El lado oscuro del fútbol argentino

Traído a estas tierras por los residentes ingleses, en 1867, el fútbol entre nosotros se ha convertido en algo más que en un atrapante juego. Hoy es un complejo fenómeno cultural que habla mucho de los argentinos.o


Basta ver la presencia mediática que tienen los programas de fútbol, para darse cuenta de la importancia de este deporte en la vida social. La Argentina, se dice, es un “país futbolero”.

Como hecho sociológico viene despertando desde hace tiempo el interés de los cientistas sociales, quienes ponen la lupa sobre las conductas de hinchas, jugadores, políticos, empresarios y periodistas.

Se ha dicho más de una vez, por ejemplo, que el fútbol le permite sobre todo a los miembros de las clases populares sentirse alguien. Es decir, la pertenencia a unos colores o a un club otorga identidad a mucha gente, que busca recuperar así un orgullo perdido.

Desaparecidos los mecanismos tradicionales de identificación (la religión, la política, el trabajo, la educación, el sindicalismo) el fútbol emerge como el gran dador de identidad.

Paralelamente, el fútbol revela lo peor de nosotros mismos como sociedad. “El opio moderno de los pueblos”, al decir del sociólogo Juan José Sebrelli, parafraseando a Carlos Marx, aparece en principio como un mundo especialmente violento.

En el país han muerto más de 200 personas por incidentes vinculados con la violencia en el fútbol, mientras que ya son parte del paisaje periodístico los desmanes de las llamadas “barras bravas”.

  De hecho, se percibe que detrás de la pelota se esconde un negocio turbio, cuyas ramificaciones comprometen a la dirigencia de los clubes y a la dirigencia política. Es común ver, por ejemplo, a los ‘barras’ del fútbol animando actos partidarios o movidas sindicales.

En tanto, una de las últimas noticias de este mundo da cuenta que el INADI hizo una denuncia ante la AFA por la agresión de Rolando Schiavi, jugador de Newell”s, contra el jugador Ricardo Gómez de Gimnasia de Jujuy.

La agresión ocurrió en el partido del pasado viernes. Según la crónica, Schiavi no se dio cuenta de que una cámara de televisión seguía sus pasos y atacó al tucumano Gómez, diciéndole: “La c… de tu madre, negro de m…”.

Todo el mundo coincide en afirmar que estos episodios suelen darse en la cancha entre los jugadores. Pero en realidad son una constante entre las hinchadas, que han hecho de la beligerancia una cultura.

Esto se echa de ver en los cantos que se corean en las tribunas –donde la violencia verbal es la nota distintiva- o en la actitud del hincha hacia los simpatizantes de los otros clubes.

“No existís”, suele ser la expresión con la que unos literalmente eliminan a los otros. “Los hinchas son xenófobos, racistas y discriminadores”, asegura el sociólogo Pablo Alabarces, quien ha escrito libros sobre el tema.

Doctor en filosofía en Inglaterra y secretario de posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Alabarces está convencido que el mundo del fútbol entre nosotros es un resumidero de lo peor de la cultura del país.

Según él, aquí anida “el último bastión de la resistencia masculina”, en el cual la violencia es motivo de orgullo. Este mundo, dice, está dominando por la “cultura del aguante”.

Esa cultura es “una ética, una concepción moral del mundo según la cual tener aguante significa ser más macho que otro. Pero los opuestos no son hombre versus mujer, sino hombre versus no hombre. El aguante tiene que ser demostrado continuamente, con la lógica de los hinchas, en el combate. Si no hay combate no hay aguante”.       

 

Vivir por encima de las posibilidades

Las naciones también sucumben a la pasión malsana de los individuos por el derroche o por querer vivir por encima de sus medios. Hay consenso, al respecto, de que aquí está la clave antropológica de la debacle de Estados Unidos.o


Se suele acusar a los hombres de dinero por su espíritu de economía. Por la estrechez y dureza que conlleva el cuidado del patrimonio. Es común la imputación de avaricia en este caso.

Las generaciones más recientes, que no debieron trabajar duro para hacer fortuna, han sido proclives ha calumniar a sus padres y abuelos, por su actitud conservadora ante el dinero.

De hecho el ahorro, que antes era considerado una virtud, fue visto como algo vergonzoso, una práctica egoísta. En realidad, detrás de toda esta crítica se esconde en muchos casos el deseo de malgastar lo más posible.

Se esconde la actitud de aquel que, regalado económicamente, sin necesidad de tener que hacerse patrimonialmente, se cree con derecho de gozar de la herencia recibida.

Es el caso del que dice despreciar al dinero porque lo tiene, y lo puede gastar con liberalidad. Porque desconoce la disciplina y la responsabilidad que va unida a su adquisición y conservación. 

Alguien ha dicho por ahí, con buen tino, que “hay menos materialismo en el avaro que ‘prevé’ que en el pródigo que se come su fortuna antes de tiempo”. Es decir, vale más la exagerada actitud de apego al patrimonio que el derroche insensato.

Pues bien, parece que los norteamericanos han olvidado la cultura previsora de sus mayores y han caído en el delirio del consumo que ha hecho que se apilen las deudas a un nivel insostenible.

En el fondo, han querido vivir por encima de sus posibilidades. Esta es la raíz antropológica de la debacle de la primera potencia del mundo (también la de otros países centrales), cuyos efectos impactan en todo el mundo.

Lo ha reconocido horas atrás el flamante presidente Barack Obama, en mensaje al país: “Si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que por muchos tiempo no hemos actuado responsablemente”.

   “Nuestra economía no cayó de la noche a la mañana”, dijo el mandatario tras declarar que “nos hemos hundido en una deuda enorme que cada año se iba apilando”.

   Los norteamericanos han gastado más de lo que necesitaban o de lo que se podían permitir. Los individuos, las familias y el propio Estado han vivido de prestado durante décadas, para mantener un elevadísimo estilo de vida.

  El ciudadano medio, para financiar sus compras, se ha endeudado con los bancos, cuyo negocio es vender dinero. Estas instituciones financieras han fomentado entre los estadounidenses la cultura del crédito para un consumo ilimitado.

  La sociedad norteamericana no veía –o no quería ver- el desmadre de su economía, a causa del derroche imparable: endeudamiento galopante, enorme déficit de cuenta corriente y persistente déficit fiscal.

  Antes de que estallase la burbuja, o se derrumbase la prosperidad ficticia de las últimas décadas, Estados Unidos mostraba el síndrome típico de algún país periférico y subdesarrollado.

   Pero nadie quería ver estos desequilibrios abismales. Nadie quería ver que la potencia económica más grande del mundo venía chupando permanentemente del ahorro del resto del mundo a fin de sostener su gasto excesivo.

   La debacle norteamericana debiera dejar una lección global al resto de los países. Esa lección consiste en que se no se puede vivir por encima de las posibilidades.

   Probablemente el mundo rico ajuste, tras la hecatombe, su estilo de vida. ¿Pasará por aquí, por la cultura, los cambios a la economía mundial que se avecinan?

 

 

Política despolitizada

En la Argentina del furioso "que se vayan todos" puja una política que castiga al poder y la representación tradicional, aunque al precio de instalar una cultura más o menos anárquica.o


 

 

El trasfondo es el hastío ciudadano, un fenómeno de causas múltiples, asociado a inconductas propias de los dirigentes políticos y a distintas crisis socioeconómicas.

El argentino medio es un sujeto altamente despolitizado, en el sentido de que ve al poder y todo lo que lo rodea con máxima desconfianza. Por eso entre nosotros los políticos han pasado a convertirse en personajes sospechados.

Lo llamativo es que la gestión de la cosa pública, lo que tiene que ver con la autoridad y la conducción, ha querido ser reemplazada por movimientos sociales alternativos, cuyo atractivo reside en que despotrican contra la política.

Paralelamente, muchos han descubierto en las ONG’s un formidable ariete para terminar con el sistema de partidos. Estas movidas se aprovechan de la apatía generalizada de la población hacia el sistema político.

Muchos sociólogos de izquierda han festejado, en este sentido, la aparición del "asambleísmo", donde se predica una horizontalidad (es decir, participación igualitaria de los adherentes) que evoca a la "democracia directa" ateniense.

Hay personas que han encontrado en estas formas la manera de canalizar su vocación altruista. O su deseo de hacer el bien al próximo, comprometiéndose en causas nobles.

Sin embargo, hay quienes las perciben como alquimias que vienen a redimir la sociedad. Los decepcionados de la vida partidaria, sobre todo, se han refugiado en estos movimientos no sin cierta esperanza mesiánica.

Es decir, buscan atajos por fuera de la política, aunque con la idea de sustituirla. O más bien con la utópica creencia de que se puede licuar la autoridad. Es el viejo sueño anarquista de construir una sociedad que prescinda de la política, que es una de las esencias organizativas de la vida social.

La periodista María Seoane, en el diario Clarín de ayer, habla del dilema que plantea la despolitización de la sociedad argentina, cuyo síntoma es la crisis de los partidos políticos.

Llama la atención, a propósito, sobre el hecho de que sólo el 30% de un padrón de más de 27 millones de electores está afiliado a partidos políticos.

Y añade: "Muchos analistas opinan que el 70% restante propicia una cultura de la protesta y el escrache callejero, en la medida que la gran mayoría no parece dispuesto ni a intervenir en la cosa pública más que para elegir, obligado, a sus representantes".

Frente a esto, Seoane aboga por producir cambios urgentes al régimen de partidos políticos y al Código Electoral, con el objeto de recuperar la política en la democracia.

"Si no se reforma el sistema político, la tan criticada política de cortes callejeros y escraches hará que nuestra democracia sea más parecida a una asamblea en la selva que la que necesita la Argentina a las puertas de su Bicentenario", concluye.

En tanto, no hace mucho el académico argentino Adalberto Zelmar Barbosa advertía, por el diario La Nación, sobre el hecho de que "la aversión a los políticos ha avanzado sobre el campo total de la política", generando la falsa ilusión de que se puede prescindir de ese oficio destinado a dirimir el conflicto humano.

"Procuran el asalto del poder predicando la muerte del poder y la necesaria desaparición de los políticos", refiere Barbosa al salirle al cruce a los nuevos formatos con que se agazapa el viejo anarquismo.

Pero cuando declina la política –refiere- la sociedad sucumbe a las peores recetas totalitarias.

 

El extranjero y la amenaza del Otro

El rebrote de la xenofobia en Europa, como daño colateral de la crisis económica, pone en entredicho uno de los principios sociales de la globalización: la armonía entre las nacionalidades.o


Es un tópico universal creer que, gracias a las inauditas facilidades de comunicación y de intercambio, el modelo de las comunidades cerradas en sí mismas, caldo de cultivo de hostilidad hacia otros grupos humanos, desapareció progresivamente.

En su lugar, la sociedad humana habría entrado a una era de comprensión mutua, en la cual las etnias y nacionalidades, en un giro inédito de la historia, habrían optado por la coexistencia pacífica.

La llamada "aldea global", así, se ha presentado como la síntesis de la fraternidad e igualdad largamente anhelada por la humanidad. El nuevo orden mundial habría logrado desterrar la casi instintiva desconfianza hacia el extranjero, y por esta vía obturado el conflicto humano.

Muchos ideólogos de este orden diagnosticaron que despotenciado el apego al grupo o a la patria, decaerían esas reacciones de defensa y de agresividad que separaban y oponían a las colectividades humanas.

De hecho ha habido una declinación de los nacionalismos en las últimas décadas, a partir de la proliferación de cierta conciencia planetaria, excitada por la interconexión mediática.

El Viejo Mundo, especialmente, se lanzó al vasto experimento histórico de subordinar los particularismos a una idea universal: el europeísmo. Es que ese continente ha sido escenario en el pasado de verdaderas carnicerías humanas, a causa justamente de aventuras políticas nacionalistas.

Pero desde allí llegan noticias inquietantes acerca de un rebrote xenófobo, disparado por el hundimiento de la economía global. Es como si el desbarajuste de uno de los pilares de la globalización –la estructura económica- hiciese crujir el orden social y político de la Unión Europea.

