vida social. La Argentina, se dice, es un “país futbolero”.

Como hecho sociológico viene despertando desde hace tiempo el interés de los cientistas sociales, quienes ponen la lupa sobre las conductas de hinchas, jugadores, políticos, empresarios y periodistas.

Se ha dicho más de una vez, por ejemplo, que el fútbol le permite sobre todo a los miembros de las clases populares sentirse alguien. Es decir, la pertenencia a unos colores o a un club otorga identidad a mucha gente, que busca recuperar así un orgullo perdido.

Desaparecidos los mecanismos tradicionales de identificación (la religión, la política, el trabajo, la educación, el sindicalismo) el fútbol emerge como el gran dador de identidad.

Paralelamente, el fútbol revela lo peor de nosotros mismos como sociedad. “El opio moderno de los pueblos”, al decir del sociólogo Juan José Sebrelli, parafraseando a Carlos Marx, aparece en principio como un mundo especialmente violento.

En el país han muerto más de 200 personas por incidentes vinculados con la violencia en el fútbol, mientras que ya son parte del paisaje periodístico los desmanes de las llamadas “barras bravas”.

  De hecho, se percibe que detrás de la pelota se esconde un negocio turbio, cuyas ramificaciones comprometen a la dirigencia de los clubes y a la dirigencia política. Es común ver, por ejemplo, a los ‘barras’ del fútbol animando actos partidarios o movidas sindicales.

En tanto, una de las últimas noticias de este mundo da cuenta que el INADI hizo una denuncia ante la AFA por la agresión de Rolando Schiavi, jugador de Newell”s, contra el jugador Ricardo Gómez de Gimnasia de Jujuy.

La agresión ocurrió en el partido del pasado viernes. Según la crónica, Schiavi no se dio cuenta de que una cámara de televisión seguía sus pasos y atacó al tucumano Gómez, diciéndole: “La c… de tu madre, negro de m…”.

Todo el mundo coincide en afirmar que estos episodios suelen darse en la cancha entre los jugadores. Pero en realidad son una constante entre las hinchadas, que han hecho de la beligerancia una cultura.

Esto se echa de ver en los cantos que se corean en las tribunas –donde la violencia verbal es la nota distintiva- o en la actitud del hincha hacia los simpatizantes de los otros clubes.

“No existís”, suele ser la expresión con la que unos literalmente eliminan a los otros. “Los hinchas son xenófobos, racistas y discriminadores”, asegura el sociólogo Pablo Alabarces, quien ha escrito libros sobre el tema.

Doctor en filosofía en Inglaterra y secretario de posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Alabarces está convencido que el mundo del fútbol entre nosotros es un resumidero de lo peor de la cultura del país.

Según él, aquí anida “el último bastión de la resistencia masculina”, en el cual la violencia es motivo de orgullo. Este mundo, dice, está dominando por la “cultura del aguante”.

Esa cultura es “una ética, una concepción moral del mundo según la cual tener aguante significa ser más macho que otro. Pero los opuestos no son hombre versus mujer, sino hombre versus no hombre. El aguante tiene que ser demostrado continuamente, con la lógica de los hinchas, en el combate. Si no hay combate no hay aguante”.       

 

Vivir por encima de las posibilidades

Las naciones también sucumben a la pasión malsana de los individuos por el derroche o por querer vivir por encima de sus medios. Hay consenso, al respecto, de que aquí está la clave antropológica de la debacle de Estados Unidos.o


Se suele acusar a los hombres de dinero por su espíritu de economía. Por la estrechez y dureza que conlleva el cuidado del patrimonio. Es común la imputación de avaricia en este caso.

Las generaciones más recientes, que no debieron trabajar duro para hacer fortuna, han sido proclives ha calumniar a sus padres y abuelos, por su actitud conservadora ante el dinero.

De hecho el ahorro, que antes era considerado una virtud, fue visto como algo vergonzoso, una práctica egoísta. En realidad, detrás de toda esta crítica se esconde en muchos casos el deseo de malgastar lo más posible.

Se esconde la actitud de aquel que, regalado económicamente, sin necesidad de tener que hacerse patrimonialmente, se cree con derecho de gozar de la herencia recibida.

Es el caso del que dice despreciar al dinero porque lo tiene, y lo puede gastar con liberalidad. Porque desconoce la disciplina y la responsabilidad que va unida a su adquisición y conservación. 

Alguien ha dicho por ahí, con buen tino, que “hay menos materialismo en el avaro que ‘prevé’ que en el pródigo que se come su fortuna antes de tiempo”. Es decir, vale más la exagerada actitud de apego al patrimonio que el derroche insensato.

Pues bien, parece que los norteamericanos han olvidado la cultura previsora de sus mayores y han caído en el delirio del consumo que ha hecho que se apilen las deudas a un nivel insostenible.

En el fondo, han querido vivir por encima de sus posibilidades. Esta es la raíz antropológica de la debacle de la primera potencia del mundo (también la de otros países centrales), cuyos efectos impactan en todo el mundo.

Lo ha reconocido horas atrás el flamante presidente Barack Obama, en mensaje al país: “Si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que por muchos tiempo no hemos actuado responsablemente”.

   “Nuestra economía no cayó de la noche a la mañana”, dijo el mandatario tras declarar que “nos hemos hundido en una deuda enorme que cada año se iba apilando”.

   Los norteamericanos han gastado más de lo que necesitaban o de lo que se podían permitir. Los individuos, las familias y el propio Estado han vivido de prestado durante décadas, para mantener un elevadísimo estilo de vida.

  El ciudadano medio, para financiar sus compras, se ha endeudado con los bancos, cuyo negocio es vender dinero. Estas instituciones financieras han fomentado entre los estadounidenses la cultura del crédito para un consumo ilimitado.

  La sociedad norteamericana no veía –o no quería ver- el desmadre de su economía, a causa del derroche imparable: endeudamiento galopante, enorme déficit de cuenta corriente y persistente déficit fiscal.

  Antes de que estallase la burbuja, o se derrumbase la prosperidad ficticia de las últimas décadas, Estados Unidos mostraba el síndrome típico de algún país periférico y subdesarrollado.

   Pero nadie quería ver estos desequilibrios abismales. Nadie quería ver que la potencia económica más grande del mundo venía chupando permanentemente del ahorro del resto del mundo a fin de sostener su gasto excesivo.

   La debacle norteamericana debiera dejar una lección global al resto de los países. Esa lección consiste en que se no se puede vivir por encima de las posibilidades.

   Probablemente el mundo rico ajuste, tras la hecatombe, su estilo de vida. ¿Pasará por aquí, por la cultura, los cambios a la economía mundial que se avecinan?

 

 

Política despolitizada

En la Argentina del furioso "que se vayan todos" puja una política que castiga al poder y la representación tradicional, aunque al precio de instalar una cultura más o menos anárquica.o


 

 

El trasfondo es el hastío ciudadano, un fenómeno de causas múltiples, asociado a inconductas propias de los dirigentes políticos y a distintas crisis socioeconómicas.

