Federico Ast: “Internet es la nueva Revolución Industrial”

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Federico Ast, un especialista en creación de empresas, advirtió en Gualeguaychú que no estamos suficientemente preparados para asimilar los cambios del nuevo paradigma tecnológico.

 

Marcelo Lorenzo

 

 

Pocos períodos han sido tan trascendentes como la Revolución Industrial, que nace en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, con la irrupción de la máquina de vapor, y que transformó radicalmente el mundo social.

Actualmente la humanidad está asistiendo a un cambio parecido a partir de la revolución de las redes e Internet. Y está causando una “disrupción” –una interrupción súbita del orden existente– de tal magnitud que vuelve rápidamente obsoleto todo lo que se venía haciendo hasta acá, circunstancia que genera lógica incertidumbre.

 

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Eso explicó Federico Ast, un especialista en creación de empresas, innovación y tecnologías aplicadas a los negocios, que estuvo en Gualeguaychú el lunes 26 de febrero, invitado por Corporación del Desarrollo (CoDeGu).

Para ofrecer un panorama de los cambios en curso, el experto dio una charla en el Instituto Magnasco, bajo el título “Internet y la disrupción de todas las industrias”, una exposición que ha venido desarrollando en distintos lugares del país.

En una rueda de prensa improvisada, en la sede de Corporación del Desarrollo, Ast trazó su visión de esta especie de tsunami tecnológico que, lejos de la capacidad de comprensión y asimilación de la mayoría, y cual una revolución pacífica pero irrefrenable, está cambiando las bases de nuestro modo de trabajar y de relacionarnos.

Ast es doctor en Dirección de Empresas y es profesor en la UCEMA y en el Centro de Entrepreneurship de IAE Business School. Además, participó en el Global Solutions Program 2016 de Singularity University (Silicon Valley).

Ha sido fundador, CEO, mentor o asesor de distintas empresas de tecnología en rubros como real estate, medicina, transporte y tecnología aplicada a las finanzas.

Ast, también, desarrolló el concepto de Crowdjury, que engloba la aplicación de inteligencia colectiva en los sistemas de justicia. Actualmente es CEO de Kleros, un proyecto open source con la visión de crear un protocolo para la construcción de sistemas de justicia descentralizados.

 

El miedo a perder el empleo

Ast comentó que el punto álgido de la discusión mundial gira alrededor del impacto de las nuevas tecnologías (por ejemplo los robots) sobre los trabajos existentes. El “miedo” a perder el empleo –lo que se conoce como “paro tecnológico”– está en la base de la inquietud global.

Esto hace recordar, dijo, a las situaciones vividas en el siglo XIX, en plena Revolución Industrial, con el movimiento ludista encabezado por los artesanos ingleses, quienes protestaban contra los telares y las máquinas de hilar industriales.

Los ludistas rompían a mazazos las máquinas, a las cuales culpaban de la falta de trabajo. La incertidumbre por los empleos en el siglo XXI, causada por la irrupción de las computadoras y los robots, reedita el temor ludista.

“No hay ninguna actividad que no haya sido o no esté siendo afectada por los cambios y es lógico que este proceso genere angustia, cuando no pánico”, sostuvo el entrevistado.

Y añadió: “Está en pleno desarrollo, por caso, la tecnología de los vehículos autónomos. Y esto preanuncia que habrá camiones con piloto automático. Se trata de una revolución en el transporte que abaratará costos y hará más seguros y confiables los traslados de bienes. Ahora bien, ¿cómo les explicamos a los camioneros que eso implicará el fin de sus trabajos?”.

Al ilustrar las transformaciones que ha provocado Internet, Ast mencionó cómo las ventas realizadas online, que benefician a tantos consumidores, están impactando dramáticamente en el comercio minorista tradicional.

El comercio electrónico es una tendencia imparable, pero que tiene un impacto laboral inquietante en todo el rubro de la intermediación mercantil. “Amazon (una de las primeras grandes compañías en vender bienes a través de Internet) acapara gran parte del negocio. Pero mientras Amazon da trabajo a 250 mil personas, Walmart (de formato tradicional) emplea a 2,5 millones de personas”, ejemplificó.

