Cristina contra las cuerdas, quedó a merced del peronismo

Cristina nota Barroetaveña

Estaba conmovida. Y nos es para menos. Desde que la causa se inició, informalmente con la denuncia que hizo el Fiscal Nisman, le provocó desvelo. No sólo por la magnitud de la acusación sino por el daño internacional de su imagen. Quedar involucrada en el encubrimiento de un atentado…y encima, el mismo que la denunció, aparece muerto. Hoy asesinado para la Justicia.

Jorge Barroetaveña

Todo eso pareció haberle caído en la ficha el jueves a la ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Un peso grande que se vio reflejado en su cara y en su actitud corporal. Si hasta tenía delante de ella unos papeles como ayuda memoria, que fue leyendo a medida que avanzaba su discurso. Es que, con el controvertido fallo del Juez Federal Claudio Bonadío, Cristina hoy estaría presa sino es por los fueros del Senado. E hilando un poco más fino porque su nuevo enemigo, Miguel Pichetto tampoco quiere que eso suceda. Bastaría que el rionegrino moviera un solo dedo para que la ex presidenta termine en Comodoro Py rindiendo cuentas ante Bonadío.

Es una situación de debilidad política que ni siquiera las sucesivas derrotas de 2015 y 2017 le provocaron. Su futuro no depende de ella ya sino de terceros.

Y Cristina lo sabía cuando resolvió ser candidata a mediados de este año. Sabía que la reapertura de la denuncia de Nisman tenía grandes posibilidades de terminar en esto y tuvo la certeza o casi cuando cayó en manos de Bonadío, un juez con el que se aborrecen mutuamente.

Es que Bonadío, que arrancó su carrera cerca del ex ministro de Menem Carlos Corach y ya inicio sus trámites jubilatorios, jamás le perdonó al kirchnerismo su forma de relacionarse con la justicia federal. Es gracioso escuchar ahora al kirchnerismo condenar las presiones sobre la justicia, cuando hicieron exactamente lo contrario en su estancia en el poder. Todos saben que las presiones eran ‘por las buenas’ y sino ‘por las malas’, con los clásicos carpetazos o la amenaza siempre latente del juicio político en el Consejo de la Magistratura, donde Cristina hizo lo que quiso. Ni Rafecas, que seguramente zafará del juicio por no haber investigado la denuncia de Nisman, quedó al margen cuando hicieron públicos sus chats con los abogados de Boudou. Fue una muestra de disciplinamiento que sirvió para todos. Fue Jaime Stiusso, el ex SIDE el que llevó la batuta de eso durante años, hasta que una pelea lo eyectó de las cercanías de la ex Presidenta.

Hace pocos días se conocieron los resultados de una auditoría pedida por el Colegio Público de Abogados que dio cuenta de la demora en el tratamiento de las causas donde estaban involucrados funcionarios públicos. Menem es un ejemplo vivo de eso, pateando aun la causa por la venta de armas, con condena que aún no está firme, pero le permite ser Senador de la Nación y hasta darse el lujo de izar la bandera argentina. Es joda, no, es cierto. Tristemente cierto.

Esa manipulación cooptada que sufrió la justicia en general pero sobre todo la federal, sirve para alumbrar los aquelarres de hoy y la desconfianza general que reina sobre su actuación.

Hay algo cierto: si Scioli hubiera ganado la segunda vuelta del 2015, de la mayoría de estas cosas jamás nos hubiéramos enterado. Es más, la denuncia de Nisman nunca hubiera sido investigado y hoy se seguiría creyendo que se suicidó. López con sus bolsos tampoco hubiera existido, como que Lázaro Báez seguiría disfrutando de sus propiedades y quizás Boudou se estuviera dedicando a imprimir billetes.

Pero allí está el secreto de esta historia: la actuación de uno de los poderes del estado, justamente el que debe garantizar el cumplimiento de la ley y sancionar cuando esta se viola, no puede estar a merced de un resultado electoral. Un accidente apenas en la historia de una Nación.

La situación en la que quedó Cristina incomoda a propios y extraños. “Le aviso al gobierno que la elección se terminó”, dijo la flamante Senadora el jueves durante su nervioso descargo. Y es que al gobierno tampoco le conviene semejante conmoción. Porque necesita imperiosamente sacar del Parlamento el paquete de leyes de reforma para la segunda mitad del mandato de Macri y este escándalo bien podría derivar en un abroquelamiento de la oposición.

El procesamiento por traición a la patria era algo que todos esperaban, hasta la propia Cristina. Pero la decisión de pedir su desafuero y detención sólo sirvió para embarrar la cancha y llevar la polémica al estricto terreno de la política. La ex Presidenta quedó a un paso de ir presa por una causa como esta y no por los múltiples procesamientos por corrupción que tiene. Sirve también para que en el combo se cuelen otros impresentables que buscan en la victimización su propia justificación.

Hoy más de una veintena de altos funcionarios de la gestión pasada están presos o en vías de estarlo. Desde el ex vicepresidente para abajo no se salvó nadie. Sólo queda Cristina en la cúspide, resistiendo el llamado de la sirena judicial.

No hay antecedentes en nuestra democracia moderna de semejante cosa. Para muchos el gobierno de los Kirchner fue el más corrupto de la historia. Para otros son perseguidos porque se atrevieron a enfrentar a las corporaciones. No hay término medio en la maldita grieta. Ahí donde profundo cayó la justicia. Varios de sus autores hoy lo padecen.

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