El argentino medio es un sujeto altamente despolitizado, en el sentido de que ve al poder y todo lo que lo rodea con máxima desconfianza. Por eso entre nosotros los políticos han pasado a convertirse en personajes sospechados.

Lo llamativo es que la gestión de la cosa pública, lo que tiene que ver con la autoridad y la conducción, ha querido ser reemplazada por movimientos sociales alternativos, cuyo atractivo reside en que despotrican contra la política.

Paralelamente, muchos han descubierto en las ONG’s un formidable ariete para terminar con el sistema de partidos. Estas movidas se aprovechan de la apatía generalizada de la población hacia el sistema político.

Muchos sociólogos de izquierda han festejado, en este sentido, la aparición del "asambleísmo", donde se predica una horizontalidad (es decir, participación igualitaria de los adherentes) que evoca a la "democracia directa" ateniense.

Hay personas que han encontrado en estas formas la manera de canalizar su vocación altruista. O su deseo de hacer el bien al próximo, comprometiéndose en causas nobles.

Sin embargo, hay quienes las perciben como alquimias que vienen a redimir la sociedad. Los decepcionados de la vida partidaria, sobre todo, se han refugiado en estos movimientos no sin cierta esperanza mesiánica.

Es decir, buscan atajos por fuera de la política, aunque con la idea de sustituirla. O más bien con la utópica creencia de que se puede licuar la autoridad. Es el viejo sueño anarquista de construir una sociedad que prescinda de la política, que es una de las esencias organizativas de la vida social.

La periodista María Seoane, en el diario Clarín de ayer, habla del dilema que plantea la despolitización de la sociedad argentina, cuyo síntoma es la crisis de los partidos políticos.

Llama la atención, a propósito, sobre el hecho de que sólo el 30% de un padrón de más de 27 millones de electores está afiliado a partidos políticos.

Y añade: "Muchos analistas opinan que el 70% restante propicia una cultura de la protesta y el escrache callejero, en la medida que la gran mayoría no parece dispuesto ni a intervenir en la cosa pública más que para elegir, obligado, a sus representantes".

Frente a esto, Seoane aboga por producir cambios urgentes al régimen de partidos políticos y al Código Electoral, con el objeto de recuperar la política en la democracia.

"Si no se reforma el sistema político, la tan criticada política de cortes callejeros y escraches hará que nuestra democracia sea más parecida a una asamblea en la selva que la que necesita la Argentina a las puertas de su Bicentenario", concluye.

En tanto, no hace mucho el académico argentino Adalberto Zelmar Barbosa advertía, por el diario La Nación, sobre el hecho de que "la aversión a los políticos ha avanzado sobre el campo total de la política", generando la falsa ilusión de que se puede prescindir de ese oficio destinado a dirimir el conflicto humano.

"Procuran el asalto del poder predicando la muerte del poder y la necesaria desaparición de los políticos", refiere Barbosa al salirle al cruce a los nuevos formatos con que se agazapa el viejo anarquismo.

Pero cuando declina la política –refiere- la sociedad sucumbe a las peores recetas totalitarias.

 

El extranjero y la amenaza del Otro

El rebrote de la xenofobia en Europa, como daño colateral de la crisis económica, pone en entredicho uno de los principios sociales de la globalización: la armonía entre las nacionalidades.o


Es un tópico universal creer que, gracias a las inauditas facilidades de comunicación y de intercambio, el modelo de las comunidades cerradas en sí mismas, caldo de cultivo de hostilidad hacia otros grupos humanos, desapareció progresivamente.

En su lugar, la sociedad humana habría entrado a una era de comprensión mutua, en la cual las etnias y nacionalidades, en un giro inédito de la historia, habrían optado por la coexistencia pacífica.

La llamada "aldea global", así, se ha presentado como la síntesis de la fraternidad e igualdad largamente anhelada por la humanidad. El nuevo orden mundial habría logrado desterrar la casi instintiva desconfianza hacia el extranjero, y por esta vía obturado el conflicto humano.

Muchos ideólogos de este orden diagnosticaron que despotenciado el apego al grupo o a la patria, decaerían esas reacciones de defensa y de agresividad que separaban y oponían a las colectividades humanas.

De hecho ha habido una declinación de los nacionalismos en las últimas décadas, a partir de la proliferación de cierta conciencia planetaria, excitada por la interconexión mediática.

El Viejo Mundo, especialmente, se lanzó al vasto experimento histórico de subordinar los particularismos a una idea universal: el europeísmo. Es que ese continente ha sido escenario en el pasado de verdaderas carnicerías humanas, a causa justamente de aventuras políticas nacionalistas.

Pero desde allí llegan noticias inquietantes acerca de un rebrote xenófobo, disparado por el hundimiento de la economía global. Es como si el desbarajuste de uno de los pilares de la globalización –la estructura económica- hiciese crujir el orden social y político de la Unión Europea.

Xenofobia significa odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros. Y suele ir de la mano con el racismo, cuando el grupo rechazado pertenece a una raza distinta. Pues bien, estos dos factores juntos están estallando en el corazón de Europa con la población inmigrante.

En todos estos años de globalización económica, Europa (junto a otro grupo de países catalogado de "centrales") ha creado una subclase social al incorporar ingente mano de obra barata de antiguas colonias, del Tercer Mundo o de la ex Unión Soviética.

Ahora, como la economía está cayendo en picada, los europeos insinúan que los inmigrantes tienen la culpa de la crisis. Algunos discursos políticos sostienen que hay desempleo porque hay mucha inmigración.

De hecho, en este momento proliferan las protestas y las huelgas, como las que hubo en el Reino Unido para rechazar la contratación de trabajadores de otros países de la Unión Europea.

También se verifican enfrentamientos sociales contra los trabajadores extracomunitarios, a los que se les pide que vuelvan a sus países después de haber requerido su fuerza de trabajo durante décadas. 

Es decir, la xenofobia está carcomiendo las bases sociales del proyecto de la aldea global. Parece que la humanidad, pese a los discursos de progreso y evolución, sigue aferrada a los viejos instintos de desconfianza y agresividad hacia el Otro.

Este fenómeno de rechazo es antiquísimo. En la ciudad antigua (de griegos y romanos) llamaban "bárbaros" a los extranjeros. Era un término peyorativo (implicaba inferioridad) con el que se marcaba al enemigo. 

 

 

 

Datos oscuros de la mancha blanca y otros contaminantes

Todo indica que el gobierno ha elegido al campo como enemigo para la pelea electoral de octubre, aunque en realidad el clima de beligerancia está instalado desde hace tiempo.o


Es un enfrentamiento duro y sin cuartel que las parodias de diálogo no pueden disimular. Para el kirchnerismo el campo resume todo lo que no es él, es el enemigo sin más.