Xenofobia significa odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros. Y suele ir de la mano con el racismo, cuando el grupo rechazado pertenece a una raza distinta. Pues bien, estos dos factores juntos están estallando en el corazón de Europa con la población inmigrante.

En todos estos años de globalización económica, Europa (junto a otro grupo de países catalogado de "centrales") ha creado una subclase social al incorporar ingente mano de obra barata de antiguas colonias, del Tercer Mundo o de la ex Unión Soviética.

Ahora, como la economía está cayendo en picada, los europeos insinúan que los inmigrantes tienen la culpa de la crisis. Algunos discursos políticos sostienen que hay desempleo porque hay mucha inmigración.

De hecho, en este momento proliferan las protestas y las huelgas, como las que hubo en el Reino Unido para rechazar la contratación de trabajadores de otros países de la Unión Europea.

También se verifican enfrentamientos sociales contra los trabajadores extracomunitarios, a los que se les pide que vuelvan a sus países después de haber requerido su fuerza de trabajo durante décadas. 

Es decir, la xenofobia está carcomiendo las bases sociales del proyecto de la aldea global. Parece que la humanidad, pese a los discursos de progreso y evolución, sigue aferrada a los viejos instintos de desconfianza y agresividad hacia el Otro.

Este fenómeno de rechazo es antiquísimo. En la ciudad antigua (de griegos y romanos) llamaban "bárbaros" a los extranjeros. Era un término peyorativo (implicaba inferioridad) con el que se marcaba al enemigo. 

 

 

 

Datos oscuros de la mancha blanca y otros contaminantes

Todo indica que el gobierno ha elegido al campo como enemigo para la pelea electoral de octubre, aunque en realidad el clima de beligerancia está instalado desde hace tiempo.o


Es un enfrentamiento duro y sin cuartel que las parodias de diálogo no pueden disimular. Para el kirchnerismo el campo resume todo lo que no es él, es el enemigo sin más.

En su concepción maniquea de la sociedad, el agro es el Eje del Mal, alrededor del cual gira la "oposición" al modelo K. En este esquema, por tanto, las elecciones de octubre, así, son la "continuación de la guerra por otros medios".

El senador Carlos Reutemann, al distanciarse del gobierno esta semana, ha percibido esto. "No veo al gobierno en posición de querer solucionar el problema (con el campo)", ha dicho, al detectar la ausencia de ánimo de acordar en el oficialismo.

¿Interesa el derrumbe de la producción agropecuaria? ¿Es un problema estrictamente económico? Reutemann sabe que la cuestión no pasa por allí.

En el fondo lo que hay, entrevé, es una disputa por el poder y la supremacía en la sociedad. Las retenciones, en este esquema, importan más como instrumento político que como variable económica.

Porque en los impuestos a las exportaciones se expresa la "voluntad de poder" del Príncipe. Mediante ellos el gobierno hace sentir su dominio o poderío frente a un actor social que lo desafía.

Ese actor, en el imaginario clasista del oficialismo, representa a la "oligarquía", a los ricos, a la clase dominante, a la derecha salvaje, al partido golpista, a los amigos de los militares, etc., etc.

Cristina K lo ha venido marcando en sus últimos discursos. "Hay sectores pequeños pero muy poderosos que no quieren renunciar a los privilegios", señaló en alusión a los productores agropecuarios.

Pero ha sido el profesor Luis D’Elía, otra vez, quien ha expresado claramente el pensamiento íntimo del matrimonio presidencial, sobre el último paro y movilización del campo.

   Ha dicho que esa movida esconde intereses electorales y destituyentes. "Lock-out patronal y campaña electoral son dos caras de la misma moneda", dijo. Los "panzudos patrones" (en alusión a los miembros de la Mesa de Enlace) "han lanzado el ejercito destituyente a la calle", alertó D’Elía.

   Además, la medida de la Mesa de Enlace es "lock-out patronal", porque "paro sólo hacen los que viven de su trabajo". Es una estrategia, dijo, que no busca otra cosa que recrear el viejo golpismo.

   "Ya no hay soldados, ni ametralladoras, ni tanques, ni marchas militares, ni fusiles. Hoy sí hay cámaras de televisión, grabadores, engaños, mentiras, tergiversaciones, demonios, políticos del establishment, y estos dirigentes de la mesa que han logrado enlazar tras de sí a las élites dominantes y a la clase media tilinga, que se niegan terminantemente a construir una patria para todos", disparó D’Elía.

   Este discurso desnuda el abecé del pensamiento maniqueo, que postula que la guerra es un principio inmanente al proceso histórico. Es propio del hegelianismo marxista, para quien no hay reconciliación posible entre el proletariado (el bien), y los ricos (el mal).

   Ahí está servida la dialéctica amigo-enemigo. O el odio social entre las clases. Como la historia es sólo una puja entre dominadores y dominados, en eterno antagonismo, no hay por principio armonía ni acuerdo social. Y la batalla se da en todos los planos.

   Ya lo decía el ideólogo del comunismo italiano, Antonio Gramsci: "La lucha económica no puede separarse de la lucha política, y ni la una ni la otra pueden ser separadas de la lucha ideológica".

   En suma, la guerra sin fin.

 

 

 

 

Notas culturales que gratifican

En medio del estrés social por el conflicto del gobierno con el campo, la rivalidad política, el hundimiento de la economía, y la crisis laboral en la comuna, emergen las buenas noticias culturales de Gualeguaychú.o


Aparte del exitoso desarrollo del Carnaval –el espectáculo a cielo abierto más importante del país en esta época- la actividad cultural de la ciudad no para, generando un clima de optimismo que contagia.

   Muestras plásticas, teatro, eventos en plazas y calles, y la alegría de los tradicionales corsos populares muestran el dinamismo local de siempre. Son un sello inconfundible de una comunidad que no renuncia a la gratificación cultural.

  En tanto, el acontecimiento del verano, en este rubro, es sin duda el evento "Suma Cine", que ha convertido a Gualeguaychú en el epicentro de los amantes del séptimo arte.

   Allí compiten realizadores independientes del país y el extranjero. Es el segundo año que en la ciudad se realiza un emprendimiento de este tipo, dirigido a promover el cine en Gualeguaychú.

   El festival en pleno desarrollo mostrará poco más de 50 películas, entre cortos, medios y largometrajes. La magnitud de la competencia está dada en que los organizadores debieron hacer la selección entre más de 400 realizaciones, llegadas de distintos países de Europa, Asia y Latinoamérica.

   Otras noticias relacionadas con la cultura local tienen que ver con la restauración de patrimonios culturales de la ciudad. En este sentido, sigue viento en popa la refacción del Teatro Gualeguaychú.

   Los trabajos de remodelación de ese enclave, símbolo del espíritu cultural de esta comunidad, continúan dentro de lo previsto, en el marco de un plan de obras comprometidos por el gobierno nacional.

   Si todo marcha normalmente, Gualeguaychú podrá exhibir antes de fin de año una sala totalmente aggiornada, modernizada, sobre la base del respeto y conservación de la línea arquitectónica original.

  Paralelamente, se conoció estos días el anuncio de que la casa de Fray Mocho será restaurada, en el marco de obras del plan de Reparación Histórica para Entre Ríos, firmado entre los gobiernos nacional y provincial.

  Se trata de la asignación de 900 mil pesos para poner en valor el viejo edificio en el que vivió el periodista y escritor José S. Álvarez, más conocido como Fray Mocho, creador de la mítica revista Caras y Caretas.

   Esa casa de estilo post-colonial fue construida en 1850, está asentada en barro, y cuenta con una sala principal, tres habitaciones, una galería, un patio y un sector de servicio.

   El predio estuvo a la venta en el año 2000, pero una movida local logró que en junio de 2003 el senado entrerriano la declarar de "utilidad pública y sujeta a expropiación".

   Más tarde, el Estado provincial compró el inmueble y en 2005 lo cedió en custodia a la municipalidad de Gualeguaychú. Trascartón, la derruida Casa de Fray Mocho fue declarada monumento histórico nacional y provincial.

   A partir de ahí la casa entró dentro de los edificios históricos a rescatar, con el propósito de darle un uso cultural múltiple, como ser: biblioteca, hemeroteca, sala de conferencia, salas de exposiciones permanentes e itinerantes, y pequeña sala de proyección de películas.

   Los trabajos previstos para este rescate incluyen, entre otros, reparaciones profundas en la mampostería y techo, reinstalación de los sistema eléctrico y de agua, refacción de revoques, aberturas y pisos.

   En suma, las noticias culturales se suceden y son buenas. Y no debieran quedar empalidecidas o relegadas por la coyuntura histórica adversa.

   

 

Los dilemas de la disputa por el poder

Cuando el país necesita recrear un marco de acuerdo y paz, para enfrentar la durísima realidad económica, se asiste a la lucha entre facciones políticas por la conquista del poder.o


 

Esta disociación entre las necesidades ciudadanas y la clase política es cada vez más patente. El hombre de la calle está angustiado –y con razón- por la pérdida de ingresos y de empleo.

Siente que la economía se hunde y en este contexto teme por su suerte y la de su familia. Es natural que desee que sus dirigentes, solidarios con esta angustia, estén a la altura de la circunstancia.

Preferiría que la llamada "clase política" –tanto el gobierno como la oposición- sea un factor clave que contribuya a sacar al país adelante, en medio del tembladeral económico.

Dicha empresa dirigencial –suponiendo que se encare- tendría como condición necesaria un acuerdo político histórico, dirigido a crear un clima de unidad y concordia nacional.

Ese pacto tendría la virtud de mostrar un dirigencia abroquelada tras el único objetivo de enfrentar el marasmo que se cierne sobre la Argentina. De suerte que los ciudadanos perciban que los políticos -como colectivo social- asuman el liderazgo de la crisis.

Pero no. El escenario político argentino es hoy un torbellino de reyertas, disputas y agresiones, porque el calendario establece que en octubre hay elecciones. Lo que marca la hora es la lucha política.

Sabemos lo que ocurre en estos casos: la rivalidad entre los partidos en la puja por la conquista del poder suele alcanzar niveles de enardecimiento y apasionamiento extremos.

La crispación que emana de esta competencia da la tónica general, marca el clima de los asuntos públicos, tiñe todos los actos. Al tiempo que el espíritu de división se instala en todo el país.

¿Es esto, justamente, lo que hoy necesita la Argentina? ¿No conspira la disputa facciosa y el cultivo de la aversión a los demás partidos contra el acuerdo y la concordia nacional que pide la coyuntura histórica?

La agitación constante y el desencadenamiento de todo tipo de revanchismos, propios de la lucha por el poder, será el clima que vivirá la Argentina de aquí hasta octubre, con picos de recrudecimiento a medida que se acerque el acto eleccionario.

Pero este juego de poder puede resultar peligroso para el destino del país y sus habitantes. Ya incluso hay un uso electoral de la crisis –colmo del maquiavelismo criollo- al especularse sobre el rédito político que pueda dar a una u otra facción.

A un político en campaña, por estas horas, se le escapó: "El problema es tan grave, que cuando me hablan de octubre, si esto sigue así no sé si hay octubre…". Es decir, la situación económica es tan delicada que el juego electoral suena disonante.

¿Cómo hará la política para conducir la Argentina en los próximos meses? ¿Gobierno y opositores seguirán jugando al cálculo electoral, impunemente, abdicando de su responsabilidad de conducir la crisis?.

Se nos dirá que esperar un acuerdo histórico de la dirigencia –que suponga renunciar a sus apetencias de poder para liderar al país en medio de la debacle- es caer en el lirismo.

¿Pero se puede seguir jugando al poder a bordo del Titanic? ¿Es razonable que aquellos que ocupan puestos de conducción, o aspiran a él, se enfrasquen en la disputa electoral, mientras el país se hunde?.

