La necesidad de ser alguien diferente

Aristóteles definió al hombre como “animal gregario”, sugiriendo que suele someterse a lo establecido por la sociedad en la que vive. Aunque también es cierto que es un ser que busca separarse, distanciarse del resto.

La sociedad es aquello en lo que caemos al nacer y en cuyo cauce andamos necesariamente toda la vida. De alguna manera somos hechos a “imagen y semejanza” de nuestro entorno.

Socialización, así se le llama al proceso mediante el cual el individuo interioriza la ideología de una sociedad determinada, que indefectiblemente “uniformiza” a sus miembros.

Primero a través de la familia y luego mediante el resto del entramado institucional (escuela, iglesia, trabajo) la convivencia ejerce una presión colectiva sobre los sujetos, con el fin de adaptarlos a sus patrones de pensamiento y conducta.

La sociedad se impone al individuo, en forma coactiva y desde el exterior, sobre todo a través de sanciones. Toda la mecánica social se pone en funcionamiento para cercar a los sujetos dentro de los límites del grupo.

Sin embargo, en el hombre gregario hay un instinto que lo motiva a salir de sí  mismo y su entorno. Una tendencia que hace que se resista a la “correntada” de lo establecido, a romper en suma las vallas sociales.

El tema ha desvelado a los sociólogos: es necesario que el hombre viva en sociedad, porque esto es una exigencia que crea la convivencia; pero a la vez en los individuos hay un deseo de no ser común, de ser distinto, diferente.

Esta exigencia de ser alguien, de tener “carácter” o personalidad, de apartarse de los congéneres, es tan fuerte como el deseo humano de ser al mismo tiempo aprobado por el grupo, de aceptar sus condiciones para evitar el aislamiento.

Es decir hay una situación en la cual hay que salir y no hay que salir, una exigencia de integrarse al orden social, a través de la familia, el oficio y demás, pero a la vez un instinto por desbordar los marcos rígidos en que queda colocada la individualidad.

Para explicar este problema del comportamiento humano el filósofo Henri Bergson hace la distinción entre la moral cerrada y la abierta. Según dice, la moral cerrada es la expresión de la coerción que el “yo social” ejerce, a través de los deberes y obligaciones de origen comunitario, sobre el “yo individual”.
Pero a la vez Bergson reconoce que la otra fuente de la moral es la “aspiración personal”, una emoción creadora por la cual el hombre escapa de los límites del grupo, dándole vitalidad y apertura a la vida.

El hombre canaliza su deseo de singularidad de diversa manera. Ser diferente, por ejemplo, se ha vuelto un ideal frente a la “masa”, palabra que describe al hombre reducido al mínimo común denominador; es decir, “nivelado por lo bajo”.

Pero declararle la guerra a la omnipotencia de las convenciones en vigor en cada época, asumir que muchas veces el precio de la libertad es el aislamiento social, supone una dosis de coraje nada desdeñable.

La sociedad de consumo se ofrece como un mecanismo para satisfacer esta necesidad de individuación. Como escribía el filósofo Erich Fromm: “Los consumidores modernos pueden etiquetarse a sí mismos con esta fórmula: yo soy aquello que tengo y aquello que consumo”.

En este sentido, los consumidores tienden a rodearse de objetos que no son ni funcionales ni útiles, pero que son caros y difíciles de obtener. De este modo, marcan su “distancia” con respecto de los demás y exhiben su superioridad.

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