Ernibike, la bici que habilita un paseo de igualdad

Bici adaptada 1Cómo nació el invento de un ingeniero tucumano que cambia la vida de chicos discapacitados en la Argentina y el mundo.

 

Florencia Carbone

 

 

“Siempre dije que si uno quiere hacer algo bueno y que tenga éxito, tiene que hacer lo que le gusta.”

Diego Blas, un ingeniero industrial tucumano de 29 años, reconstruye la historia con tal sencillez que por momentos hasta logra convencer a quien lo escucha de que el nacimiento de Ernibike, la bicicleta terapéutica que inventó cuando estaba en el último año de su carrera, se dio naturalmente.

Formalmente podría decirse que Ernibike es una bicicleta terapéutica, innovadora –como ellos mismos la describen en su página (http://www.ernibike.com).

Verdaderamente se trata de una herramienta superpoderosa, capaz de generar un proceso de rehabilitación de músculos, articulaciones, circulación sanguínea y pulmones entre otras tantas cosas, en chicos con parálisis cerebral, por ejemplo. Y lo que es aún más importante: una herramienta superpoderosa capaz de generar beneficios anímicos, emocionales e inclusivos por el sólo hecho de permitir que chicos que jamás lo soñaron puedan vivir la experiencia de andar en bici.

 

Bici adaptada 2

Como buen ingeniero, Diego detallará durante la charla con El Día los pormenores técnicos y las diferencias entre las partes de lo que a simple vista parece una bicicleta doble ya que cuenta con dos cajas pedaleras: una en la parte de atrás, y otra para la persona con discapacidad, que se ubica en una silla postural en la parte delantera.

Los pedales de la parte de adelante se activan (se mueven solos a un ritmo más lento) cuando la persona que va en la parte de atrás inicia el pedaleo.

¿Cómo fue que nació Ernibike, la bici que hoy no sólo lleva alegría y ayuda a mejorar la calidad de vida de discapacitados en nuestro país sino que se exporta al mundo?

Cuando terminó la escuela en Yerba Buena, un pueblito al pie del cerro de Tucumán, Diego decidió que estudiaría ingeniería industrial en la UCA, y al mismo tiempo empezó a trabajar por las mañanas en un “un tallercito de herrería”, su pequeño emprendimiento de aquellos días según recuerda.

“Me esforcé bastante, no perdí materias. Hice un esfuerzo grande y logré recibirme en cinco años, como corresponde –cuenta-. Cuando estaba en cuarto año, mientras pensaba qué hacer como proyecto final de la carrera, me repetía: Hice un esfuerzo tan grande hasta acá que quiero recibirme con algo lindo, que deje algo útil para la gente que más le haga falta.”

El proyecto final del que Diego habla es la tesis con la que se concluye la carrera de ingeniería industrial. “Un trabajo bastante amplio, en el que tenés que analizar la parte económica, la viabilidad técnica y la proyección de ventas de tu producto. No quería hacer un proyecto sólo para cumplir”, dice.

 

Ingenio al servicio del otro

Corría septiembre de 2013. Mientras cursaba el penúltimo año de ingeniería, en el taller de herrería que tenía, Diego había empezado a fabricar rampas para subir las motos de enduro a las camionetas.

“Era un producto que había inventado y funcionaba muy bien, y por esa fama de hacer rampas, fue que me contactó la familia de Ernestito Araoz. Me contaron que teníamos un amigo en común que les había dicho que como era ingenioso les podía dar una mano. Necesitaban algo para subir a Ernestito en la silla de ruedas a la camioneta y aliviar a Claudia, la mamá, porque bajarlo de la silla, acomodarlo en el asiento, desarmar la silla, ponerla en el baúl, y todo eso cada vez que salían o volvían a su casa, era un esfuerzo grande y le provocaba dolor en la columna”, relata Diego.

Bici adaptada

“Empecé a pensar qué podía hacer. Salió una rampita linda, sencilla. Quería que fuera algo simple, liviano y funcional. Me di el gusto de regalársela. Esa fue la primera experiencia de contacto con los Araoz -una familia impresionante, admirable- y con la problemática de quienes tienen chicos discapacitados”, agrega.

Durante el tiempo en que hacían las pruebas, Diego fue conociendo cómo era la vida de esa familia en el día a día, las situaciones duras y especiales que tenían que atravesar a cada momento. “Me atrapó mucho eso y pensé que tenía que dedicar mi año de investigación y desarrollo de la tesis a eso”.

“Siempre dije que si uno quiere hacer algo bueno y que tenga éxito, tiene que hacer lo que le gusta, y con ese concepto me puse a pensar algo mezclando todo lo que me gusta: los fierros, los rodados, las bicicletas. Al mismo tiempo soy un loco por los niños. Ernestito era un nene divino, tenía 12 años en ese momento”, responde cuando se le pregunta cómo fue que nació Ernibike.

“Cuando se me ocurrió estaba en mi departamento. Era soltero y vivía solo. Ahora estoy casado y tengo un nene de 8 meses que me vuelve loco (Bautista) –cuenta con inocultable orgullo-. Así me vino a la cabeza la idea de la bici. Busqué un cuaderno, la dibujé y me enamoré de la idea y de todo lo que podíamos lograr con eso.”

