La última tropeada de un paisano de ley

Hombre de campo, persona de bien, solidario, compañero, amigo de sus amigos, Roberto Melchiori dejó este mundo un 24 de diciembre en su querida Villa Dominga, en la zona rural de Sarandí.Ñato

 

Muy pocos lo llamaban por su nombre. Todos le decían Ñato, y seguramente así se lo recordará. Un productor agropecuario que nació, se crió,  formó como persona, y  conformó una familia en su Sarandí natal, donde terminó sus días.

 

Siempre con una sonrisa a flor de labios, el apretón de manos firme y sincero y cientos de anécdotas para contar y compartir con quien sea. Villa Dominga y Sarandí fue su casa, en tanto que la Sociedad Rural fue su segundo hogar. En la institución  cumplió distintas funciones, resaltando la de Comisario en distintas exposiciones, función que cumplió hasta hace cinco años, cuando tomó la posta Mateo Buschiazzo.  Conocía cada calle, corral, manga de la rural como la palma de su mano, marcada por los rigores del clima y el trabajo. Amigo de Juan Zimmerman ( fallecido) y Francisco Naeff, hombres de a caballo, de los que ya casi no quedan. En cada ocasión que se juntaban afloraban recuerdos de tiempos mejores y tropeadas.

Asiduo concurrente a los remates ferias, tenía reservado su lugar debajo de la tribuna, donde se sentaba, y veía el desarrollo  de los remates, punto de reunión, tiempo atrás, de productores de distintas zonas.  Cada vez que le pedían un consejo, lo daba  sin reservarse nada. Transmitía sus conocimientos al que se lo solicitara. Ya retirado de la actividad -como Comisario-  recorría las muestras con su clásica vestimenta. Bombacha de campo, botas de cuero, camisa, pañuelo y sombrero; mientras que cuando trabajaba lo hacía con sus clásicas bombachas de campo y las infaltables alpargatas   El Ñato comenzó a trabajar de gurí. Ayudaba a sus padres (Antonio Melchiori y Ángela Marchesini), en las tareas de ordeñe que daban inicio a las cuatro de la mañana, sin importar si era feriado o día festivo, en tiempos en que no existían los fines de semana largo, además de las duras tareas de campo, en donde siempre había que hacer algo. Arreglar un alambrado, vacunar un animal, curar una bichera, capar un ternero, trabajar la tierra con un tractor y un arado, dejar en condiciones una sembradora,  tareas que se aprenden en el terreno  mismo. Siempre al pie del estribo, tripulando un tractor-sin cabina y los adelantados tecnológicos de hoy día –  soportando las crudas heladas de invierno.  Aprendizajes, experiencias  que transmitió a sus hijos con el cariño y la paciencia que solo un buen padre puede hacer.  Tenía en mente hacer lo mismo con sus nietos. Enseñarles los secretos del mundo rural, como lo hizo con sus hijos. Cosas sencillas como andar a caballo y demás, para que no se pierda el amor por el campo.

Recorría su establecimiento con una yegua tordilla que extraña su presencia, al igual que sus perros, fieles compañeros en cada recorrida.

Concurrió a la Escuela 7, de la cual fue partícipe de distintas comisiones, al igual que en la capilla Santa María Goretti. En sus tiempos jóvenes jugó al fútbol con muchachos de su época, en las viejas canchas de Sarandí, ante equipos rurales, tales como Pehuajó, Perdices y El Potrero.

En el campo hizo de todo un poco. Trabajó en la parte agrícola, siembra de lino y trigo, pero su fuerte estaba en la ganadería.  Una persona generosa, solidaria, servicial que hasta hizo las veces de productor periodístico. Tiempo atrás un cronista de ElDía  pidió hacer una nota con personajes de Sarandí y se puso en campaña. Rápido consiguió una entrevista, y en su Renault 18 se concretó la nota con los hermanos Sánchez, con Melchiori como guía  y chofer.

Amante del campo y lo que significa vivir en la ruralidad, nunca quiso dejar esa vida. Junto a su esposa  Raquel, criaron en los valores del trabajo, educación y respeto a Javier, Ramiro y Valeria, quienes le dieron 9 nietos que eran los ojos del  Abuelo Ñato.

Lamentablemente, la muerte lo sorprendió cuando disfrutaba de todo lo producido a lo largo de décadas de trabajo. Era uno de los pocos que quedaban  habitando el campo, en una zona donde abundan taperas y montes que marcan un éxodo rural importante.

Se fue el Ñato, un hombre que dejó un legado que sus descendientes y amigos siguen  al pie de la letra.

La última nota

Fue-como no podía ser de otra manera- en los corrales de la rural en una mañana de septiembre en la pasada  exposición

En aquel entonces señaló que la SRG  le brindó “muchas satisfacciones, pero por sobre todas las cosas amigos, que es la riqueza más grande que puede tener una persona”.

Comentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.