Los violentos o los enanos unanimistas

¿Cómo entender la conducta de quienes apedrearon el vehículo en que viajaba el presidente de la Nación? ¿Tiene alguna vinculación con una mentalidad o conducta típica de los habitantes de estas pampas?

 

Siempre sorprende la violencia de alto voltaje de algún núcleo elitista porque resulta difícil saber si ello es una reacción social esporádica y marginal o más bien refleja una tendencia instalada en un sector amplio de la población.

Cuando este tipo de hechos se reitera permite pensar que la segunda hipótesis es la correcta. El ataque a la figura presidencial ocurrido este miércoles en la localidad patagónica de Villa Trafull, es el segundo en este año.

En efecto, a mitad de agosto un grupo de manifestantes había insultado a Mauricio Macri durante un acto celebrado en un barrio periférico de Mar del Plata y apedreado su automóvil cuando se retiraba del lugar.

Por lo visto se trata del modus operandi de algún grupo políticamente opositor al presidente, pero que en lugar de disentir en democracia utiliza la fuerza y la prepotencia por fuera de la ley.

La Argentina es un país en el que este tipo de irrupciones se ha hecho norma en el ámbito público. El país por momentos parece dominado  por la morbosa presencia de sujetos que, en trance emocional, quieren imponer su lenguaje incontrovertible.

Se diría que son los “energúmenos de siempre” los que están detrás de estos actos de desmesura. El ecosistema público argentino acaso favorezca la proliferación de los exaltados, de los extremistas fanáticos, a los que les gusta la violencia.

Ahora bien la furia energuménica crece en ambientes ideológicos sectarios, donde todos sienten que “tienen razón”, y donde el que piensa distinto es visto como una raza maldita e irredimible.

La democracia, cuya base es la tramitación del disenso, está en las antípodas de este tipo de extremismo exaltado, al que no le interesa escuchar al otro.

La Argentina, desgraciadamente, no es un lugar donde se haya honrado la tolerancia de ideas. Pensar distinto es un delito en un país cuya matriz política abreva en tradiciones fascistoides, tanto de derecha como de izquierda.

Esta peculiaridad nacional fue advertida con agudeza en los ‘80 por la periodista italiana Oriana Fallaci, quien llegó a decir que “los argentinos tienen un enano fascista adentro”.

Una reformulación de este concepto la ha hecho entre nosotros el historiador Luis Alberto Romero, quien ha acuñado la expresión “enano unanimista”, para describir un tipo humano argentino faccioso y fanático, como tal proclive a querer imponerle por la fuerza al otro su modo de pensar.

Según Romero, el unanimismo es una pretensión básica, sin importar el contenido de las ideas, de uniformar la mente de las personas, haciendo que un solo dogma se convierta en hegemónico.

Las corrientes políticas que en sus discursos suelen mentar el término “nación” o “pueblo”, según Romero, aspiran a ser hegemónicas y unánimes. Así invocan su representación y el derecho a hablar en nombre del pueblo y de la nación, y denuncian a sus competidores como enemigos a eliminar.

Dividen así el campo social, político y cultural en dos: nosotros los representantes de la nación y del pueblo y los “otros”, sus enemigos.

El “enano unanimista”, que de última es una forma de ser argentina, utiliza la fuerza para imponer a los otros su forma de pensar. Quienes han pretendido agredir físicamente al presidente llevan los genes de este tipo humano refractario a vivir en sociedades abiertas y plurales.

 

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