Los que quieren cambiar el mundo

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Cabe postular que todo hombre ha tenido o tiene sed de una sociedad perfecta, que de todos modos no se concreta nunca. De allí nace una legítima necesidad de cambiar el curso de las cosas.

El escritor portugués José Saramago engloba a los insatisfechos dentro de un sector específico de la humanidad. “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimista, porque los optimistas están encantados con lo que hay”, escribió.

Es decir, es necesario ser un inconformista o sentirse víctima de alguna injusticia, para querer modificar el entorno.

En sentido contrario, quien está conforme con la vida desarrolla un sentido conservador. Saramago postula que sólo los privilegiados de este mundo adoptan una actitud complaciente.

La historia ha demostrado que el hombre ha elaborado distintas alternativas para salir de su estado de insatisfacción. Ha echado mano, por ejemplo, a la ciencia y a la técnica para conquistar el mundo material.

Detrás de ese intento se escondió –y aún se esconde- la promesa de que el bienestar económico conducirá a la raza humana a una suerte de bienaventuranza o estado de felicidad permanente.

Con la Revolución Francesa, en el siglo XVIII, la política adquirió ribetes mesiánicos. Las cuestiones en torno al “sentido”, de las que antes se ocupaba la religión, se dirigieron entonces hacia este terreno.

Apareció un impulso secularizador que transformaba las “cuestiones últimas” en cuestiones socio-políticas. Libertad, igualdad, fraternidad, felicidad, todo eso tenía que ser realizable por mediación de la política, aquí y ahora.

Todavía siguen siendo la ciencia y la tecnología por un lado, y la política por otro, los dos grandes agentes del cambio. Los dos caminos de “esperanza” para alumbrar “un mundo mejor”.

No obstante, si bien se miran estas opciones promueven transformaciones externas. Porque básicamente comparten la idea de que hay que cambiar las estructuras de opresión o de miseria en que vive el hombre, para que éste se reconcilie consigo mismo y alcance la plenitud deseada.

Sin embargo, hay una larga y venerable tradición que postula invertir los términos de esta estrategia de cambio. Conectada con filosofías y religiones antiguas, postula que la conversión primero debe ser individual antes que social.

El escritor inglés Gilbert Chesterton, por caso, corrige la teoría del pesimismo. “Pesimista es el que cree que todo está mal, excepto él mismo”, escribió cuestionando a los que piden el sentido de la perfección en los demás, pero se eximen de esa obligación.

¿Cuánto políticos o revolucionarios predican valores (justicia, verdad tolerancia) que ellos mismos no practican? ¿Cuántos moralistas sociales se llenan la boca hablando a favor de los pobres mientras ellos son poseedores de fortunas mal habidas?

En muchos casos el bien ideal (social o ético) se espera de los demás, no de uno, parece decir Chesterton. Se es justo censor de los defectos ajenos, no de los propios. ¿Acaso les pedimos a los otros que realicen ellos nuestro ideal, así como el ladrón no quiere ser robado?

Una constante de los grandes líderes que han producido transformaciones históricas es que han pasado años sembrando en su propio carácter. Es el caso de Nelson Mandela, que antes de pacificar a Sudáfrica, sacó primero el odio y la violencia de su corazón, tras 27 años de prisión.

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, ha dicho el Mahatma Gandhi, para quien todo aquel que pretende transformar la ingrata realidad debe empezar por sí mismo.

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