Es hora de actuar

“Nunca más”, proclamaron muchos. “¡Basta!” se indignó la mayoría. El doloroso hallazgo del cadáver de la niña Candela Rodríguez el pasado miércoles en un baldío a 30 cuadras de su casa de Hurlingham, tras haber sido secuestrada diez días antes a plena luz del día, nos sacudió a los argentinos.


Es probable que no haya indiferentes ante esta tragedia. Unos más, otros menos, unos con intensidad, otros cuidando no mezclar las cosas, todos han mostrado consternación. Y preocupación, pues por encima del penoso momento y el enfático “hasta aquí”, la realidad señala que no se ha cerrado el telón de estos episodios. Fuera de la indignación colectiva nada indica que de la noche a la mañana esto cambie y recuperemos la seguridad perdida.

Allá y aquí

No equivocarse. No es cuestión exclusiva de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Los casos que allí se registran tienen mayor repercusión, como sucede en todos los órdenes, porque están a mano los grandes medios de comunicación y es en el área metropolitana donde se concentran actividades de fuerte incidencia en la vida nacional. Sin embargo, la inseguridad y el delito también afectan a las provincias. Es probable que la cantidad y frecuencia de hechos sea menor, porque suelen ser proporcionales al índice demográfico, pero el clima de inseguridad es similar. La gente lo percibe así y lo sabe a través de la crónica cotidiana que nos exime de aportar más datos.

También es parecida la ineficiencia de muchos procedimientos policiales y judiciales que terminan dejando todo como estaba, los hechos sin esclarecer y los delincuentes en libertad, por supuesto. Consecuentemente se presentan sin ningún esfuerzo mental las sospechas de complicidad, zona liberada, vista gorda o palmaditas desde el poder. Ha sucedido.

 

¿Casos perdidos?

El desgraciado final de Candela y la evidente incapacidad policial y judicial para resolverlo salvando la vida de la niña, nos sitúan frente a casos parecidos y aún pendientes ocurridos en Entre Ríos. Los episodios que a continuación enumeramos no son los únicos, pero quizá los de mayor relevancia en los últimos años.

* Héctor Gómez y Martín Basualdo (18 y 20 años), desaparecieron a pocas cuadras del centro de Paraná el 16 de junio de 1994. Según testigos fueron levantados por un móvil de la comisaría Quinta. Jamás aparecieron. La causa está archivada.

* Rubén Gill, puestero de la estancia La Candelaria, de Crucesitas Séptima, departamento Nogoyá; su esposa Norma Gallego y los cuatro hijos del matrimonio (3 a 12 años) fueron vistos por última vez en el velatorio de un amigo de la familia en Viale, el 13 de enero de 2002. Desde entonces nadie sabe nada de ellos. La casa familiar de La Candelaria estaba en orden. Se los tragó la tierra.

* El contador Amado Abib, de Paraná, desapareció el 13 de febrero de 2003. Su auto fue encontrado cerca de Hernandarias. Del contador, que por razones de edad ya estaba retirado de su actividad  profesional, no hay rastro alguno hasta hoy.

* Fernanda Aguirre (13 años) fue secuestrada en San Benito mientras caminaba hacia su casa por la tarde del domingo 25 de julio de 2004. Al día siguiente la policía detuvo a Miguel Lencina (condenado por un asesinato y con salidas transitorias) identificado como autor del secuestro y a su esposa Mirta Cháves. A la madrugada Lencina “se suicidó” en su celda, según la versión oficial. Cháves fue condenada a 17 años de prisión como coautora del secuestro. De Fernanda nunca se supo nada. Continúa desaparecida. Su madre María Inés Cabrol enfermó de tanto buscarla y murió hace un año.

* Kevin Sánchez (5 años) acababa de llegar con sus padres y un hermano mayor al balneario Ñandubaysal el 31 de diciembre de 2004. Nadie sabe cómo ni en qué momento desapareció. Menudearon versiones, pero en verdad nada se supo del niño hasta ahora.

* Juan José “Pocho” Morales (66 años), agenciero de tómbola en San Jaime de la Frontera, salió de su casa en bicicleta el martes pasado. Desde entonces ha estado desaparecido hasta el momento de escribir esta nota. Es un hombre de vida normal y laboriosa, dicen en San Jaime. A raíz de este caso se ha revelado que en la misma localidad desde hace casi un año, el 8 de setiembre de 2010, no hay rastro alguno del vendedor ambulante Sebastián Ortiz. Tampoco se sabe si se agotaron los recursos de búsqueda.

¿Se trata de casos perdidos? Salvo el de Morales por el escaso tiempo transcurrido, el resto demuestra que los procedimientos policiales y judiciales han fracasado. Será por ineficiencia del sistema, carencias instrumentales, incapacidad de los actores o como se le llame, los resultados están a la vista. Es hora de actuar, de una buena vez.

 

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