Comer y cocinar en en casa, en crisis

Hoy las condiciones de vida conspiran contra la ancestral costumbre de comer alimentación casera en familia, algo que entraña una pérdida de vínculos y valores.

Quizá la práctica de preparar los alimentos en el hogar y de reunir a la familiar en torno a una mesa pueda resultar anticuada. El estilo de vida ha cambiado y las rutinas familiares acusan el impacto.

Las horas de trabajo, la cantidad de actividad fuera de casa y los compromisos extra-escolares de los hijos fomentan la comida rápida y el hábito de alimentarse de prisa, haciendo que muchas veces se haga imposible que la familia se junte a comer.

De hecho es común que los miembros del grupo familiar coman a distintas horas. Las notas pegadas en la puerta de la heladera sustituyen muchas veces las conversaciones en la mesa.

Cada cual llega, calienta una comida precocinada y se sienta frente al televisor o la computadora. Esta imagen muestra un cambio de tendencias sociales que parece irreversible.

Quienes analizan el fenómeno lo explican a partir de la emergencia de algunos factores. Uno de ellos es que el alto costo de la vida ha obligado a ambos padres a trabajar más horas.

Por otro lado, el trajín de la vida moderna fomenta el delivery (comida a domicilio), práctica que permite que cada quien en el hogar compre el alimento por teléfono y coma por su cuenta.

Lo curioso es que esta tendencia coexiste con el boom gastronómico televisivo. En efecto, desde la pantalla se muestran más shows culinarios que nunca y los chefs son estrellas mediáticas.

Los cierto es que hoy se come rápido, se cocina menos y la costumbre de alimentarse en familia está en decadencia. “Comemos como vivimos”, refiere la antropóloga alimentaria Patricia Aguirre, al explicar que esto implica un empobrecimiento.

Aguirre es coautora junto a Diego Díaz Córdova y Gabriela Polischer del libro “Cocinar y comer en Argentina hoy”, un trabajo etnográfico que da cuenta de cómo se alimentan las familias argentinas.

“Este empobrecimiento deriva de las relaciones sociales que restan importancia al evento alimentario, haciendo que el tiempo dedicado a la cocina sea socialmente percibido como menos importante que el dedicado, por ejemplo, a ver televisión”, opina Aguirre.

“Obviamente, el fenómeno de la falta de cocina casera cada vez es más global, y más aún en los países desarrollados. Está íntimamente relacionado con el rol de las mujeres, el hecho de que salgamos a trabajar fuera del hogar, etc. Por eso, en Europa comenzó hacia los años ‘50 y aquí hacia los ‘70”, sostiene por su lado la antropóloga Gabriela Polischer.

En el trabajo de campo para realizar el libro se encontraron con que muchas mujeres no soportan la cocina rutinaria. “La cocina de varias comidas al día es la que desgasta. Entonces, terminan haciendo minutas. Ya no preparan una salsa, abren una lata”, agrega.

Para Claude Flischler, sociólogo del Instituto Nacional de Investigaciones de Francia y autor de “El omnívoro”, la cocina se trivializó, ya que está en todos lados y no necesita preparación ni ceremonia.

Flischler contrapone la gastronomía a la gastro-anomia de hoy: comer sin sentido. “Comer no es otra forma de consumo como comprar ropa o un auto, es algo que se hace socialmente, por eso hablamos de comensalidad, se comparte la mesa y la comida. La mesa familiar tiene, además, una dimensión educacional. La comida es la ocasión en la que se les enseña a los chicos algunas reglas básicas de convivencia, solidaridad, comportamiento, prioridades”, explicó.

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