En su concepción maniquea de la sociedad, el agro es el Eje del Mal, alrededor del cual gira la "oposición" al modelo K. En este esquema, por tanto, las elecciones de octubre, así, son la "continuación de la guerra por otros medios".

El senador Carlos Reutemann, al distanciarse del gobierno esta semana, ha percibido esto. "No veo al gobierno en posición de querer solucionar el problema (con el campo)", ha dicho, al detectar la ausencia de ánimo de acordar en el oficialismo.

¿Interesa el derrumbe de la producción agropecuaria? ¿Es un problema estrictamente económico? Reutemann sabe que la cuestión no pasa por allí.

En el fondo lo que hay, entrevé, es una disputa por el poder y la supremacía en la sociedad. Las retenciones, en este esquema, importan más como instrumento político que como variable económica.

Porque en los impuestos a las exportaciones se expresa la "voluntad de poder" del Príncipe. Mediante ellos el gobierno hace sentir su dominio o poderío frente a un actor social que lo desafía.

Ese actor, en el imaginario clasista del oficialismo, representa a la "oligarquía", a los ricos, a la clase dominante, a la derecha salvaje, al partido golpista, a los amigos de los militares, etc., etc.

Cristina K lo ha venido marcando en sus últimos discursos. "Hay sectores pequeños pero muy poderosos que no quieren renunciar a los privilegios", señaló en alusión a los productores agropecuarios.

Pero ha sido el profesor Luis D’Elía, otra vez, quien ha expresado claramente el pensamiento íntimo del matrimonio presidencial, sobre el último paro y movilización del campo.

   Ha dicho que esa movida esconde intereses electorales y destituyentes. "Lock-out patronal y campaña electoral son dos caras de la misma moneda", dijo. Los "panzudos patrones" (en alusión a los miembros de la Mesa de Enlace) "han lanzado el ejercito destituyente a la calle", alertó D’Elía.

   Además, la medida de la Mesa de Enlace es "lock-out patronal", porque "paro sólo hacen los que viven de su trabajo". Es una estrategia, dijo, que no busca otra cosa que recrear el viejo golpismo.

   "Ya no hay soldados, ni ametralladoras, ni tanques, ni marchas militares, ni fusiles. Hoy sí hay cámaras de televisión, grabadores, engaños, mentiras, tergiversaciones, demonios, políticos del establishment, y estos dirigentes de la mesa que han logrado enlazar tras de sí a las élites dominantes y a la clase media tilinga, que se niegan terminantemente a construir una patria para todos", disparó D’Elía.

   Este discurso desnuda el abecé del pensamiento maniqueo, que postula que la guerra es un principio inmanente al proceso histórico. Es propio del hegelianismo marxista, para quien no hay reconciliación posible entre el proletariado (el bien), y los ricos (el mal).

   Ahí está servida la dialéctica amigo-enemigo. O el odio social entre las clases. Como la historia es sólo una puja entre dominadores y dominados, en eterno antagonismo, no hay por principio armonía ni acuerdo social. Y la batalla se da en todos los planos.

   Ya lo decía el ideólogo del comunismo italiano, Antonio Gramsci: "La lucha económica no puede separarse de la lucha política, y ni la una ni la otra pueden ser separadas de la lucha ideológica".

   En suma, la guerra sin fin.

 

 

 

 

Notas culturales que gratifican

En medio del estrés social por el conflicto del gobierno con el campo, la rivalidad política, el hundimiento de la economía, y la crisis laboral en la comuna, emergen las buenas noticias culturales de Gualeguaychú.o


Aparte del exitoso desarrollo del Carnaval –el espectáculo a cielo abierto más importante del país en esta época- la actividad cultural de la ciudad no para, generando un clima de optimismo que contagia.

   Muestras plásticas, teatro, eventos en plazas y calles, y la alegría de los tradicionales corsos populares muestran el dinamismo local de siempre. Son un sello inconfundible de una comunidad que no renuncia a la gratificación cultural.

  En tanto, el acontecimiento del verano, en este rubro, es sin duda el evento "Suma Cine", que ha convertido a Gualeguaychú en el epicentro de los amantes del séptimo arte.

   Allí compiten realizadores independientes del país y el extranjero. Es el segundo año que en la ciudad se realiza un emprendimiento de este tipo, dirigido a promover el cine en Gualeguaychú.

   El festival en pleno desarrollo mostrará poco más de 50 películas, entre cortos, medios y largometrajes. La magnitud de la competencia está dada en que los organizadores debieron hacer la selección entre más de 400 realizaciones, llegadas de distintos países de Europa, Asia y Latinoamérica.

   Otras noticias relacionadas con la cultura local tienen que ver con la restauración de patrimonios culturales de la ciudad. En este sentido, sigue viento en popa la refacción del Teatro Gualeguaychú.

   Los trabajos de remodelación de ese enclave, símbolo del espíritu cultural de esta comunidad, continúan dentro de lo previsto, en el marco de un plan de obras comprometidos por el gobierno nacional.

   Si todo marcha normalmente, Gualeguaychú podrá exhibir antes de fin de año una sala totalmente aggiornada, modernizada, sobre la base del respeto y conservación de la línea arquitectónica original.

  Paralelamente, se conoció estos días el anuncio de que la casa de Fray Mocho será restaurada, en el marco de obras del plan de Reparación Histórica para Entre Ríos, firmado entre los gobiernos nacional y provincial.

  Se trata de la asignación de 900 mil pesos para poner en valor el viejo edificio en el que vivió el periodista y escritor José S. Álvarez, más conocido como Fray Mocho, creador de la mítica revista Caras y Caretas.

   Esa casa de estilo post-colonial fue construida en 1850, está asentada en barro, y cuenta con una sala principal, tres habitaciones, una galería, un patio y un sector de servicio.

   El predio estuvo a la venta en el año 2000, pero una movida local logró que en junio de 2003 el senado entrerriano la declarar de "utilidad pública y sujeta a expropiación".

   Más tarde, el Estado provincial compró el inmueble y en 2005 lo cedió en custodia a la municipalidad de Gualeguaychú. Trascartón, la derruida Casa de Fray Mocho fue declarada monumento histórico nacional y provincial.

   A partir de ahí la casa entró dentro de los edificios históricos a rescatar, con el propósito de darle un uso cultural múltiple, como ser: biblioteca, hemeroteca, sala de conferencia, salas de exposiciones permanentes e itinerantes, y pequeña sala de proyección de películas.

   Los trabajos previstos para este rescate incluyen, entre otros, reparaciones profundas en la mampostería y techo, reinstalación de los sistema eléctrico y de agua, refacción de revoques, aberturas y pisos.

   En suma, las noticias culturales se suceden y son buenas. Y no debieran quedar empalidecidas o relegadas por la coyuntura histórica adversa.

