La historia de Estela: cómo es vivir y enseñar en el campo

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Estela Taffarel vive en la zona Rural de Las Mercedes donde se desempeña como docente en la escuela del paraje rural que se torna intransitable cada vez que se registran precipitaciones. Enseñar en el mundo rural tiene un sinnúmero de complicaciones, pero también de alegrías. 

La docente se desempeña en la Escuela Nº 97 “La Rioja”, en el paraje Las Mercedes, Distrito Dos Hermanas en el Departamento Gualeguaychú.

El establecimiento educativo fue fundado en 1920 y los años se notan en el viejo edificio, próximo a cumplir el centenario.

Estela vive a 3 kilómetros de la escuela. Comenzó como una docente más, hasta que se trasladó la directora y quedó en el cargo que hasta hoy mantiene.

En la actualidad trabajan dos educadoras en una escuela de cuarta categoría con un total de 17 alumnos.

Taffarel comentó que la otra docente, oriunda de Larroque, cuando llueve y los “caminos no dan, tiene que hacer unos cuántos kilómetros más; trasladarse hasta Carbó y desde allí a Las Mercedes”. Agregó que “cuando se acepta trabajar en una escuela rural, se debe tener en cuenta lo que esto representa”, haciendo alusión a que la mayoría de los establecimientos se encuentran campo adentro sobre caminos de tierra, y en algunos casos sobre ripio.

Recordó que tiempo atrás, el docente “no cobraba zona, traslado”, por lo que normalmente, en la semana se “quedaba en la escuela, o en algún lugar cercano”.

Por otra parte, indicó que en sus inicios como docente concurrían a la 97 unos 45 chicos “provenientes de los alrededores del establecimiento”.

Sin embargo el éxodo rural, la salida del campo de muchos chacareros y trabajadores a la ciudad, Larroque, Gualeguay y Gualeguaychú, provocó que el número de alumnos fuera bajando hasta llegar a una currícula sensiblemente menor, que hoy llega a los 17 alumnos.

La escuela de Las Mercedes es plurigrado, y cada maestra trabaja con tres grados. Muchas veces, una sola docente tiene que enseñar a chicos que van a distintos grados en una misma aula.

La maestra entiende que si no se es propietario de un campo, es “poco probable que alguien se quede a vivir en la ruralidad”. Hoy la mayor fuente laboral pasa por granjas avícolas y estancias donde trabaja la gente que “queda en el paraje”.

Consultada por la distancia que deben recorrer los chicos para concurrir a la escuela, detalló que tienen que hacer unos 3 kilómetros, llegando a clases a “lomo de caballo en algunos casos, otros en moto que conducen sus  padres”,  y a veces caminando.  Dijo que cuando llueve directamente no vienen, pero ni bien aclara, los chicos concurren a la escuela, que para los niños es su segunda casa.

La docente sabe sacar provecho de la tecnología y los días de lluvia tienen “actividades programadas para realizar en sus casas que normalmente le mandamos por whatsapp”, explica, aunque los días de asistencia igualmente se pierden.

Destacó que el establecimiento se encuentra a solo 14 kilómetros de la ruta 16, pero cuando llueve, el tramo “no se puede transitar”.

 

La escuela

Cuenta con tres aulas, otra que “desde hace un tiempo cumplen la función de biblioteca”, y la cocina donde le “damos la merienda a los niños”, gracias a la ayuda de una vecina, Zulma, que vive cerca de la escuela.

Además, valoró el papel de la Junta de Gobierno que ayuda financieramente para el normal “funcionamiento del establecimiento educativo”.

 

Enseñar en el campo

El sacrificio que hacen los docentes para transmitir sus conocimientos a pequeños que habitan campo adentro no tiene precio, tampoco un justo reconocimiento. El de Estela Taffarel es un caso puntual, ya que vive en la zona de su escuela, al igual que otras maestras, pero la mayoría tiene que hacer, todos los días, más de una legua caminando para llegar a su establecimiento y después el mismo tramo para regresar a casa. Es común ver temprano a docentes sin mayores recursos haciendo dedo para llegar a su puesto de trabajo, soportando los avatares del clima en las distintas estaciones del año.

También están, las que viven durante la semana en el establecimiento educativo, regresando los fines de semana a su lugar de origen. Además, están los que se sacrifican caminando con el barro a la rodilla para dar clases a cuatro chicos en un paraje rural alejado de los centros urbanos.

 

 

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