Cosmopolitismo en la era de la globalización 

Combatida por los nacionalismos de toda especie, la idea de que somos “ciudadanos del mundo” tiene una larga tradición en el pensamiento humano y hoy cuaja en una sociedad global y plural.

En alguna época declararse cosmopolita equivalía a ser “xenófilo”, es decir el que ama lo extranjero y odia lo propio, o “patriófobo”, que además detesta la patria, incluida la suya.

Esta condición era impugnada por los nacionalismos, todos ellos aferrados a entidades etno-culturales, para los cuales sólo existe el cosmopolitismo apátrida, es decir enemigo declarado del lugar donde se nació.

Pero ser cosmopolita hoy no implica renegar de la propia nacionalidad y además es una condición común a muchas personas, y cada vez más, a partir de que el mundo se ha achicado, y se vive en la interdependencia.

De hecho una de las mayores justificaciones del cosmopolitismo está en que sólo desde él se pueden respetar las minorías y las diferencias políticas, al punto que el concepto mismo de “derechos humanos” finca en que por encima de los particularismos prevalece la pertenencia a la familia humana común.

El término “cosmopolitismo”  se forma de las voces griegas “cosmos”: mundo, y “polis”: ciudad o comunidad política. Y responde al viejo ideal de los estoicos de que el mundo, y no las sociedades políticas, debe ser el domicilio de los seres humanos.

Los estoicos, para quienes la buena educación cívica es la que prepara para la ciudadanía mundial, sostenían que el estudio de la diversidad humana es valioso para el conocimiento de nosotros mismos.

Se atribuye a Sócrates el origen de este concepto. Así relata Michel de Montaigne: “A Sócrates le preguntaron cuál era su patria. No contestó ‘Atenas’, sino ‘el mundo’. Él, cuyo espíritu era más rico y amplio que el de los demás, abrazó el universo como su patria, y sus conocimientos, su bondad y su sentido común valieron para todo el género humano, no como nosotros, que sólo nos miramos el ombligo”.

El filósofo latino Publio Terencio, con su conocida frase “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”, hizo referencia a un pensamiento de dimensiones universales.

El cristianismo proclamó una forma de cosmopolitismo, con fraternidad universal, aunque fundado en una razón diferente: la de que todos los hombres, como hijos de Dios, son hermanos entre sí.

Los ideales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, fueron postulados bajo una inspiración también universal. Tras las experiencias totalitarias del siglo XX (nazismo, fascismo, comunismo) el cosmopolitismo se entendió como igualdad de derechos entre los hombres, sin importar su raza, nacionalidad ni religión.

Uno de los pensadores que más contribuyó a favor del cosmopolitismo fue el francés Michel de Montaigne (siglo XVI), quien escribió: “Considero compatriotas a todos los hombres. Abrazo tanto a un polaco como a un francés; el lazo universal y común va delante del nacional (…) La Naturaleza nos puso en el mundo, libres y desligados. Somos nosotros los que nos encerramos en ciertos límites (…) Me da vergüenza ver a nuestros hombres escandalizados ante las maneras contrarias a las suyas. Parecen fuera de su elemento cuando están fuera de su pueblo”.

Para ser ciudadano del mundo uno no debe renunciar a sus identificaciones locales, sino que se trata de vencer todo exclusivismo localista, para considerarse parte de una familia más extensa.

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