La utilidad de tener un enemigo a mano

Donald TrumpTodo el mundo necesita tener un enemigo en quien descargar debilidades y errores. Y si no existe, hay que inventarlo. Así funcionan los países, los sistemas y cada uno de nosotros.

Ocurre que el antagonista es una figura imprescindible, toda vez que nos permite definir nuestra identidad y medir nuestro sistema de valores. La historia de la humanidad, con sus guerras y conflictos, corrobora esta dialéctica de la especie.

Esta es la tesis de una conferencia que Umberto Eco dio en la Universidad de Bolonia (Italia), en 2008, cuyo contenido revelaría todo su sentido de la ironía, según la crítica.

¿Pura provocación intelectual? ¿Un modo de llamar la atención sobre el hecho de que el Otro y sus diferencias nos hace sentir vulnerables? ¿Una concesión resignada a Thomas Hobbes, para quien “el hombre es lobo del hombre”?

Eco cuenta que en una ocasión tomó un taxi en Nueva York, conducido por un paquistaní, y éste lo sorprendió con una pregunta “¿Quiénes son sus enemigos?”.

Le respondió que, de momento, su país no estaba en guerra con nadie o, en todo caso, estaba en una soterrada contienda contra sí mismo. La respuesta decepcionó al conductor, ya que un país sin adversarios carecía de identidad.

La inquietud del taxista era más profunda de lo que parecía. Llevó a Eco a pensar que, efectivamente, nada nos define tanto como un buen antagonista: soy por oposición al otro.

La pareja identidad-otredad es inseparable, constitutiva, y al mismo tiempo altamente peligrosa y explosiva. Por la sencilla razón que el otro puede funcionar como un catalizador del odio y la desconfianza.

Es la ideología de todos los nacionalismos: culpar al otro de los propios desastres, construir un enemigo externo sobre quien descargar todo el odio posible, para mantener el “orgullo nacional” en alto.

El nuevo presidente norteamericano, el magnate Donald Trump, le ha fijado a Estados Unidos los nuevos enemigos de ocasión: internamente la inmigración hispana y las “élites de Washington”, hacia fuera el “terrorismo islámico” y los países que les han robado el empleo a los estadounidenses: China y México.

Trump le da la razón a Eco, quien en su conferencia de 2008 ya había advertido que la caída del Muro de Berlín, que supuso la disolución del gran enemigo soviético, afectó más sin embargo a Estados Unidos.

En este sentido, sostenía que lo que interesaba estudiar era “no tanto el fenómeno casi natural de identificar a un enemigo que nos amenaza como el proceso de producción y demonización del enemigo”.

Eco repasó algunos de los numerosos casos de invenciones de enemigos, y el odio alimentado contra los judíos, los negros, los leprosos, los inmigrantes. Recuerda a la Inquisición: “En los procesos de brujería no sólo se construye una imagen del enemigo, y no sólo la víctima al final confiesa incluso lo que no ha hecho, sino que al confesarlo se convence de haberlo hecho”.

En otra parte trajo a colación el libro ‘1985’ de George Orwell, en el que se describen los programas de odio cotidiano que se propinan a la población.

El autor de ‘El Nombre de la Rosa’ sostuvo que “podemos reconocernos a nosotros mismos sólo en presencia de Otro, y sobre este principio se rigen las reglas de convivencia y docilidad”.

Sin embargo, añadió, “más a menudo, encontramos a ese Otro insoportable porque de alguna manera no es nosotros. De modo que, reduciéndolo a enemigo, nos construimos nuestro infierno en la tierra”.

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