¿Es demasiado pedir que la clase dirigente cumpla su función de, justamente, dirigir?. El poder suele enceguecer a sus adoradores, que en el frenesí de la lucha por mantenerlo o alcanzarlo, caen en una suerte de enajenación o pérdida de la noción de realidad.

 

El municipio, ante otra crisis laboral

Frente al estallido de otro conflicto laboral al interior del municipio, es válido recordar que la huelga siempre es un recurso extremo y su empleo debe ser moderado en lo posible.o


  La demanda salarial ha conducido a la inactividad en el Estado, más allá de que una conciliación obligatoria, dictada por la justicia del Trabajo, ha abierto un paréntesis.

   Pero el conflicto subsiste y se aguarda que el gobierno local y los gremios municipales (dos operan en el ámbito de la representación sindical) arriben a un acuerdo en los próximos días.

   Después de un año de cierta paz laboral, la administración Bahillo empieza a encontrar fuertes escollos gremiales. Pero bien mirado, no se trata de las peripecias de una gestión.

   El conflicto impacta de lleno en la comunidad, que sufre en carne propia la privación de servicios estatales básico, como es la higiene de la ciudad, la provisión de agua o el arreglo de calles.

   Como ocurre con toda huelga estatal, la repercusión social es inevitable. El abandono del trabajo en el Estado, podrá ser un medio de presión para el gobierno, pero desde el vamos trae zozobra a la comunidad.

   Ante esto, sin menoscabar el derecho al reclamo propio de cualquier trabajador, quienes protagonizan esta medida de fuerza a veces pierden de vista que con ella se lesionan otros derechos y se suele dar pie a grandes perjuicios.

   Por eso la suspensión de actividades siempre debe ser un recurso extremo. Debe aplicarse después de agotados todos los otros medios pacíficos. Si se quiere, debe revestir el carácter de algo excepcional.

   Su empleo, por tanto, debe ser moderado en lo posible, definiendo su carácter, alcance y duración, en un marco de responsabilidad social. Esto para no causar mayores males que los acarreados por la injusticia que la provoca.

   Al respecto, a nadie escapa la pérdida de poder adquisitivo del salario, a causa de la inflación. Pero esto es un problema que aqueja a todos los trabajadores del país.

   Además esto se da en un marco de una profunda crisis de la economía, en la cual la preocupación más grave está en la posible pérdida del empleo. En este sentido, los empleados del Estado corren con ventaja porque gozan de "estabilidad" laboral.

   Sin mencionar el cuadro de estrechez presupuestaria que aqueja al municipio local, como al resto de los Estados del interior, los cuales destinan el grueso de sus recursos al pago de sueldos.

   La demanda salarial, por lógica, debe contemplar todo el contexto, para evitar pedir lo que objetivamente no se puede dar, presupuestariamente hablando.

   Además no es razonable que una huelga municipal deje de golpe sin servicios básicos a una ciudad. Los dirigentes gremiales deben comprender, en este sentido, la necesidad de preservar la prestación mínima de los servicios aún en medio de la protesta.

   Esto para minimizar los perjuicios que la medida de fuerza acarrea objetivamente a la comunidad. Por otro lado, ¿es razonable dejar sin más de limpiar las calles o de recoger la basura en un momento en que Gualeguaychú recibe la visita de miles de turistas?.

   Además, vale recordar que el Estado expresa al conjunto de los vecinos, quienes con su tributo mantienen la organización municipal, de la cual el intendente es apenas un administrador.

   De lo dicho, se desprende la responsabilidad social que debe primar ante las medidas extremas de carácter laboral en el Estado. La clave es conciliar los intereses de los trabajadores municipales con los de la comunidad en su conjunto.

 

 

 

Hacer las paces con la naturaleza

¿Es impensable imaginar que la Argentina, atravesada por la crisis ecológica, pueda celebrar un pacto entre la economía y la naturaleza, que sea modelo en la región?.o


   La desgracia de Tartagal y la sequía del campo debieran servir, sobre todo a la clase política, para pensar ese binomio bajo una nueva perspectiva, capaz de superar su aparente antagonismo.

   Porque el trastorno medio ambiental hace tiempo ha dejado de ser producto de un capricho de la Naturaleza para convertirse en un acontecimiento inducido por el hombre.

   Varias voces autorizadas preanuncian un aumento de la frecuencia de esos desastres. Se vienen épocas, dicen, de sequías e inundaciones extremas que impactarán la geografía nacional.

   Estos cambios tienen un origen "antrópico", es decir son causados por la actividad humana. Eso cree Osvaldo Canzini, doctor en Meteorología que en 2007 fue galardonado con el premio Nóbel de la Paz, como miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU.

   Parece que no se entiende que a la larga nadie se salva del desbarajuste ecológico. El maltrato a los ecosistemas tiene un efecto boomerang incluso para la propia economía.

   Ejemplo: los daños causados por la sequía. En efecto, especialistas afirman que el campo, entre cultivos y ganado ovino y bovino, perdería unos 43.000 millones de pesos este año.

   Y encima los pronósticos no son alentadores. Desde el INTA aseguran que el otoño próximo será el más seco de los últimos 100 años, con el agravante que empezará sin carga de agua en el suelo.

  ¿Y qué decir del aluvión de barro en Tartagal, donde hubo cientos de damnificados? La deforestación imparable, producto de la expansión de la frontera agrícola, fue la causa del fenómeno.

  Muy simple: ante lluvias intensas, ya no había vegetación, prevista por el ecosistema, para la retención de agua, lo que aceleró el escurrimiento superficial.

  Con poca retención y excesivo escurrimiento, las crecidas no se regulan. Con grandes inundaciones, no hay puentes ni caminos que resistan. Los gobiernos, después que dejaron destruir los bosques nativos, pretenden paliar este desastre con costosas obras sustitutivas, que encima nunca llegan.

   Está claro que se debe evitar la tala de bosques nativos y controlar la cantidad de hectáreas utilizadas para cultivos de soja. El afán productivista, así, tiene una cara tétrica, cual es la destrucción de la biodiversidad.

  Argentina ha aniquilado ya su riquísima reserva forestal. La tasa de deforestación es cinco veces mayor que la mundial. Se desmontan aproximadamente 280 mil hectáreas por año, a razón de una hectárea cada dos minutos.

  La agenda ambiental no acaba aquí: involucra múltiples actividades humanas que, con lógica económica, ensanchan el ecocidio nacional. Gualeguaychú, por caso, resiste el modelo pastero, altamente contaminante, para defender un ecosistema frágil como el del río Uruguay.

 Otra actividad que tiene carácter depredatorio es la minería, que amenaza incluso con contaminar ese estratégico reservorio de agua que son los glaciares del sur.

  Hay consenso mundial, a raíz del fenómeno del calentamiento global, que la humanidad ha perdido la experiencia cósmica de una síntesis armónica con la naturaleza.

   El paradigma del dominio técnico y económico del planeta, vigente desde hace tiempo, estalla ante la catástrofe ambiental inminente. La Argentina, un país bendecido enormemente por la naturaleza, debiera poder hacer las paces con ella, disciplinando las fuerzas que la amenazan.

 

 

 

La integración en su laberinto

A riesgo de parecer descortés o de ignorar los principios de la amistad, la autoridad política de Gualeguaychú puso reparos al convite formulado por el intendente fraybentino Omar Lafluf.o


  Imaginamos la incomodidad de Juan José Bahillo esta semana. No se negó de plano al programa de cooperación cultural entre las dos orillas, lanzado y financiado desde Europa.

  Pero prefirió no avanzar a un intercambio directo con Fray Bentos, argumentando que las condiciones no están dadas para que se produzca.

  ¿Gualeguaychú, entonces, se auto-excluye de la posibilidad de tender puentes de entendimiento? ¿Se cierra a una propuesta de acercamiento con la comunidad vecina?

   La gravedad de estas preguntas encierra lo delicado del asunto. Porque no es normal que la autoridad política de una ciudad ponga peros a un convite de cooperación.

   Ya que en principio se expone a que desde fuera lo juzguen mal a él y a la comunidad que representa. A que el gesto se malinterprete como una expresión de intransigencia.

   Pero el observador de afuera que esté dispuesto a mirar sin prejuicios la cosa, podrá hacer una lectura más profunda. En ese caso advertirá claramente la gravedad social que ha alcanzado el conflicto pastero.

   El dato sociológico es que se ha producido una grieta difícil de restañar entre dos comunidades. Esa brecha se ha profundizado el último tiempo, desde que la contaminación de Botnia ha dejado de ser un tópico sujeto a polémica.

   Sólo desde aquí se puede explicar la aprensión de Bahillo. El intendente no ha seguido más que su instinto: ha percibido, como todos nosotros, que esta iniciativa, loable en abstracto, peca a priori de artificiosa o de extemporánea.

   Sin juzgar segundas intencionalidades –a que puede dar lugar el clima de desconfianza propio del conflicto- la oferta tiene en un punto un sesgo contranatura.

   ¿Por qué? Decimos nosotros: porque no nace de la espontaneidad, no refleja un sentir de las personas y los grupos. No lo decimos porque esto nos agrade; todo lo contrario.

   Pero queremos ser realistas: el grado de beligerancia es tal, que iniciativas de este tipo son percibidas con un aura de cosa impuesta o superestructural, sin arraigo absoluto en el sentimiento dominante en los pueblos.

   Es que la integración de las dos comunidades está en un laberinto. ¿Comprende Lafluf –cuya intencionalidad tampoco juzgamos- el dilema que atraviesa la región, el daño causado a la amistad social?.

   Con Botnia de por medio, da toda la impresión que la relación de fraybentinos y gualeguaychuenses está metida en un callejón salida.

    Va de suyo que en otro contexto, es decir en otro estadio histórico –como el que existía antes de que la pastera apareciera- la iniciativa de cooperación cultural, mano a mano entre las dos ciudades, hubiera cuajado.

   Desconocemos la fórmula para destrabar esta enemistad no querida, no deseada, que obtura la comprensión de dos ciudades, cuya matriz cultural e histórica es la misma.

   Como sea, quienes creemos en la integración de los pueblos, no podemos despreciar ninguna puerta que se abra a favor del entendimiento. Y acaso pueda ser posible replantear, o especificar más todavía, los términos de la reciente oferta hecha a Gualeguaychú.

   Mientras tanto, nos seguimos preguntado una y otra vez: ¿Cómo es que llegamos a esta situación? ¿Se ha tomado nota, aquí y allá, del daño al tejido social causado por la radicación inconsulta de una inversión multinacional en la región?

 

 

La integración en su laberinto





A riesgo de parecer descortés o de ignorar los principios de la amistad, la autoridad política de Gualeguaychú puso reparos al convite formulado por el intendente fraybentino Omar Lafluf.o


Imaginamos la incomodidad de Juan José Bahillo esta semana. No se negó de plano al programa de cooperación cultural entre las dos orillas, lanzado y financiado desde Europa.

Pero prefirió no avanzar a un intercambio directo con Fray Bentos, argumentando que las condiciones no están dadas para que se produzca.

¿Gualeguaychú, entonces, se auto-excluye de la posibilidad de tender puentes de entendimiento? ¿Se cierra a una propuesta de acercamiento con la comunidad vecina?

La gravedad de estas preguntas encierra lo delicado del asunto. Porque no es normal que la autoridad política de una ciudad ponga peros a un convite de cooperación.

Ya que en principio se expone a que desde fuera lo juzguen mal a él y a la comunidad que representa. A que el gesto se malinterprete como una expresión de intransigencia.

Pero el observador de afuera que esté dispuesto a mirar sin prejuicios la cosa, podrá hacer una lectura más profunda. En ese caso advertirá claramente la gravedad social que ha alcanzado el conflicto pastero.

El dato sociológico es que se ha producido una grieta difícil de restañar entre dos comunidades. Esa brecha se ha profundizado el último tiempo, desde que la contaminación de Botnia ha dejado de ser un tópico sujeto a polémica.

Sólo desde aquí se puede explicar la aprensión de Bahillo. El intendente no ha seguido más que su instinto: ha percibido, como todos nosotros, que esta iniciativa, loable en abstracto, peca a priori de artificiosa o de extemporánea.

