Gualeguaychú (todavía) exige contaminación cero

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El 8 de febrero de 2009, Emilio Popelka firmó una nota de opinión que publicó ElDía con el título “Gualeguaychú exige contaminación cero”. Hoy, más de 8 años después, las causas que generaron aquella columna continúan vigentes.

“Gualeguaychú exige contaminación cero”, escribió Emilio Popelka, integrante del Foro Ambiental Gualeguaychú, hace poco más de 8 años. El artículo que ElDía vuelve a publicar a continuación tiene como finalidad comparar la realidad de la década pasada, cuando la lucha contra la pastera Botnia trascendió largamente los límites de la ciudad, con los actuales conflictos judiciales que provocó la contaminación generada por los desechos del Parque Industrial.

El texto original, publicado el 8 de febrero de 2009:

De vez en cuando se escucha decir que también puertas adentro de nuestro país tenemos serios problemas de contaminación, recordando aquello de…“la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio”.

Esto se está haciendo cada vez más frecuente en medios nacionales, al extremo de destacarse reiteradamente la semana pasada en un programa televisivo muy difundido que: “el Riachuelo contamina 4.300 veces más que Botnia” y que “sin embargo, ese tema no ocupa espacios en los medios periodísticos”.

En primer lugar, es mérito exclusivo de Gualeguaychú que la ilegal instalación y funcionamiento de esta funesta empresa con su consabida contaminación sean tema de interés periodístico permanente. Si el problema del Riachuelo no lo es –y menos lo ha sido antes de la causa de Gualeguaychú – es una cuestión sobre la que deberán reflexionar seriamente los afectados directos, principalmente. Más allá de que nos atañe a todos.

Por otra parte, es cierto que en Argentina tenemos que “hacer los deberes” y resolver muchas cuestiones que afectan al medio ambiente. En hora buena que el tema haya sido puesto sobre el tapete; pero eso no justifica que debamos soportar nosotros, puntual y principalmente los habitantes de Gualeguaychú, semejante agresión al medio ambiente, la vida, el estilo de ella que elegimos vivir, la salud, el futuro de nuestros hijos, los proyectos sociales, económicos, turísticos, agropecuarios, culturales, etc, etc. etc. Y pagar así, eventuales culpas por acción u omisión de quienes han tenido la responsabilidad de corregir eso durante las últimas décadas.

En algún momento hay que empezar y poner un límite. Creo que éste es el más oportuno; en mi opinión, aquí se ha producido un punto de inflexión entre los intereses puramente económicos (con el ser humano como “el gran ausente”) y los derechos de la gente (concreta, de piel y huesos) que esta vez dijo: “Escúchennos, ¡Estamos aquí!”

Estoy convencido: Sin LICENCIA SOCIAL (que es el derecho que deben tener los habitantes a aceptar o no la instalación de industrias que modifican compulsivamente el modelo social y económico proyectado para la región) no hay posibilidad alguna de alcanzar la PAZ SOCIAL.

También creo que los funcionarios deberían ser muy cuidadosos con sus conductas con respecto a este tema. No sea cosa que por acción u omisión queden involucrados en algún delito relacionado con la contaminación, el daño al medio ambiente, el incumplimiento de los deberes de funcionario público y hasta podría darse la figura de la Asociación Ilícita, llegado el caso. No hay que olvidar que a partir de que el pensamiento del ex presidente del Banco Mundial (Laurence Sammer) se hizo público, nadie puede hacerse el distraído, intentando invocar su “buena fe” y desconocimiento de las consecuencias de este tipo de emprendimiento. Además, con la conciencia ecológica que día a día es mayor en todo el mundo no sería descabellado pensar en la posible imprescriptibilidad de la acción penal en un futuro no tan lejano, si se declarase a alguno de estos delitos como de lesa humanidad.

Ello sin considerar las posibles consecuencias económicas que, como responsables civiles de los  eventuales daños, les podrían caber solidariamente.

Finalmente, debemos sumarle la condena social y política, que esta vez, es de esperar sea contundente y perdurable.

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