Cielo nuevo y Tierra nueva

Cielo

La vez pasada me puse a pensar en el cielo y me acordé de un diálogo mantenido hace un tiempo con una joven de unos 25 años de edad. 

Monseñor Jorge Eduardo Lozano

Su nombre es Maricel. Ella me preguntó: “Padre, ¿cómo es el cielo? Porque yo sé que Fernando está allí, pero no alcanzo a imaginarme qué hace”. Fernando, su novio, había fallecido hacía un mes.

Y fuimos imaginando juntos. “¿Qué cosas le hacían feliz a Fernando? ¿Qué lugares disfrutaba más? ¿En qué momento del día o la semana lo veías más contento?”

En “el cielo de Maricel”, Fernando estaba tomando mate con amigos, contemplando un atardecer recostado en un árbol frondoso y aromático, con pajaritos que daban música al momento, rodeado de flores multicolores, y con la guitarra a un costado. De a poco se fue completando la escena imaginando hasta los detalles más insospechados.

El Papa Benedicto XVI publicó hace 10 años una Encíclica sobre la esperanza cristiana, titulada “Spe Salvi”, que significa “en esperanza somos salvados”. Allí nos enseña bellamente acerca de la vida eterna invitándonos a despojarnos del pensamiento de la temporalidad “y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”. (SS 12)

Jesús nos enseña que ha venido para que tengamos vida en abundancia (Jn. 10, 10). La segunda lectura que hoy proclamamos en las misas nos recuerda que “nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia”. (II Pe 3, 13)

¡Qué bueno prestar atención a esta dupla!: cielo y tierra nuevos. Nuestra esperanza a futuro no se desliga de este mundo. Toda la tierra, todo el universo es creación de Dios, una expresión de su amor. Nuestra vocación cristiana no nos hace espiritualoides. Un documento de los Obispos de la Argentina expresa que “Nunca hemos de separar la santificación de los compromisos sociales. Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”. (Navega Mar Adentro n° 74)

Pero tampoco debemos caer en dejar de lado la dimensión espiritual de nuestra vida. El Evangelio es Buena Noticia para toda la existencia.

Este fin de semana estamos entre dos fiestas muy significativas de la Virgen María: La Inmaculada Concepción (8 de diciembre) y Nuestra Señora de Guadalupe (el 12). En María contemplamos nuestra vocación a la santidad y pureza de vida, y la ternura de Dios que llega en lenguaje sencillo a sus hijos más pequeños. Ella nos alienta en la esperanza: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”.

En muchas casas, templos, vidrieras de los comercios se empieza a armar el Pesebre. Desde los más simples y pequeños hasta los más grandes y completos, se nos muestra a toda la creación en actitud de espera paciente: las estrellas, montañas, campos, animales diversos, los pastores, San José, la Virgen. Todo el Universo aguardando al Salvador.

En algunas veredas se percibe el aroma de los jazmines, característico de este tiempo.

Renovemos el deseo de cielo nuevo y tierra nueva. Ensanchemos el horizonte. No te achiques. No esperes menos de lo que Dios nos promete.

 

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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