Pero casi de inmediato llegó el tiempo de pensar en los detalles. “Quería lograr que la Ernibike fuera un aparato de rehabilitación, pero distinto. Fui muy pretencioso: quería que fuera una vía de rehabilitación muy económica, inclusiva. Lograr que los chicos fueran contentos a hacer su rehabilitación, que fuera una rehabilitación escondida en una linda experiencia, en algo divertido, que los haga sentir felices”, describe.

 

Avanzar con una idea loca

Diego confiesa que casi al mismo tiempo que se planteó que quería que los chicos pedalearan, se dio cuenta de que era una locura. “¿Cómo pedalearía un chico con parálisis cerebral, que no puede mover sus piernas? Era muy loco”, se respondía. Sin embargo, siguió trabajando en el diseño y logró que la Ernibike tuviera el proceso inverso al de una bicicleta normal, que cuando uno pedalea, la bicicleta avanza.

“En la Ernibike es al revés, cuando la bicicleta avanza lo hace pedalear a uno. Los músculos trabajan, las articulaciones se mueven, pero lo más lindo es que ellos sienten esa libertad y eso de que pueden. Por eso también puse el asiento adelante, quería que sientan que ellos son los que van pedaleando, que vean a otros chicos pedaleando a la par, porque aunque muchas veces estos nenes no puedan hablar entienden todo y tienen la capacidad de disfrutar de lo que están haciendo.”

Con las cosas encaminadas, al menos en apariencia, surgió otra duda: “¿Y si lo que como ingeniero me parecía genial podía llegar a ser contraproducente para la rehabilitación de los chicos? Entonces pensé que lo mejor era entrevistar a especialistas relacionados con este tipo de patologías. Investigué qué médicos eran los más adecuados y fui a visitar a los que me parecieron más amigables”, relata Diego.

Esos encuentros les sirvieron para entender que su invento tenía muchísimas más ventajas de las que pensaba.

“La Ernibike realmente le cambia la vida a la familia, ayuda mucho a los chicos, mejora su estado de ánimo, al mover sus piernas empiezan a normalizar la circulación sanguínea y al estar renovada la sangre van revitalizando sus otros órganos, mejora la piel, las articulaciones. El ejercitar sus piernas ayuda a normalizar el tránsito intestinal. Todos están más contentos: los chicos y su entorno, y se genera un clima espectacular que aunque no parezca lo va creando un invento tan simple”, dice.

Diego hizo el prototipo. El día en el que lo presentó ante el tribunal de evaluación, para recibir su título, invitó a los Araoz y cuando terminó la presentación, lo destapó y se lo regaló a Ernestito. “Fue un momento único e inolvidable, super emocionante”, recuerda.

 

De los pasillos de la Facu al mundo

Apenas terminó el examen, Ernesto probó el flamante producto circulando por los pasillos de la facultad. “Todos se sorprendían con su enorme sonrisa. La gente sacó fotos, las subieron a Facebook y eso se viralizó. Empecé a recibir mensajes de distintos lugares del mundo. Después de las solicitudes de amistad aparecieron los mensajes privados pidiendo la bici, en distintos idiomas. Copiaba y pegaba en el traductor de Google para responder”, cuenta con entusiasmo Diego.

Pero pese a la euforia, en medio de la alta demanda, se dio cuenta de que lo que tenía era un prototipo, que aunque funcionaba muy bien, era un prototipo.

Como no dejaba de recibir pedidos, decidió armar un equipo de trabajo para fabricar el producto y “que todos los que necesitaran lo pudieran disfrutar”.

 

Golpear puertas sin éxito

“Cuando lo diseñé, lo más difícil fue hacer un producto útil, funcional, duradero en el tiempo y al mismo tiempo económico. Ese era el mayor desafío. Quería que la bici fuera lo más económica posible para que resultara accesible a todos (la idea es que cueste la tercera parte de lo que vale una silla de ruedas postural). Armamos un equipo de trabajo y empecé a buscar financiamiento para producir las Ernibike en cantidad, pero no tuve buenas experiencias. Toqué puertas pero no logré nada. El tiempo pasaba y los pedidos no aflojaban, pero no teníamos la posibilidad de fabricarla”.

Diego cuenta que había ido armando una base de datos con quienes estaban más interesados en adquirir la Ernibike y que entonces decidió llamarlos y contarles la verdad.

“Les expliqué la situación y les dije que si se animaban a pagar por anticipado la bici y que se las entregáramos a los 6 meses, podían aportar para que el proyecto se hiciera realidad. De las 200 personas que llamé, sólo 5% confió en nosotros. Depositaron la plata y con eso compramos lo mínimo indispensable para empezar a fabricar, tercerizando la parte del proceso que implicaba máquinas más costosas. Así fue como hicimos las primeras 10. Las bici fueron a distintos lugares del país y cuando la gente vio cómo era empezaron a llamarnos para pedirnos. Desde ese momento no paramos de fabricar y de disfrutar de este proyecto porque el cariño que recibimos no tiene precio”, relata Diego.

Hoy el proyecto y el equipo de trabajo crecieron y mejoraron. Ernibike se fabrica en Tucumán y llega a toda la Argentina y a varios países.

Actualmente están en tratativas para encontrar distribuidores del producto en el exterior, opción que les permitiría centralizar los envíos en un contenedor y reducir los costos del flete.

Como tantas veces cantó Marilina Ross, “merecer la vida es erguirse vertical más allá del mal de las caídas”, y definitivamente “no es lo mismo que vivir honrar la vida”. Diego, con su Bicibike, es un claro ejemplo de alguien que con esfuerzo eligió honrar la vida.

 

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