Cuando lo nuevo despierta aversión

“Neofobia”, así se llama al persistente, anormal e injustificado miedo a lo nuevo. Se trata de una aversión innata de la especie humana, pero también puede ser un trastorno individual.

En los últimos 600 años las sociedades humanas se han opuesto a la llegada del café, la imprenta, la agricultura mecanizada, la música grabada, y  últimamente hay rechazo a la inteligencia artificial, la edición genómica y la impresión en 3D.

“Es una reacción que está en nuestro ADN, en la forma en la que está organizada nuestra mente”. Eso explica Calestous Juma, experto en innovación y cooperación internacional de la Universidad de Harvard (EE UU.).

Juma es autor del libro “Innovación y sus enemigos” (“Innovation and its Enemies”, Oxford University Press), donde analiza retrospectivamente algunos de los casos de oposición a nuevas ideas y tecnologías que tenían el potencial de transformar el mundo.

La tecnofobia, efectivamente, puede ser vista como una forma especial de neofobia, debido a que se teme la nueva tecnología. En la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo, fue muy resistida en Estados Unidos la margarina.

Inventada por Hippolyte Mège-Mouriés, ese alimento surgió en Europa para encontrar una fuerte de proteínas alternativa a la mantequilla que fuera más barata.

En Estados Unidos provocó el nacimiento del lobby de la industria láctea, que emprendió una guerra abierta contra el nuevo producto, diciendo que era “antiamericano” porque contenía un insumo importado, el aceite de coco, al tiempo que logró que varios Estados prohibieran a través de leyes su consumo.

Los productores de margarina reaccionaron sustituyendo el aceite de coco por el derivado de plantas más “americanas” como el algodón y la soja y establecieron alianzas con los productores nacionales de esos vegetales.

La demanda de margarina creció hasta que su consumo rebasó al de la mantequilla en la década de 1950. Este “es uno de los mejores ejemplos de cómo la industria afectada, usando instrumentos legales, puede dañar e eliminar nuevas tecnologías”, escribe Juma.

El experto traza paralelismos entre las tácticas y argumentos usados en el pasado y los que dominan polémicas actuales como la de los transgénicos, el rechazo a las vacunas o a la inteligencia artificial.

A los transgénicos se les llama “comidas Frankenstein”. Al café se le tildó de “alcohol juvenil” en India, y en Inglaterra, Francia y Alemania alertaban de que producía esterilidad. Las comidas refrigeradas eran “alimentos embalsamados”, el teléfono, “instrumento del demonio” y la margarina “mantequilla de toro”.

En 1942, el sindicato de músicos más importante de Estados Unidos prohibió a sus miembros hacer discos y llamó a sus miembros a una huelga contra la industria discográfica.

Pensaban que la grabación de canciones acabaría con la música en directo. En parte tenían razón al predecir la pérdida de empleos, aclara Juma, pero la llegada de los discos transformó la industria haciendo que más artistas alcanzaran éxito y generaran más riqueza.

En psicología, la neofobia es un trastorno que experimentan las personas que tienen miedo ante las cosas o experiencias nuevas. Algunos grupos conservadores son descriptos como neofóbicos, debido a sus intentos por aferrarse al pasado.

El autor Robert Antón Wilson, en su libro “Prometheus Rising”, teoriza que la neofobia es instintiva en las personas luego de que se convierten en padres y comienzan a criar a sus hijos.

Según Wilson, las ideas nuevas sólo se implementan y son aceptadas en las sociedades cuando las generaciones que las rechazan mueren.

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