La deriva autoritaria y el miedo a la libertad

El ejercicio del poder que implique mando unilateral, sumisión colectiva, e intolerancia hacia el que piensa distinto, características de un régimen autocrático, tiene una larga tradición en América Latina.

Dos males endémicos, el caudillismo y el militarismo, han signado la vida política de los países de la región, herencia del antiguo orden colonial español, proclive al absolutismo político y la ortodoxia ideológica.

Es decir, el monarquismo sobrevivió en esta parte del mundo, en distinta forma y medida, como una mentalidad soterrada, como una cultura política que exalta al líder redentor al que se le debe lealtad y obediencia.

A muchos latinoamericanos les fascinan los regímenes donde uno manda y el resto obedece. No hay líderes sin masas y no hay líder populista sin una masa dócil y manipulable.

El autoritarismo no es patrimonio de ninguna ideología política determinada y puede estar presente en las de distinto signo, ya sean de izquierda o de derecha. Por eso en la región, militares golpistas y jefes revolucionarios, aunque actúen en veredas distintas, en realidad tienen idénticos genes autocráticos.

Bajo esta constelación la democracia no descansa en las decisiones de los ciudadanos, como ocurre en los regímenes republicanos, sino en la conducción de un mandamás, cuya voluntad es ley.

Al delegar irrevocablemente en el líder, cada persona deja de actuar por sí misma, abdicando de su poder decisorio, característica de un ser moral dotado de razón.

Este encuadramiento cuasi militar en torno a una sola figura relevante, revestida de poderes carismáticos,  es incompatible con la disidencia, piedra de toque de las sociedades plurales, donde conviven visiones diferentes.

Por eso el escritor mexicano Octavio Paz, también Premio Nobel de Literatura, creía que la falta de espíritu crítico y la adhesión al pensamiento uniforme (que no deja lugar para los disidentes) es un mal latinoamericano.

Ya en 1969, escribió: “Nosotros todavía no aprendemos a pensar con verdadera libertad. No es una falla intelectual sino moral: el valor de un espíritu, decía Nieztsche, se mide por su capacidad para soportar la verdad. Una de las razonas de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad crítica”.

La ciencia política  ha conceptualizado a los experimentos autocráticos como sistema. Véase el caso del fascismo en Italia o en el nazismo en Alemania, donde hubo una aceptación del autoritarismo por quienes obedecen.

En este caso existe una personalidad colectiva proclive a la sumisión espontánea. Fue Erich Fromm, en su célebre libro “El miedo a la libertad” (1947), quien captó la dialéctica psico-social de estos regímenes.

Sostiene que hay una “simbiosis” entre el poder sádico del líder, afectado por el impulso irracional de dominación ilimitada de los demás, y el anhelo de sumisión masoquista del pueblo a un poder exterior omnipotente.

En el fondo, dice Fromm, todo es un mecanismo de evasión de la libertad. El impulso de sumisión del gobernado supone el abandono de la independencia del yo individual para fundirse en alguien (líder), único protector y pensante.

Ése es el significado psicológico de los regímenes autocráticos: el individuo busca alguien a quien encadenar su yo, porque no puede soportar su propia libre personalidad. Por tanto se fuerza por librarse de ella, echándose a los brazos del autócrata.

Es el miedo a la libertad hecho sistema.

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