La Argentina tiene muchos estudiantes y pocos graduados. El nivel de graduación es uno de los más bajos del mundo. Está por debajo del de Chile, Brasil y México.


El dato lo comentó hace poco Alieto Aldo Guadagni, en un artículo aparecido en el diario La Nación. “Brasil tiene cuatro veces más estudiantes que la Argentina, pero sus graduados son doce veces más numerosos que los nuestros”, sostiene allí.

“Chile, con la quinta parte de estudiantes, tiene una graduación igual a la mitad de la nuestra”, afirma. Tanto Brasil como Chile y México, “triplican la eficiencia en la graduación de nuestras universidades estatales”.

Guadagni sostiene que Argentina no resiste la comparación con Japón o los países desarrollados, donde se gradúan normalmente entre el 70% y el 90% de los estudiantes.

Pero el país también está retrasado en relación con nuestros vecinos, que “gradúan más de sesenta de cada cien alumnos ingresantes y nosotros, apenas veintidós”.

La ineficiencia de la universidad pública argentina es, en este sentido, dramática. Necesita más estudiantes que ninguna otra universidad estatal del exterior para tener un graduado.

“Costa Rica, México, Panamá y Brasil, con algo más de seis estudiantes, tienen un graduado; Chile requiere ocho estudiantes y nosotros, nada menos que veinte”, refiere el autor.

En función de este nivel de productividad, queda claro el mayor costo que el Estado argentino debe afrontar para formar profesionales. Hay índices inquietantes al respecto.

Por ejemplo: en las universidades estatales de Salta, Jujuy y Comahue se gradúan menos de seis de cada cien ingresantes. Otro dato: en la universidad pública argentina, después de un año de haber ingresado, cuatro de cada diez alumnos no aprueba más de una materia.

¿Cuál es el motivo de esta baja performance de la universidad argentina? ¿Por qué esta gran diferencia, sobre todo, con los países vecinos? Guadagni tiene una teoría: el bajo nivel intelectual de los ingresantes argentinos.

Chilenos, brasileños y demás, llegan con mejor bagaje cultural a los estudios superiores, con mayor competencia en ciencias, y un hábito intelectual adecuado para afrontar las exigencias universitarias.

Por otra parte, esto se echa de ver en las evaluaciones internacionales, donde el nivel de los alumnos secundarios argentinos es bajísimo, y en los bochazos que cosechan cuando ingresan a la universidad.

¿Cómo es esto posible? La clave, dice Guadagni, es que Argentina no tiene una Prueba de Selección Universitaria (PSU), como sí tiene Chile desde la década del ‘60, y que es utilizada por todos las universidades para escoger sus postulantes (algo parecido hay en Brasil).

La primera preocupación de los alumnos del último año en Chile es aprobar este examen y no el viaje de egresados, como en Argentina. Esta evaluación tendría varios méritos.

Por un lado vigoriza lo aprendido durante toda la educación media. La agrega esfuerzo, competencia e introduce el principio del premio al mérito al sistema educativo.

Es importante aclarar que los resultados de este examen anual se hacen públicos, lo que expone a las escuelas, y al resto del sistema educativo, ante las exigencias de la calidad de la enseñanza.

Estas pruebas funcionan como un desafío en la mente de los estudiantes de aquellos países donde funciona. También en la mente de los educadores, que se sienten exigidos por los padres y los propios estudiantes.

La deserción en la universidad argentina, sobre todo en la estatal, es un problema del que no se habla. Uno de esos tantos temas cruciales, que hacen al futuro del país, que no están en la agenda de su clase dirigente.