Comprobado: los globitos y Gilda no aparecen en las encuestas

Macri Elecciones

Los que lo pensaron, que son muchos, habrán comprobado el fin de semana pasado que Macri no es De la Rúa. Habrán comprobado también que asistimos a un momento bisagra, de esos que marcan un quiebre. Ejemplos abundaron y faltan dedos de las manos para contarlos. Cambiemos ganó en todo el país, pese a los encuestadores y los pronósticos. Sólo queda Cristina en Buenos Aires. Como si lo hubieran armado.

 

Jorge Barroetaveña

 

La grieta funcionó a la perfección. Para los pronosticadores de turno que no entendían cómo el gobierno apostaba a nacionalizar la elección pivoteando sobre Buenos Aires, el domingo a la noche encontraron su explicación. El caos bonaerense, con su correlato de crisis y desmanejo, se irradió a todos los rincones del país. Con él llegó la potente imagen de Cristina. El cuco del pasado reciente, aún latente entre sus detractores y adyacencias. Es que el pasado está a la vuelta de la esquina. Vive todavía en los millones que lo padecieron. Ver a Cristina es ver sus cadenas nacionales, sus gritos, sus retos, sus modos destemplados, su abuso de poder. Es ver a López revoleando los bolsos, a Jaime y su tragedia de Once preso, a Lázaro Báez contando propiedades hasta el infinito o a Boudou queriéndose quedar con la máquina de hacer billetes. Es todo demasiado fresco. Y todos lo saben.

Ese volcán llamado Buenos Aires se derramó  sobre el resto de la Argentina. Cambiemos ganó insólitamente en provincias como San Luis o La Pampa, donde jamás había ganado. Hizo que un ‘soplapitos’ como Baldassi le ganara a  los peronistas más experimentados como Schiaretti y De la Sota. Santa Cruz es historia diferente. No hay sistema político que aguante ese desastre y si no hubiera sido por la Ley de Lemas, Alicia tampoco hoy sería gobernadora.

En Buenos Aires, el rush final de Vidal le dio el impulso que le faltaba al endeble Bullrich. Su ‘pelea’ con Brancatelli, fue lo más parecido al cajón de Herminio Iglesias en 1.983. Peor aún por la multiplicación que permiten las redes sociales de semejante incidente. El domingo a la noche, Macri mostro las uñas. Cuando ganó el escenario de Puerto Madero, ya sabía que la provincia estaba peleada, que los 6 puntos que escupían las pantallas no existirían al final de la larga noche, pero había otros motivos para festejar. Salió, habló, bailó, mandó el mensaje y soltaron los globitos.

Apagaron las luces, las cámaras y se fueron a dormir. O a chusmear cómo, desde Arsenal, Cristina calentaba motores y casi fundía bielas, porque tuvo que salir a las cuatro de la mañana a hablar sobre su potencial victoria, algo que todavía deberá acreditar la justicia electoral. Fue la misma jugarreta que le hicieron a Macri en el 2015 y a Massa en el 2013. La venganza es un plato que se come frio, dice el dicho. Y este plato bien frío estaba.

Con las urnas calientes aún, el jueves el macrismo mandó otro mensaje, no cifrado, sino bien directo. Aprovechando que el nuevo integrante estaba por jurar, aprovechó su mayoría en el Consejo de la Magistratura, y aprobó la suspensión y el juicio político al camarista Eduardo Freiler. Entre los gritos K, aprobaron el despacho. Si hubieran cambiado los nombres, podría decirse que se estaba hablando de algo  que paso en el 2013, o en el 2014. Kirchnerismo en estado puro. O peronismo en modo macrista podría agregarse. La movida tuvo que contar con el guiño de la Corte, que lo tuvo esperando varias horas para jurar al nuevo integrante, y de la propia Carrio que fue consultada previamente. En ese hueco horario, se filtró la movida, festejada como una victoria xeneize por el Presidente de la Naciòn. Nada de esto hubiera sido posible sin la victoria del domingo.

Los números del domingo le dieron aire a Cambiemos, no sólo para acabar con el fantasma del helicóptero, ese que los ultra K agitan hasta el hartazgo, sino para establecer las prioridades en la segunda parte del mandato. En economía el ajuste seguirá siendo gradual, pero intentarán avanzar en reformas de fondo, políticas y económicas. Del poder final que emane en octubre dependerá su avance y profundidad.

Desde el peronismo la realidad a Macri le sonrie. Debilitado Sergio Massa, con su magro 15% en Buenos Aires, derrotados gobernadores de peso como Schiaretti o Verna, sólo queda Cristina con su colina del 35%. Suficiente para mantener su poder pero no para imponérselo a los demás. Ni los gobernadores ni el díscolo Pichetto están dispuestos a agachar la cabeza. Cristina conserva pues, un poder de fuego significativo pero no determinante para el futuro del peronismo. Claro, algunos sostienen que a ella el peronismo ya no le interesa. O nunca le interesó mejor dicho.

Con este panorama, si en octubre se repitieran los resultados, la oposición quedará dividida en varias partes, ninguna en condiciones de imponerse a la otra. Cristina será una líder herbívora, que obstaculizará cualquier intento de renovación. Quizás Massa con los gobernadores pueda meter una cuña, pero los resultados del domingo lo dejaron en capilla.

Aquel partido vecinal de Capital, que hizo de los globitos y las canciones de Gilda casi un himno, ha puesto en jaque a las estructuras tradicionales de la Argentina. El PJ y la UCR lejos están de lo que fueron alguna vez. El sistema político se está reconfigurando, y que va a alumbrar nadie lo sabe a ciencia cierta. Los radicales la llevan un poco mejor, el peronismo está al garete después de perder el poder. El  sistema necesita de partidos políticos fuertes, mas no en su forma tradicional. Alguno dirá que Perón y Balbín ya no están más. Es cierto, aunque no estaría mal que los políticos actuales los relean. Si es que alguna vez los leyeron.

 

 

 

 

 

Comentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.