La lectura bajo el dominio audiovisual

¿Existe una relación directa entre índices de lectura y desarrollo cultural y económico? ¿Corre riesgo la capacidad de pensar si se prescinde de la cultura escrita y del libro?

Los defensores de la cultura audiovisual, hoy hegemónica, tienden a minimizar el impacto del menor hábito de la lectura. Porque sostienen que la sociedad humana, como lo ha hecho en el pasado, encuentra nuevos lenguajes para comunicarse.

Los productores de la nueva cultura multimedial creen que el retorno del hombre al mundo acústico y de la imagen, que las nuevas tecnologías promueven, tiene efecto neutro desde el punto de vista cultural.

Desde esta óptica da lo mismo ver un video o disolverse en la hipertextualidad de Internet, donde el ejercicio de la lectura es periférico o está subordinado al juego de la imagen y el audio, que leer un libro.

Pero los humanistas defensores de la palabra escrita piensan que lo audiovisual no compensa, sino que tiende a una sustitución peligrosa, que hace que las sociedades caigan en la incultura.

Es la tesis del politólogo italiano Giovanni Sartori, para quien ya estamos viviendo en la era del postpensamiento, una situación de retroceso del pensamiento racional, producto de la revolución mediática.

Sartori sostiene que la palabra escrita, o la cultura del libro, no pueden sustituirse a menos que condenemos al hombre a perder la capacidad de abstracción, sin la cual no hay racionalidad.

Si eso ocurriese el homo sapiens involucionaría hacia el homo insipiens, es decir al hombre necio e ignorante. Sartori advierte que detrás de la caída del hábito de la lectura se esconde “una pérdida de pensamiento, una caída banal en la incapacidad de articular ideas claras y distintas”.

La hegemonía audiovisual está generando un tipo humano refractario a la lectura, un sujeto que según Franco Ferraroti (citado por Sartori) “prefiere el significado resumido y fulminante. Éste le fascina y lo seduce. Renuncia al vínculo lógico, a la secuencia razonada, a la reflexión que necesariamente implica el regreso a sí mismo”.

El nuevo tipo de hombre “cede ante el impulso inmediato, cálido, emotivamente envolvente. Elige el living on self-demand, ese modo de vida típico del infante que come cuando quiere, llora si siente alguna incomodidad, duerme, se despierta y satisface todas sus necesidades en el momento”.

Los lingüistas y psicólogos coinciden en que el hábito de la lectura incentiva la creatividad, diversifica los esquemas de representación del mundo y fortalece los procesos cognitivos.

A nivel colectivo se cree que la lectura hace más culta, inventiva, voluntariosa y sólida a una sociedad. También impulsa la lucha por la transparencia y responsabilidad de los gobiernos y la regulación de las clases de elite.

Hay quienes resaltan el potencial de la lectura en el desarrollo cultural y económico de un país, considerando que este hábito es un factor que explica la altura alcanzada por las naciones nórdicas y Alemania.

En Argentina Pedro Barcia, lingüista y experto en educación, se ha convertido en defensor de la cultura escrita y de la lectura. “Educamos alumnos con pobreza léxica, sin habilidad comunicativa”, viene advirtiendo.

La ley, aclara, le reconoce a ese estudiante la libertad de decir lo que piensa, “pero los alumnos no pueden armar frases y se les dificulta el pensar”. Al respecto, Barcia coincide con Sartori en que la incapacidad de pensar (postpensamiento), asociada a la falta de lectura, socava la democracia en su base, que necesita de un ciudadano pensante.

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Los defensores de la palabra escrita piensan que lo audiovisual no compensa, sino que tiende a una sustitución peligrosa, que hace que las sociedades caigan en la incultura.

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