La Navidad, en la memoria del pago

navidades_belenLa Navidad es una de esas fiestas que han estado presentes en la formación de la sociedad nativa, allá por la época colonial. Un testimonio de la huella que imprimió el cristianismo en nuestra cultura, de la mano de los conquistadores españoles.

 

Según el historiador nogoyaense Juan José A. Segura, la primera misa católica alusiva al nacimiento de Jesús fue celebrada en territorio entrerriano por el jesuita Padre Policarpo Dufó, quien fuera capellán de la expedición que contra los aborígenes dirigiera el maestro de campo Francisco de Piedrabuena en 1715.

En la crónica que dicho clérigo presentó al rector de las Misiones de la Compañía de Jesús hizo constar que, sobre la margen de un río que llaman “Aycan”, celebró “las misas de la Natividad del Señor Dios recién nacido” (El lugar en que esto ocurrió se especula que se encuentra en el actual departamento Gualeguaychú).

El “pesebre” o nacimiento del Niño Jesús, es una tradición introducida al Nuevo Mundo por los frailes, probablemente franciscanos, durante la colonización y evangelización ibérica a partir de los siglos XV y XVI.

El musicólogo Presbítero José Zaninetti, en su “Antología de Cánticos Sagrados”, apunta que en los pesebres entrerrianos se cantan los tradicionales villancicos.

Los más divulgados son aquellos de “Vamos a Belén”, “Venid, venid cristiano” y “Entornen tiernos cánticos”, melodías populares que, con otras expresiones de carácter religioso, impregnan las fiestas de esta época.

José S. Alvarez, más conocido como Fray Mocho, en su artículo “Navidad, Recuerdos y Comentarios”, publicado en Caras y Caretas en 1898, ofrece una semblanza de la navidad entrerriana.

Dice: “No eran por cierto fastuosas las fiestas con que, en mi infancia, vi en mi provincia natal (Entre Ríos) cómo celebraba el pueblo la Pascua de Navidad; pero sí eran alegres y sentimentales y no quedaba rancho, por aislado y pobre que fuera que no se engalanara -aunque más no fuese que con yuyos verdes, donde las linternas venían a encender sus farolitos vistosos – y no hiciera, alumbrado por la luz titilante de los candiles, su pequeño Nacimiento, formado sobre un cuero estaqueado, si no había mesa disponible, cerrando la puerta del mojinete, cuyo frente, carpido y barrido -orlado por una fila de troncos rugosos y de cabezas de vaca, que servían de asientos, presididas a veces por un par de sillas rezongonas y desvencijadas”.

El armado de algunos pesebres, en la época antigua, incluía la presencia de pequeños muñecos de madera o de barro vestidos a la usanza del país, con chiripá y poncho terciado sobre el hombro, según cuenta Silvia Razzetto de Broggi.

La historiadora local trae a colación un artículo de ‘El Noticiero’ de Gualeguaychú, de diciembre de 1881, donde habla de que a falta de imágenes, el nacimiento podía presentar “una rama simulando un árbol con nidos de pajaritos, y cáscaras de huevos de avestruz, mates bordados, muñecas con cara de yeso y cualquier objeto que fuera motivo de admiración como por ejemplo, vidrios de colores, una taza de loza, un pañuelo de seda, las botas nuevas del dueño de casa, sus espuelas, su facón”.

La fiesta era pretexto de alegre reunión, en el campo y en la ciudad, comenta

Razzetto de Broggi, quien agrega que antes de finalizar el siglo XIX, la llamada “Nochebuena” solía esperarse en la iglesia, participando en la Misa del Gallo, después de lo cual se reunía la familia alrededor de una mesa provista de rica comida.

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