Las verdades que esconde el tarifazo o cuando se hacen los boludos

En el país de los boludos es lógico que todos quieran hacerse los boludos. El debate por el tarifazo dejó al descubierto la irrealidad del Estado en todas sus caras, que quiere recaudar por donde puede. Y brindar servicios escuetos, por no decir inexistentes en muchos casos.

 

Jorge Barroetaveña

 

La brutalidad del tarifazo en su máxima expresión fue el velo que descorrió miserias al por mayor y la rueda del ‘lávese las manos’ que es lo más seguro para no hacerse cargo de nada. En la Argentina la carga impositiva que soportan los ciudadanos se ha vuelto asfixiante. Sucede que los aumentos de tarifas en los dos últimos años han dejado al descubierto en toda su expresión semejante aquelarre.

Cada estamento del Estado hace su aporte. Cada uno recarga en boletas de servicios, productos de primera necesidad y hasta autos su fenomenal ineficiencia como forma de disimular otras alternativas de financiamiento. De muestra basta un botón: en Entre Ríos la mitad de una boleta de luz son impuestos. A esto contribuye la Nación con el IVA, la provincia y los municipios con tasas que sirven para pagar la propia luz que consumen o reinvertir para comprar lámparas LED como hacen en Gualeguay. También hay otro ‘socio’, la propia empresa de energía que debe cobrar por prestar el servicio y le debe quedar algún margen para reinvertir y que cada verano no nos quedemos sin luz. Estos costos de ‘intermediación’ estatales o para-estatales se suman al costo neto de la energía. Ergo: si aumenta el costo de la energía, aumentan todos los demás ítems en forma proporcional. Ganan todos menos el pobre usuario que es el que tiene salir a bancar la parada.

Por eso el debate por las tarifas eléctricas esconde algo mucho más profundo y es el modelo de país que queremos y que hoy estamos lejos de tener. Es fácil sostener que en los países desarrollados la energía es cara, que la sociedad está acostumbrada a ahorrar y buscar alternativas no contaminantes. En esos mismos países el peso de los impuestos suele llegar a la mitad de los ingresos de una familia. Pero los servicios que le brinda ese mismo Estado son impecables en educación, salud o seguridad. Las rutas son seguras y transitables y existe una red de contención social amplia que abarca a todos los sectores de la población. Para muchos ese modelo de Estado entro en crisis, aunque noruegos o suecos no opinan lo mismo.

Argentina tiene, como pocos países de América, una educación pública y gratuita. Una salud también pública y gratuita que, ojala por mucho tiempo, no distingue nacionalidades ni condición social. Pero eso tiene un costo alto para mantener y habría que preguntarse a esta altura si los argentinos siguen dispuestos a hacerlo. Lo que está en discusión es un modelo de país inclusivo que necesita de una inmensa cantidad de recursos para ser algo más que realidad virtual.

Es cierto que la educación es pública y gratuita pero, ¿es de buena calidad? ¿Preparamos a las próximas generaciones para los desafíos futuros del mercado laboral? Es cierto que los hospitales atienden a todos pero, ¿hay recursos humanos suficientes? ¿Los sueldos son acordes al servicio que se presta? La infraestructura acompaña el crecimiento de la demanda creciente? La lista bien podría seguir con la seguridad y la policía, el estado de nuestras rutas donde la gente se mata todos los días o la ausencia imberbe de vías férreas que permitan llevar nuestra producción en forma barata, impactando en el bolsillo del consumidor final, disminuyendo los famosos costos de intermediación.

Ese estado que tenemos está bastante lejos del que queremos y es un debate que muchos se resisten a dar, por conveniencias personales o políticas. Es algo incluso que va más allá de donde sale la plata. Primero es el modelo y después ver cómo se financia. Hoy discutimos de donde sale la plata, sin fijarnos demasiado qué se va a hacer con ella. Si se gasta mal, se roba no habrá plata que alcance para la utopía.

El gobierno nacional le tiró la pelota a las provincias y los municipios. Rápidos de reflejos los gobernadores hicieron cola para contestar. Hasta Cornejo, el radical mendocino que levanto la voz, se hizo el desentendido. Frigerio, por los palos, remitió un correo electrónico a todos los ministros de economía y les aviso que si bajan el 21% de IVA coparticipable las provincias se quedaran sin 20.000 millones de pesos.

Conclusión: es imposible bajar la carga impositiva de las boletas si todos no hacen su aporte. Aparte quedará el debate del costo de la energía, incrementado por la escasez que llevó al país a convertirse en importador de un bien clave.

Nos hemos acostumbrado a convivir entre lo que queremos ser, lo que somos y lo que fuimos. En el medio van décadas de retroceso que dejaron al 30% de los argentinos en la pobreza. Ya no sirven los pretextos ni echarle la culpa a nadie. El espejo está roto de tanto devolvernos la cruda realidad. Raro que un debate ‘pequeño’ como el de las tarifas, oculte tantas cosas. Lo bueno es que sirve para recordarnos que las mentiras, todas, tienen patas cortas.

 

 

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