Los 44 nos preguntan a todos qué país queremos ser

SUBMARINOLas tragedias tienen nombre y apellido y mucho dolor. Cromañón, Once, y ahora el ARA San Juan son una muestra, horrorosa y acabada de las cosas que se hacen mal y terminan peor. Todas están jalonadas por la desconfianza, la desidia y el abandono. En cuotas iguales. Aunque esta historia todavía no terminó.

 

Jorge Barroetaveña

 

 

Cuando el telón se haya descorrido por completo, y lleguemos al final de lo que está pasando será inevitable el debate. ¿Queremos tener realmente Fuerzas Armadas? ¿Es necesario en estas condiciones paupérrimas? ¿Cuál es el rol que deben cumplir en una democracia consolidada?

El debate lo arrastramos desde 1983 y nunca lo dimos. O mejor, nuestros dirigentes optaron por mirar para otro lado porque nunca les gustó convivir con un socio sospechoso. Alfonsín primero, Menem después, De la Rúa, Duhalde y los Kirchner hicieron su trabajo. La sociedad tampoco nunca se mostró predispuesta a escuchar cuestiones incómodas. En un país que tiene el 30% de pobreza, ¿estamos dispuestos a darle un mayor presupuesto a las Fuerzas Armadas? ¿Hay todavía resistencia a aceptar el rol que les cabe en una democracia moderna, lejos de su pasado reciente?

Es lo uno y es lo otro. La tragedia del submarino expone con crueldad no sólo la falta de recursos sino de proyectos claros sobre qué hacer con los militares. En el contexto de Sudamérica las Armadas Argentinas son, por lejos, las que menos recursos reciben. La Argentina ha entrado desde hace años, en un camino de difícil retorno: no tiene hipótesis de conflicto y ni siquiera está en condiciones de proteger sus fronteras. De hecho la faradización de las mismas es insuficiente para cubrir nuestros cielos.

El ARA San Juan, un submarino que fue botado en 1985 y fue restaurado entre 2010 y 2014, quedó en la mira. Seguramente ahora se investigarán las condiciones en las que fue reparado y en las que navegó en los últimos años para saber si hay responsables de lo que pasó y si lo que ocurrió se debió a una avería evitable. Pero como en todos los casos anteriores dejó al descubierto una trama siniestra, mezcla de incapacidad y desidia. ¿Es Oscar Aguad el hombre mejor preparado para ser Ministro de Defensa? ¿Lo era para ser Ministro de Comunicaciones? Ninguna de las dos cosas. El cordobés llego a esos cargos por el cupo que le correspondía a la UCR en el gabinete nacional. Con aval partidario y del propio Presidente Macri.

Como pocas veces, el contraste entre gente que se prepara para lo que hace y la que no, quedó expuesto con la actuación del Embajador en Austria. Experto el hombre en cuestiones de energía nuclear, fue de los pocos que tuvo reflejos para tratar de desentrañar el misterio. Y lo logró. Un hombre que estaba en el lugar indicado, a la hora apropiada y con los conocimientos exactos. ¿Es tan difícil pedir eso?

El espejo de otros países podría servir de enseñanza, porque hay una diferencia importante: la burocracia estatal. En muchos cargos, en la cúspide, hay un político de confianza del Presidente de turno. Pero debajo hay una burocracia que lo sostiene y sabe que tiene que hacer. No es el caso nuestro obviamente. Aguad quedo expuesto malamente ante la emergencia.

Algo que se esperaba ayer, llego al mediodía y fue la palabra del Presidente de la Nación. No importa si fue cadena, nota o entrevista pero la palabra oficial del máximo responsable era necesario oírla.  Para contenernos como sociedad y empezar a explicarlos qué paso.

La figura de la cadena nacional fue tan bastardeada por la ex presidente Cristina Kirchner que es probable que nunca más un mandatario la vuelva a usar. Los gestos, lo que se hace y no sólo lo que se dice, son vitales  en estas circunstancias. Macri estuvo dos veces con los familiares y no la pasó bien. Pero es su deber. Ayer hizo lo que debía.

Quizás suene paradójico que, un país que tiene instituciones débiles, se juegue al paternalismo tradicional. Pero ese vacío que deja la inoperancia y la falta de reflejos debe ser llenado. Si de costos políticos se trata ya los pagaran cuando llegue la hora y si la sociedad lo decide. Pero esos 44 argentinos que están en algún lugar del mar, merecen otra respuesta.

Hay sociólogos que sostienen que los hechos conmocionantes hacen madurar a las sociedades. Que las llevan a un escalón superior de tolerancia y dignidad. En el caso argentino todo está por verse. Hasta si somos la excepción que confirma la regla.

La enumeración de algunos hechos la hicimos al principio. Seguramente nos olvidamos de la infinidad de pequeñas tragedias cotidianas que también son  evitables. Pero, mal que nos pese, nos acostumbramos a convivir con la muerte. Casi nada nos conmueve. Esas 44 almas que en algún lugar deben estar, nos interpelan de nuevo sobre qué país somos y que país queremos ser. Por única vez, deberíamos escucharlas.

Comentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.