   

 

Los dilemas de la disputa por el poder

Cuando el país necesita recrear un marco de acuerdo y paz, para enfrentar la durísima realidad económica, se asiste a la lucha entre facciones políticas por la conquista del poder.o


 

Esta disociación entre las necesidades ciudadanas y la clase política es cada vez más patente. El hombre de la calle está angustiado –y con razón- por la pérdida de ingresos y de empleo.

Siente que la economía se hunde y en este contexto teme por su suerte y la de su familia. Es natural que desee que sus dirigentes, solidarios con esta angustia, estén a la altura de la circunstancia.

Preferiría que la llamada "clase política" –tanto el gobierno como la oposición- sea un factor clave que contribuya a sacar al país adelante, en medio del tembladeral económico.

Dicha empresa dirigencial –suponiendo que se encare- tendría como condición necesaria un acuerdo político histórico, dirigido a crear un clima de unidad y concordia nacional.

Ese pacto tendría la virtud de mostrar un dirigencia abroquelada tras el único objetivo de enfrentar el marasmo que se cierne sobre la Argentina. De suerte que los ciudadanos perciban que los políticos -como colectivo social- asuman el liderazgo de la crisis.

Pero no. El escenario político argentino es hoy un torbellino de reyertas, disputas y agresiones, porque el calendario establece que en octubre hay elecciones. Lo que marca la hora es la lucha política.

Sabemos lo que ocurre en estos casos: la rivalidad entre los partidos en la puja por la conquista del poder suele alcanzar niveles de enardecimiento y apasionamiento extremos.

La crispación que emana de esta competencia da la tónica general, marca el clima de los asuntos públicos, tiñe todos los actos. Al tiempo que el espíritu de división se instala en todo el país.

¿Es esto, justamente, lo que hoy necesita la Argentina? ¿No conspira la disputa facciosa y el cultivo de la aversión a los demás partidos contra el acuerdo y la concordia nacional que pide la coyuntura histórica?

La agitación constante y el desencadenamiento de todo tipo de revanchismos, propios de la lucha por el poder, será el clima que vivirá la Argentina de aquí hasta octubre, con picos de recrudecimiento a medida que se acerque el acto eleccionario.

Pero este juego de poder puede resultar peligroso para el destino del país y sus habitantes. Ya incluso hay un uso electoral de la crisis –colmo del maquiavelismo criollo- al especularse sobre el rédito político que pueda dar a una u otra facción.

A un político en campaña, por estas horas, se le escapó: "El problema es tan grave, que cuando me hablan de octubre, si esto sigue así no sé si hay octubre…". Es decir, la situación económica es tan delicada que el juego electoral suena disonante.

¿Cómo hará la política para conducir la Argentina en los próximos meses? ¿Gobierno y opositores seguirán jugando al cálculo electoral, impunemente, abdicando de su responsabilidad de conducir la crisis?.

Se nos dirá que esperar un acuerdo histórico de la dirigencia –que suponga renunciar a sus apetencias de poder para liderar al país en medio de la debacle- es caer en el lirismo.

¿Pero se puede seguir jugando al poder a bordo del Titanic? ¿Es razonable que aquellos que ocupan puestos de conducción, o aspiran a él, se enfrasquen en la disputa electoral, mientras el país se hunde?.

¿Es demasiado pedir que la clase dirigente cumpla su función de, justamente, dirigir?. El poder suele enceguecer a sus adoradores, que en el frenesí de la lucha por mantenerlo o alcanzarlo, caen en una suerte de enajenación o pérdida de la noción de realidad.

 

El municipio, ante otra crisis laboral

Frente al estallido de otro conflicto laboral al interior del municipio, es válido recordar que la huelga siempre es un recurso extremo y su empleo debe ser moderado en lo posible.o


  La demanda salarial ha conducido a la inactividad en el Estado, más allá de que una conciliación obligatoria, dictada por la justicia del Trabajo, ha abierto un paréntesis.

   Pero el conflicto subsiste y se aguarda que el gobierno local y los gremios municipales (dos operan en el ámbito de la representación sindical) arriben a un acuerdo en los próximos días.

   Después de un año de cierta paz laboral, la administración Bahillo empieza a encontrar fuertes escollos gremiales. Pero bien mirado, no se trata de las peripecias de una gestión.

   El conflicto impacta de lleno en la comunidad, que sufre en carne propia la privación de servicios estatales básico, como es la higiene de la ciudad, la provisión de agua o el arreglo de calles.

   Como ocurre con toda huelga estatal, la repercusión social es inevitable. El abandono del trabajo en el Estado, podrá ser un medio de presión para el gobierno, pero desde el vamos trae zozobra a la comunidad.

   Ante esto, sin menoscabar el derecho al reclamo propio de cualquier trabajador, quienes protagonizan esta medida de fuerza a veces pierden de vista que con ella se lesionan otros derechos y se suele dar pie a grandes perjuicios.

   Por eso la suspensión de actividades siempre debe ser un recurso extremo. Debe aplicarse después de agotados todos los otros medios pacíficos. Si se quiere, debe revestir el carácter de algo excepcional.

   Su empleo, por tanto, debe ser moderado en lo posible, definiendo su carácter, alcance y duración, en un marco de responsabilidad social. Esto para no causar mayores males que los acarreados por la injusticia que la provoca.

   Al respecto, a nadie escapa la pérdida de poder adquisitivo del salario, a causa de la inflación. Pero esto es un problema que aqueja a todos los trabajadores del país.

   Además esto se da en un marco de una profunda crisis de la economía, en la cual la preocupación más grave está en la posible pérdida del empleo. En este sentido, los empleados del Estado corren con ventaja porque gozan de "estabilidad" laboral.

   Sin mencionar el cuadro de estrechez presupuestaria que aqueja al municipio local, como al resto de los Estados del interior, los cuales destinan el grueso de sus recursos al pago de sueldos.

   La demanda salarial, por lógica, debe contemplar todo el contexto, para evitar pedir lo que objetivamente no se puede dar, presupuestariamente hablando.

   Además no es razonable que una huelga municipal deje de golpe sin servicios básicos a una ciudad. Los dirigentes gremiales deben comprender, en este sentido, la necesidad de preservar la prestación mínima de los servicios aún en medio de la protesta.

   Esto para minimizar los perjuicios que la medida de fuerza acarrea objetivamente a la comunidad. Por otro lado, ¿es razonable dejar sin más de limpiar las calles o de recoger la basura en un momento en que Gualeguaychú recibe la visita de miles de turistas?.

   Además, vale recordar que el Estado expresa al conjunto de los vecinos, quienes con su tributo mantienen la organización municipal, de la cual el intendente es apenas un administrador.

   De lo dicho, se desprende la responsabilidad social que debe primar ante las medidas extremas de carácter laboral en el Estado. La clave es conciliar los intereses de los trabajadores municipales con los de la comunidad en su conjunto.