Sin juzgar segundas intencionalidades –a que puede dar lugar el clima de desconfianza propio del conflicto- la oferta tiene en un punto un sesgo contranatura.

¿Por qué? Decimos nosotros: porque no nace de la espontaneidad, no refleja un sentir de las personas y los grupos. No lo decimos porque esto nos agrade; todo lo contrario.

Pero queremos ser realistas: el grado de beligerancia es tal, que iniciativas de este tipo son percibidas con un aura de cosa impuesta o superestructural, sin arraigo absoluto en el sentimiento dominante en los pueblos.

Es que la integración de las dos comunidades está en un laberinto. ¿Comprende Lafluf –cuya intencionalidad tampoco juzgamos- el dilema que atraviesa la región, el daño causado a la amistad social?.

Con Botnia de por medio, da toda la impresión que la relación de fraybentinos y gualeguaychuenses está metida en un callejón salida.

Va de suyo que en otro contexto, es decir en otro estadio histórico –como el que existía antes de que la pastera apareciera- la iniciativa de cooperación cultural, mano a mano entre las dos ciudades, hubiera cuajado.

Desconocemos la fórmula para destrabar esta enemistad no querida, no deseada, que obtura la comprensión de dos ciudades, cuya matriz cultural e histórica es la misma.

Como sea, quienes creemos en la integración de los pueblos, no podemos despreciar ninguna puerta que se abra a favor del entendimiento. Y acaso pueda ser posible replantear, o especificar más todavía, los términos de la reciente oferta hecha a Gualeguaychú.

Mientras tanto, nos seguimos preguntado una y otra vez: ¿Cómo es que llegamos a esta situación? ¿Se ha tomado nota, aquí y allá, del daño al tejido social causado por la radicación inconsulta de una inversión multinacional en la región?

 

Los males de la pobreza expresiva

La alarma es conocida desde hace tiempo: el empobrecimiento lingüístico sigue en alza, sobre todo entre los más jóvenes, como un síntoma claro de decadencia cultural.o


 

 

El menosprecio del idioma es una característica de nuestro tiempo. Cada vez se habla y se escribe peor, y parece no calibrarse la pérdida humana que esto entraña.

No inventamos nada: las capacidades expresivas de la sociedad declinan. No es fácil encontrar individuos, por ejemplo, que puedan exponer un argumento o sostener una discusión.

Pero esto es debido a la incapacidad lingüística, al escaso dominio del lenguaje escrito y hablado. Ocurre que para argumentar necesitamos una herramienta que cada día manejamos peor: el lenguaje.

Ni hablar de la miseria expresiva de muchos jóvenes, quienes utilizan un vocabulario reducido y deformado, tendencia que se ve reforzada por la simplificación que imponen las nuevas tecnologías (ejemplo de lo cual son los mensajes de texto).

¿Pero es que el hombre puede prescindir de la palabra? ¿No es el lenguaje un atributo humano esencial? La pregunta antropológica se impone ante la proliferación de minusválidos expresivos.

De hecho algunos especialistas, al ver lo irreversible del empobrecimiento lingüístico, vaticinan que existe la posibilidad de que el dominio del lenguaje escrito y hablado se convierta en un privilegio de una elite.

¿Significa esto que ensancharemos las profundas brechas que ya existen entre los humanos en otros órdenes (político, económico y social) agregando el nuevo ingrediente de la separación lingüística?

Una cosa parece cierta: toda degradación de la palabra, toda caída de la competencia verbal, equivale a un menoscabo de la condición humana. "Uno no habita un país, uno vive en una lengua", afirma el pensador Émile Cioran.

Poco se insiste, en este sentido, en el riesgo gnoseológico que supone esta pérdida lingüística. Es que no se puede pensar sin palabras. Conocer menos palabras equivale a tener menos ideas, menos posibilidad de un pensamiento articulado.

Sobre la base del binomio lenguaje-intelecto (en realidad dos caras de la misma moneda), se pueden deducir todos los posibles males que nos puede acarrear la indigencia expresiva.

Hace poco Enrique A. Antonini, en el diario La Nación, llamó la atención sobre los impactos sociológicos del fenómeno. Según su tesis, gracias al uso adecuado del lenguaje las personas pueden participar en la vida del conglomerado social al que pertenecen.

Es decir, la base de la interacción social es sobre todo lingüística. Ahora bien, cuando se extiende la indigencia en el uso de la palabra, las relaciones sociales quedan heridas.

El ocaso de la palabra, la desvalorización del lenguaje supone la decadencia del debate público, del diálogo social, que retrocede ante la voluntad de poder o la fuerza.

"Ante la ausencia del diálogo, cuando no es la palabra la que tiene primacía ni el don de convencer, de defender o de impugnar, se abre la vía de la fuerza y de la prepotencia. Ejemplos no faltan: piquetes, marchas, cortes de ruta, amenazas, entre otras manifestaciones de intolerancia", dice Antonini.

El autor cita al respecto los conceptos del presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, copoblano nuestro, quien ha planteado que lo que no se expresa por la boca se expresa por el palo, la pedrada o el puñetazo.

En suma, una sociedad que desprecia el uso del lenguaje, que es indolente ante la incompetencia verbal de los más jóvenes, contribuye a sentar las bases de la anomia social.

 

¿Vuelta al Fondo?

Tras denostar públicamente al Fondo Monetario Internacional (FMI) en más de una oportunidad, y haber roto relaciones con el organismo, la administración K volvería a pedirle crédito.o


 

 

La especie circula por la mayoría de los medios especializados en economía. Incluso se da cuenta que enviados del gobierno realizan gestiones en reserva con ese cometido.

Las conversaciones giran en torno a la cumbre de presidentes del Grupo de los 20 (G-20) que se realizará el 2 de abril en Londres, y de la cual va a participar Cristina Kirchner.

A primera vista este giro del gobierno K respecto del Fondo puede generar sorpresas. Sobre todo entre los sectores progresistas afines al oficialismo, que hasta aquí se vienen ufanando de haber roto con el odiado banco.

El gobierno de izquierda de los K, predican estos sectores, ha "independizado" por primera vez a la Argentina de la tutela de FMI, sindicado como el responsable de todos nuestros males.

Poco se menciona que este logro se obtuvo previo pago de todo el pasivo adeudado a ese organismo, en una cifra millonaria: 10.000 millones de dólares. Nunca antes ningún gobierno argentino había pagado tanto en tan poco tiempo a tan pocos.

¿Es posible que ahora, tras semejante acto de "liberación nacional", la Argentina vuelva al FMI? ¿Qué cosas han ocurrido para que pueda ser posible? ¿Cuáles son las claves para explicar este viraje?

Una de dos: o el FMI abjuró del capitalismo y sus jefes se convirtieron a una ideología socialista, del tipo que pulula en Latinoamérica, o el gobierno K está muy necesitado de plata y entonces está dispuesto a arriar algunas de sus banderas revolucionarias.

A decir verdad, por encima de los discursos ideológicos y de las gestualidades rebeldes, para dejar contenta a alguna parcialidad política, la administración K está apretada por la menguada caja fiscal.

El país se ha quedado sin fuentes de financiamiento en medio del tembladeral mundial. En un contexto donde la recaudación cae en picada, porque la economía doméstica se desinfla, el dato es que afuera nadie le presta.

Varios economistas no oficialistas aseguran que el gobierno K se ha quedado sin instrumentos monetarios y fiscales, para hacer políticas anticíclicas o keynesianas.

Y así pues no le queda más alternativa que recurrir al FMI, como lo han hecho Chile o Brasil, para fondearse en la coyuntura, y de esta manera producir una rebaja de impuestos (por ejemplo retenciones) sin que eso lesione su solvencia fiscal.

Según los analistas, el gobierno K podría encontrar en la crisis mundial, que ha puesto a los organismos financieros como el FMI en la picota, una ocasión dorada para evitar un reingreso al organismo sin pagar costos políticos internos (dentro del frente progre).

La dialéctica de Cristina K diciendo que Barack Obama es Perón va en esta dirección: no es que el gobierno argentino ha cambiado, son los líderes mundiales y los países los que giran a la izquierda o se han argentinizado.

Por tanto, si se arregla con el FMI esta vez no habrá sujeción a aquel odioso banco que distribuyó la peste del neoliberalismo, sino acuerdo con un organismo que de golpe se hizo sensible a los pobres.

Se habrá operado por lo tanto un milagro: el FMI dejará de ser el malo de la película, el culpable de todas nuestras desgracias, para convertirse en un aliado estratégico de la Argentina.

Ese aliado estaría incluso dispuesto a flexibilizar condicionalidades que históricamente ha impuesto para prestar, que es lo que el gobierno K busca que quede establecido en la cumbre del Grupo de los 20.

 

 

Tiempos de ajuste

El ministro de Economía de Entre Ríos, Diego Valiero, en diálogo con Radio Cero, no disimuló la estrechez presupuestaria por la que atraviesa el Estado, en un contexto de crisis de la actividad económica.o


 

Señaló que el Estado entrerriano sufre un doble embate por el lado de los ingresos: caída de la coparticipación nacional y menor recaudación de impuestos propios.

La malaria, dijo, también le pega a los municipios, quienes ya están recibiendo menos en el reparto de los recursos coparticipables. Conclusión: todo el sector público provincial entró en un severo proceso de ajuste.

Paralelamente, la oposición alertó sobre que es posible que el Estado provincial se vea obligado a emitir bonos para financiar sus gastos. La sola mención de este instrumento ha puesto los pelos de punta a más de uno.

Y no es para menos: todavía está fresco en la memoria de los entrerrianos el daño ocasionado por los Federales, las letras provinciales que lanzó la última administración radical.

El problema entonces fue que esas letras se utilizaron no sólo para pagar a proveedores sino para hacer frente al pago de sueldos, introduciendo la "cuasi moneda" en todas las transacciones.

La consecuencia fue que a los agentes económicos –empresas y familias- se les transfirió la insolvencia del Estado a través de papeles que no valían nada, generando ruina económica y quiebre de la paz social.

No parece que esta experiencia nefasta vuelva a repetirse, porque no hay razones fiscales para ello, al margen de que la última reforma de la Carta Magna prohíbe que se emitan bonos para financiar "gastos corrientes".

Sin embargo, hay que estar atentos. La prosperidad de los últimos años parece haber desaparecido, situación agravada por la quiebra de la economía mundial.

Nadie está en condiciones hoy de prever nada. Ni siquiera el presidente de la máxima potencia mundial, Barak Obama, para quien el capitalismo sufre su peor crisis desde la Gran Depresión.

El dato es que los ingresos del Estado caen porque la economía cae. Entre Ríos no escapa, ni mucho menos, al fenómeno. Y éste es el mensaje que acaba de transmitir el Ministro de Economía.

En este contexto, hay un recrudecimiento de la puja distributiva en la sociedad. Chacareros, comerciantes e industriales ven perder rentabilidad en sus negocios, y los trabajadores temen por sus ingresos y empleos.

Los empleados públicos en Entre Ríos, quienes tienen garantizados por ley sus empleos, presionan por aumentos de sueldos, los cuales han perdido poder adquisitivo ante la inflación.

El gremio de los maestros, concretamente, amenaza con no iniciar las clases si no se les recompone su salario. Pero no sólo ellos reclaman: también están los otros empleados públicos (enfermeros, policías y demás agentes).

Por las dudas, el ministro Valiero, que conoce como nadie las limitantes presupuestarias de la administración provincial, ya abrió el paraguas. "La discusión salarial está en stand by", le dijo a Radio Cero.

Y aclaró: "Pero con los números actuales –y esto no se modifica en el corto plazo- no podemos pensar que se puede instrumentar un incremento. Si nos comprometemos a ello, ¿de qué lugar se sacan los fondos? ¿a quién le voy a cobrar un impuesto?".

Como se ve, el 2009 se presenta más que complicado. Las finanzas del Estado, al parecer, no podrán satisfacer las demandas salariales de los empleados.

