El centro político o la tercera posición 

 

Últimamente en Occidente y en América Latina definirse políticamente de “centro” se ha vuelto una moda, aunque nunca queda claro qué se quiere decir en realidad con este posicionamiento.

En teoría el centrismo es una supuesta posición política equidistante entre los extremos de derecha e izquierda. Vagamente, entonces, sería una tercera posición frente a esa célebre díada.

Ser de centro, por tanto, es situarse fuera de esos dos estereotipos políticos de la modernidad. Es no estar en la izquierda ni en la derecha, posiciones ideológicas fuertes que tienen una larga historia en Occidente.

Esa polaridad nació al instalarse la Asamblea Nacional en la Francia revolucionaria del siglo XVIII. Con el transcurrir del tiempo y los debates, los asambleístas se fueron ubicando en dos zonas del estrado según la intensidad de sus deseos de cambio.

A la derecha del líder de la Asamblea los girondinos y a la izquierda, los jacobinos. La diferencia que había entre ambos era que mientras los jacobinos aspiraban a un cambio radical y violento, los girondinos apostaban a una transformación dentro del orden burgués.

En el siglo XIX, y hasta el final de la guerra fría en el siglo XX, el estereotipo relacionado con el hecho de ser de izquierda o de derecha varió. Fue contaminado por el surgimiento del marxismo, por un lado, y por el liberalismo por otro.

Ser de izquierdas, así, era asumir un programa radical que en economía suponía la desaparición de la propiedad privada y la intervención general del Estado en la sociedad.

Ser de derechas, en tanto, era contradecir lo anterior y, en términos prácticos, implicaba prohijar la promoción del capitalismo y el mercado sustentados en la iniciativa privada.

Para algunos autores esta categorización responde hoy a una visión completamente anacrónica de la realidad, propia de la guerra fría, en que la sociedad se dividía claramente entre proyectos de sociedad antagónicos y excluyentes.

En los actuales tiempos posmodernos –tras las experiencias traumáticas de los totalitarismos (comunistas y fascistas) y la interdependencia económica- esa representación política espacial ya no existiría.

El centrismo, por tanto, como formulación actual expresaría una posición política acorde con sociedades donde ya no se discuten modelos antagónicos del pasado. Desde este punto de vista se percibe como posición propia de las democracias representativas, que se caracterizan por ser un sistema que carece de concepciones dogmáticas respecto del individuo, la sociedad y el orden político.

El centrismo, por otro lado, conectaría con la modernidad líquida, término establecido por el sociólogo Zygmunt Bauman para definir una época sin certezas. Desde un punto de vista sociológico, así, los vínculos humanos en el siglo XXI son más precarios y volubles, fenómeno que ha hecho “licuar” los ideologismos de derecha y de izquierda.

Se ha querido ver en el “centro político”, por otra parte, a la ideología propia de la clase media emergente global, más preocupada por su bienestar material dentro del sistema capitalista, y afín a posiciones políticas moderadas y pragmáticas.

Los enemigos del centrismo, en tanto, son los que todavía creen en la existencia ontológica de la izquierda y de la derecha. Para ellos, este punto equidistante entre ambas sería una ficción, un ardid electoral para captar votos, una ausencia de ideología, la más líquida y oportunista de las posiciones políticas.

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