 

 

 

Hacer las paces con la naturaleza

¿Es impensable imaginar que la Argentina, atravesada por la crisis ecológica, pueda celebrar un pacto entre la economía y la naturaleza, que sea modelo en la región?.o


   La desgracia de Tartagal y la sequía del campo debieran servir, sobre todo a la clase política, para pensar ese binomio bajo una nueva perspectiva, capaz de superar su aparente antagonismo.

   Porque el trastorno medio ambiental hace tiempo ha dejado de ser producto de un capricho de la Naturaleza para convertirse en un acontecimiento inducido por el hombre.

   Varias voces autorizadas preanuncian un aumento de la frecuencia de esos desastres. Se vienen épocas, dicen, de sequías e inundaciones extremas que impactarán la geografía nacional.

   Estos cambios tienen un origen "antrópico", es decir son causados por la actividad humana. Eso cree Osvaldo Canzini, doctor en Meteorología que en 2007 fue galardonado con el premio Nóbel de la Paz, como miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU.

   Parece que no se entiende que a la larga nadie se salva del desbarajuste ecológico. El maltrato a los ecosistemas tiene un efecto boomerang incluso para la propia economía.

   Ejemplo: los daños causados por la sequía. En efecto, especialistas afirman que el campo, entre cultivos y ganado ovino y bovino, perdería unos 43.000 millones de pesos este año.

   Y encima los pronósticos no son alentadores. Desde el INTA aseguran que el otoño próximo será el más seco de los últimos 100 años, con el agravante que empezará sin carga de agua en el suelo.

  ¿Y qué decir del aluvión de barro en Tartagal, donde hubo cientos de damnificados? La deforestación imparable, producto de la expansión de la frontera agrícola, fue la causa del fenómeno.

  Muy simple: ante lluvias intensas, ya no había vegetación, prevista por el ecosistema, para la retención de agua, lo que aceleró el escurrimiento superficial.

  Con poca retención y excesivo escurrimiento, las crecidas no se regulan. Con grandes inundaciones, no hay puentes ni caminos que resistan. Los gobiernos, después que dejaron destruir los bosques nativos, pretenden paliar este desastre con costosas obras sustitutivas, que encima nunca llegan.

   Está claro que se debe evitar la tala de bosques nativos y controlar la cantidad de hectáreas utilizadas para cultivos de soja. El afán productivista, así, tiene una cara tétrica, cual es la destrucción de la biodiversidad.

  Argentina ha aniquilado ya su riquísima reserva forestal. La tasa de deforestación es cinco veces mayor que la mundial. Se desmontan aproximadamente 280 mil hectáreas por año, a razón de una hectárea cada dos minutos.

  La agenda ambiental no acaba aquí: involucra múltiples actividades humanas que, con lógica económica, ensanchan el ecocidio nacional. Gualeguaychú, por caso, resiste el modelo pastero, altamente contaminante, para defender un ecosistema frágil como el del río Uruguay.

 Otra actividad que tiene carácter depredatorio es la minería, que amenaza incluso con contaminar ese estratégico reservorio de agua que son los glaciares del sur.

  Hay consenso mundial, a raíz del fenómeno del calentamiento global, que la humanidad ha perdido la experiencia cósmica de una síntesis armónica con la naturaleza.

   El paradigma del dominio técnico y económico del planeta, vigente desde hace tiempo, estalla ante la catástrofe ambiental inminente. La Argentina, un país bendecido enormemente por la naturaleza, debiera poder hacer las paces con ella, disciplinando las fuerzas que la amenazan.

 

 

 

La integración en su laberinto

A riesgo de parecer descortés o de ignorar los principios de la amistad, la autoridad política de Gualeguaychú puso reparos al convite formulado por el intendente fraybentino Omar Lafluf.o


  Imaginamos la incomodidad de Juan José Bahillo esta semana. No se negó de plano al programa de cooperación cultural entre las dos orillas, lanzado y financiado desde Europa.

  Pero prefirió no avanzar a un intercambio directo con Fray Bentos, argumentando que las condiciones no están dadas para que se produzca.

  ¿Gualeguaychú, entonces, se auto-excluye de la posibilidad de tender puentes de entendimiento? ¿Se cierra a una propuesta de acercamiento con la comunidad vecina?

   La gravedad de estas preguntas encierra lo delicado del asunto. Porque no es normal que la autoridad política de una ciudad ponga peros a un convite de cooperación.

   Ya que en principio se expone a que desde fuera lo juzguen mal a él y a la comunidad que representa. A que el gesto se malinterprete como una expresión de intransigencia.

   Pero el observador de afuera que esté dispuesto a mirar sin prejuicios la cosa, podrá hacer una lectura más profunda. En ese caso advertirá claramente la gravedad social que ha alcanzado el conflicto pastero.

   El dato sociológico es que se ha producido una grieta difícil de restañar entre dos comunidades. Esa brecha se ha profundizado el último tiempo, desde que la contaminación de Botnia ha dejado de ser un tópico sujeto a polémica.

   Sólo desde aquí se puede explicar la aprensión de Bahillo. El intendente no ha seguido más que su instinto: ha percibido, como todos nosotros, que esta iniciativa, loable en abstracto, peca a priori de artificiosa o de extemporánea.

   Sin juzgar segundas intencionalidades –a que puede dar lugar el clima de desconfianza propio del conflicto- la oferta tiene en un punto un sesgo contranatura.

   ¿Por qué? Decimos nosotros: porque no nace de la espontaneidad, no refleja un sentir de las personas y los grupos. No lo decimos porque esto nos agrade; todo lo contrario.

   Pero queremos ser realistas: el grado de beligerancia es tal, que iniciativas de este tipo son percibidas con un aura de cosa impuesta o superestructural, sin arraigo absoluto en el sentimiento dominante en los pueblos.

   Es que la integración de las dos comunidades está en un laberinto. ¿Comprende Lafluf –cuya intencionalidad tampoco juzgamos- el dilema que atraviesa la región, el daño causado a la amistad social?.

   Con Botnia de por medio, da toda la impresión que la relación de fraybentinos y gualeguaychuenses está metida en un callejón salida.

    Va de suyo que en otro contexto, es decir en otro estadio histórico –como el que existía antes de que la pastera apareciera- la iniciativa de cooperación cultural, mano a mano entre las dos ciudades, hubiera cuajado.

   Desconocemos la fórmula para destrabar esta enemistad no querida, no deseada, que obtura la comprensión de dos ciudades, cuya matriz cultural e histórica es la misma.

   Como sea, quienes creemos en la integración de los pueblos, no podemos despreciar ninguna puerta que se abra a favor del entendimiento. Y acaso pueda ser posible replantear, o especificar más todavía, los términos de la reciente oferta hecha a Gualeguaychú.

   Mientras tanto, nos seguimos preguntado una y otra vez: ¿Cómo es que llegamos a esta situación? ¿Se ha tomado nota, aquí y allá, del daño al tejido social causado por la radicación inconsulta de una inversión multinacional en la región?