El ajuste es irreversible y la clave política pasará por lograr repartir su carga de la manera más equitativa posible. 

 

El razonamiento electoral de Kirchner

En la Argentina de la especulación electoral –en la cual enfermizamente está enfrascada la clase política- se dibujan todo tipo de escenarios de cara a octubre próximo.o

La oposición amaga con juntarse y fantasea con un aluvión de votos anti-K. Se ilusiona, en este sentido, con la escasa adhesión del público al matrimonio presidencial.

Desde la crisis del campo, se sabe, cundió el desencanto hacia el gobierno. Y la oposición, como es lógico, pretende capitalizar ese sentimiento adverso.

Como de lo que se trata es de propinarle una "paliza" en las urnas al oficialismo, especula incluso con que la crisis económica internacional le favorezca.

Al margen de este razonamiento deleznable –puro maquiavelismo político- los líderes de la oposición, de una y otra vereda, se relamen así ante un escenario donde la crisis económica se lleve puesto a los K.

En este juego de poder, el oficialismo razona sus posibilidades. Y ha hallado, paradójicamente, que en su debilidad objetiva residen justamente sus mejores chances electorales.

El razonamiento lo acaba de formular Artemio López, un encuestador amigo del gobierno, en un artículo aparecido en el diario Perfil bajo el sugestivo título "Néstor y la crisis".

El analista refiere que Néstor Kirchner repite en su entorno que "la crisis internacional juega a favor nuestro". La teoría es muy simple: el desarrollo de esa crisis, al llegar a cierto estadio en su despliegue, tendrá un impacto pro oficialista en el electorado.

López compara este comportamiento del electorado con la curva de Laffer, un dispositivo de análisis de la presión tributaria óptima, que se hizo célebre entre los economistas en los ’80.

Arthur Laffer –la curva lleva su nombre- sostenía que el nivel impositivo va aumentando hasta que alcanza un valor que desalienta la producción y conduce a la evasión.

Es decir, cuando el tipo impositivo supera cierto umbral (en relación con el nivel de imposición), los ingresos recaudados pueden terminar disminuyendo.

Pues bien, ¿qué le sugiera la curva de Laffer a Artemio López, en relación con el posible escenario electoral 2009? Pues que el comportamiento tributario es homologable al comportamiento electoral.

La lectura es la siguiente: el voto opositor se despliega en su máxima intensidad hasta un punto en el que, por el recrudecimiento de la crisis, se hace conservador y proclive a votar al oficialismo.

De esta manera, Néstor Kirchner especula que su gobierno, sirviéndose de la crisis, mantendrá el 45% de los votos, con el cual a su mujer le alcanzó para llegar al poder. El razonamiento no es desopilante, dice López.

De hecho lo respalda la experiencia. "Ya se observó en el año 1995, con el triunfo de Carlos Menem, que perforó el 50% de los votos al calor del Tequilazo", frente al asombro de los analistas y los medios, que hasta último momento confiaban en un ballottage Menem-Bordón, explica el encuestador.

El famoso "voto cuota" expresó entonces esa reacción conservadora del electorado, quien ante la perspectiva de "perderlo todo", frente una crisis sin fondo, se inclinó por el status quo.

“En este contexto –dice López-, se prioriza la satisfacción de cuestiones elementales y se tornan abstractas las cuestiones de institucionalidad, transparencia y diálogo, atributos centrales y cuasi únicos que hoy exhibe el espectro opositor".

Por lo demás, Nicolás Maquiavelo ya sugería a El Príncipe explotar las emociones básicas del pueblo. El principal de las cuales, el miedo, siempre da réditos políticos.

 

La situación del campo mete miedo

La  cifra impresiona: 43 mil millones de pesos. Eso es lo que podría perder el campo este año, según números del sector, lo cual dibuja un cuadro tétrico para el país.o


El modelo inaugurado en 2002, se sabe, ha sido campo-dependiente. Argentina vivió estos años gracias al "boom de los commodities", producto de un contexto mundial excepcional.

Los ingresos por la exportación de granos (especialmente soja) equilibraron la balanza comercial, dieron superávit fiscal y fortalecieron las reservas del Banco Central.

No se explica la macroeconomía pos-convertibilidad sin el campo, sin su extraordinaria capacidad para reactivar la economía, dinamizar a las ciudades del interior y generar divisas para el país.

Y de hecho el llamado "proceso de sustitución de importaciones", con eje en el dólar alto, por el cual se protegió a la industria local ante la competencia externa, no hubiera sido posible sin la apropiación por parte del Estado de la renta agraria.

Pues bien, la economía argentina viene en picada desde que al campo le empezó a ir mal. La disputa por la Resolución 125 marcó, sin duda, el punto de inflexión. Allí la apropiación de la renta agraria encontró su límite.

Desde entonces la "rebelión en la granja" se ha instalado para quedarse en la Argentina. Pero todavía más agudizada por dos nuevos ingredientes: caída vertiginosa de los precios internacionales y furiosa sequía.

Hoy el campo es un volcán en erupción. Los productores y chacareros, enfrentados al gobierno K, al que acusan de llevar adelante una política anti-campo, amenazan con una protesta sin fin.

El país ya está sintiendo este frenazo de la actividad agropecuaria, con mayor impacto en los pueblos y ciudades del interior. Pero lo que se viene es aún peor, a juzgar por pronósticos del sector.

En efecto, un informe de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) vaticina una pérdida de 43 mil millones de pesos en 2009, lo que equivale virtualmente a la presentación de quiebra del campo.

Esa plata, según comparó la entidad, representa 30.000 escuelas, 8.600 hospitales de alta complejidad, 43.000 kilómetros de rutas ó 430.000 viviendas. 

Según los técnicos de CRA, la pérdida equivale también al valor de 43.000 cosechadoras, 140.000 tractores, 350.000 camionetas 4X4, 150.000.000 rollos de alambre y el sueldo anual de 1.200.000 empleados de comercio.

El estudio indica que la producción agropecuaria primaria durante 2009 en comparación con 2008, tendrá una merma del 44% y grandes perjuicios en ganadería y lechería.

Por otro lado, los técnicos de CRA aseguran que este menor ingreso incidirá en forma directa en la actividad económica de todos los sectores del país, con base sobre todo en el interior.

Al respecto, indican que el auto transporte de carga, ante el deterioro de la producción en el campo, hará muchos menos viajes y dejará de facturar 1.122.500.000 de pesos.

Según CRA, las pérdidas por 43 mil millones de pesos en 2009 surgen por efecto de la sequía y "por las malas políticas agropecuarias del Gobierno nacional", en especial por su política de precios.

El cuadro, como se ve, mete miedo. Porque la quiebra del campo, que es la tendencia que se vislumbra, implica sobre todo la quiebra de las economías regionales y la zozobra del interior.

Mientras estos vaticinios se suceden, los ciudadanos observan impávidos la continuación de la llamada "guerra gaucha", un enfrentamiento absurdo entre el gobierno K y los hombres del campo. 

El odio y el resentimiento pueden condenar a la Argentina, así, al peor de los mundos.

 

Carnaval: ante un boom económico

El Carnaval no sólo es fiesta que contagia optimismo, es también una fenomenal industria que reparte dividendos. Gualeguaychú, en este sentido, es una ciudad privilegiada. El dato es que este enero marcó un récord. Los turistas del Carnaval dejaron en la ciudad divisas por 30.982.154 pesos, contra 20.719.849 pesos de igual período del año pasado. Es decir, se verificó un incremento de casi el 50% (sin computar la inflación).o


La suba no deja de ser sorprendente si se piensa que la mayoría de las actividades económicas en Argentina muestran un descenso interanual, en un contexto de debacle internacional.

¿Qué otro negocio experimentó una curva ascendente en su facturación, comparando los meses de enero de 2008 y 2009? A este ritmo, y suponiendo que el clima acompañe, Gualeguaychú cerrará una temporada vibrante en lo económico.

En efecto, ahora la fiesta entra en su mejor etapa. Ocurre que siempre febrero convocó a más público. Y las previsiones indican que esta vez se alcanzarán picos de 30.000 espectadores en cada una de las noches en el Corsódromo.

El encargado de llevar los números del Carnaval, Diego Fernández, vaticina un saldo de divisas superavitario respecto de la temporada anterior. Superará los 80 millones de pesos, dice, contra los 63 millones del verano pasado.

Es decir, si nada interfiere en febrero, si las cosas ocurren con normalidad,  Gualeguaychú tendrá un cierre económico récord en materia turística.

¿Cómo se mide este efecto riqueza?. El cálculo económico se establece a partir de analizar el gasto que realiza por día en Gualeguaychú el turista del Carnaval. Este verano ese consumo per cápita ronda los 145 pesos.

Según Fernández, gran parte del secreto de la mayor riqueza obedece a que en esta temporada ese turista se queda más tiempo en la ciudad.  Es decir no sólo llega para presenciar el espectáculo, sino que permanece unos días.

En este sentido, esta tendencia marcaría un acercamiento a una meta anhelada por el sector turístico local: lograr que el público del Carnaval sea atraído por otras ofertas de la ciudad.

¿Pero por qué a Gualeguaychú le va bien mientras a otras plazas turísticas del país les va regular, a juzgar por las mermas experimentadas, por ejemplo, en la costa bonaerense?

La explicación que dan los operadores locales, y los propios organizadores del Carnaval, es que esta paradoja se vincula al hecho, confirmado por experiencias anteriores, que las crisis económicas empujan al público hacia el sur entrerriano.

Es que la Capital del Carnaval está muy cerca del principal conglomerado urbano del país. Aparece así como un destino atractivo para el porteño o bonaerense, impedidos por razones presupuestarias de ir lejos o de viajar al exterior a veranear.

Además, jugaría a favor de Gualeguaychú este verano la misteriosa tendencia, avalada por las series estadísticas del Carnaval, de que los años impares –como lo es el 2009- son las mejores.

Por otro lado, no se ha verificado una merma del turismo a causa de Botnia, como se temió alguna vez. El fantasma de la contaminación no ha hecho mella en el público visitante, quien sigue viniendo a Gualeguaychú.

Y por lo visto, la perspectiva de cortes de ruta, motivada por la lucha antipastera, tampoco ha supuesto un freno al flujo turístico, como algunos alertaron.

Está claro el dinamismo económico que trae aparejado esta "industria sin chimeneas" para una ciudad como Gualeguaychú, sin mencionar la capacidad notable que tiene para repartir los dividendos que genera.

Más allá de la reforma política

La introducción de la boleta única, como impulsa la oposición, podrá acotar los márgenes de fraude electoral y en este sentido es bienvenida. Sin embargo, este tipo de dispositivos no es una panacea cívica.o


La llamada “reforma política”, en efecto, puede prestarse a equívoco si con ella se espera una modificación radical de nuestro comportamiento social o nuestra cultura política, cuyas causas son más profundas.

En principio se pretende avanzar sobre el perfeccionamiento de las reglas procedimentales de la democracia. Y aquí la boleta única permitiría superar las corruptelas de los partidos políticos a la hora de imprimir y distribuir papeletas y, además, evitar los robos dentro del cuarto oscuro.

Es un loable intento por transparentar y volver más confiables los instrumentos del sistema político. Más específicamente es una reforma de carácter electoral que intenta frenar los vicios de la clase política.

Quienes están al tanto de estos temas sostienen que dispositivos de este tipo mejorarían el régimen que legitima la elección de los gobernantes en la Argentina, un país que muestra estar atrasado en la materia.

Aquí se inscriben, por ejemplo, la aplicación efectiva de las internas abiertas, la transparencia en la financiación de los partidos políticos, la desaparición de las listas sábanas, la eliminación de las listas colectoras, la instrumentación de las urnas electrónicas, la necesidad de desvincular al gobierno del proceso electoral.

Sin desmerecer la importancia de estos medios, creemos sin embargo que habría que bajar las expectativas acerca de su eficacia, so pena de confundir el fondo con la forma.

