Libre o intérprete de un libreto ajeno

No elegimos la familia en que hemos nacido. Tampoco la época, el país, la educación, ni la sociedad en la que vivimos. ¿Somos realmente libres, entonces?

En la filosofía existe una vieja discusión acerca de si el hombre elige realmente la vida o ésta le es impuesta. El enigma del destino y del libre albedrío ha dejado perplejos, desde tiempos remotos, a los pensadores.

¿Somos autores de nuestra propia biografía o, en realidad, interpretamos un libreto escrito por otro?  ¿Elegimos lo que somos o en nosotros hay algo ya decidido, con independencia de nuestra voluntad?

A poco que se analice se cae en la cuenta que no hay una decisión, tomada libremente por uno mismo, para llegar a ser. Nadie ha sido consultado, se diría, respecto de su existencia.

Este hombre que soy, perteneciendo a esta sociedad, a este tiempo histórico, con este cuerpo y en este espacio, es resultado de algo distinto de mí mismo.

Uno ha “recibido”, por otro lado, las cargas de herencia de los antepasados, al igual que la estrechez por la situación histórica y social. Se dice, con razón, que la familia no se escoge, se acepta.

Parece evidente que los miembros que conforman cada grupo familiar son lo que son y no es posible cambiarlos por otros. La persona experimenta, en suma, que no existe ni vive en virtud de ninguna opción que él haya hecho.

Desde este punto de vista la personalidad que nos caracteriza ofrece muchos aspectos que “nos han sido dados”. Al punto que los psicólogos plantean que es un signo de madurez “aceptarnos”.

De hecho hay quienes sostienen que nuestro destino está escrito en las estrellas. Es el caso del científico Albert Einstein, para quien todo el Universo, incluidos los seres humanos, sigue unas leyes y principios preestablecidos.

“Todo está determinado, tanto el principio como el fin, por fuerzas sobre las cuales no tenemos ningún control. Está determinado para los insectos así como para las estrellas. Seres humanos, vegetales, o polvo cósmico, todos bailamos al son de una tonada misteriosa entonada en la distancia por un intérprete invisible”, escribió en su libro “Ideas y opiniones”.

Einstein no creía en el libre albedrío, estudiaba a Arthur Schopenhauer y otros que creían en el determinismo. “En modo alguno –dijo- creo en el libre albedrío en sentido filosófico. Todo el mundo actúa no sólo bajo la compulsión externa sino también de acuerdo a una necesidad interna”.

Y añadió: “Lo que Schopenhauer decía ‘un hombre puede hacer lo que desee pero no puede desear lo que quiera’ ha sido para mí una verdadera inspiración desde mi juventud, un consuelo constante frente a las dificultades de mi vida tanto como la de los otros, ha sido una fuente incalculable de tolerancia”.

Sin embargo, están los defensores del libro albedrío, para quienes no hay nada determinado, sino que todo está abierto. Jean Paul Sartre, por ejemplo, dijo que el hombre está “condenado” a elegir.

Y el poeta Antonio Machado confirma esta visión con estos versos: “Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”.
Desde aquí se plantea, además, un interrogante: si todo está predeterminado ¿cómo introducir la responsabilidad moral? Si no hay libertad nuestros actos no son morales y así cualquier barbarie o hecho criminal estaría justificado.

Frente a este dilema de peso, Einstein propuso vivir la vida “como si el libre albedrío existiera”. Y razonó: “Yo sé que filosóficamente un asesino no es responsable por el crimen que comete, pero preferiría no tomar el té con él”.

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