La pérdida de la diversidad lingüística

Cada 14 días muere un idioma, según la Unesco, un dato inquietante si se piensa que la pérdida de una lengua implica la muerte a la vez de una cultura, de una manera de ver el mundo.

La información da cuenta que el fallecimiento el mes pasado en la selva del norte de Perú de la última mujer hablante de resígaro, implica la extinción de esa lengua indígena del Amazona.

En tanto con la desaparición física en julio pasado de Tommy George, el último hablante de awu laya, una lengua aborigen de Australia, murieron 42.000 años de historia y conocimientos transmitidos de forma oral.

Con la muerte en 2004, a los 98 años, de Yang Huanyi, desapareció el nushu, un sistema secreto de escritura empleado durante al menos cuatro siglos por las mujeres chinas para burlar el control de los hombres.

Otras lenguas penden de un hilo, es decir de que su extinción sobrevendrá cuando dejen de existir sus últimos hablantes.

Es el caso del idioma yagán de Tierra del Fuego, hablado por Cristina Calderón, nacida el 24 de mayo de 1928, que hoy vive en Puerto Williams, un asentamiento militar chileno de la Isla Navarino.

Charlie Mangulda, por otro lado, es la última persona en la Tierra que habla y entiende el amurdag, el lenguaje oral de un grupo de aborígenes del norte de Australia.

Según la Unesco, en los últimos 10 años han desaparecido más de 100 lenguas; otras 400 están en situación crítica, y 51 son habladas por una sola persona. La estadística revela que cada 14 días muere un idioma.

Según las proyecciones, a este ritmo, la mitad de las 7.000 lenguas y dialectos que se hablan hoy en el mundo se extinguirán a lo largo de este siglo. Para los lingüistas, un daño equiparable a la extinción de una especie.

Así como la muerte de las plantas, los animales y los ecosistemas supone la pérdida de la biodiversidad en el plano puramente natural, en el universo cultural la extinción de una lengua implica no sólo la muerte de las palabras, sino el contenido al que daban forma: siglos de historia, leyendas, ideas, canciones transmitida de generación en generación.

Ante la perspectiva de que muchas lenguas puedan desaparecer sin dejar rastro, se han activado algunos emprendimientos orientados a preservar este acervo lingüístico.

Existe por ejemplo el proyecto Enduring Voices (Voces Imperecederas) de National Geographic, a cargo de  David Harrison, profesor de lingüística del Swarthmore College en Pensilvania (Estados Unidos).

Harrison ha viajado por todo el planeta, desde Siberia y el Cáucaso hasta el norte de Australia, pasando por el sur de México o las islas más remotas de Indonesia, entrevistando a los últimos guardianes de lenguas minoritarias en riesgo de desaparecer.

El equipo de Enduring Voices ya  presentó los primeros frutos de su trabajo: ocho diccionarios sonoros y visuales de idiomas moribundos, donde 32.000 palabras han sido salvadas del olvido.

El lenguaje es el sistema de simbolización que conecta a los seres humanos entre sí. “La palabra es nuestra morada, en ella nacimos y en ella moriremos; ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia”, escribió el mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura.

Al tiempo que es un sistema único y prodigioso de expresión, el lenguaje porta una concepción del mundo. Y en este sentido condensa la memoria y la identidad de un pueblo.

De aquí se desprende, por tanto, que cuando una lengua se muere, no solo se apagan las voces, sino que desaparece una forma de vivir y de ver las cosas.

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