Es hora de que se empiecen a hacer cargo

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Los hechos de violencia ocurridos el lunes en las inmediaciones del Congreso de la Nación volvieron a poner en primer plano la necesidad de repensarnos como sociedad y de redefinir las maneras de resolver las contradicciones que generan las políticas de gobierno. Además, y sobre todo, la forma de interpelar a la clase política, primera responsable de lo ocurrido. 

Luciano Peralta

 

“Somos responsables de no ayudar a sanar a esta sociedad. Somos culpables de la violencia con la que nos tratamos y que le contagiamos a la gente”. El discurso del diputado nacional Martín Lousteau luego de ser atacado por un grupo de empleados del Banco de la Provincia de Buenos Aires que reclamaban a pocas cuadras del Congreso por la reforma jubilatoria fue la primera (¿y única?) autocrítica contundente que bajó de los escaños de los representantes del pueblo en una semana cargada de grandes discursos y mucha violencia, en las calles, en los medios de comunicación, en las redes sociales.

La barbarie que un grupo de manifestantes –para nada minúsculo, pero la inmensa minoría de quienes protestaron contra la reforma previsional– contra la Policía de la Ciudad fue condenada por buena parte del arco político. Lógicamente, el oficialismo repudió con dureza el accionar de los violentos, y se sumaron espacios opositores, el PJ inclusive. Pero, llamó la atención el silencio de sectores como el kirchnerismo, la centroizquierda y la izquierda, que sí habían cargado contra la violencia policial desplegada por el gobierno el jueves de la semana pasada. Ese día, como el lunes de esta semana, no hubo muertos solamente porque el elemento azaroso jugó su papel. Las condiciones para que los haya se dieron en ambas jornadas.

Pero este repudio selectivo no es nada novedoso o excepcional. El sistema político argentino y los políticos que lo conforman, con algunas pocas excepciones, funciona de esa manera: si lo hacemos nosotros está bien, y si no lo está se hace igual por razones de fuerza mayor, porque el enemigo es más malo que nosotros o porque la Patria así lo demanda; pero si lo hacen ellos será condenable, siempre.

“Hay muchos que creen que lo que ocurre en la sesión es una guerra como Titanes en el Ring y se equivocan”, cuestionó Lousteau sobre los riesgos que toman muchos de sus pares al poner en juego “la grieta” como herramienta de construcción política.

Y este es el punto: las piedras y los violentos deben ser condenados, sí. Pero también, y sobre todo, es momento de que toda la clase política se haga cargo de lo que genera. Porque los bolsos de dólares de López en el convento es violencia; la represión ilegal de la Gendarmería en el sur y la muerte de un joven es violencia; igual que el asesinato por la espalda de un adolescente mapuche; pero también es violencia la novela de la ex Presidenta y el Presidente peleándose por el traspaso de la banda presidencial; las exorbitantes subas en los servicios, el recorte a los jubilados del PAMI y la deliberada intención de un grupo de legisladores de cerrar el Congreso. Todo es violencia.

Eso, y muchísimos gestos más que la política no supo tener, fueron el caldo de cultivo para que el último lunes se repitieran escenas propias de la crisis del 2001. Pero, lamentablemente, lejos de hacer la autocrítica, la clase política volvió a no estar a la altura.

El Partido Obrero denunció la “persecución” a uno de sus militantes –que se volvió famoso por tirar una bomba casera contra la Policía de la Ciudad–; más tarde, el radical-kirchnerista Leopoldo Moreau superó con amplitud la insólita actitud de la radical de Cambiemos Elisa Carrió, que fiel a su estilo provocativo tiró besos en el congreso mientras afuera corría sangre, al justificar la cobarde agresión a un periodista de 71 años por el hecho de trabajar para el Grupo Clarín. Una vergüenza.

El repudio a las piedras está bien, sí. Pero si la clase política argentina no realiza una sincera autocrítica habrá uno, diez, cien apedreos más. La violencia de abajo es consecuencia de la de arriba, y es hora de que se empiecen a hacer cargo.

 

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