Mucha gente, habituada a tener fe excesiva en los aspectos legales, puede creer que estos cambios están llamados a producir una revolución política en la Argentina, sin percatarse quizá de su costado puramente procedimental.

Lo que decimos es que una reforma electoral no equivale per se, ni mucho menos, a una transformación de la conciencia cívica de un país. Lo cual no quiere decir –repetimos- que deba ser desechada.

Lo que nos preguntamos es: ¿Tienen acaso estos instrumentos formales el poder mágico de atacar la anomia de fondo que aqueja a la sociedad argentina, que arrastra un incurable menosprecio por la ley y el orden público?

¿Tienen el poder de devolverle ciudadanía a millones de argentinos excluidos de todos los bienes (económicos, sociales y culturales), y entregados al tome y daca del clientelismo político?

¿Son capaces de sacudir la inveterada indiferencia de los argentinos alrededor de la cosa pública, imbuidos de des-compromiso militante hacia causas que estén más allá de su horizonte egoísta?

¿Alcanzan estos instrumentos, en suma, para bajar los niveles de corrupción estructural, de arriba y abajo, que padecemos, y de esta manera producir la metanoia cívica que reclama la Argentina?.

Creemos que hay que poner las cosas en su justo término. Se nos ocurre que no se le puede pedir a una reforma del régimen de elección de los gobernantes más de lo que puede dar.

Por otro lado, se sabe que “hecha la ley, hecha la trampa”. Es decir, se podrá tener el mejor procedimiento electoral democrático, pero eso poco sirve en el contexto de una indecente cultura política.

Ninguna ley hace morales a los habitantes de un país. De lo contrario no se explica que haya tanto desapego a la ley en una Argentina dotada de legislación moderna y juristas de primer nivel.

Crónica de otro día siniestro

La jornada de hoy ocupará un importante lugar en la historia de esta comunidad de Gualeguaychú, castigada por una decisión inconsulta y unilateral que va demostrando de manera elocuente, que aquí es dónde está la razón y sentido de la lucha por la erradicación de Botnia. El enfrentamiento de la adversidad se enfrenta con los hechos reales, palpables, de contaminación.o


La paradoja de confirmar a través de los hechos y por medio de los sentidos del olfato y la visión, la grave agresión contaminante pre anunciada por la larga historia mundial, que sostiene la impresionante capacidad de contaminación en todas las maneras posibles de las fábricas dedicadas a la producción de pasta celulósica, funcionen en el rincón del planeta en el que funcionen y aún contando con la tecnología de última generación que tanto publicitan y nos mienten.

Pero es que por segunda vez en el término de diez días, están demostrando lo altamente inefectivas e inservibles que son esas tecnologías, cuando se producen contingencias graves como las que comentamos y ya hemos sufrido.

El olor de ácido sulfídrico, intolerable, que por un tiempo considerable el lunes de la semana pasada se introdujo hasta en nuestros hogares, y la imagen tan triste que significó ver al río Uruguay en el estado que lo vimos ayer, son la prueba acabada, indiscutible, de una crónica anunciada, y dolorosa, que desde algún centro de poder se nos ha ido imponiendo .

Las voces que han surgido desde el seno mismo de esta sociedad, en estado de rebeldía desde el origen de la instalación arbitraria de la mega planta celulósica de Botnia, y cuando eran tan vilipendiadas y puestas en duda hasta por los de aquí adentro, emergen ahora esas voces con más fuerza y autoridad aún.

Tendrán que rever sus posturas los aventureros de la palabra oportunista, o de la opinión calculada y calculadora  que ofendió y trató de debilitar una fuerza imparable de lucha digna como la de Gualeguaychú.

Desde aquí, seguramente sabremos aprovechar a estas novedosas y perjudiciales instancias de la contaminación en nuestra zona, para reforzar la lucha a expensas aún, de la contaminación que estamos oliendo y mirando, en nuestro hábitat y mundo natural circundante.

La indignación y el dolor que hoy sentimos, al igual que pocos días atrás, se deben transformar en una fuerza inteligente capaz de llevar adelante la puesta en su lugar, de lo que a priori aparecía como desequilibrado profundamente por su dimensión y poderío.

La erradicación de Botnia, su anulación o desplazamiento definitivo no es un imposible de lograr, como algunos suelen entender, de rodillas ante los hechos consumados. Aquí estamos de pie sin embargo.

Por ahora está funcionando Botnia. Por ahora produce. Al más alto costo que por cierto pagamos los seres humanos, y todos los seres vivos que habitamos este rincón del planeta. El de la pérdida de calidad de vida. Hasta la vida misma, que también se diluye de manera inconcebible,

Tienen que entender nuestras autoridades, los responsables de cuidar nuestras vidas, de proteger nuestro medioambiente, el valor inapreciable que significa defender el modo que hemos elegido para transitar esta vida.

Gualeguaychú está más alerta que nunca. Gualeguaychú se prepara para acciones cada vez más profundas, más inteligentes, más informativas, más concientizadoras, más sólidas. No cabe duda.

Nada está perdido. Vamos a salvar nuestro río Uruguay de semejante acoso depredador. Vamos a impedir la acumulación de un daño irrecuperable.

Hagámoslo con la fuerza y el poder que la verdad da siempre. Sumemos más voluntades. Ahora más que nunca. De frente al futuro.

La de ayer ha sido una jornada siniestra. La de hoy, tiene que ser una jornada de fortalecimiento, de mayores convicciones, y de jerarquía en los métodos, para lograr a toda costa, en los cauces institucionales que correspondan, la concreción del único objetivo: No a Botnia, Sí a la Vida.

La cadena de pagos ya está resentida

Es un síntoma claro de las dificultades por las que atraviesa la economía real. El dato es que las empresas demoran sus pagos a los proveedores, mientras crece el número de cheques rechazados.o


La tendencia ya se observa en Gualeguaychú, como un signo evidente de la desaceleración de la economía. Eso le confirmó a este diario semanas atrás el titular de Corporación del Desarrollo, Ricardo Díaz.

“El problema se observa fundamentalmente en la cadena de pagos. Hay un incremento impresionante de cheques rechazados”, dijo cuando fue consultado sobre la situación por la que atraviesan las empresas del Parque Industrial.

El trasfondo de la situación es la caída de las ventas y la desmonetización de la economía, causada esta última, entre otras razones, por la falta de financiamiento bancario.

La prensa especializada viene dando cuenta del fenómeno. “Los plazos promedio de pago rondan los 90 días y en muchos sectores aumentó fuertemente el número de cheques rechazados”, consignó ayer El Cronista Comercial.

Pero además, “algunas empresas hasta han sufrido estafas por acceder a condiciones de pago especiales para poder colocar mercadería”, refiere la información.

Al cobrar tarde y no contar con crédito barato, las empresas trasladan las demoras a los proveedores. Girar cheques sin fondos es otra de las estrategias que utilizan algunas empresas para ganar tiempo.

“Cuando los créditos escasean o empiezan a tener tasas elevadas, se empieza a resentir la cadena de pagos. Los plazos de duplicaron y lo peligroso es que la demora va a ir creciendo”, explicó el titular de la Asociación de Industrias Matalúrgicas, Sergio Vacca.

Según la información, la cadena de pago quedó fuertemente golpeada en el interior del país al profundizarse la crisis del campo, por pérdida de rentabilidad y últimamente por la sequía.

La mala situación de los productores agropecuarios está impactando en todo el sector agroindustrial. Sobre todo está haciendo estragos en los negocios conexos como las fábricas de maquinarias agrícolas.

Provincias como Córdoba, donde la agroindustria es pilar económico, están sufriendo el fenómeno de patear los pagos, como estrategia de supervivencia empresaria.

“En los últimos 30 días se duplicó el número de cheques devueltos, girados mayormente por los mayoristas”, graficó Javier Baudino, presidente de la Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas Lácteas de Córdoba.

En algunos casos –agregó- logran cobrarse a los quince días, mientras que en otros, las firmas deben recurrir a la Justicia. “Al no existir un sistema bancario que realmente sancione la devolución de un cheque, te lo devuelven y después acomodan los plazos”, destacó Baudino.

Según explicó, muchos mayoristas patean los plazos de pago para cubrir la diferencia que les ocasiona el hecho de que tienen stock de mercaderías a equis valor pero cuando lo quieren colocar en el mercado esos precios son más bajos.

Pero esta práctica hace que el tiempo se extienda en toda la cadena de pagos, cual efecto dominó. Todas las empresas buscan cubrirse de este modo ante la falta de financiación bancaria. 

Para algunas firmas líderes, acceder a préstamos para capital de trabajo tiene un costo nominal anual de hasta 40%. Pero nadie está dispuesto a contraer un endeudamiento semejante.

La estrategia es bajar costos y estirar pagos para cuidar la caja. La pregunta que todos se hacen, en vista del escenario complicado, es: ¿cuánto más podrán aguantar las empresas antes de tener que optar por la reducción de personal?

Tensiones en la aldea global

La crisis económica depara mutaciones históricas inesperadas. En Europa, por ejemplo, una ola proteccionista está desafiando las bases mismas de la globalización, y tiene a los líderes mundiales entre las cuerdas.o


En un contexto de caída del empleo, y de fuerte recesión, crece la oposición en los países a contratar trabajo extranjero, proveniente incluso de la misma Unión Europea (UE).

De esta manera, se pone en entredicho uno de los principios de la aldea global: el libre tránsito de los trabajadores.

En Gran Bretaña miles de trabajadores de los sectores energético y de la construcción protagonizaron una violenta huelga contra la contratación de italianos y portugueses.

El brote de ira estalló por la noticia de que la constructora italiana IREM SpA decidió que sean obreros de esa nacionalidad quienes trabajen en un proyecto de 280 millones de dólares en una refinería al noroeste de Inglaterra.

La mayoría de los sindicatos en Gran Bretaña se pusieron en pie de guerra, en solidaridad con los huelguistas. El episodio supuso un duro revés para el primer ministro Gordon Brown, quien asumió el poder en 2007 con la promesa de dar “empleos británicos para los británicos”.

Brown, de todos modos, calificó las huelgas de indefendibles. “Entiendo que pregunten por qué ellos no pueden hacer trabajos para los que están calificados en su propio país. Pero éstas son las reglas del libre mercado laboral en la UE y tenemos que estar preparados para competir con nuestros socios europeos”, dijo.

Otro hombre clave del gobierno inglés, lord Peter Mandelson, argumento: “Sería un gran error aplicar políticas proteccionistas, porque más de 300 mil firmas británicas operan en Europa con empleados británicos y seguramente no queremos que nuestros vecinos europeos despidan a nuestros compatriotas”.

La situación británica ha puesto en guardia al resto de los líderes europeos. El temor es que podría incitar a protestas similares y poner así en tela de juicio toda la arquitectura global de Europa.

Alarmada por la situación, así, la Comisión Europea (CE) acaba de advertir contra la tentación de volver al proteccionismo económico como salida ante la crisis. No obstante, los analistas dicen que el conflicto obrero está poniendo sobre el tapete la fragilidad del proceso globalizador.

En este sentido, se subrayan las enormes discrepancias salariales dentro de la UE, lo que incentiva a las firmas a importar mano de obra barata. Un trabajador de la construcción británico, por ejemplo, gana un salario promedio mensual de 3.000 dólares, mientras que su par portugués percibe 859 dólares.

Por otra parte, los legisladores europeos están doblemente preocupados, porque si bien habían previsto conflictos de carácter xenófobo promovidos por la recesión, creyeron que los mismos serían provocados por la entrada de trabajadores de fuera de la UE.

Nunca se imaginaron, como se está dando ahora, una crisis laboral intraeuropea. La Unión Europea, como estructura política, es un epifenómeno de la globalización económica, es decir de la idea de un mercado único sin restricciones, con vía libre para las multinacionales.

La integración de alianzas trasnacionales, como la Unión Europea, supuso en las últimas décadas la licuación de la soberanía de las naciones. Lo “europeo” tenía supremacía así sobre los particularismos o nacionalidades.

