Hacete amigo del juez, ¿todos iguales ante la ley?

JusticiaDesde hace tiempo en Argentina existe la sensación de que no todos somos iguales ante la ley, sino que alguna gente con poder goza de los favores de los tribunales.

Impunidad, del vocablo “impunitas”, es un término que refiere a la falta de castigo. En Argentina ha habido reformulaciones del concepto. Como la que dio alguna vez el polémico empresario Alfredo Yabrán.

Cuando se le preguntó qué era para él el poder, con sinceridad brutal respondió: “Para mí el poder es impunidad”. Se diría que un Estado que en lugar de hacer valer la ley contra el delito, le da cobertura, es un estado fallido.

“Un Estado que no se rigiera por la justicia se reduciría a una banda de ladrones”, escribió por su lado San Agustín.

En tanto, José Hernández puso en boca del Viejo Vizcacha estos versos proverbiales: “Hacete amigo del juez, / no le des de qué quejarse, / que siempre es bueno tener / palenque ande ir a rascarse”.

Probablemente Hernández no imaginó que 130 años después los consejos de ese criollo desaprensivo y cínico se convertirían, en la vida pública argentina, en un catecismo de aplicación diaria.

Lo del Viejo Vizcacha no es una antigüedad ni mucho menos, si se piensa en  la crisis de credibilidad que tienen la “justicia argentina”, según todos los sondeos. En nuestro país, se sabe, muchos políticos y empresarios tienen “jueces amigos”.

La prostitución de la justicia en estas pampas ha sido registrada por extranjeros ilustres como el científico inglés Charles Darwin. El padre de la teoría sobre la evolución, estuvo seis meses entre nosotros allá por 1833. Viajó como naturalista a bordo de la nave ‘H.M.S.Beagle’.

En su diario de viaje entre el 29 de noviembre y el 4 de diciembre de 1833 -editado por la Universidad de Cambridge en 1933-, el científico describe la omnipresencia de la corrupción, y cabría postular que cualquier parecido con la realidad actual es pura “causalidad”.

“La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará”, refiere Darwin.

Y añade: “Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad. (Un viajero no tiene otra protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que principalmente impide que haya más robos)”.

Más adelante señala: “En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio”.

Relata Darwin: “Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: ‘Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso’.

El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador”.

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