 

 

La integración en su laberinto





A riesgo de parecer descortés o de ignorar los principios de la amistad, la autoridad política de Gualeguaychú puso reparos al convite formulado por el intendente fraybentino Omar Lafluf.o


Imaginamos la incomodidad de Juan José Bahillo esta semana. No se negó de plano al programa de cooperación cultural entre las dos orillas, lanzado y financiado desde Europa.

Pero prefirió no avanzar a un intercambio directo con Fray Bentos, argumentando que las condiciones no están dadas para que se produzca.

¿Gualeguaychú, entonces, se auto-excluye de la posibilidad de tender puentes de entendimiento? ¿Se cierra a una propuesta de acercamiento con la comunidad vecina?

La gravedad de estas preguntas encierra lo delicado del asunto. Porque no es normal que la autoridad política de una ciudad ponga peros a un convite de cooperación.

Ya que en principio se expone a que desde fuera lo juzguen mal a él y a la comunidad que representa. A que el gesto se malinterprete como una expresión de intransigencia.

Pero el observador de afuera que esté dispuesto a mirar sin prejuicios la cosa, podrá hacer una lectura más profunda. En ese caso advertirá claramente la gravedad social que ha alcanzado el conflicto pastero.

El dato sociológico es que se ha producido una grieta difícil de restañar entre dos comunidades. Esa brecha se ha profundizado el último tiempo, desde que la contaminación de Botnia ha dejado de ser un tópico sujeto a polémica.

Sólo desde aquí se puede explicar la aprensión de Bahillo. El intendente no ha seguido más que su instinto: ha percibido, como todos nosotros, que esta iniciativa, loable en abstracto, peca a priori de artificiosa o de extemporánea.

Sin juzgar segundas intencionalidades –a que puede dar lugar el clima de desconfianza propio del conflicto- la oferta tiene en un punto un sesgo contranatura.

¿Por qué? Decimos nosotros: porque no nace de la espontaneidad, no refleja un sentir de las personas y los grupos. No lo decimos porque esto nos agrade; todo lo contrario.

Pero queremos ser realistas: el grado de beligerancia es tal, que iniciativas de este tipo son percibidas con un aura de cosa impuesta o superestructural, sin arraigo absoluto en el sentimiento dominante en los pueblos.

Es que la integración de las dos comunidades está en un laberinto. ¿Comprende Lafluf –cuya intencionalidad tampoco juzgamos- el dilema que atraviesa la región, el daño causado a la amistad social?.

Con Botnia de por medio, da toda la impresión que la relación de fraybentinos y gualeguaychuenses está metida en un callejón salida.

Va de suyo que en otro contexto, es decir en otro estadio histórico –como el que existía antes de que la pastera apareciera- la iniciativa de cooperación cultural, mano a mano entre las dos ciudades, hubiera cuajado.

Desconocemos la fórmula para destrabar esta enemistad no querida, no deseada, que obtura la comprensión de dos ciudades, cuya matriz cultural e histórica es la misma.

Como sea, quienes creemos en la integración de los pueblos, no podemos despreciar ninguna puerta que se abra a favor del entendimiento. Y acaso pueda ser posible replantear, o especificar más todavía, los términos de la reciente oferta hecha a Gualeguaychú.

Mientras tanto, nos seguimos preguntado una y otra vez: ¿Cómo es que llegamos a esta situación? ¿Se ha tomado nota, aquí y allá, del daño al tejido social causado por la radicación inconsulta de una inversión multinacional en la región?

 

Los males de la pobreza expresiva

La alarma es conocida desde hace tiempo: el empobrecimiento lingüístico sigue en alza, sobre todo entre los más jóvenes, como un síntoma claro de decadencia cultural.o


 

 

El menosprecio del idioma es una característica de nuestro tiempo. Cada vez se habla y se escribe peor, y parece no calibrarse la pérdida humana que esto entraña.

No inventamos nada: las capacidades expresivas de la sociedad declinan. No es fácil encontrar individuos, por ejemplo, que puedan exponer un argumento o sostener una discusión.

Pero esto es debido a la incapacidad lingüística, al escaso dominio del lenguaje escrito y hablado. Ocurre que para argumentar necesitamos una herramienta que cada día manejamos peor: el lenguaje.

Ni hablar de la miseria expresiva de muchos jóvenes, quienes utilizan un vocabulario reducido y deformado, tendencia que se ve reforzada por la simplificación que imponen las nuevas tecnologías (ejemplo de lo cual son los mensajes de texto).

¿Pero es que el hombre puede prescindir de la palabra? ¿No es el lenguaje un atributo humano esencial? La pregunta antropológica se impone ante la proliferación de minusválidos expresivos.

De hecho algunos especialistas, al ver lo irreversible del empobrecimiento lingüístico, vaticinan que existe la posibilidad de que el dominio del lenguaje escrito y hablado se convierta en un privilegio de una elite.

¿Significa esto que ensancharemos las profundas brechas que ya existen entre los humanos en otros órdenes (político, económico y social) agregando el nuevo ingrediente de la separación lingüística?

Una cosa parece cierta: toda degradación de la palabra, toda caída de la competencia verbal, equivale a un menoscabo de la condición humana. "Uno no habita un país, uno vive en una lengua", afirma el pensador Émile Cioran.

Poco se insiste, en este sentido, en el riesgo gnoseológico que supone esta pérdida lingüística. Es que no se puede pensar sin palabras. Conocer menos palabras equivale a tener menos ideas, menos posibilidad de un pensamiento articulado.

Sobre la base del binomio lenguaje-intelecto (en realidad dos caras de la misma moneda), se pueden deducir todos los posibles males que nos puede acarrear la indigencia expresiva.

Hace poco Enrique A. Antonini, en el diario La Nación, llamó la atención sobre los impactos sociológicos del fenómeno. Según su tesis, gracias al uso adecuado del lenguaje las personas pueden participar en la vida del conglomerado social al que pertenecen.

Es decir, la base de la interacción social es sobre todo lingüística. Ahora bien, cuando se extiende la indigencia en el uso de la palabra, las relaciones sociales quedan heridas.

El ocaso de la palabra, la desvalorización del lenguaje supone la decadencia del debate público, del diálogo social, que retrocede ante la voluntad de poder o la fuerza.

"Ante la ausencia del diálogo, cuando no es la palabra la que tiene primacía ni el don de convencer, de defender o de impugnar, se abre la vía de la fuerza y de la prepotencia. Ejemplos no faltan: piquetes, marchas, cortes de ruta, amenazas, entre otras manifestaciones de intolerancia", dice Antonini.

El autor cita al respecto los conceptos del presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, copoblano nuestro, quien ha planteado que lo que no se expresa por la boca se expresa por el palo, la pedrada o el puñetazo.

En suma, una sociedad que desprecia el uso del lenguaje, que es indolente ante la incompetencia verbal de los más jóvenes, contribuye a sentar las bases de la anomia social.

 

¿Vuelta al Fondo?

