El deseo de ser feliz y la terca realidad

FELICIDAD“He visto la felicidad y me ha dicho que iba a tu casa. Le he pedido que llevase también a la salud y al amor. Trátalos bien, van de mi parte. Feliz Año”. Así reza una ocurrente frase de fin de año, fecha en que las personas se envían mensajes positivos.

En la mayoría de esos intercambios aparece la felicidad, como una palabra mágica que resume una meta que suele ser difícil de alcanzar, y cuyos principales obstáculos no son principalmente económicos.

Como sea, ser felices es una aspiración universal y es lógico que se la invoque en esta época del año. Algo que, por otro lado, cabría asociar con otra expresión popularmente usada estos días: “que se cumplan tus deseos”.

¿Hacer depender nuestra felicidad del cumplimiento irrestricto del deseo es lo más recomendable? Porque, ¿acaso no vivimos en sociedades que estimulan deseos innecesarios?

El poeta Lucrecio, por ejemplo, creía que ése era en realidad el camino hacia la desdicha: “Así en vano se afana el hombre siempre / y de continuo se atormenta en vano, / y en cuidados superfluos gasta el tiempo, / porque no pone límites al deseo, / y porque no conoce hasta qué punto / el placer verdadero va creciendo”.

El poeta y filósofo romano del siglo I a.C. estaba convencido de que “esto es lo que ha lanzado poco a poco / entre borrascas a la vida humana”. Un dato de la experiencia le da la razón: suele haber más de un conflicto entre el deseo y la realidad. Y hay razones para creer que aquí anida toda frustración humana.

Si nada de lo que uno pretende ocurre, si las fuentes de la satisfacción están fuera de nosotros (algo que ya experimentamos en la infancia), si las cosas no se acomodan a lo que uno espera, se corre el riesgo cierto de agravar la terquedad del mundo, reaccionado por ejemplo con arrebatos de furia y amargura.

Cuando la realidad es todo lo contrario de lo que uno se imagina, cuando algo no satisface nuestras creencias y deseos, puede instalarse una emocionalidad negativa, como el enojo.

Esa emoción extrema suele estimular una acción agresiva, atentando contra la salud física y psíquica. Al perturbar el comportamiento desgasta al individuo y destruye a su entorno.

Y al mismo tiempo es contagiosa, al punto que hay psicólogos que hablan de la “cultura del enojo”, en referencia a que puede colonizar varias subjetividades, hasta hacerse un mal colectivo.

La sociedad argentina, por ejemplo, ¿es una sociedad enojada, siempre al borde del estallido de la cólera? ¿Y esto porque la frustra la distancia entre lo que pretende y lo que le pasa en verdad?

¿Se creerá “condenada al éxito” pero sólo cosecha fracasos, y eso la enoja? Quizás somos un país que anhela prosperidad, pero nunca procura los medios para conseguirla.

Ahora bien, si tanto nos frustra la vida, porque nunca podemos alinear nuestros deseos con la realidad, ¿la felicidad no consistirá, entonces, en reconciliar ambas cosas, en alcanzar la sabiduría que nos ayude a exorcizar pretensiones infundadas?

Los estoicos sostenían que la infelicidad era en realidad un problema de interpretación, y error de razonamiento básico. Nuestras concepciones peligrosamente optimistas del mundo y de las personas, argüían, nos juegan una mala pasada.

De lo que se trataría, entonces, es de ajustar el relato que cada uno se hace sobre sus propias circunstancias. Si pensamos, así, que el mundo no tiene que ser como cada uno desea acaso seríamos menos desdichados.

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