Educar en el diálogo y la convivencia plural 

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Uno de los problemas atávicos de la cultura política argentina se vincula con la intolerancia que dinamita cualquier intento de convivencia cívica en democracia, un sistema que se asienta sin embargo en la diferencia.

La Argentina, desgraciadamente, no es un lugar donde se haya honrado la tolerancia de ideas. Pensar distinto es un delito en un país cuya matriz política abreva en tradiciones fascistoides, tanto de derecha como de izquierda.

Esta peculiaridad nacional fue advertida con agudeza en los ‘80 por la periodista italiana Oriana Fallaci, quien llegó a decir que “los argentinos tienen un enano fascista adentro”.

En el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi ya se quejaba de los autócratas para quienes el patriotismo de los otros, si no coincidía con su punto de vista, se convertía en “crimen de lesa-patria”.

Pero esta cultura fascista vernácula colisiona con la evolución de la sociedad global, que es intrínsecamente plural. Por tanto, pretender imponer el unanimismo ideológico resulta anacrónico y reaccionario.

En las democracias posmodernas nadie puede hacer alarde del monopolio de la verdad, nadie puede elevar sus convicciones a dogma de fe, y querer imponer esta ideología al resto.

El respeto a la diversidad, a las múltiples tradiciones intelectuales, configura el corazón de las sociedades abiertas. En ellas, el disenso y la crítica constituyen principios axiológicos necesarios.

Al respecto nuestro sistema educativo, si es que quiere contribuir a modernidad al país, debería formar ciudadanos capaces de valorizar aquellas tradiciones intelectuales que están a favor del pluralismo, principio que se asienta sobre la base de aceptar la otredad (el otro).

En los colegios debería estudiarse al francés Michel de Montaigne, quien predicó el diálogo cívico en una época fanáticamente convencida de su propia infalibilidad como fue el siglo XVI, dominada por las guerras de religión.

La herencia cultural de Montaigne se vincula a la conciencia de la individualidad, la defensa de la libertad, la exhortación al diálogo, el festejo de la pluralidad, el valor formativo de los viajes y el sentido inclusivo de la tolerancia

En “Los Ensayos”, su obra más importante, el francés se queja del fanatismo individual, que sólo conduce al monólogo autocomplaciente, al tiempo que celebra la riqueza de la escucha del otro.

“En la escuela de las relaciones humanas he observado con frecuencia el vicio de que, en lugar de dedicarnos a conocer a los demás, solo nos esforzamos en darnos a conocer, y nos preocupamos más por despachar nuestra mercancía que por adquirir una nueva. El silencio y la modestia son cualidades muy convenientes en el trato con los demás”, escribió.

Montaigne dirá que el que cree que sabe todo, en realidad no sabe nada; y postulará como un método necesario confrontar con la opinión ajena, con el propósito de ser mejores.

“Cuando me llevan la contraria —dice—, despiertan mi atención, no mi cólera; me ofrezco a quien me contradice, que me instruye. La causa de la verdad debería ser la causa común de uno y otro”.

Por eso, nada detesta tanto como la lisonja de los otros o el miedo a enmendar que suele sentir quien confunde la amistad con la aquiescencia: “Busco más el trato de quienes me reprenden que el de quienes me temen. Es un placer insípido y nocivo tener relación con gente que nos admira y nos cede el sitio”.

Montaigne decía además que “un hombre honesto es un hombre mezclado”, al enfatizar la praxis de la convivencia plural.

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