Tras denostar públicamente al Fondo Monetario Internacional (FMI) en más de una oportunidad, y haber roto relaciones con el organismo, la administración K volvería a pedirle crédito.o


 

 

La especie circula por la mayoría de los medios especializados en economía. Incluso se da cuenta que enviados del gobierno realizan gestiones en reserva con ese cometido.

Las conversaciones giran en torno a la cumbre de presidentes del Grupo de los 20 (G-20) que se realizará el 2 de abril en Londres, y de la cual va a participar Cristina Kirchner.

A primera vista este giro del gobierno K respecto del Fondo puede generar sorpresas. Sobre todo entre los sectores progresistas afines al oficialismo, que hasta aquí se vienen ufanando de haber roto con el odiado banco.

El gobierno de izquierda de los K, predican estos sectores, ha "independizado" por primera vez a la Argentina de la tutela de FMI, sindicado como el responsable de todos nuestros males.

Poco se menciona que este logro se obtuvo previo pago de todo el pasivo adeudado a ese organismo, en una cifra millonaria: 10.000 millones de dólares. Nunca antes ningún gobierno argentino había pagado tanto en tan poco tiempo a tan pocos.

¿Es posible que ahora, tras semejante acto de "liberación nacional", la Argentina vuelva al FMI? ¿Qué cosas han ocurrido para que pueda ser posible? ¿Cuáles son las claves para explicar este viraje?

Una de dos: o el FMI abjuró del capitalismo y sus jefes se convirtieron a una ideología socialista, del tipo que pulula en Latinoamérica, o el gobierno K está muy necesitado de plata y entonces está dispuesto a arriar algunas de sus banderas revolucionarias.

A decir verdad, por encima de los discursos ideológicos y de las gestualidades rebeldes, para dejar contenta a alguna parcialidad política, la administración K está apretada por la menguada caja fiscal.

El país se ha quedado sin fuentes de financiamiento en medio del tembladeral mundial. En un contexto donde la recaudación cae en picada, porque la economía doméstica se desinfla, el dato es que afuera nadie le presta.

Varios economistas no oficialistas aseguran que el gobierno K se ha quedado sin instrumentos monetarios y fiscales, para hacer políticas anticíclicas o keynesianas.

Y así pues no le queda más alternativa que recurrir al FMI, como lo han hecho Chile o Brasil, para fondearse en la coyuntura, y de esta manera producir una rebaja de impuestos (por ejemplo retenciones) sin que eso lesione su solvencia fiscal.

Según los analistas, el gobierno K podría encontrar en la crisis mundial, que ha puesto a los organismos financieros como el FMI en la picota, una ocasión dorada para evitar un reingreso al organismo sin pagar costos políticos internos (dentro del frente progre).

La dialéctica de Cristina K diciendo que Barack Obama es Perón va en esta dirección: no es que el gobierno argentino ha cambiado, son los líderes mundiales y los países los que giran a la izquierda o se han argentinizado.

Por tanto, si se arregla con el FMI esta vez no habrá sujeción a aquel odioso banco que distribuyó la peste del neoliberalismo, sino acuerdo con un organismo que de golpe se hizo sensible a los pobres.

Se habrá operado por lo tanto un milagro: el FMI dejará de ser el malo de la película, el culpable de todas nuestras desgracias, para convertirse en un aliado estratégico de la Argentina.

Ese aliado estaría incluso dispuesto a flexibilizar condicionalidades que históricamente ha impuesto para prestar, que es lo que el gobierno K busca que quede establecido en la cumbre del Grupo de los 20.

 

 

Tiempos de ajuste

El ministro de Economía de Entre Ríos, Diego Valiero, en diálogo con Radio Cero, no disimuló la estrechez presupuestaria por la que atraviesa el Estado, en un contexto de crisis de la actividad económica.o


 

Señaló que el Estado entrerriano sufre un doble embate por el lado de los ingresos: caída de la coparticipación nacional y menor recaudación de impuestos propios.

La malaria, dijo, también le pega a los municipios, quienes ya están recibiendo menos en el reparto de los recursos coparticipables. Conclusión: todo el sector público provincial entró en un severo proceso de ajuste.

Paralelamente, la oposición alertó sobre que es posible que el Estado provincial se vea obligado a emitir bonos para financiar sus gastos. La sola mención de este instrumento ha puesto los pelos de punta a más de uno.

Y no es para menos: todavía está fresco en la memoria de los entrerrianos el daño ocasionado por los Federales, las letras provinciales que lanzó la última administración radical.

El problema entonces fue que esas letras se utilizaron no sólo para pagar a proveedores sino para hacer frente al pago de sueldos, introduciendo la "cuasi moneda" en todas las transacciones.

La consecuencia fue que a los agentes económicos –empresas y familias- se les transfirió la insolvencia del Estado a través de papeles que no valían nada, generando ruina económica y quiebre de la paz social.

No parece que esta experiencia nefasta vuelva a repetirse, porque no hay razones fiscales para ello, al margen de que la última reforma de la Carta Magna prohíbe que se emitan bonos para financiar "gastos corrientes".

Sin embargo, hay que estar atentos. La prosperidad de los últimos años parece haber desaparecido, situación agravada por la quiebra de la economía mundial.

Nadie está en condiciones hoy de prever nada. Ni siquiera el presidente de la máxima potencia mundial, Barak Obama, para quien el capitalismo sufre su peor crisis desde la Gran Depresión.

El dato es que los ingresos del Estado caen porque la economía cae. Entre Ríos no escapa, ni mucho menos, al fenómeno. Y éste es el mensaje que acaba de transmitir el Ministro de Economía.

En este contexto, hay un recrudecimiento de la puja distributiva en la sociedad. Chacareros, comerciantes e industriales ven perder rentabilidad en sus negocios, y los trabajadores temen por sus ingresos y empleos.

Los empleados públicos en Entre Ríos, quienes tienen garantizados por ley sus empleos, presionan por aumentos de sueldos, los cuales han perdido poder adquisitivo ante la inflación.

El gremio de los maestros, concretamente, amenaza con no iniciar las clases si no se les recompone su salario. Pero no sólo ellos reclaman: también están los otros empleados públicos (enfermeros, policías y demás agentes).

Por las dudas, el ministro Valiero, que conoce como nadie las limitantes presupuestarias de la administración provincial, ya abrió el paraguas. "La discusión salarial está en stand by", le dijo a Radio Cero.

Y aclaró: "Pero con los números actuales –y esto no se modifica en el corto plazo- no podemos pensar que se puede instrumentar un incremento. Si nos comprometemos a ello, ¿de qué lugar se sacan los fondos? ¿a quién le voy a cobrar un impuesto?".

Como se ve, el 2009 se presenta más que complicado. Las finanzas del Estado, al parecer, no podrán satisfacer las demandas salariales de los empleados.

El ajuste es irreversible y la clave política pasará por lograr repartir su carga de la manera más equitativa posible. 

