Entre el humo y el fuego, el paso de Macri por el Congreso

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El horno no está para bollos diría la calle. Con esa consigna pareció llegar el jueves el Presidente Mauricio Macri al Congreso. Con un discurso moderado, el mandatario le puso marco a su penúltima aparición ante la Asamblea. El año que viene podría ser la última.

 

Jorge Barroetaveña

 

Macri llegó al Congreso el jueves sabiendo el clima que lo esperaba. Sabiendo que la sociedad sigue y padece con angustia el presente y que los niveles de tolerancia a los aumentos tarifarios por ejemplo, desaparecieron. Macri debe saber y si no lo sabe se lo deberían decir, que buena parte del impulso que consiguió en las urnas en octubre del año pasado se licuó malamente, merced a errores propios no forzados.

El discurso que duró poco más de 40 minutos, fue espiritualmente parecido a otros que se escucharon en el recinto legislativo. Trató de confrontar poco, ‘vender’ el optimismo que hoy no se ve en la calle y apostó decididamente por un par de temas bien taquilleros, entre los que sobresale el debate sobre el aborto. Es la primera vez que un Presidente pronuncia en una apertura de sesiones esa palabra que parte en forma transversal a todos los partidos políticos. Para la oposición no es más que una cortina de humo, destinada a tapar los problemas que hay pero principalmente, sacar de la cancha las dificultades económicas. Para el oficialismo era impensable que un Presidente abriera el debate sobre una cuestión lejana a él desde el punto de vista ideológico. Pero si algo aprendió rápido la mesa chica de las decisiones oficiales es a estudiar el comportamiento de gobiernos pasados. Alfonsín, Menem, Néstor y Cristina hicieron gala de aquella habilidad de arrebatarle a la oposición banderas de lucha.

 

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En las democracias presidencialistas como las nuestras, el margen de maniobra de la oposición es escaso a la hora de plantear los temas. Es difícil articular un discurso unificado y abroquelar a las distintas voces desde el llano. El que tiene el poder y lo ejerce les lleva una gran ventaja a los demás. Macri pareció darse cuenta de eso. Alguna vez lo hizo Alfonsín con la Ley de Divorcio o Néstor con la Asignación Universal por Hijo. Y en todos los casos descolocaron a la oposición. Es lo que pasó en el Congreso porque el kirchnerismo no puede explicar cómo, más allá de su postura contraria, Cristina nunca les habilitó el debate al menos.

En la jugada oficialista mucho se ha especulado con la reacción de la iglesia. ¿Es Macri alguien que se guíe por impulsos a la hora de tomar decisiones? ¿Pudo influir en la postura adoptada la fría relación que hay con el Papa Francisco y la ausencia de este de la Argentina? Es altamente probable a esta altura que, mientras Macri sea Presidente, el Papa no pise el país. Semejante desplante, ¿merece respuesta en un tema tan sensible?

En la frialdad de los despachos, despojados de cualquier consideración sentimental, y sólo teniendo en cuenta los costos, más de uno debe haber pensado que el tema no suma ni resta. De la relación correcta pero distante con el Papa, Macri nunca pudo sacar nada en limpio, más que la cara de enojado del Sumo Pontífice en las fotos y el chirlo que, cada vez que pudo, le pegó al gobierno. Hasta valiéndose de personajes polémicos como Hebe de Bonafini o Milagros Sala. Su ausencia grita ausencia podría definirse.

En su discurso Macri apeló a una metáfora de los ingenieros para intentar explicar el crecimiento que todavía no se ve y se reclama. Comparó el país con los cimientos de una casa y vaticinó que “lo peor ya pasó” y que “el crecimiento es invisible”. Más o menos como un fantasma. Ambos conceptos fueron caldo gordo para la oposición peronista que le apuntó todas las críticas.

Hubo sí, y pasó desapercibido, un reconocimiento implícito de los límites de la administración de Cambiemos: el endeudamiento. El Presidente debería ser el primero en saber que este nivel de deuda es insostenible con el paso del tiempo y que sólo una baja genuina en los gastos del estado permitirá superar la ecuación. La cuestión es preguntarse hasta dónde está dispuesto a pagar los costos de la reducción y cómo se instrumenta el gradualismo que han abrazado. Se mezcla la política claro, aunque el 2018 no será electoral y el margen de maniobra puede ser más amplio.

Si de cortinas de humo se trata, lo de cobrarle a los extranjeros se encamina a ser otro error no forzado. El debate con Bolivia lleva tiempo aunque una decisión de Jujuy instaló la cuestión a nivel nacional. Es antipático que el país que acogió y se hizo grande por millones y millones de inmigrantes, hoy les quiera cobrar por la salud y la educación. También es cierto que los tiempos cambiaron y la Argentina de hoy no es ni parecida a la de los siglos XIX y XX. Ni la inmigración es la misma, ni el sistema de salud que tiene costos estratosféricos y una demanda creciente de la población local. Habría que preguntarse si, para el Estado Nacional, los costos son significativos y cuál es el perfil de salud pública que queremos.

Para los opositores, todo es puro humo. Para Cambiemos es comprar tiempo hasta que las buenas noticias sean percibidas por la mayoría. Una zanahoria que, por ahora, pinta demasiado lejos.

 

 

 

 

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