Entre los brutos y los demagogos no hay tarifa que sea posible

Las palabras del excandidato presidencial todavía resuenan en los oídos de muchos argentinos: “la inflación es el peor enemigo, pero es lo más fácil de solucionar”. Lo repitió varias veces durante la campaña. Hoy, más de dos años después de asumir, sigue siendo el Talón de Aquiles. Corrida cambiaria o no, el desvelo por la inflación nunca se fue.

 

Jorge Barroetaveña

 

Macri sabía que del despilfarro K sólo se saldría con ajuste. El volumen y la magnitud del mismo es algo que el equipo económico que asumió en diciembre de 2015 nunca llegó a calibrar con exactitud. Los barandazos del 2016, llevaron a la gestión de Cambiemos a abrazarse a un gradualismo sui géneris, bien argento, que no se aplicó en ningún otro país del mundo. Los ajustes, entre brutales y silenciosos, nunca han sido gratis. Macri, parece, nunca estuvo muy dispuesto a pagar esos costos.

La Argentina es un país donde el 30% de la población es pobre. Con casi 15 millones de personas viviendo del estado, ya sea a través de un plan social, una jubilación o algunos de los múltiples subsidios que existen. De hecho, el 75% del gasto se destina al rubro ‘social’. Sin tener en cuenta el peso de un estado sobredimensionado que, en muchas provincias, es el único generador de puestos de empleo. Para alimentar a este monstruo deforme se necesita plata y hay dos lugares de donde sacarla: impuestos y financiamiento externo para cubrir el déficit fiscal. No hay demasiadas alternativas. Mejor dicho, no hay más alternativas.

 

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Es gracioso el debate sobre las tarifas de electricidad y la incidencia del peso del estado en ellas. Lo mismo pasa en infinidad de actividades que se ven gravadas por ese socio indeseado que, encima, lo devuelve con servicios bastante malos.  A esta altura de nada sirve que sus socios le reprochen a Macri no haber descripto con más precisión el país que recibió. Pasaron dos años, aunque en el inconsciente colectivo todavía perdura la idea del país del 2015, con el sello del kirchnerismo. Quizás ahí esté la principal cuota de oxígeno de supervivencia de la actual gestión, con todos sus errores a cuestas. No pocos añoran las épocas de los ministros de economía fuertes. En los últimos 25 años las imágenes de Domingo Cavallo y Roberto Lavagna se asocian por su influencia más no por sus resultados por supuesto.

Pero uno y otro respondieron a otros tiempos políticos. Los dos terminaron peleados con sus jefes, enfrentados y eyectados de sus gobiernos. Cavallo intentó volver en el 2001 y fue un desastre y Lavagna buscó el camino de las elecciones pero tampoco tuvo suerte. Macri es de los que piensan que los ministros de economía deben ser tipos grises que nadie conoce. Asocia eso con la ‘normalidad’ de los países centrales. Claro que la Argentina no es un país ‘normal’, estamos lejos de serlo más bien. Néstor y Cristina, luego de la ida de Lavagna, asumieron ellos mismos el timón económico. En todo caso preferían delegar las cuestiones técnicas en funcionarios de segundo o tercer nivel antes que en sus propios ministros. Sólo Kicillof perduró a las iras de la ex presidenta y aún conserva cierto predicamento entre los kirchneristas. Pero más allá de eso, no quedó nada ni nadie.

Y Macri padece de esa misma concepción. Apenas Prat Gay o Melconián dieron señas de juego propio le volaron las cabezas. De nada sirvió que Melconián sea amigo personal del Presidente o que Prat Gay nos haya sacado del cepo sin mayores sobresaltos. En eso, el PRO se ha esmerado en copiar los peores errores de la política tradicional o, mejor dicho, de los políticos tradicionales. La ausencia de un interlocutor fuerte en el área económica es una falencia grosera, más en una economía inestable con un frente externo vulnerable como tiene la Argentina. Y si a veces queda flotando la impresión que a muchos funcionarios les falta ‘calle’, el coctel se vuelve pesado.

¿Cómo podían ignorar que los tarifazos serían impagables para buena parte de la sociedad? Al punto de poner en jaque infinidad de pequeñas y medianas industrias que son el principal sostén del empleo? La mayoría no ignora que pagar 100 pesos de luz por mes en un departamento de CABA era risible. Y escondía una gran mentira. Pero tampoco el extremo de poner en riesgo un comercio o llevar a un jubilado a sacar un préstamo para pagar el servicio. En esa brecha también intenta hacer caja el discurso opositor, a veces salido de madre e impracticable.

En esto hay dos vertientes. Los que estuvieron hasta hace 2 años y ahora tienen la fórmula mágica. A ellos se les pregunta, si lo sabían, por qué no lo hicieron mientras eran gobierno y nos ahorraban tanto sufrimiento. Los segundos, que buscan presentarse como ‘lo nuevo’ (léase panperonismo) y que sostienen que no desean poner en juego la gobernabilidad sino hacerle aportes al gobierno. La sociedad también los escudriña a ellos, y será por eso que, pese a caer en las encuestas la imagen presidencial, todavía ningún líder opositor puede capitalizarlo. El pasado reciente es demasiado reciente como para ser olvidado. El presente duele, aunque todavía no lo suficiente como para dar vuelta la página. En ese océano de carencias está hoy la política argentina. O los políticos, esos que nos llevaron a este brete.

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