 

El razonamiento electoral de Kirchner

En la Argentina de la especulación electoral –en la cual enfermizamente está enfrascada la clase política- se dibujan todo tipo de escenarios de cara a octubre próximo.o

La oposición amaga con juntarse y fantasea con un aluvión de votos anti-K. Se ilusiona, en este sentido, con la escasa adhesión del público al matrimonio presidencial.

Desde la crisis del campo, se sabe, cundió el desencanto hacia el gobierno. Y la oposición, como es lógico, pretende capitalizar ese sentimiento adverso.

Como de lo que se trata es de propinarle una "paliza" en las urnas al oficialismo, especula incluso con que la crisis económica internacional le favorezca.

Al margen de este razonamiento deleznable –puro maquiavelismo político- los líderes de la oposición, de una y otra vereda, se relamen así ante un escenario donde la crisis económica se lleve puesto a los K.

En este juego de poder, el oficialismo razona sus posibilidades. Y ha hallado, paradójicamente, que en su debilidad objetiva residen justamente sus mejores chances electorales.

El razonamiento lo acaba de formular Artemio López, un encuestador amigo del gobierno, en un artículo aparecido en el diario Perfil bajo el sugestivo título "Néstor y la crisis".

El analista refiere que Néstor Kirchner repite en su entorno que "la crisis internacional juega a favor nuestro". La teoría es muy simple: el desarrollo de esa crisis, al llegar a cierto estadio en su despliegue, tendrá un impacto pro oficialista en el electorado.

López compara este comportamiento del electorado con la curva de Laffer, un dispositivo de análisis de la presión tributaria óptima, que se hizo célebre entre los economistas en los ’80.

Arthur Laffer –la curva lleva su nombre- sostenía que el nivel impositivo va aumentando hasta que alcanza un valor que desalienta la producción y conduce a la evasión.

Es decir, cuando el tipo impositivo supera cierto umbral (en relación con el nivel de imposición), los ingresos recaudados pueden terminar disminuyendo.

Pues bien, ¿qué le sugiera la curva de Laffer a Artemio López, en relación con el posible escenario electoral 2009? Pues que el comportamiento tributario es homologable al comportamiento electoral.

La lectura es la siguiente: el voto opositor se despliega en su máxima intensidad hasta un punto en el que, por el recrudecimiento de la crisis, se hace conservador y proclive a votar al oficialismo.

De esta manera, Néstor Kirchner especula que su gobierno, sirviéndose de la crisis, mantendrá el 45% de los votos, con el cual a su mujer le alcanzó para llegar al poder. El razonamiento no es desopilante, dice López.

De hecho lo respalda la experiencia. "Ya se observó en el año 1995, con el triunfo de Carlos Menem, que perforó el 50% de los votos al calor del Tequilazo", frente al asombro de los analistas y los medios, que hasta último momento confiaban en un ballottage Menem-Bordón, explica el encuestador.

El famoso "voto cuota" expresó entonces esa reacción conservadora del electorado, quien ante la perspectiva de "perderlo todo", frente una crisis sin fondo, se inclinó por el status quo.

“En este contexto –dice López-, se prioriza la satisfacción de cuestiones elementales y se tornan abstractas las cuestiones de institucionalidad, transparencia y diálogo, atributos centrales y cuasi únicos que hoy exhibe el espectro opositor".

Por lo demás, Nicolás Maquiavelo ya sugería a El Príncipe explotar las emociones básicas del pueblo. El principal de las cuales, el miedo, siempre da réditos políticos.

 

La situación del campo mete miedo

La  cifra impresiona: 43 mil millones de pesos. Eso es lo que podría perder el campo este año, según números del sector, lo cual dibuja un cuadro tétrico para el país.o


El modelo inaugurado en 2002, se sabe, ha sido campo-dependiente. Argentina vivió estos años gracias al "boom de los commodities", producto de un contexto mundial excepcional.

Los ingresos por la exportación de granos (especialmente soja) equilibraron la balanza comercial, dieron superávit fiscal y fortalecieron las reservas del Banco Central.

No se explica la macroeconomía pos-convertibilidad sin el campo, sin su extraordinaria capacidad para reactivar la economía, dinamizar a las ciudades del interior y generar divisas para el país.

Y de hecho el llamado "proceso de sustitución de importaciones", con eje en el dólar alto, por el cual se protegió a la industria local ante la competencia externa, no hubiera sido posible sin la apropiación por parte del Estado de la renta agraria.

Pues bien, la economía argentina viene en picada desde que al campo le empezó a ir mal. La disputa por la Resolución 125 marcó, sin duda, el punto de inflexión. Allí la apropiación de la renta agraria encontró su límite.

Desde entonces la "rebelión en la granja" se ha instalado para quedarse en la Argentina. Pero todavía más agudizada por dos nuevos ingredientes: caída vertiginosa de los precios internacionales y furiosa sequía.

Hoy el campo es un volcán en erupción. Los productores y chacareros, enfrentados al gobierno K, al que acusan de llevar adelante una política anti-campo, amenazan con una protesta sin fin.

El país ya está sintiendo este frenazo de la actividad agropecuaria, con mayor impacto en los pueblos y ciudades del interior. Pero lo que se viene es aún peor, a juzgar por pronósticos del sector.

En efecto, un informe de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) vaticina una pérdida de 43 mil millones de pesos en 2009, lo que equivale virtualmente a la presentación de quiebra del campo.

Esa plata, según comparó la entidad, representa 30.000 escuelas, 8.600 hospitales de alta complejidad, 43.000 kilómetros de rutas ó 430.000 viviendas. 

Según los técnicos de CRA, la pérdida equivale también al valor de 43.000 cosechadoras, 140.000 tractores, 350.000 camionetas 4X4, 150.000.000 rollos de alambre y el sueldo anual de 1.200.000 empleados de comercio.

El estudio indica que la producción agropecuaria primaria durante 2009 en comparación con 2008, tendrá una merma del 44% y grandes perjuicios en ganadería y lechería.

Por otro lado, los técnicos de CRA aseguran que este menor ingreso incidirá en forma directa en la actividad económica de todos los sectores del país, con base sobre todo en el interior.

Al respecto, indican que el auto transporte de carga, ante el deterioro de la producción en el campo, hará muchos menos viajes y dejará de facturar 1.122.500.000 de pesos.

Según CRA, las pérdidas por 43 mil millones de pesos en 2009 surgen por efecto de la sequía y "por las malas políticas agropecuarias del Gobierno nacional", en especial por su política de precios.

El cuadro, como se ve, mete miedo. Porque la quiebra del campo, que es la tendencia que se vislumbra, implica sobre todo la quiebra de las economías regionales y la zozobra del interior.

Mientras estos vaticinios se suceden, los ciudadanos observan impávidos la continuación de la llamada "guerra gaucha", un enfrentamiento absurdo entre el gobierno K y los hombres del campo. 

El odio y el resentimiento pueden condenar a la Argentina, así, al peor de los mundos.