El desarme mundial, ¿una utopía necesaria?

No parece claro que la guerra se extinga alguna vez, como atestigua la historia de la humanidad. Sin embargo, también es claro que la supertecnología aplicada a los arsenales puede conducir a la desaparición de la especie.

El hombre contemporáneo se halla, aquí, ante una verdadera encrucijada: al tiempo que no puede detener su instinto belicista –acaso porque la violencia reside en el corazón humano-  se expone a la vez a su autodestrucción en virtud del poder de aniquilación de sus armas.

Pasó la época, en efecto, en que las guerras sólo afectaban a una parte de la sociedad humana, siendo sus efectos focalizadas. La tecnología al servicio de la destrucción masiva se ha incrementado a un nivel tal que su uso hoy pone en riesgo a la propia especie.

¿Cómo producir un desarme efectivo del arsenal nuclear –que amenaza la existencia de la vida misma en el planeta- sin desactivar al mismo tiempo el instinto guerrero de los seres humanos? ¿No es eso una utopía, aunque necesaria?

Se podrá argüir que miles de millones de personas en el planeta aspiran a vivir en un mundo sin armas nucleares, sin carrera armamentista, sin guerras y sin violencia.

Y que frente a este deseo mayoritario se erige una minoría desalmada o inescrupulosa o fanática, pero muy organizada, que sigue alimentando la maquinaria de la muerte.

Por otra parte, están los que argumentan que no es cierto que la guerra sea algo inherente a la conducta de la especie. Eso postula, por ejemplo, el Manifiesto de Sevilla redactado en 1986 por un equipo internacional de especialistas.

Dicho manifiesto afirma que no existe ningún obstáculo de naturaleza biológica que se oponga inevitablemente a la abolición de la guerra o de cualquier otra forma de violencia institucionalizada.

Proclaman que la guerra es una invención social, y que, en su lugar, se puede inventar la paz. “Algunos mantienen que la violencia y la guerra no cesarán nunca, porque están inscritas en nuestra naturaleza biológica. Nosotros decimos que no es verdad”, declara el Manifiesto de Sevilla.

Como sea, parece claro que todo intento por aspirar al desarme mundial resulta quimérico en la medida en que el hombre siga utilizando la violencia como mecanismo para resolver sus conflictos.

Ahora mismo la prensa mundial dedica las primeras planas a la reciente  cumbre llevada a cabo entre el presidente norteamericano Donald Trump y su homólogo norcoreano Kim Jong-un.

De la reunión surgió el compromiso de Corea del Norte de trabajar por la desnuclearización completa de la península de Corea, un proceso que podría prolongarse hasta diez años.

El tiempo dirá si este acuerdo desactiva realmente la carrera armamentista y nuclear del régimen norcoreano, que hasta ayer se ufanaba de haber completado su programa de desarrollo de armas nucleares.

El otro frente caliente, en materia de desarme, se vincula al arsenal disponible en Medio Oriente, atravesado por el conflicto árabe-israelí. Estados Unidos cuestiona que Irán no respeta el Tratado de No Proliferación Nuclear, firmado en 2015 entre Teherán y seis grandes potencias.

A la luz de los acontecimientos actuales, da la impresión que un desarme total y global luce impracticable e incluso ilusorio. Y que por ahora el mundo sólo puede aspirar a un desarme parcial y precario, incluso circunscripto a un género de armamento, como el nuclear.

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