Inquietante retorno de brotes de violencia

Marcha por Santiago Maldonado Foto Juano Tesone IncidentesMarcha por Santiago MaldonadoFoto Juano TesoneIncidentesLa violencia extrema que se desató el viernes a la noche tras el acto en Plaza de Mayo (Buenos Aires), en que se reclamó por la aparición de Santiago Maldonado, ofreció un desagradable revival de las peores épocas.

Los desmanes y los destrozos en el centro porteño terminaron con 23 heridos y 27 detenidos. Estos incidentes se enlazan con una seguidilla de episodios que se vienen sucediendo en el país en los últimos tiempos.

Sobre todo después de las PASO han ocurrido atentados a oficinas públicas, agresiones directas, extorsiones y ataques verbales, eventos que juntos crean un clima de inestabilidad democrática.

Se sabe que buena parte del país está dividido en posiciones antagónicas irreconciliables. ¿Es la violencia de estos días el síntoma de la profundización de la llamada “grieta”, que incluso atraviesa la lectura política en torno al caso Maldonado?

De un lado de la grieta se iguala al Gobierno con una Dictadura (“Macri, basura, vos sos la dictadura”, dicen las gargantas opositoras), en tanto que del otro lado se sindica al kirchnerismo, en alianza con la izquierda radical, por llevar adelante un plan sistemático de desestabilización.

La desaparición del joven artesano Santiago Maldonado, ocurrida hace un mes y que investiga la justicia, se ha convertido en un caballo de batalla de la oposición, en vísperas de las elecciones de octubre.

Desde aquí se habla de “desaparición forzada” desde el Estado –como en la época en que gobernaban los militares de la dictadura- mientras que la fiscal de la causa ha dicho que no hay elementos suficientes para inferir que a Maldonado se lo llevó la Gendarmería.

Desde la otra vereda se recuerda, en tanto, la desaparición de Jorge Julio López, visto por última vez en La Plata el 18 de septiembre de 2006, ocurrida durante el gobierno kirchnerista.

Al cuestionar a quienes comparan a Maldonado con Jorge Julio López, Hebe de Bonafini retrucó: “Son diferentes personas: Maldonado era un militante y López era un guardiacárcel. ¿No sabían? López trabajaba de guardiacárcel. Igualmente no tiene que estar desaparecido, pero no es lo mismo que un militante comprometido como este pibe”.

Pero más allá de esta controversia lo que debe encender una luz de alarma sobre el tablero de la democracia son los incidentes de violencia política motorizados por minorías que se guían bajo la premisa de que “cuanto peor vayan las cosas, mejor” (la frase es de Lenin, antes de que tomara el poder).

Aquellos que apelan a las bombas incendiarias saben cómo comienzan los juegos con fuego, pero no saben cómo terminan. Aunque muchos argentinos memoriosos tienen claro que esta pirotecnia, al espiralizarse, ha contribuido en el pasado a la peor de las tragedias nacionales.

A contramano de esa historia dolorosa, parece que hay sectores que añoran volver a los ‘70, uno de los períodos más sangrientos de la Argentina, que enfrentó a uniformados resentidos con mesiánicos que se creían la vanguardia revolucionaria.

El historiador Marcelo Larraquy sostiene que la violencia política ha manchado de sangre a la Argentina del siglo XX. Según él, la modernidad en estas pampas estuvo atravesada por una lógica beligerante.

La idea de la violencia redentora, de derecha y de izquierda, alimentó a una generación que despreció a la democracia como sistema de convivencia. Y para no pocos autores, aquí reside la causa del retraso político, social y económico del país.

Como enseñaba el activista por los derechos civiles Martín Luther King, “la violencia crea más problemas sociales que los que resuelve”.

 

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