Karoshi, la muerte por exceso de trabajo

Entrevista de trabajoEn Japón más de 10.000 personas mueren al año de karoshi, la muerte súbita por hemorragia cerebral o insuficiencia cardiaca o respiratoria, debido al exceso de fatiga laboral.

El problema es específicamente nipón y está asociado al hábito por parte de los empleados de oficina de acumular horas extras. Japón lleva años tratando de frenar este exceso, pero sin resultados.

Ahora, una empresa japonesa propone acabar con las horas extras a través de un método muy peculiar: forzando al personal a que abandone la oficina. La propuesta es incomodarlos todo lo posible.

Así, un dron recorrerá las salas de la compañía haciendo sonar con volumen alto la típica canción de origen escocés Auld Lang Syne, que se usa comúnmente en Japón para anunciar que los establecimientos están a punto de cerrar.

T-Frend será el nombre del aparato no tripulado y provisto de una cámara que supervisará a quienes pretendan quedarse haciendo horas de más una vez acabado su horario.

¿Por qué este fenómeno tan dramático en Japón? Tras la bomba atómica que produjo su rendición incondicional, a mediados del siglo XX, ese país hizo un viraje extraordinario, produciendo un verdadero “milagro económico”.

Los sueños militaristas y nacionalistas del Imperio del Sol Naciente –que había estrechado lazos con los regímenes totalitarios de Europa– se hicieron añicos en Hiroshima y Nagasaki.

Desde entonces el afán expansionista japonés –humillado bélicamente- se trocó en pasión por la reconstrucción de un país devastado. Pero acaso el giro más decisivo fue de carácter político-económico.

“Después de la Segunda Guerra Mundial los japoneses eran los que tenían las jornadas de trabajo más largas del mundo. Eran unos adictos al trabajo de marca mayor”, comenta Cary Cooper, un experto en manejo del estrés, de la Universidad de Lancaster (Reino Unido).

En los años de la posguerra el trabajo ofreció a los hombres una nueva motivación. Los trabajadores no sólo se sentían impulsados por la compensación financiera, sino también psicológica.

Las empresas le dieron la bienvenida a este nuevo orden social y comenzaron a financiar sindicatos, grupos culturales, casas para los trabajadores, transporte, instalaciones recreacionales, clínicas y guarderías.

En poco tiempo la vida comenzó a girar en torno al trabajo. Un rasgo cultural peculiar en Japón es que se entendió a la empresa como una familia: básicamente, el sarariiman (asalariado) se dedicaba en cuerpo y alma a su empresa.

La firma, a cambio, le ofrecía trabajo de por vida, aumentos salariales y de rango según la antigüedad y otros beneficios (como vivienda pagada o posibilidad de llevar a sus hijos a ciertas escuelas e institutos de prestigio, por ejemplo).

El problema es que gran cantidad de japoneses se convirtieron en adictos al trabajo, incorporando las horas extras como un hábito. Largas jornadas laborales y pocos días de vacaciones, hicieron surgir el fenómeno de la muerte por estrés o exceso de trabajo.

Según el Consejo Nacional en Defensa de las Victimas de Karoshi, por esta causa hay 10.000 víctimas anuales, más o menos el número de personas que mueren cada año en accidentes de tránsito.

Según sus cálculos, unos 10 millones de personas, de los 60 millones que componen la población laboral activa japonesa, son potenciales víctimas de la enfermedad.

Se cree que la solución al problema es cultural. ¿Cómo mitigar, por caso, el exceso de trabajo en un país donde muchos empleados jóvenes se sienten incómodos si se van de la oficina antes que sus jefes?

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