La Comunión con los pobres

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Hay acontecimientos (felices o dolorosos) que marcan la identidad de una comunidad. Son fundantes y confieren rasgos que definen a un grupo humano: un pueblo, una sociedad, una religión…

Por Monseñor Jorge Eduardo Lozano

 

La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, y la efusión del Espíritu Santo son centrales y fundantes de la fe cristiana. Parte de ese acontecimiento es la Última Cena, en la cual el Maestro de Nazaret deja a sus discípulos el mandamiento del amor, el sacerdocio, y su presencia real en el pan y el vino transformados en su Cuerpo y su Sangre.

La celebración de la Eucaristía (la misa) nos remite necesariamente a la única y última cena, que por gracia y mandato del Señor Resucitado seguimos realizando a lo largo de los siglos.

El pan partido y distribuido es siempre el único Cuerpo Eucarístico del Señor.

Cuando nos acercamos a comulgar no estamos realizando un simple acto de piedad individual de cada uno con el Cuerpo de Cristo, sino que “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (I Cor 10, 17). La comunión personal es a la vez comunitaria, y viceversa.

Pan y vida nueva van unidos. Jesús es el Pan que da la vida a cada comunidad. Es el Pan de los peregrinos, hasta que lo veamos cara a cara y Él sea todo en todos (cfr I Cor 15, 28), en la Jerusalén Celestial.

Mientras esperamos su venida gloriosa celebramos la comunión y somos enviados a la misión. Y para nuestra alegría y la credibilidad de la predicación nos amamos como hermanos, y servimos a los pobres.

Nos recordaba el Concilio Vaticano II que la celebración eucarística no es “sincera ni plena si ella no conduce tanto a obras de caridad y a la mutua ayuda como a la actividad misionera y a las varias formas de testimonio cristiano” (PO 6).

En el Evangelio que proclamamos este fin de semana (Jn 6, 51-58) se nos muestra que algunos criticaban por atrás. No van de frente, sino que intentando permanecer en el anonimato ponen piedras en el camino, pretenden sembrar la duda y el escepticismo. Se enroscan en sus propias inseguridades y quieren llevar a los demás a sus propias decepciones. Una falta contra la comunión.

Quienes comulgamos el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo nos disponemos a la comunión fraterna. No quiere decir que no haya diferencias o que seamos fotocopias unos de otros. Puede haber discusiones, como las hubo en las primeras comunidades, pero debemos cuidar de no romper la comunión.

Entrar en comunión con Cristo es entrar en comunión con Él y con todos los que formamos su Cuerpo. No podemos separar adhesión a Cristo y rechazo a su cuerpo, del cual formamos parte. Para ello necesitamos conversión personal y comunitaria, conversión pastoral.

La Eucaristía nos mueve al amor social, a los pobres. San Pablo manifestó su enojo y reprendió a los cristianos de Corinto porque “cuando se reúnen, lo que menos hacen es comer la Cena del Señor, porque apenas se sientan a la mesa, cada uno se apresura a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se pone ebrio” (I Cor 11, 20-21). La comunión Eucarística no es completa si no hay comunión de bienes con los pobres.

San Juan Crisóstomo ya en el siglo IV enseñaba: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo ‘Esto es mi cuerpo’, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también ‘Tuve hambre, y no me disteis de comer’, y más adelante ‘Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer’. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos. ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre?”.

Providencialmente realizamos la sucesión episcopal en la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo en esta Solemnidad del Corpus Christi. Los obispos, sucesores de los Apóstoles, estamos llamados para fortalecer la comunión fraterna, la misión, y el cuidado de los pobres.

Cada diócesis “es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local” (EG 30).

Damos gracias a Dios por el servicio que desde el año 2000 ha brindado a la Provincia de San Juan y a la Región de Cuyo el Padre Obispo Alfonso Delgado. Y yo, me encomiendo a la oración de todos para servir con alegría en esta misión que la Iglesia me confía.

Hoy celebramos también en la Argentina el “día del Padre”. Para todos los papás, mi cariño y bendición.

 

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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