La idea de que hay que dar a cada uno lo suyo 

La virtud de la justicia, según la definición de la filosofía clásica, es un modo de conducta según la cual un hombre otorga a cada quien lo debido. Toda injusticia, por tanto, en una violación de ese principio.

El concepto es parte del patrimonio común de la tradición occidental. En su obra La República, escrita alrededor del año 390 A.C, el filósofo griego Platón plantea la ardua cuestión.

Allí hace hablar a Sócrates, su maestro, el personaje principal de un diálogo en el cual éste pregunta qué se entiende por justicia, recibiendo al respecto respuestas diversas.

Por ejemplo, Palemarco dice que la justicia es hacer el bien a los amigos y mal a los enemigos. Trasímaco, por otro lado, sostiene que “justicia es el interés del más fuerte”.

Esta postura es asumida por aquellos para quienes no existe un valor universal  que trascienda el poder. Una definición que se acerca al escepticismo respecto al mundo de los valores.

Lo que es justo en cada caso, diría Trasímaco, es lo que decide quién tiene más poder. Si esto es así, entonces, todos los regímenes totalitarios y sus crímenes estarían justificados.

Luego de analizar varias ideas, Platón adoptó la que consideró más apropiada para definir la justicia: “Dar a cada uno lo que le corresponde”. Un concepto que habrá de tener gran predicamento en la cultura universal.

Aristóteles (384-322), alumno de Platón, continúa con el pensamiento de su maestro, en el sentido de que no se aparta del concepto de dar a cada uno lo que le corresponde, pero le agrega otros matices.

Aristóteles analiza la justicia como una virtud necesaria para ser felices. “Ser justo es ante todo bueno para nosotros mismos”, refiere, introduciendo un matiz olvidado en la cultura moderna, ya que sugiere que cae en desgracia no tanto quien sufre la injusticia como quien la comete.

El filósofo católico Josef Pieper sostiene que esta doctrina antigua de la justicia no hace foco, como en la actualidad, en el derecho que les asiste a las personas, y que por tanto pueden reclamar, sino que enfatiza el deber de respetar el derecho ajeno.

Según Pieper la doctrina de los derechos humanos, formulada por la modernidad, concentrada como está en las posibles víctimas de la injusticia, ha perdido de vista la vieja doctrina según la cual la justicia es un deber que obliga a respetar los derechos de los otros.

La declaración de los derechos humanos, votada en la ONU, habla en efecto de que “toda persona tiene los derechos” a la vida, la libertad, a la seguridad,  a igual protección de la ley, a circular libremente, a la libertad de reunión, etc.

Pieper se pregunta si esta “proclamación de derechos aparentemente tan agresiva, no tendrá más bien un carácter defensivo y casi de resignación, puesto que, en sentido estricto, la justicia sólo es patrimonio de aquellos que pueden dar o negar lo que pertenece a cada uno y mediante lo cual se da a cada uno lo suyo”.

Para este autor, sería más agresivo, audaz y realista “hacer sitio y hacer valer una imagen de la justicia que intente motivar al obligado, que en definitiva somos nosotros”.

Pieper cree que la doctrina de la justicia de los antiguos reposa sobre todo en el deber de ser justos con los otros, es decir en el derecho ajeno, en lugar de hacer girar todo en una reivindicación en torno a qué es lo mío o qué es lo que me corresponde.

No se trata, dice, de restarle valor al concepto de derecho como algo inherente e inalienable de las personas, sino de poner énfasis en el carácter incondicional del deber de justicia de cada quien frente a los demás.

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