La receta americana contra la relocalización

trumpEl proteccionismo que encarna Donald Trump da por tierra con la creencia de que la globalización fue una trampa montada por los países ricos para someter a los pobres.

¿A quiénes ha beneficiado la mundialización del capital, la apertura global del mercado? Una lectura convencional postula que a los países centrales de Occidente, es decir a las potencia industriales.

Pero a juzgar por el malestar instalado en el corazón del mundo rico y la emergencia del proteccionismo en Estados Unidos, de la mano del presidente electo Trump, hay razones para creer que ha sido el mundo “periférico” el principal beneficiado.

Resulta que la mentada “globalización” es vista hoy como la bestia negra del apocalipsis en aquella zona del mundo (EE.UU. y Europa) donde el capitalismo alcanzó las más altas cotas de desarrollo industrial.

Si la mundialización del capital fue una estratagema de los países poderosos para abusarse de las naciones más débiles, parece entonces que algo les salió mal.

En efecto, para muchos analistas la comunista China ha sido la vencedora incontestable, inesperada y afortunada de la globalización, de suerte que la libertad de acción a las multinacionales acabó siendo una trampa para Occidente.

Los líderes de los países centrales, que alentaron la mundialización tras la caída del Muro de Berlín, nunca imaginaron que estaban construyendo con ello una potencia asiática que los desafiaría.

Al cabo de algunas décadas de globalización esos líderes han tomado nota de que el aparato productivo de los países centrales, como efecto de ese proceso, está por completo “deslocalizado” en Asia y Latinoamérica, la llamada “periferia”.

Ahora Trump y buena parte de la opinión pública americana que lo votó están intentando hacer que las multinacionales estadounidenses que en estos años, buscando mayores beneficios, trasladaron su producción a México, detengan este proceso.

El presidente electo está jugando fuerte contra los fabricantes de coches, uno de los pilares industriales de Estados Unidos. Semanas atrás presionó, a través de su cuenta en Twitter, sobre General Motors (GM), asegurando que la firma quería producir en México el utilitario Cruze, que se vende bajo la marca Chevrolet.

“Hazlos en EE.UU. o paga una tasa más alta en la frontera”, advirtió el magnate, quien llegó a decir que era una “vergüenza” que GM trasladara toda la producción de sus utilitarios más pequeños a tierra mexicana para elevar así su rentabilidad.

Las noticias al respecto dan cuenta que el presidente electo está amenazando a las empresas de su país que osen trasladar allí sus fábricas. Y la estrategia le estaría funcionando. Logró primero detener la migración de la fábrica de aparatos de aire acondicionado Carrier.

Volvió a reiterar estos días la intención de aplicar una tarifa del 35% a la importación de coches de origen americano producidos en México, y consiguió que Ford Motor diera marcha atrás con su plan de expansión en ese país.

Esa firma, que es la segunda fabricante de autos en Detroit, acaba de anunciar la cancelación de una inversión de U$S1.600 millones en el país latinoamericano. A cambio, destinará U$S700 millones a expandir la producción de coches eléctricos en Michigan.

Ford cambió sus planes ante el recrudecimiento del discurso proteccionista de Trump y de otros políticos que criticaron a las grandes corporaciones por deslocalizar empleos hacia regiones menos productivas y con los costos laborales más bajos.

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