La pena capital, castigo controversial

Este año el presidente de Turquía se refirió a un posible restablecimiento de la pena de muerte en ese país, un castigo que se aplica en 58 Estados y territorios alrededor del mundo, incluido Estados Unidos.

“Si el pueblo quiere la pena de muerte, los partidos cumplirán su voluntad”, sostuvo en agosto de este año, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en Estambul, ante una muchedumbre.

Esas palabras supusieron una provocación para la Unión Europea, donde la pena capital está prohibida. Ningún país europeo la aplica, excepto Bielorrusia.

Casi dos tercios del mundo, es decir, 141 países, han abolido la pena de muerte legalmente o en la práctica, según un recuento de Amnistía Internacional. En cambio, se aplica en 58 Estados y territorios, por ejemplo en Estados Unidos y en todos los países de Oriente Próximo.

Estados Unidos es el único país occidental que sigue aplicando la pena de muerte. El presidente saliente, el demócrata Barack Obama, la apoya en casos extremos; el entrante, el republicano Donald Trump, la respalda sin matices.

La medida se inspira en la Ley del Talión del Antiguo Testamento: “ojo por ojo, diente por diente”. Ello implica que el crimen y el castigo deben ser equivalentes no sólo en severidad sino en naturaleza.

Al respecto se esgrime que la única reparación cabal del asesinato es la pérdida de la vida. Los defensores de la pena capital sostienen, en efecto, que es justo castigar los crímenes más serios (asesinato u homicidio) con la pena más severa.

Además alegan que la sanción tiene consecuencias beneficiosas en términos de disuasión y de incapacitación. En el primer caso se argumenta que la pena capital consigue salvar vidas inocentes al desalentar a potenciales asesinos.

Se trataría del elemento disuasorio más eficaz para asesinatos premeditados, ya que se está frente a una pena (la muerte) mucho más temida que la prisión.

En cuanto al argumento de la incapacitación se plantea desde una óptica preventiva para que los agresores actúen de nuevo. Aquí se entiende que la pena de muerte puede terminar de forma permanente con la amenaza que suponen los asesinos más peligrosos.

Los abolicionistas, en tanto, rechazan todos estos argumentos. Replican que el valor disuasorio es dudoso en el mejor de los casos, que el encarcelamiento brinda la misma incapacitación, y que la instauración de la pena de muerte envilece a la sociedad.

Pero probablemente el argumento de más peso contra la pena de muerte tiene que ver con la certeza de que se ha ejecutado a inocentes y de que se los seguirá ejecutando.

En los últimos años, esta cuestión se ha convertido en uno de los temas centrales en el debate estadounidense, ya que la experiencia ha demostrado la falibilidad de esta institución, el peligro que puede llegar a suponer.

Por ejemplo, entre 1973 y 2013 se exoneraron más de 140 personas que estaban presas en el corredor de la muerte, como resultado de quedar probada su inocencia.

Además, estos reclusos se libraron de la muerte porque su inocencia pudo demostrarse a tiempo (ya sea porque el asesino real terminó confesando los hechos; por el descubrimiento, en el último momento, de pruebas de ADN que no se correspondían con la persona que iba a ser ejecutada).

Otra de las cuestiones que se debate en Estados Unidos es la influencia que tienen el color de la piel y el nivel socioeconómico. Al respecto, se habla de la discriminación racial y la tendencia a ejecutar a personas sin recursos económicos.

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