Medicina alternativa, una tendencia creciente

Para la medicina científica las terapias alternativas para la cura de enfermedades se asimilan poco menos que a la brujería. Pero buena parte de la población, que las adopta, no cree lo mismo.

Que las personas recurran a tratamientos o prácticas no convencionales para dar respuesta a situaciones de enfermedad no es algo nuevo. Lo llamativo es que esto crezca pese a los espectaculares avances de la medicina científica.

En los últimos años en la Argentina, en parte por la inclinación hacia prácticas naturistas y en parte por escapar del ciclo consulta-estudios-remedios, estas terapias han ido ganando popularidad.

El camino alternativo es variopinto: el uso de imanes en la magnetoterapia, los activos nocivos diluidos de la homeopatía, las agujas colocadas en puntos específicos del cuerpo en la acupuntura, la regulación de energías a través del uso de cuarzos en la cristaloterapia, la curación de los chacras en el reiki, el exceso de vitaminas recomendado en la medicina ortomolecular o los rituales y amuletos mágicos del curanderismo.

Hay quienes piensan que las terapias alternativas seguirán siendo exploradas por el público –y esto más allá de la cuestión de su eficacia real para la salud- mientras los conocimientos médicos que la ciencia obtenga contra las enfermedades sean insuficientes.

Un conocimiento al que todavía le es imposible proporcionar un remedio certero a una parte de los padecimientos humanos y para los cuales muchas veces debe recurrir a procedimientos dolorosos, como las cirugías, las quimioterapias o los efectos secundarios de los medicamentos.

Algunos describen el fenómeno como un ataque a la ciencia por parte del viejo pensamiento mágico, eternamente negador de las evidencias empíricas, desde las condenas eclesiásticas a Galileo Galilei (siglo XVII), caso emblemático de la oposición entre la fe y la razón.

Desde allí se esgrime que los negacionistas no quieren aceptar el éxito indudable de los antibióticos, de las vacunas, de la industria farmacéutica, de las tecnologías médicas que han hecho prolongar la expectativa de vida de la humanidad hacia límites impensados.

Lo cierto es que distintas encuestas dan cuenta que en sociedades desarrolladas como Estados Unidos y Gran Bretaña –donde la medicina científica es de alto nivel- cerca del 40% de la población recurre temporal o permanentemente a las terapias alternativas.

Las medicinas alternativas preferidas en esos países son la acupuntura, la terapia musical, la naturopatía, la homeopatía, la psicología analítica y la medicina ayurvédica –que forma parte del sistema de salud de la India–, entre otras.

Muchas de las personas que recurren a estos métodos los ven como “complementarios” de la medicina tradicional (no como contrarios) y sobre todo como prácticas preventivas de enfermedades.

Sin embargo, muchas veces, de acuerdo con lo que han señalado diferentes autoridades sanitarias, puede resultar nocivo para la salud tomarlos como un reemplazo liso y llano de la medicina formal.

En este sentido muchas corporaciones médicas han salido a cuestionar este tipo de terapias. La Asociación Médica Británica han dicho por ejemplo que la homeopatía “es brujería” y que no existe ninguna prueba de que funciona más allá del placebo.

Lo que desde la medicina científica se critica de las terapias alternativas es que convenzan al paciente de que abandonen su tratamiento médico para abrazar una práctica que se juzga de capacidad curativa incierta o nula.

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