La importancia de las palabras cuando hablamos de dolor

ContracturasEl dolor es la principal causa de consulta médica a nivel mundial. Prácticamente todas las alteraciones de la salud causan dolor, la diferencia se encuentra en la localización, la intensidad y la duración. Por otro lado, en la práctica diaria es habitual que las personas en situación de enfermedad quieran conocer sobre su dolor, su causa y fundamentalmente sobre las posibles formas de resolverlo.

Lic. Federico Peralta*

MN: 12024, MP: 1405

 

Gracias al desarrollo de estudios sobre la actividad del cerebro y al crecimiento de las neurociencias, muchas definiciones se han comenzado a cuestionar y modificar, lo cual obliga a los profesionales de la salud a cambiar la toma de decisiones para conseguir los mejores resultados.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor ha definido al dolor como “una experiencia sensitiva y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular real o potencial”, En esta definición se destaca la posibilidad de una lesión potencial de algún tejido. Desde un análisis enfocado en las neurociencias se puede definir al dolor como “una decisión del cerebro basada en la respuesta a una amenaza  y no como una simple medida de daño tisular”. Desde este punto de vista la respuesta de un profesional de salud en relación al comportamiento del dolor cobra un peso importantísimo. La investigación ha demostrado que responder a estas dudas en términos de lesiones en los tejidos puede generar una respuesta desfavorable, produciendo ansiedad, miedo o estrés, haciendo que el cerebro perciba esta situación como una amenaza, desencadenando una respuesta dolorosa de defensa, aun en las personas que no tienen un daño en los tejidos. Es decir, que informar en términos de “tenés una hernia de disco, por eso te duele” o “tenés lesiones por la artrosis, eso genera tu dolor” causa una evolución desfavorable en el camino hacia resolver la dolencia.

Por otro lado hay sobrada evidencia de que existe un porcentaje muy alto de personas sin dolor y con lesiones en sus tejidos. Por ejemplo, estudios sobre lesiones en los hombros, demostraron en personas entre 40 y 70 años de edad sin dolor, que el 96% tenían alguna alteración en los tejidos del hombro, identificados mediante resonancias magnetica. Otro estudio investigó la presencia de protrusiones discales en la columna cervical y se encontró que en personas de 20 años de edad, sin dolor cervical, el 70% mostraron protrusiones discales. Con esta información es más que concluyente que no necesariamente existe una relación lineal entre la evidencia de una lesión en los tejidos y la presencia de dolor.

Entonces, tanto desde un punto de vista neurocientífico como desde los datos estadísticos la forma en que se comunica una situación de dolor es muy importante e influye necesariamente en la evolución de este síntoma.

Nuestro cerebro construye relaciones de causa y efecto en base a las experiencias. Por ejemplo, cuando un niño pequeño toca por primera vez un calefactor caliente, le genera una experiencia dolorosa desagradable, con lo cual la próxima vez que quiera hacerlo tendrá información almacenada en su cerebro sobre las posibles consecuencias. Probablemente no vuelva a tocarlo o bien necesite reforzar esa experiencia. De esta manera, el cerebro del niño realizó una asociación entre tocar el calefactor y el dolor, el calefactor representa una amenaza, con lo cual preferirá tenerlo lejos. Esto, desde ya que sucede en un contexto social y cultural determinado y determinante.

Una de las situaciones más habituales que generan dolor lumbar es inclinarse hacia adelante, como para levantar algo del piso, muchas veces asociado a levantar peso. “Me agaché a juntar una caja y cuando me levante me dio una puntada en la espalda, ¡quedé duro!”. De esa forma, ante la presencia de dolor por un movimiento, el cerebro interpreta al movimiento como una amenaza, por lo cual lo limita o elimina. Esa es una de las explicaciones para que las personas con dolor lumbar tengan contracturados sus músculos. Es el recurso del cerebro para evitar el dolor. Esto también explica por qué los tratamientos fundamentados en la descontractura muscular (ya sea con masajes, miorelajantes, fisioterapia o cualquier estrategia para descontracturar un músculo) tienen resultados sólo durante el tratamiento o a corto plazo. Mientras no se resuelva el problema real y convenzamos al cerebro que mover la columna no representa una amenaza, es probable que ese dolor vuelva a aparecer. En esta situación, si la persona en cuestión asocia su dolor con alguna alteración observada en un resonancia magnética, por ejemplo, ese tratamiento y consecuentemente la evolución será peor. Una asociación posible sería: “me duele la espalda, en la resonancia magnética dice que tengo una hernia de disco, entonces me duele la espalda porque tengo una hernia. La única forma de resolver una hernia de disco es mediante una cirugía, con lo cual todo tratamiento distinto a la cirugía sólo podrá aliviar mis síntomas, pero será temporal ya que la solución real es la cirugía”. De esta forma se podrían plantear otras situaciones. Por ejemplo cuando una persona asocia su dolencia a la edad; “me duelen los años, cómo no me va a doler la espalda si tengo 80 años”. A pesar de que hay sobrados estudios que demuestran que la edad es un factor importante en relación al dolor, pero lejos está de ser determinante, es común realizar esta asociación. Hay trabajos que han demostrado que no es la edad la variable que más afecta la calidad de vida. Además, si ese cerebro entiende que duele debido a la edad, como la edad no es modificable, de hecho sólo tengo la posibilidad de tenér más años. Es muy probable que ese dolor sólo pueda empeorar con  el paso de los años.

En la práctica diaria es muy común tener situaciones en las cuales el tratamiento del dolor tiene un efecto instantáneo, es decir: ¿ahora le duele?. Si. Haga este ejercicio… ¿ahora le duele?. No, ya no me duele más. Ante esta experiencia se esperaría que ese cerebro rompa la asociación entre el dolor y la edad, ya que la misma demuestra que es un movimiento lo que modifica el dolor, no los años. A pesar de esto y de trabajar con educación a la persona con dolor, hay situaciones en las que algunas personas sostienen dicha asociaciones. “Ahora estoy muy bien, ya no me duele… pero bueno, los años no vienen solos”. En línea con los que vengo planteando, hasta que esta persona no rompa la idea de que son sus años los que generan dolor, independientemente de resolver o no la causa real, es muy probable que su dolor vuelva a aparecer, con lo cual el tratamiento no será del todo efectivo. Al menos desde mi punto de vista, la efectividad de un tratamiento se encuentra en resolver la causa del problema, dolor en este caso, y dar herramientas a quien lo padecía para que no vuelva a aparecer o, en caso de que suceda, tenga herramientas básicas para poder resolverlo

La evidencia científica cada vez es más concluyente en relación a la importancia de la comunicación entre el profesional de salud y la persona en situación de enfermedad. Es fundamental tomarse el tiempo para escuchar y dar la información necesaria con el mayor rigor científico posible, si trabajamos en la búsqueda de los mejores resultados posibles.

 

*Licenciado en kinesiología y fisiatría UBA orientado a rehabilitación neurológica, trastornos vestibulares y del equilibrio; docente UBA, investigador y responsable de CIRIC Formación Permanente.

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