Aunque reconoce el desajuste estructural que los cambios generan en el mundo laboral, Ast se muestra optimista sobre el futuro. Cree que así como la Revolución Industrial creó finalmente más empleos de los que destruyó,  algo parecido ocurrirá en los años que vienen.

En su opinión, la tecnología a la larga ha mejorado la vida de las personas. “Pensemos que hace solo cien años las personas caminaban kilómetros para ir a buscar agua para sus casas usando un balde”, recordó, al afirmar que a en los dos últimos siglos ha habido una evolución de la riqueza humana, un descenso de la pobreza y un aumento de la esperanza de vida.

Pero mientras las tecnologías se introducen en nuestras vidas producen un primer rechazo. “Como les pasó a los ludistas en el siglo XIX, los beneficios tecnológicos no son evidentes en lo inmediato”, ejemplificó.

Por lo demás, en todas las épocas hubo que lidiar con los cambios sociales y tecnológicos. “Y como decía Darwin, sobrevive no el que es más fuerte sino el que más capacidad de adaptación tiene”, remató.

 

¿Qué carrera seguir?

Según Ast, la aceleración tecnológica vinculada a la economía del conocimiento impacta de lleno en la educación, que debería dar las habilidades y conocimientos necesarios para adaptarse el nuevo entorno tecnológico.

“La gente joven tiene la misma inquietud en todos lados: tiene miedo de estudiar algo que no le va a servir dentro de diez años. Cuando me preguntan, yo siempre contesto: aprendan a pensar y después el resto se despeja”, refirió el visitante.

En su caso personal, contó que el estudio de la filosofía le abrió un horizonte mental que otras ciencias no le aportaban. “Mi padre me decía que eso no me serviría. Sin embargo, fue para mí una gran inversión”, relató.

Y agregó al respecto: “La Filosofía te enseña pensamiento crítico y específicamente te ayuda a adaptarte a un entorno que cambia. No digo que todos tienen que aprender filosofía. Pero un conocimiento que tenga base humanística es una buena alternativa hoy día”.

 

La empresa del futuro

Ast reconoció que servidores como Facebook o la red de autos Uber, aunque revolucionarios en su formato, no obstante reproducen un modelo hipercapitalista con sesgo concentrador.

En el caso de las redes sociales, no sólo son modelos de negocios que dan buenos dividendos a los empresarios, sino que éstos se quedan con datos de millones de usuarios, alimentando la sospecha de que son el Gran Hermano, orientado al control social y político.

“De hecho hoy se discute quién tiene más poder si Trump (presidente de Estados Unidos) o Mark Zuckerberg (el creador y CEO de Facebook)”,  comentó. Pero Ast dice que es posible pasar a otro modelo, que no tenga dueño y en el que, al final del año, se distribuyan los ingresos entre todos los usuarios, en función de los ‘Me gusta’, las publicaciones compartidas o el contenido producido.

Este pasaje de la época de la propiedad a la de la “economía colaborativa” involucraría a plataformas como Facebook, Twitter o YouTube. “Imagínense si la gente empieza a cobrar por lo que genera en YouTube; eso cambia de manera radical la distribución y el ingreso mundial”, explicó.

Esta evolución de las fuerzas tecnológicas, agregó,  es la tesis  de Kevin Keller, en su libro “Lo inevitable”, para quien en los próximos 30 años más que la “propiedad” será esencial la “accesibilidad”, consolidando un modelo global de descentralización de los servicios.

 

Pronóstico optimista

Ast dijo que son atendibles las objeciones de aquellos que sostienen que la aceleración tecnológica llevará a la humanidad a un callejón sin salida o directamente a un apocalipsis.

Pero él, aclaró, está entre los optimistas del progreso: “Creo que de acá a 30 años vamos a estar mucho mejor. El tema es que en ese lapso se producirán cambios frente a los que habrá que adaptarse”.

Hay razones para ser optimistas, dice Ast, porque por otra parte la humanidad, ayudada por la ciencia y la tecnología, ha logrado a lo largo de su historia avanzar siempre un escalón más arriba, en términos de bienestar y desarrollo humano.

 

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