Pero la crisis económica parece estar generando –como revela la huelga en Gran Bretaña- un rechazo a lo “global”, que es visto como una amenaza, sobre la base de un repliegue hacia las fronteras nacionales.

Las miserias del clientelismo político

El clientelismo político en la Argentina no sólo es un mero canje de favores por votos. Como se hace todos los días y no sólo en época de elecciones, ha devenido en una forma de vida y de ver el mundo.o


 

Para el “cliente” es una estrategia de supervivencia, mientras que para el político es una manera de construir su base de poder. A través de este intercambio, al margen de las instituciones formales, los pobres resuelven muchos problemas cotidianos.

Se sabe, muchas familias consiguen cosas mediante punteros, unidades básicas, comités, agencias estatales, y demás. Obtienen desde planes sociales hasta zapatillas, pasando por medicinas.

Las clases postergadas de la Argentina, que se prestan a este intercambio, no lo consideran aberrante. Lo consideran como algo natural, algo incluso “debido” dada su situación.

De hecho es una práctica inveterada, que viene de antes, y que se consolidó como hecho cultural. El peronismo no inventó el clientelismo. El radicalismo y otras fuerzas políticas saben de él tanto como el movimiento creado por Perón.

Pero así como la gente, sobre todo en las villas y en los barrios marginales, ha hallado en esta práctica un modo de sobrevivencia, en ella se construyen relaciones de dominación, de dependencia.

Es decir, estamos en presencia de una vieja forma de hacer política, una suerte de maquiavelismo criollo, por aquello de que el fin (el poder) justifica los medios (el uso del otro necesitado), tan generalizado como universalmente aceptado.

Por eso, ¡¿a quién le sorprende que existan estos intercambios?! No llaman la atención, en este sentido, las nuevas modalidades de clientelismo que existen en torno al Plan Jefes y Jefas de Hogar, el mayor programa de asistencia social de la Argentina.

Ahora resulta que los punteros políticos cambian planes por favores personales, según un reciente relevamiento del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec).

El informe, de cuyo contenido se hace eco el diario La Nación, denuncia que es normal que una desocupada con hijos menores, que percibe 150 pesos por un plan Jefe, deba pagarle 15 pesos al puntero encargado de certificar que ella cumple con la prestación laboral que exige el programa.

Pero además de esta entrega de dinero, los destinatarios del programa, como parte de la contraprestación debida, deben soportar que se les exija que asistan a marchas o actos partidarios.

No sólo eso. El estudio revela que el abuso de los punteros no tiene límites: la exigencia incluye tareas en casas particulares bajo la amenaza de darles de baja el subsidio. A los hombres los usan como jardineros o albañiles.

A las mujeres, que en algunos casos sufren acoso sexual, las utilizan como empleadas domésticas. Según el estudio, los casos de clientelismo no se producen durante la etapa de inscripción o pago, sino en la de la contraprestación laboral.

“Mientras las marchas y los piquetes implican la politización de los programas sociales -dice el informe-, los negocios privados y el trabajo en el espacio doméstico representa lisa y llanamente la privatización de los programas públicos”.

Las formas clientelares, lamentablemente, se han consolidado en la democracia, pese al cacareo de la clase dirigente. Es una forma espúrea de hacer política, ya que supone un uso aberrante de la gente.

Sin embargo, quizá lo más dramático del fenómeno es que sea visto por sus “víctimas”, dada su rutinización y repetitividad sostenidas en el tiempo, como algo natural, como incluso lo que “debe ser”.

 

"Aguas arriba, aguas abajo”

Este es el lema con que hoy se celebra el Día Mundial de los Humedales. La idea que se quiere transmitir, así, es que todos estamos interconectados dentro de una cuenca hidrográfica.o


 

 

Todos los años se recuerda la importancia de los humedales como ecosistemas únicos, donde la presencia del agua es el elemento característico, los cuales ayudan a la conservación de la diversidad biológica y el bienestar de comunidades humanas.

El alcance ecuménico de esta celebración se vincula a que un día como hoy, 2 de febrero, pero de 1971 se aprobó la Convención sobre los Humedales (tratado intergubernamental) en la ciudad iraní de Ramsar, situada en la costa del Mar Caspio.

La Convención Ramsar –como se la conoce- procura la conservación y el uso racional de los humedales. Argentina es un país rico en ambientes acuáticos como bañados, esteros, islas fluviales, lagunas, lagos, cañadones, ríos y arroyos.

El cambio climático, síntoma del desbarajuste ecológico que sufre desde hace tiempo el planeta Tierra, ha puesto sobre el tapete la importancia capital de estos reservorios de agua.

De hecho se habla que este siglo será escenario de una verdadera guerra por el líquido vital. Y esto ante la desertificación creciente del planeta y la contaminación de las fuentes de agua.

Según los expertos la destrucción de humedales acelera el cambio climático. Y esto porque se ha probado que la existencia de estos ecosistemas mitigan las emisiones de CO2 a la atmósfera (causa del calentamiento global).

Ocurre que los humedales funcionan como sumideros de carbono. Los bosques sólo pueden almacenar una cantidad limitada de carbono, mientras que los humedales lo hacen como un proceso continuo en forma de turba.

Por otro lado, recordar la importancia de los humedales tiene un profundo significado para la Argentina, que vive una sequía histórica, y para Gualeguaychú, cuya lucha antipastera es en pos de preservar el río Uruguay y su ecosistema.

Algunos estudiosos vinculan el monocultivo de la soja con la actual sequía. Es el caso de Jorge Rulli, del Grupo de Reflexión Rural, quien días atrás le dijo a este diario que existe una relación causa-efecto.

"Uno quita los árboles y así se rompe el ciclo del agua y de la humedad. La sequía responde a desequilibrios climáticos profundos y de haber quitado la cubierta al suelo. Esto no se lo está reconociendo y es la parte negativa de un modelo (el sojero) supuestamente exitoso", explicó.

La expansión de la frontera agrícola, sobre la base de la tala indiscriminada de bosques nativos y el drenaje de los humedales, estaría paradójicamente detrás de la actual sequía, la cual está produciendo cuantiosas pérdidas económicas.

Por otro lado, se podría establecer un paralelismo entre este modelo único de la soja con el monocultivo del eucalipto, que se está expandiendo en el Uruguay a partir de la instalación de pasteras.

El eucalipto, que es una especie exótica, demanda una gran cantidad de agua tanto para su plantación (en grandes extensiones) como para la producción de celulosa, lo que provoca el agotamiento de las fuentes de agua.

Fueron los científicos uruguayos quienes alertaron, allá por 2005, sobre los efectos dramáticos del modelo forestal en su propio país. Reunidos en torno a la Universidad de la República, de Montevideo, emitieron una carta de advertencia.

Allí se decía que "la forestación disminuye el rendimiento hidrológico aproximadamente en un 70%" y produce sequía. También "compromete seriamente la fertilidad de los suelos”.

 

¿Tiene sentido seguir cerrándose?

El episodio de los olores de Botnia introduce un nuevo reto a la lucha de Gualeguaychú. Inesperadamente, si se quiere, la comunidad ya no tiene que probar la legitimidad de su reclamo.o


Sin embargo, la dinámica de los hechos coloca a la Asamblea Ambiental ante una disyuntiva: aprovecha la ocasión para reposicionarse creativamente, o la malogra insistiendo con los mismos métodos.

El nuevo escenario, creemos, invita a abrirse, a ser permeables y flexibles a estrategias superadoras. En suma, a estar dispuestos a rever los medios en función del fin.

Desde esta columna hemos venido cuestionado la peligrosa identificación del corte de ruta con la causa de Gualeguaychú, como si el único objeto de esta comunidad fuese el bloqueo caminero.

Que el corte se haya elevado a categoría de fin colectivo supone un trastocamiento inadmisible, un rabajamiento de las pretensiones de esta comunidad.

Antes de que se sintieran los olores de Botnia, era fácil percibir que la persistencia de ese método –más de dos años- había terminado por contaminar la propia causa.

La medida producía división interna y una sensación palpable de aislamiento de la ciudad ante la opinión pública. Esto fue pasto para que algunas usinas atacaran a Gualeguaychú, directamente, con la excusa del corte.

A ese juego se prestaron livianamente otros, que desde un lugar institucional estaban urgidos por restablecer el derecho de circulación conculcado. Finalmente, unos y otros, aunque movidos por intereses distintos, actuaron en bloque.

Providencialmente, el olor de Botnia le dio a Gualeguaychú la razón en lo esencial: esa planta contamina. Así, el episodio desbarató la estrategia mediática de instalar la idea de que los habitantes de esta ciudad son rebeldes sin causa.

Sin embargo, el nuevo escenario de ninguna manera le da carta libre al corte de ruta. Quien cree que sí, sigue pensando como antes: que hay una sinonimia entre esa medida y el deseo colectivo de no ser contaminados por la pastera.

Modestamente, creemos que esta es una lectura equivocada de las nuevas circunstancias. Más bien al contrario: este es el momento indicado para que Gualeguaychú, ahora menos atacada en su causa, acometa la encerrona a la que la condena el corte.

Ahora no existe el temor de que saliendo de la ruta se cede en la causa, como creían algunos antes del lunes pasado. Los olores de Botnia, que básicamente han cohesionado la sociedad local y han represtigiado a la Asamblea Ambiental, dan un margen de maniobra para explorar otras vías de protesta.

Gualeguaychú, más confiada en sí misma y sin complejos ante quienes ponen en entredicho su causa, debe recuperar la libertad frente a los medios. Debe abandonar esa imagen de ciudad a la defensiva, que se aferra al corte como tabla de salvación.

Pero los primeros síntomas no son alentadores. Percibimos la misma intransigencia de siempre en algunos asambleístas. Por ejemplo en la respuesta que le han dado al gobernador Urribarri, que por este diario ha manifestado su intención de dialogar.

Nosotros desde aquí hemos sido muy críticos con la conducta del gobernador, pero no vemos por qué cerrarle de entrada la puerta que él pretende abrir. ¿A qué viene tanto empecinamiento?.

Pareciera que alguna gente dentro de la Asamblea no está dispuesta a modificar su punto de vista. ¿Habrá caído, en definitiva, en el pensamiento único?.

Valen a propósito lo dicho por Friedrich Von Schiller (filósofo alemán): "No me avergüenzo de cambiar de opinión porque no me avergüenzo de pensar".

El achique de las escuelas rurales

El senador provincial José Luis Panozzo (PJ-Federación) alertó hace poco sobre el cierre de las escuelas rurales en Entre Ríos debido a la brusca caída de la matrícula. En diálogo con El Diario de Paraná, el legislador razonó: “Lo que pasa es que hay una realidad: la gente de la zona rural, por distintos motivos, se ha ido yendo a las ciudades, y las escuelas rurales han ido bajando la matrícula”.o


Panozzo no fue más allá, es decir prefirió no avanzar sobre los motivos. No obstante, sus dichos procuran alertar sobre el hecho de que la crisis agrícola, potenciada por la sequía, agravará la falta de matrícula.

La pregunta es: ¿por qué hay éxodo rural en una provincia agropecuaria como la nuestra? Entre Ríos perdió en las últimas décadas una de sus mayores virtudes: una distribución pareja de población en el territorio.

Los poblados rurales configuraron antaño una trama social que le daba equilibrio a esta provincia. En este contexto, se justificaba la existencia de las escuelas en su interior.

Pero esta geografía política y social de Entre Ríos desapareció. Sin futuro, los hijos de los chacareros y productores de la tierra empezaron a emigrar a ciudades como Paraná, o ese gran imán que es Buenos Aires.

Llamada a ser la granja del país, a ser una potencia agroindustrial, con capacidad para elaborar los frutos de la tierra, y de esta manera contar con una base material para retener a sus pobladores del interior, la provincia retrocedió económica y demográficamente.

Hace tiempo Entre Ríos –junto con el resto de las provincias del país- está imposibilitada de tener un desarrollo endógeno, que incluya la matriz poblacional, porque ha perdido soberanía política y económica, dentro de un fuerte esquema centralista.

