La Resolución 125 o el día que nació la grieta

Resolución 125

Para muchos fue el día que nació la grieta, y es probable que así sea aunque el veredicto final lo tendrá la historia. Aquel día de marzo del 2008 nadie imaginó lo que vendría y hasta dónde llegarían las esquirlas. Hoy, todavía, esas heridas no se cerraron.

 

Jorge Barroetaveña

 

 

“El campo”, como se conoce a la ruralidad en la Argentina, siempre vivió tranqueras para adentro. Los mismos dirigentes admiten hoy que uno de los grandes cambios que provocó el aquelarre de la 125 es que los obligó a salir a dar explicaciones, a contar lo que hacen y a mostrarle a buena parte de la gente que no son la ‘oligarquía’. Fue quizás, el ejercicio más severo que tuvieron que enfrentar, más allá de las implicancias políticas que tuvieron las protestas.

La 125 fue, en rigor, el punto final de una historia que había arrancado varios años antes, con la imposición de las retenciones al sector durante el gobierno de Eduardo Duhalde. Con Kirchner se incrementaron y, si bien los precios internacionales de la soja ayudaban a disimular la exacción, la cuestión estaba latente. La soja se fue convirtiendo, lenta pero segura, en el último refugio productivo con rentabilidad. Miles de productores vendieron las vacas que les quedaban (ya habían cerrado la exportación) para dedicarse a la soja. Productores pequeños, medianos y grandes consagraron su destino a ese ‘yuyito’ verde. Sin saber esto es difícil explicar el conflicto de la 125, que alejado estuvo de cuestiones políticas o institucionales en un principio, aunque luego derivó en una crisis de gobierno.

 

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El conflicto, que provocó un cisma con el gobierno de Néstor y Cristina, fue el verdadero nacimiento de la grieta. Aquella imagen de TN con la pantalla partida, con los Kirchner encabezando un acto multitudinario en la Plaza y el campo otro igual o mayor aún, patentizó la pelea y la instaló en otro terreno. Ni los medios se salvaron de la debacle, porque Néstor nunca le perdonó a TN su postura cercana a los sectores productivos. Si bien a esa altura la relación estaba tensa (afirman que no quería ceder a las pretensiones de Clarín sobre la telefonía), la 125 fue la chispa que provocó el incendio. Si hasta esa pelea derivó en una nueva Ley de Medios, hoy fantasma, pensada y pergeñada sólo para pasarle factura a Clarín.

La 125 también dañó para siempre la relación de Cristina con su vice, Julio Cobos, un radical K convertido y reconvertido hoy, que fue el responsable de ponerle la lápida a la iniciativa con  el famoso voto para desempatar en el Senado. Cristina se quedó sin vice hasta que, en su segundo mandato, lo pudo ungir a Amado Boudou.

Con la magnitud del conflicto, los Kirchner se enemistaron no sólo con la ruralidad, de gran influencia en el interior del país, sino también con los grandes centros urbanos que, directa o indirectamente, se nutren de ella. Claro que no es lo mismo Capital que el Gran Buenos Aires en comparación a Rosario, Córdoba o Salta. Indirectamente, la pelea, llevó al kirchnerismo a reforzar su relación con el Conurbano y desentenderse de lugares que consideraba esquivos a sus pretensiones de permanencia.

La 125 provocó la derrota del oficialismo en las legislativas del 2009. Un ignoto como Francisco de Narváez, con el lema “yo tengo un plan”, le ganó al mismísimo Néstor en Buenos Aires. Lo hizo en una alianza rara con Felipe Solá y un tal Mauricio Macri, que hacía sus primeros pininos como Jefe de Gobierno porteño. La victoria opositora desembocó en la llegada de muchos legisladores vinculados al campo que pasaron sin pena ni gloria por el Congreso. Terminaron diluidos en la inmensa mayoría que tenía el gobierno, pero fue un buen aprendizaje. Hoy, muchos que jamás hubieran pensado hacer militancia gremial agropecuaria forman parte de los parlamentos, son intendentes o simplemente tienen una activa participación que canalizan de distintas maneras. Algo impensado para el sector antes de la 125.

La pelea sirvió para visibilizar la problemática de muchas economías regionales, su importancia y problemática. Los tambos y su crisis terminal llegan hasta hoy y el actual gobierno tampoco acierta con las soluciones.

Los más osados en el análisis se atreven a sostener que Macri empezó a recorrer el camino que lo llevó a la Rosada desde aquellos días. Pese a que no tuvo un gran protagonismo y apenas balbuceó algunas definiciones, la circunstancia lo pusieron en un lugar de privilegio político: era el único opositor que gobernaba un distrito de relevancia como la Ciudad de Buenos Aires. Cristina y sus dislates hicieron el resto del trabajo.

Aquella madrugada de julio, cuando Cobos esbozó el intrincado voto “no positivo”, algo se rompió definitivamente. La grieta quedó frizada entre los que estuvieron de un lado o del otro, y sigue hasta nuestros días aunque morigerada y seguramente en vías de extinción.

Pero la Argentina no volvió a ser la misma. El campo aprendió que de poco le sirve vivir pensando en sus propios intereses. Que de su inserción en la comunidad depende su supervivencia y que no hay salvación única posible sino es colectiva. Y para eso hay que hacer política y utilizar todas las herramientas que las instituciones democráticas ponen al alcance de cualquier ciudadano. Claro que el aprendizaje todavía continúa.

 

 

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