Las provincias argentinas –hay que decirlo una vez más- han sido las “variables de ajuste” de todas las políticas económicas dictadas por el poder central, en varias décadas.

¿Habrá que explicarle a Panozzo, entonces, los motivos de por qué cada año que pasa cae la matrícula escolar en las zonas rurales de la provincia? ¿Habrá tomado nota que el despoblamiento rural es apenas un síntoma de un problema mucho más grave?.

El éxodo rural se da en el marco de un absurdo nacional: el monstruoso desnivel poblacional de la Argentina. Un dato lo dice todo: la ciudad y la provincia de Buenos Aires concentran casi la mitad de la población argentina.

Es la geografía política unitaria de la que la clase dirigente argentina no habla ni quiere cambiar. No nos cansaremos de decirlo: en este diseño de país –que consagra la macrocefalia con eje en el puerto- están de acuerdo la derecha y la progresía nacional.

La población y su distribución en el territorio son capítulos clave de una gran política. Pero es un tema tabú en la Argentina, donde la única estrategia de nuestros políticos, desde tiempos inmemoriales, ha sido reunir en el conurbano bonaerense a los provincianos sin futuro.

Es que el Poder en estas pampas se asienta, precisamente, en el control de la “confederación de feudos” en que se han convertido las provincias, a las cuales se las priva deliberadamente de sus recursos, con su consiguiente despoblamiento.

Cuando Cristina Kirchner, cada vez que viaja al interior, habla poéticamente de la “Argentina profunda”, no hace sino reconocer el disloque poblacional, como si hubiese dos países.

Nada nuevo: como otros presidentes antes que ella, el federalismo así es una apelación romántica, casi folclórica, un giro discursivo que calza bien cuando se “está de visita” en el interior.

Apocalypse Now

El título de la película de Francis Ford Coppola de 1979 (en castellano “Apocalipsis ahora”), en la cual se relata el espanto de la guerra de Vietnam, bien podría encabezar los noticias económicas mundiales.o


Los pronósticos sombríos que realizan los expertos evocan, decididamente, la eminencia del fin del mundo, o al menos del mundo económico hasta aquí conocido.

Flota, efectivamente, una atmósfera de fin de época, de derrumbe global, de desplome histórico, cuyo altísimo costo humano semeja las pérdidas propias de un holocausto económico.

“Estiman que 51 millones de personas perderán el empleo este año”. La terrorífica noticia recorrió el mundo, dejando una sensación universal de que lo peor está por venir.

Son los cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre el aumento espectacular de desempleados que se avecina. De esta manera, según el organismo, la cifra global de desocupados llegará a 230 millones.

Por otra parte, el número de trabajadores pobres –que no ganan lo suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias por encima del umbral de la pobreza de 2 dólares al día- podría alcanzar 1.400 millones, “casi el 45% de la población activa mundial con empleo”, según la OIT.

“El mensaje de la OIT es realista, no alarmista. Nos enfrentamos a una crisis del empleo de alcance mundial. Muchos gobiernos son conscientes de la situación y están tomando medidas, pero es necesario emprender acciones más enérgicas y coordinadas para evitar una recesión social mundial”, advirtió el director general del organismo, Juan Somavia.

Mientras tanto, los representantes del establishment económico mundial, reunidos en el célebre Foro de Davos, ensayan por estas horas explicaciones sobre el colapso de la economía.

Los líderes del capitalismo global se preguntarán qué pasó, dónde quedó la prosperidad de las últimas décadas, qué fue lo que falló para que la malaria económica, que solía afectar hasta aquí a los países periféricos, impactara de lleno ahora en el corazón de las sociedades opulentas.

“Todos somos responsables, tendríamos que haber visto los avisos, las señales de alarma (…) y no negar una realidad que no era agradable escuchar”, fue el mea culpa que hizo el presidente del Foro de Davos, Klaus Shwab, en su discurso inaugural.

El pesimismo y los vaticinios de un futuro aún más negro dominan el ambiente de los hombres de negocios. Para esta gente un ciclo de la economía global (más seguro y prospero) se ha agotado, y sucede otro cuyo signo se desconoce, aunque se descuenta que será más hostil y duro.

Si hasta los propios financistas globales, sindicados como los principales responsables de la debacle, se animan ha hacer diagnósticos de la situación, no sin cierto cinismo.

“El año pasado pasamos por un hecho remarcable en la historia: una estructura, el sistema financiero global, colapsó, algo shockeante. De hecho los consumidores están en estado de shock”, señaló George Soros, el financista húngaro-norteamericano, célebre por sus maniobras especulativas contra las monedas de los países.

Soros cree que esto es peor que lo que ocurrió en los años ‘30, sobre todo por la magnitud del pasivo financiero que tiene Estados Unidos, que supera largamente el que tenía en 1920.
Además, pronostica un futuro negro para los países emergentes (como la Argentina), al señalar que “van a tener dificultades” porque tienen deudas que pagar, sus exportaciones sufrieron fuertes caídas y ha estallado la “burbuja de los commodities”.

Fragilidad entrerriana

La economía productiva de Entre Ríos, asentada básicamente en la agroindustria, está sufriendo los efectos de una política errática hacia ese sector, al tiempo que la sequía ha venido a complicar el cuadro.o


Es una verdad de Perogrullo, pero vale la pena resaltarlo: las localidades entrerrianas viven en gran medida de la renta agropecuaria. Si al campo le va mal, por tanto, a Entre Ríos le va mal.

Más allá de los alineamientos a una política nacional que ha tenido hasta acá un fuerte sesgo anti-campo, se entiende que las autoridades provinciales hayan presionado ante el gobierno central para declarar la emergencia ante la sequía.

El campo entrerriano muestra hoy un cuadro tétrico: productores desmoralizados, cuyas explotaciones han perdido rentabilidad, y una tierra inéditamente reseca, que los condena a un presente y un futuro sombríos.

Frente a este cuadro, la lógica indica que el fisco se sacrifique para sostener el sistema productivo colapsado. No es un problema de compasión: a la larga, el Estado se declarará insolvente cuando no tenga a quien cobrarle impuestos en el campo.

Los productores, ya se sabe, dicen que la emergencia agropecuaria del gobierno K es insuficiente. Más que postergación de obligaciones impositivas –núcleo de las medidas oficiales- esperaban la vuelta de la rentabilidad vía eliminación de las retenciones y liberación de las trabas para exportar.

Pero la declaración de emergencia por la sequía también tiene sus bemoles fiscales. Algunos gobernadores de provincias agrícolas, así, tienen temor por los efectos colaterales de este medida en sus propias arcas.

“Los ingresos públicos en Santa Fe disminuirán en 180 millones de pesos”, alertó el gobernador santafesino Hermes Binner, al calcular el sacrificio que deberá hacer esa provincia en la prórroga de impuestos al campo.

No ha trascendido el costo fiscal, implícito en la medida de emergencia, que deberá absorber el fisco entrerriano. Como sea, se sabe que el Estado en Entre Ríos muestra fragilidades estructurales.

Al respecto, hay datos que revelan una asimetría entre el gasto público provincial y los ingresos para financiarlo. Eso surge de un reciente documento elaborado por el Consejo Empresario de Entre Ríos, en colaboración con la Bolsa de Comercio de Santa Fe.

Por lo pronto, de ese informe emerge un perfil de provincia subdesarrollada: en Entre Ríos, en efecto, existe un empleado público por cada 18 habitantes. Objetivamente, esto da una dimensión del “gasto público” en personal.

La ecuación surge de cotejar un total de 70.492 empleados públicos provinciales, a los que se deben sumar otros 17.500, aproximadamente, que dependen de los municipios, con una población total de 1.249.672 entrerrianos.

El problema, dice el informe, es que mientras el gasto público en personal ha venido creciendo notablemente, no lo han hecho en igual proporción los ingresos propios.

Entre 2002 y 2007, el gasto público en personal en Entre Ríos aumentó un 208%, sin que esa suba fuese acompañada por una evolución en igual sentido en la recaudación de impuestos provinciales.

En el 2007, sólo el 36% del gasto total en personal podía cubrirse con recaudación de impuestos provinciales, según el informe patrocinado por el Consejo Empresario de Entre Ríos, para quien esta ecuación muestra una “importante debilidad” fiscal.

Se comprende, así, el grado de dependencia financiera de la Provincia con respecto el poder central y el escaso margen maniobra para atender a sus productores, en la actual emergencia.

Botnia se hizo sentir y el escenario cambia

No hay mal que por bien no venga. Nunca más pertinente este axioma para el caso de Gualeguaychú. La pastera hizo sentir su peor olor, y con ello confirmó que esta comunidad tenía razón.o


Desde el lunes la lucha de Gualeguaychú contra la pastera entró en otra dinámica. Esta es la sensación que dejan las últimas horas: la comunidad ha quedado fortalecida en su reclamo y hay un reto por delante.

En las últimas semanas Gualeguaychú, increíblemente, fue incriminada por los gobernantes argentinos y parte del establishment periodístico. De víctima, en la época en que se la adulaba con aquello de la causa nacional, devino en victimario.

La acusación: delirio ecológico. La preocupación central era levantar los cortes de ruta –un lado débil de la Asamblea Ambiental- aunque llevándose puesta la causa ambiental.

Porque la estrategia, de último, incluía la idea de instalar con fuerza que Botnia es impoluta y los gualeguaychuenses unos rebeldes sin causa, que padecían a esta altura algún desorden mental.

El gobernador de la provincia, Sergio Urribarri, pareció la cabeza visible de esta ofensiva que incluyó la voz de las principales espadas kirchneristas -desde Scioli pasando por Massa- y hasta un organismo técnico oficial como el INTI.

El círculo se cerraba para dejar aislada a Gualeguaychú, dejarla inerme ante Botnia y el gobierno Uruguayo. La operación descrédito ante la opinión pública nacional tenía un efecto desmoralizador en la propia casa.

Enfrentada a contradicciones propias –enredada en una discusión enervante y que divide por los cortes-, la sociedad local acusó el golpe de esa propaganda insidiosa. Porque muchos desde este lado empezaron a dudar.

Pero no hay crimen perfecto. Ocurrió, finalmente, lo inesperado. Botnia, que podrá ocultar que envenena el lecho del río Uruguay, no pudo sin embargo disimular el olor que despide.

Y el hedor fue tan nauseabundo como masivo. La certeza de la contaminación llegó por las narices a un pueblo que hasta acá debió manejarse con abstracciones para fundamentar su reclamo.

Para los nativos, a partir de ahora, la pastera contamina sin duda. Un aserto doble: racional y sensorial. Pero lo experiencial tiene una contundencia inapelable.

Es el triunfo de los sentidos (sobre todo del olfato) en la lucha contra la pastera. ¿Cómo se hace para desbancar, para poner en duda, la materialidad de este fenómeno? ¿Desde dónde se puede poner en duda este sentir?

“¿Pero entonces festejan porque Botnia contamina?”, podrán decir los capciosos, siguiendo aquello de Urribarri respecto de que aquí, ante la falta de evidencia, puede más el deseo de ser contaminados.

Esta calumnia a Gualeguaychú no se debe pasar por alto ni olvidarse: entraña en el fondo un profundo desprecio hacia la inteligencia y la buena fe de esta comunidad.

¿Qué efecto tendrá lo sucedido? Probablemente no haya que esperar mucho de los medios nacionales, que no querrán desdecirse, porque sus intereses son otros.

Pero algo ocurrió, sin lugar a dudas, en Gualeguaychú. El fenómeno generó un efecto cohesivo en la sociedad local. Lo que parecía dividido se unió de golpe. Hay un saldo cualitativo de la autoconciencia local sobre el problema.

Los malos olores de Botnia son apenas un síntoma de un proceso de degradación de la cuenca del Río Uruguay, que empezó con el funcionamiento de Botnia.

El reto es enfrentar esto, sabiendo que en el frente interno hay una oportunidad para potenciar la unión tras un objetivo común.